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Purmamarca y el cerro de los siete colores. Jujuy, Argentina.

21 de diciembre 2011. En algún punto en el viaje entre Salta y Purmamarca habíamos cruzado el trópico de Capricornio. Un día histórico: nuestra primera incursión en el trópico. A decir verdad, nunca me había imaginado que esta incursión se realizaría viajando hacía el norte ya que para mí el trópico siempre había sido sinónimo de SUR. Además la novedad era doblemente excitante porque en nuestro primer día en el trópico iba a tener lugar el solsticio de verano. Mi cabeza formada y amueblada durante 27 años en el hemisferio norte no podía abarcar tanta contradicción: 21 de diciembre: solsticio de verano en el trópico viajando en dirección norte. El colmo.

En Jujuy capital habíamos cambiado de bus para continuar a Purmamarca. No nos molestamos ni en dar un paseo por la ciudad porque tenía una pinta de caos agobiante que no teníamos ganas de aguantar. El nuevo bus nos apuntaba la realidad en la que estábamos a punto de entrar. Ya no era un bus último modelo con doble piso, aire acondicionado y asientos cama con precio del pasaje  exorbitado. Este era un bus cochambroso, destartalado y lento, sin más ventilación que el aire caliente que entraba por las ventanas, empaquetado hasta el techo de pasajeros y con un precio del pasaje irrisorio. Jujuy es la última provincia de Argentina antes de entrar a Bolivia. La mayoría de sus habitantes son de origen indígena descendientes de los incas y todavía se usa el idioma Quechua en ámbitos rurales.

Purmamarca resultó ser un pueblecito pequeño, pobre y auténtico cuyo principal atractivo a parte del contemplar la cotidianeidad y modo de vida de sus gentes era el famoso cerro de los siete colores que se encontraba a sus espaldas.  Este era un cerro pelado y árido que gracias a su gran variedad de minerales verdaderamente hacía percibir al observador sus 7 colores en una gama que iba desde amarillos claros a violetas pasando por naranjas y rojos. Dependía mucho del momento del día y de la posición del sol ya que al variar la incidencia de los rayos los colores cambiaban.

Al llegar preguntamos por el camping y solo obteníamos respuestas a medias. Al final encontramos uno dentro del pueblo pero básicamente era un solar amurallado de tierra de granito pelada y sin ningún árbol, solo había una triste tienda de campaña dentro, para colmo era caro. Tras varias idas y vueltas en el pueblo con cansancio y hambre después del viaje y soportando un calor abrasador decidimos continuar hasta el camping de las afueras del poblado. Resultó ser toda una penitencia.

Seguimos el camino cuesta arriba que nos habían indicado la gente del pueblo, las mochilas eran pesadas: unos 25 kilos por persona, y el calor cada vez apretaba más. Cada vez que nos encontrábamos a un paisano que volvía hacia el pueblo le preguntábamos por el camping y siempre nos respondían casi sin hacernos caso que estaba después de la próxima curva. Encontramos en nuestro camino diversos alojamientos de cabañas o habitaciones y me interesé por su precio pero eran desorbitados: en torno a unos 80 euro las mas económicas. Al igual que los mochileros el turismo de altos presupuestos también estaba comenzando a alterar la realidad del pueblo.

Después de andar dos kilómetros la situación comenzaba a ser desesperante cuando por fin encontramos la ansiada tablilla anunciando el camping. Era hermoso con un jardín de árboles jóvenes y flores cuidadas con esmero pero la zona para montar las carpas estaba más dura que el firme de una autopista. Las instalaciones no podían ser más básicas y la propietaria, una vieja que me parecía simpática aunque un poco misteriosa, nos hizo saber que eran 30 pesos, ninguna ganga.

Habíamos buscado unos pedruscos para sujetar la carpa ante la imposibilidad de clavar nada en ese suelo, el día era muy ventoso. Súbitamente una varilla de las dos que soportaban la carpa se rompió. Visto en este preciso momento en el que escribo no era una catástrofe insalvable pero era la última dosis de una serie de pequeños reveses que se magnificaban con el cansancio y hambre. En ese estado la carpa era inútil y vencido por el estrés del propio día, yo ya estaba por volver a bajar hacia el pueblo y quedarnos en las cabañas de los turistas ricos dándoles toda la plata que tuviéramos encima si era necesario.

Poco antes que nosotros había llegado una joven pareja chilena que continuaba pidiendo un descuento a la dueña porque no tenían dinero para mantenerse allí una semana que era lo que tenían que esperar para tomar el próximo bus que cruzando los Andes les llevara a su país.  Había además muchas más carpas cuyos dueños no habían dado señales de vida hasta entonces.

Cuando ya nos íbamos a ir vimos llegar a Juana, una porteña que habíamos conocido en el camping de Cafayate. Juana venía acompañada de Facundo, al que no habíamos conocido antes.  Fue entonces cuando se empezó a arreglar el día. Ellos iban a recoger sus carpas para irse a Tilcara y Facundo nos ofreció su estuche de primeros auxilios para carpas, nosotros nos negábamos a aceptarlo porque pensábamos que le podía servir a él, pero nos insistió sinceramente: Facundo era un tipo bien auténtico con una energía y optimismo desbordantes. Gracias a nuestro nuevo amigo, el problema de la carpa quedó solucionado.

Una vez instalados volvimos a Purmamarca pueblo para comer pero ya había pasado la hora del almuerzo y no era posible comer en ningún sitio, por lo que hubo que contentarse con unos alfajores hasta la cena. Elegimos un local con mucho estilo para cenar y fue todo un premio por el esfuerzo del día. Había música tradicional y cuando estábamos a mitad de la cena entraron en el local los ocho jóvenes de Mar del Plata que nos veníamos encontrando en cada pueblo desde Tafí del Valle. Aún no sabíamos que junto a todos ellos más Juana y Facundo y compañía habríamos de pasar unas navidades memorables dentro de unos cuantos días.

En el camino de vuelta a casa ocurrió lo mejor del día. Esos dos kilómetros que hacía pocas horas nos habían parecido una tortura ahora se convirtieron en paraíso. Era una noche te temperatura apacible, atrás quedó el calor abrasador del día, la luna llena brillaba con toda su potencia y estampanaba sus rayos en las paredes de minerales multicolores de los cerros que nos rodeaban. Por primera vez en el día recordé que estábamos en el solsticio de verano, recién cruzado el Trópico de Capricornio. Hacía un mes justo que el viaje nos había empezado, y por primera vez sentía que era justo entonces, ahí mismo, cuando habíamos encontrado el viaje que veníamos buscando: la aventura, lo imprevisto, el choque cultural. A partir de entonces todo iba a ser distinto.

Al llegar al camping, entablamos conversación con la pareja de viejos. Ella era rechoncha y él delgado y mas arrugado que una pasa, lo creía indígena descendiente de los Quilmes o los Incas por sus facciones y su tez oscura, pero nos contó que su padre era español de Almería, y entonces me percaté de algo extraño: ese viejo lo mismo podía ser un indígena del altiplano que un viejete de mi pueblo en La Mancha. Nos enseñaron fotos del terreno cuando era propiedad de la abuela de la mujer, de la casa de adobe donde estábamos que ellos mismos al volver de la ciudad de Jujuy para pasar la vejez en sus orígenes arrebataron al tiempo y libraron del hundimiento. La abuela de la mujer no tenía en aquel tiempo para sustentarse más que unas míseras cabras y el terreno no era más que un yermo pedregal reseco. A todo le dieron la vuelta la pareja de hacendosos viejos, plantaron un vergel de árboles sin temor a no verlos llegar a grandes, plantaron flores de todos los colores, hicieron un pozo para regar árboles y flores y gracias al turismo el antiguo pedregal se convirtió en un camping.

Sucre: la ciudad blanca.

7 de enero 2012. Llegamos a Sucre ya bien entrada la noche y fuimos a alojarnos a un hostal que aparecía en nuestra guía. Fue una grata sorpresa cuando al cruzar el patio del hostal oímos hablar a Jordi, un amigo que conocimos en Iruya, Argentina, la víspera de Navidad y con el cual nos habíamos venido cruzando en repetidas ocasiones a lo largo de nuestro itinerario en Bolivia. Estábamos en contacto y era nuestra intención quedar otra vez en Sucre, pero ¡cosas del viaje! fue pura casualidad que fuimos a parar al mismo hostal en el que Jordi estaba. El día siguiente era domingo e hicimos planes para ir al mercado campesino de Tarabuco, un pequeño pueblecito en la sierra a casi unas 2 horas de Sucre.

El viaje a Tarabuco fue una gran experiencia antropológica. El día empezó aprendiendo a usar el loco sistema  de transporte en la mayoría de ciudades bolivianas. El transporte urbano funciona de la siguiente forma: en las calles hay un mar de furgonetas tipo Nissan Vanette, o equivalentes, las cuales tiene carteles de cartón “de quita y pon” en la luna delantera que anuncian el destino del carro, pero uno se percata antes de los gritos por la ventana del ayudante que constantemente propagan a los cuatro vientos los puntos del itinerario, todo esto sumado al uso abusivo del claxon para llamar aun más la atención de uno. Si un viandante hace un gesto de interés, el conductor de la furgoneta reduce la marcha (nunca llega a pararse), el ayudante corre la puerta corredera y al nuevo pasajero le toca saltar al interior. A partir de ahí empieza un viaje trepidante con una conducción camicace pero efectiva. Estas furgonetas son de particulares, a veces asociados en cooperativas, y son ellos quienes deciden que ruta harán cada día. Huelga decir que la reglamentación brilla por su ausencia. Descrito así podría parecer un sistema caótico y poco eficiente. Bueno caótico es, pero la verdad es que cuando uno se acostumbra funciona fenomenal y rápido.

Una vez llegados al punto donde salían furgonetas  hacia Tarabuco los tres nos subimos en la parte de atrás de una Vanette y entonces una pareja bien simpática subió,  enseguida nos dimos cuenta de que eran argentinos y después de diez minutos teníamos una conversación bien animada que duró todo el viaje.

Una vez llegados a Tarabuco pudimos disfrutar de un mercado local y agrícola muy poco corrompido por el turismo pues muy pocos eran los viajeros que llegaban hasta allí. Los campesinos indígenas de la zona se apresuraban a exponer y vender sus mercaderías y artesanías alrededor de la plaza del pueblo y calles principales. El pueblo tenía un excelente estado de conservación, estaba tal cual se construyo durante la colonia. Hablando de colonia, en la plaza del pueblo destacaba una estatua gigante de un valeroso guerrero indio arrancándole el corazón a un soldado realista. Y es que Tarabuco se enorgullece de haber sido cuna de numerosas revueltas indígenas contra el imperio español.

Por la tarde, ya casi acabado el mercado y mientras dábamos un paseo por el pueblo acertamos a entablar conversación con unas mujeres que estaban liando cigarros a la manera artesanal. Ellas estaban sentadas en una puerta al sol y sus hijos e hijas las acompañaban mientras trabajaban. Esta conversación fue una grata sorpresa pues por lo normal no era nada fácil tener una conversación más larga de dos frases monosilábicas con los nativos.

El día aún nos tenía guardada una sorpresa. Cuando pretendíamos volver a Sucre descubrimos que ya habían vuelto todas las furgonetas  y todo parecía apuntar que deberíamos quedarnos allí a pasar la noche. Entonces Sudamérica nos enseñó otra lección: siempre hay otra forma distinta de hacer las cosas, una alternativa escondida delante de nuestros propios ojos. Lentamente se fue acercando una torpe, destartalada camioneta con una caja de madera bien alta para el transporte de mercancías; por encima se veían algunas cabezas y sombreros. Se fue a parar justo a nuestro lado e instantáneamente le preguntamos qué adonde se dirigía. Adivinen la respuesta. Sin pensárnoslo dos veces estábamos subiendo al camión y abriéndonos paso entre las aproximadamente cincuenta personas que viajaban dentro: bebes, niños, padres y abuelos. Así fue como Virginia y Matías, que así se llamaban nuestros nuevos amigos, Jordi, Siobhán y yo disfrutamos de una preciosa y poco convencional manera de viajar. Aún puedo recordar el olor del viento que chocaba en nuestras caras, contempladoras curiosas de las montañas bolivianas, mientras el camión viraba y viraba curva tras curva.

El plan para el día siguiente era visitar Sucre. Matías y Virginia tenían el billete de bus para irse ese mismo día, lunes por la tarde, a La Paz. Por la mañana pasaron a llamarnos a nuestro hostal. El mismo grupo de cinco se disponía a callejear las blancas calles de Sucre. A Sucre, capital constitucional de Bolivia y sede del Poder Judicial, se la conoce como “la ciudad blanca” por la blancura de su arquitectura colonial. La ciudad se encuentra en un excelente estado de conservación: fachadas bien encaladas, tejados con vigas de madera, suelos adoquinados, blancas iglesias. Además es una ciudad de marcado carácter universitario con una de las mejores universidades del país, la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca, de origen jesuita. Debido al clima mucho más cálido que el de Potosí por estar Sucre a una altitud de “solo” unos 2800 m.s.n.m ésta ciudad fue elegida como lugar de residencia de muchos conquistadores enriquecidos en las minas de Potosí.

Bien aconsejados por Jordi, comimos en el mercado de frutas, rodeados de un festival de colores y olores. Deliciosos jugos y ensaladas de frutas tropicales con precios de unos cinco o seis Bolivianos (poco más de medio Euro). Todo un festín para los sentidos.

Y una vez más, como al inicio de este relato, la casualidad o destino, que va siempre un paso por delante de nosotros, empezó entonces a jugar su juego. Matías y Virginia se despidieron, se iban a preparar su viaje, pero resultaba que Jordi, Siobhán y yo nos los encontrábamos al girar cada esquina, era como si algo estuviera actuando en contra de esa despedida. A la noche en el hostal, Jordi tocó en nuestra puerta, estaba allí con Matías y Virginia. Nos dijo que los chicos habían tenido un problema y no pudieron tomar su bus, pero era como si estuviera diciendo: mi camino se separa del vuestro aquí, tomo otra ruta, pero donde un camino se separa otros se unen. Y así fue, el próximo día los cuatro nos encontrábamos viajando a La Paz y el uno hacia Santa Cruz.

Navidad en los Andes, parte 2.

25 de diciembre de 2011. La fiesta de Nochebuena resultó ser divertidísima y única. Nos reunimos en la terraza de una casa familiar todo el grupo de viajeros que durante los últimos 6 o 7 días nos íbamos encontrando aleatoriamente en la ruta. Llegamos a ser 18; 14 argentinos, 2 españoles, una irlandesa y una francesa.

La cena fue buenísima, cocinada por las mujeres de la casa de huéspedes. Al lado de nosotros, en la cabecera de la mesa se sentó el abuelo de ochenta y tantos años. Nos explicaba que él trabajaba con el médico del pueblo para ayudarle en las salidas a la montaña para visitar los enfermos; decía que él conocía todas las montañas alrededor de Iruya como la palma de su mano. “Tengo los hijos repartidos por Buenos Aires, Mendoza y Misiones. Pero yo Iruya no lo cambio por nada” añadía el abuelo.

Pero el principal atractivo de la fiesta era una gran cantidad de niños bien salados de entre 3 y 10 años que yo no sé como también se congregaron en la terraza. Eran todo un espectáculo, estaban locos, hiperactivos quizás por la excitación de la fiesta. Durante más de 3 horas no pararon de correr ni de tirar los más diversos tipos de petardos y fuegos artificiales. Parecía que Daniel, de 3 años, era el jefe de la pirotecnia. Aún no me puedo explicar cómo no ocurrió ninguna desgracia. Toda la escena era algo inaudito para mí, completamente irreal.

Navidad en los Andes

24 de Diciembre de 2011. Sin darnos ni cuenta la Navidad ha llegado. Es difícil sensibilizarse con el espíritu navideño con el calor y los días largos del pleno verano. No hay dudas de que la Navidad tiene muchísima menos repercusión en este lado sur del globo. Aunque los medios de comunicación, que aquí son tan malos como en cualquier otro lugar del mundo, llegando la “telebasura” a estar prácticamente a los niveles de la tele italiana, no dejan de bombardear con noticias relacionadas con las compras navideñas en los grandes centros comerciales de Buenos Aires, no dejan de enseñar imágenes de gente con media docena de bolsas de papel en cada brazo con las grandes marcas de perfume o de alta costura. Un bombardeo constante para tratar de imponer el espíritu navideño hasta en los pueblos más remotos de la argentina. No me refiero a la Navidad cristiana que esa ya se les impuso hace 500 años, sino a la navidad de Santa Klaus, los árboles de Navidad, la nieve, el consumismo y demás tópicos navideños que el mundo anglosajón y sobre todo el imperio yanqui hace tiempo ya exportaron con éxito en otras regiones del hemisferio norte.

Pero aquí ni nieva, ni hay Santa Klaus, y los típicos abetos tienen que ser de plástico. La Navidad tal y como la conocemos hoy se inventó para el invierno, para sacar de la depresión a los habitantes de los países del norte que soportan largos inviernos fríos y grises así como para multiplicar el consumismo que a su vez es la base del capitalismo.

Iruya es un precioso pueblito del norte argentino en la provincia de Salta a 2800 metros sobre el nivel del mar, a pocos kilómetros de Bolivia, completamente rodeado por las verticales montañas de los Andes hasta tal punto que el único enlace con el resto del mundo es un sinuoso y zigzagueante camino de tierra y piedras que debe ascender hasta cumbres de 4000 metros de altura para después bajar a profundos valles para después volver a subir a las cumbres. Son casi cuatro largas horas de viaje, no apto para cardiacos ni sufridores de vértigo, lo que separa Iruya de la carretera asfaltada más cercana. Pues bien, incluso aquí en Iruya, la modesta familia en cuya casa nos hospedamos tiene un modesto árbol de Navidad pequeñito, y al lado hay una botella de cava y un bizcocho, parece que esos serán los únicos regalos del lapón Papa Noel para toda la familia.

A parte de los incipientes árboles navideños y de la bien asentada ansia por comprar, sobre todo en las capitales y en especial Buenos Aires,  puedo observar que la Navidad carece aquí de ese componente sentimental familiar y hogareño tan arraigado en el hemisferio norte. Jóvenes argentinos, y no tan jóvenes aprovechan ahora para viajar donde quiera que sea pero lejos de casa, y es que señores, que otra cosa se podría esperar, aquí es puro verano.

Esta mañana en el caótico autobús que nos trajo hasta los confines de la civilización se sucedieron las más pintorescas estampas que yo observaba con envidia. En cierta ocasión, el bus paró en medio de la nada, se abren las puertas y una mano bien negra y huesuda alarga un gigantesco fardo de preciosas flores del campo, los pasajeros ayudan y lo recogen, y a continuación otro fardo más, y otro más, así el pasillo del bus se lleno de preciosas flores. Acto seguido, sube a trompicones una viejecita con su hermoso sombrero de paño negro. En otra ocasión, la escena fue bien parecida, solo que la mercancía era un gran fardo de frescas y grandes zanahorias.

Dentro de media hora vamos a subir hasta la otra punta de nuestra empinada calle empedrada hasta la casa donde se alojan un grupo de amigos para cenar unas empanadas caseras, un asado y vino local.