27 de Diciembre de 2011. Tupiza era nuestra primera parada en Bolivia. Era una ciudad pequeña, sencilla y tranquila. Su mayor reclamo para el viajero era el estar situada en un entorno ideal para caminar o hacer excursiones a caballo. Además poco a poco estaban aumentando las agencias que, desde Tupiza, ofrecían tours en vehículos todoterreno del salar de Uyuni y de la región de Sud Lípez. El tour estándar ofrecido era de cuatro días y costaba en media unos 1200 o 1300 bolivianos (130 – 140 euro) con alojamiento y comida incluida. Nosotros, con bastantes dudas, decidimos hacer el tour desde Uyuni.
Tupiza tenía una gran plaza cuadrada y bonita llena de árboles, una colina mirador donde se podía observar todo el pueblo y las impresionantes paredes rojas que lo flanqueaban. Un mercado central que era una explosión de colorido y un amontonamiento de todo tipo de carnes: pollos, trozos enteros de vaca, cabezas de vaca, etc., en venta y sin ningún tipo de refrigeración que aportaban una gran pestilencia al ambiente según iba avanzando el día. También había otro segundo mercado, este situado como en una red de callecitas estrechas y techadas donde se vendían zapatos, ropa, especias, y demás enseres. Finalmente, había también un mercado ambulante al lado de la estación del tren donde lo mismo te podías comprar unas empanadas como un juego de backgammon o un bolso. Queda patente, pues, que el mercado popular y la venta ambulante era la forma de comercio reinante. Pequeñitas viejas de piel curtida y arrugada vestidas en traje tradicional boliviano con falda, mandil y sombrero y sentadas en cuclillas en el suelo eran las vendedoras.
Pasamos un par de días descansando, sin hacer mucho y disfrutando los menús del restaurante de al lado del hostal que por 13 bolivianos (1 euro y medio) te incluía sopa, plato principal y postre. Bueno, además de descansar y relajar, estábamos pasando una gran diarrea que se hizo presente nada más cruzar la frontera. En términos generales la higiene en Bolivia es prácticamente algo inexistente, la forma de manipular y almacenar la comida son aterradoras para el europeo, los baños apestan y salvo rarísimas excepciones no tienen papel higiénico ni jabón para lavar las manos. En estas condiciones es fácil adquirir una diarrea histórica; a nosotros nos acompañaría durante gran parte del viaje por Bolivia.
Socialmente, algo que nos impresionó fue la abundancia de ciber cafés, con la conexión a internet más lenta que se pueda imaginar, y juegos informáticos donde los jóvenes pasaban horas y horas completamente viciados al juego. Después comprobaríamos que era algo normal en todo el país. También observamos un cambio radical, respecto a Argentina, en la actitud ante el extranjero, siendo el boliviano mucho más reservado, parco en explicaciones y numerosas veces mostrando una mezcla de miedo y desconfianza ante el hombre blanco. Obviamente, sobran razones históricas para justificar esta actitud.
Sin embargo, dentro de la propia Bolivia, hay grandes diferencias sociales entre la zona del altiplano, por donde nosotros viajamos, y las zonas bajas de selva y valles. De hecho el nombre oficial del país es: Estado Plurinacional de Bolivia. En el altiplano la población es indígena, más pobre e introvertida y temerosa, con gran devoción por el presidente indígena Evo Morales del que abundan fotos por doquier como baluarte del progreso de la nación y de la mejora de las condiciones de los indígenas. En cambio, la zona de Santa Cruz, según me han explicado, puesto que por allí no viajamos, es más próspera, los habitantes son más blancos o mestizos y más extrovertidos.
Finalmente nos decidimos a hacer una excursión a caballo. Inicialmente contratamos una excursión de dos días, pero rápidamente cambiamos de opinión y lo cambiamos por una de solo un día ya que nuestra experiencia montando era prácticamente nula.
Fue todo una experiencia. Nuestro guía era Cristian, un niño que se empeñaba en decir que tenía quince años ya casi dieciséis pero era evidente que tenía muchos menos. En Bolivia los niños llevan la mitad de los negocios. Cabalgamos por entre formaciones rocosas extravagantes, de las más diversas formas, siempre con una gran variedad de tonalidades de marrones y rojos. Normalmente por cursos de ríos medio secos que se llenaban en las riadas de la estación de lluvias. De hecho, estábamos al inicio de la estación húmeda, y durante una hora nos diluvió pero no interrumpimos la cabalgata. Cristian era el hijo del dueño de los caballos, pero nosotros contratamos la excursión con una agencia por 210 bolivianos el día y persona, unos 3 euros la hora. Supongo que la agencia pagaría la mitad al dueño de los caballos, el negocio del turismo y las típicas agencias que se están procreando como hongos en la lluvia son unos grandes usureros.
Progresivamente Cristian iba azuzando más y más a nuestros caballos para que pasaran del paso al trote y del trote al galope. Yo creo que quería adelantar la hora de llegada. A mí el trote me resultaba muy incómodo y doloroso ya que no lograba adaptarme al ritmo del caballo, sin embargo me encontraba mucho más a gusto en el galope, causaba gran impresión al principio, una sensación de inseguridad y de que con cualquier imprevisto podrías ir al suelo en una caída que podría resultar fatal. Poco a poco, uno se siente más seguro y el miedo deja paso a una sensación de libertad, velocidad y poderío inigualable. A Siobhán le pasaba al contrario, prefería el trote al galope y su caballo era más asustadizo en el cruce con los vehículos.
En la última hora de cabalgata Cristian me dio una ramita flexible con la que azotar al caballo para que pasara galope, y éste obedecía de inmediato. Me sentía seguro. En el último tramo estábamos cabalgando por la vía del tren, mi caballo se lanzó al galope, me sujeté el sombrero de vaquero y abandoné a mis compañeros haciendo mía la vía del tren. Era una sensación única e irrepetible, galopando por una vía de tren en la grandeza del altiplano boliviano. Era dueño de mi caballo y mi destino.
