Archivo de la etiqueta: pueblos

Copacabana: a orillas del lago Titicaca. Bolivia

17 de enero de 2012. Dejábamos ya definitivamente de La Paz. Como durante la mañana habíamos tenido ya un viaje de tres horas desde Coroico, mas otra hora cruzando La Paz de punta a punta decidimos elegir el bus que tuviera pinta de más lujoso para el viaje a Copacabana, como premio tuvimos el placer de ver una peli de Arnold Schwarzenegger de la década de los 80 o quizás de los 70. Aparte de la película lo más curioso del viaje fue cuando tuvimos que bajar del bus para cruzar en barca una rama del lago Titicaca llegando así hasta la península, cuyo istmo pertenece ya a Perú, donde se encuentra el pueblo de Copacabana, y digo que fue curioso porque no solo nosotros cruzamos en barca sino que el bus también. Era una pena que ya se estaba haciendo de noche porque con la poca luz que quedaba se vislumbraba un paisaje espectacular.

Llegamos ya de noche a Copacabana, chispeaba y hacía mucho frio. Buscamos una pensión, que resultó ser bastante cutre, cerca de la plaza principal con el propósito de tomarnos el siguiente día de descanso y encontrar un hotel más lujoso para tratarnos bien aprovechando que ya quedaba poco en Bolivia donde los precios eran más baratos que en Perú. Encontramos el hotel la Cúpula que por menos de 20 euros tenía una habitación encantadora sin lujos ostentosos pero con todo lo que uno podía necesitar, incluso había papel higiénico en el cuarto de baño. Además tenía unas vistas fantásticas al lago Titicaca y del monte del Calvario en cuyas laderas se encontraba. La Cúpula también contaba con una acogedora área común llena de gatitos pequeños, con una amplia y buena colección de películas en DVD, con una linda cocina y bien cuidados jardines. En La Cúpula conocimos a una madre e hija argentinas, una pareja de holandeses y otra pareja israelí que nos intentó convencer de unirnos a ellos en una excursión a Machu Pichu.

De Copacabana me encantó la plaza principal con su imponente basílica blanca de estilo morisco en cuya entrada se dan las pintorescas  bendiciones de movilidades, es decir de los taxis y vehículos de transporte. Además es de destacar su mercado donde ni una mañana me perdí el caos del típico desayuno de api con buñuelos, sentado en las banquetas compartidas con familias de bolivianos y finalmente siendo siempre echado después de diez minutos. Tal era la demanda y el poco sitio que la vendedora directamente invitaba a largarse al que se demorara un poco para hacer hueco a nuevos clientes. La otra parte del mercado, separada del comedor por una doble puerta, estaba dedicada a la venta de frutas y sobre todo de cualquier tipo de carne con grandes pilas en los mostradores de animales sacrificados. El aire estaba cargado de una pestilencia que daba ganas de vomitar. En general la mayor parte del pueblo tenía bastante encanto y se conservaba bastante auténtica con la excepción de las calles cercanas al lago que rebosaban de explotación turística de mal gusto.

Compramos  los boletos para la barca a la isla del Sol para el próximo día y después decidimos irnos a cortar el pelo. Yo conseguí un corte por 15 Bolivianos (menos de 2 euros) en un peluquero de caballeros que tenía graciosamente dibujado cada corte posible en una hoja de papel, empapelando así toda una pared del local. Sinceramente el corte de pelo no fue tanta catástrofe como yo esperaba pero sin embargo tuve la impresión de estar experimentando la lo que sienten las ovejas cuando son esquiladas. Después, Siobhán fue a una peluquería de señoras y, para mi sorpresa, su corte costaba 5 Bolivianos menos que costó el mío aunque también el resultado final fue incluso un poco más divertido.

Para la puesta del sol subimos al monte del calvario, lo que resulto ser precisamente eso: un calvario. Estaba más alto y más empinado de lo que parecía y al subir con el tiempo escaso para ver al sol de ponerse desde arriba aceleramos la marcha lo que resultó en un gran sofoco: no hay que olvidar que estábamos a casi 4000 m.s.n.m. Al llegar arriba observamos cómo los últimos vendedores de refrescos, botellas de agua y artesanías estaban ya recogiendo sus pertenencias y tirando las grandes bolsas de la basura de todo día por los acantilados. Este acto es solo una pequeña representación de la actitud en Bolivia respecto al medio ambiente. Al poco se me acercó un niño que no debía pasar de los 10 años:

“Señor, señor, tengo una importante y mala noticia que darle” – me dijo.

“¿Y cuál es la noticia? – le contesté, casi ya anticipando el juego.

“Que anoche cayo un rayo muy cerca de aquí” – me respondió.

Yo casi sin prestarle demasiada atención le agradecí la noticia y continué haciendo unas fotos. El color rojizo del sol poniéndose en los tejados del pueblo a orillas del lago era impresionante. Al rato el mismo niño se acerca a Siobhán:

-“Señora, señora, si me da un boliviano le digo donde cayó un rayo anoche, es una información muy importante”

Coroico y los Yungas: el Camino de la Muerte, Bolivia

15 de enero de 2012. Era domingo y hacía un día esplendido. Paramos a un taxi para que nos llevara a las afueras de la ciudad donde salían los buses hasta Coroico. Nos quería cobrar más de lo que nos habían dicho que costaba. En esas pasaba una de las locas furgonetas para transporte público cuyo letrero de cartón con letras luminosas indicaba el lugar donde queríamos ir y sin pensarlo dos veces saltamos adentro tan pronto como la puerta corredera se abrió.

Nos esperaba un viaje de unas tres horas a Coroico por la nueva carretera sustituta de la conocida como “Camino de la muerte” o “la carretera más peligrosa del mundo”. Entonces podríamos decir que la nueva carretera se podría llamar: “la segunda carretera más peligrosa del mundo”.

Coroico es un pueblo mediano que se encuentra en la zona de la yunga ya de camino a la pura selva de la amazonia del departamento de Beni. Coroico está a una altitud de unos 1500 m.s.n.m de ahí que su selva sea selva de montaña, conocida como yunga, y a orillas del rio Kori Huayco que va a desembocar al poderoso rio Beni. Es un destino muy popular para mochileros debido a la espectacularidad de su paisaje y de la suavidad de su clima, sin ser puramente caluroso tropical ni tampoco el frío del altiplano debido a encontrarse a una altura intermedia.

Habíamos medio quedado con los chicos argentinos que se hospedaban en nuestro hostal en La Paz en vernos en Coroico ya que ellos también tenían el mismo plan que nosotros. Finalmente, gracias a las indagaciones de los chicos acabamos todos compartiendo una casita en las afueras del pueblo ya en la propia ladera del precipicio al valle del rio. Desde la terraza de la casa se disfrutaba de unas vistas espectaculares al valle del rio encajonado entre montañas. Nuestro anfitrión, un señor de Coroico de unos 65 años, era simpático y extrovertido y siempre estaba dispuesto a largas conversaciones para explicarnos todos los pormenores de la selva.

Después de la cena disfrutamos de una larga conversación político-histórica con Diego, Marco y Emi. Los argentinos estaban muy interesados en conocer la opinión de un español sobre temas como el colonialismo, historia en común de ambos países e incluso sobre la economía y política actual de la región. Por mi parte yo estaba igualmente de interesando en conocer su opinión sobre los mismos temas.

Al día siguiente todos nos fuimos de excursión caminando en busca de las tres cascadas. Y esta vez sí, por primera vez en el viaje, buscamos unas cascadas y las encontramos. Fue un día divertido y caluroso así que nos bañamos una y otra vez en las pozas de las cascadas para refrescarnos. A la noche comimos todos juntos en un restaurante un buen menú por 15 Bolivianos, toda una ganga.

Siobhán y yo pensábamos volver al día siguiente a La Paz para continuar después rumbo al lago Titicaca y la isla del Sol. Sin embargo, los chicos argentinos decidieron quedarse un día más ya que nuestro anfitrión se había ofrecido a llevarlos al cercano poblado de Tocaña donde residía una importante comunidad afro-boliviana descendientes de los esclavos llevados desde África en la etapa colonial. La oferta era muy tentadora ya que se decía que era un pueblo muy poco alterado por el paso de los siglos y donde se podía vivir toda una experiencia antropológica.

En esta zona de las yungas se da el cultivo de banana, café, frutas cítricas y sobre todo plantaciones de coca, que como ya se explicó en el relato de Potosí, son legales en Bolivia y también su consumo en forma de hojas. Inicialmente la autoridad colonial envió a los esclavos africanos a la zona del altiplano boliviano para trabajar en las minas, pero visto el alto grado de mortandad de dichos esclavos que tenían que soportar, además de unas condiciones de trabajo de explotación infrahumanas, el duro y frío clima del altiplano para el que no estaban acostumbrados, se les comenzó a destinar a la zona de las yungas para el trabajo en dichos cultivos. Dicho movimiento se consolido aún más después de su emancipación.

El pueblo afro-boliviano está incluido en el régimen de Autonomía Indígena Originario Campesina reconocido por la última constitución promulgada por el presidente Evo Morales en el 2009. Mediante dicho régimen los miembros de diversas comunidades indígenas y campesinas tienen la autoridad sobre sus territorios,  siendo respetada por parte del Estado central sus propias leyes ancestrales en el marco de la libertad, dignidad, tierra – territorio y respeto de su identidad y formas de organización propia. De ahí el cambio de nombre de República de Bolivia a Estado Plurinacional de Bolivia, al estar formado por numerosas nacionalidades.

Unos días más tarde, en la barca que nos llevaba a Copacabana a orillas del Titicaca nos encontramos con otras chicas argentinas que resultó que también habían estado en Tocaña, se habían quedado tres días porque el lugar les había hechizado. No contaron que se habían quedado en casa de un antropólogo de la universidad de La Paz que poco a poco pasaba más tiempo en Tocaña hasta el punto de estar planteándose no volver nunca más a La Paz. La pobreza y austeridad del sitio las obligó a tener que dormir encima de sacos de trigo, no había luz eléctrica ni ningún tipo de comodidad moderna. Sin embargo parecía que el sitio emanaba una energía especial y sus habitantes eran de una grandísima calidad humana. Yo anotaba en mi memoria todos los detalles haciendo un pacto mental conmigo mismo que en mi próxima visita a Bolivia Tocaña estaría en mi ruta.

En el viaje de vuelta a La Paz, después de tener nuestros más y nuestros menos para conseguir transporte, acabamos en un bus lleno de adolescentes argentinos de unos 17 a 20 años. Uno de ellos llevaba una guitarra y al poco de haber iniciado el viaje comenzaban a sonar los acordes de “La vereda de la puerta de atrás” de Extremo Duro. Yo no cabía en mi mismo, mezcla de estupefacción por el hecho de que en Argentina se conociera un grupo de rock español que yo pensaba no había pasado de las fronteras y sorpresa por el hecho de que jóvenes una década menores que yo aún les gustaba la música que yo oía a su edad.  Las tres horas de viaje volaron con una banda sonora con un extenso repertorio de canciones de Sabina, Estopa, Jarabe de Palo, Calamaro, Silvio Rodríguez, Spinetta, Extremo Duro. Yo iba disfrutando y tratando de recordar las letras de las canciones lejanas ya en mi memoria para colaborar cantando. Una vez más me cercioré de la cercanía de las culturas española y argentina.

Una vez en La Paz nos apresuramos y encontramos en la zona del cementerio un bus que salía pronto hacía Copacabana. Después de una semana afincados en La Paz decidimos despedirnos de esa fantástica ciudad y continuar hacia el lago sagrado de los Incas.

Purmamarca y el cerro de los siete colores. Jujuy, Argentina.

21 de diciembre 2011. En algún punto en el viaje entre Salta y Purmamarca habíamos cruzado el trópico de Capricornio. Un día histórico: nuestra primera incursión en el trópico. A decir verdad, nunca me había imaginado que esta incursión se realizaría viajando hacía el norte ya que para mí el trópico siempre había sido sinónimo de SUR. Además la novedad era doblemente excitante porque en nuestro primer día en el trópico iba a tener lugar el solsticio de verano. Mi cabeza formada y amueblada durante 27 años en el hemisferio norte no podía abarcar tanta contradicción: 21 de diciembre: solsticio de verano en el trópico viajando en dirección norte. El colmo.

En Jujuy capital habíamos cambiado de bus para continuar a Purmamarca. No nos molestamos ni en dar un paseo por la ciudad porque tenía una pinta de caos agobiante que no teníamos ganas de aguantar. El nuevo bus nos apuntaba la realidad en la que estábamos a punto de entrar. Ya no era un bus último modelo con doble piso, aire acondicionado y asientos cama con precio del pasaje  exorbitado. Este era un bus cochambroso, destartalado y lento, sin más ventilación que el aire caliente que entraba por las ventanas, empaquetado hasta el techo de pasajeros y con un precio del pasaje irrisorio. Jujuy es la última provincia de Argentina antes de entrar a Bolivia. La mayoría de sus habitantes son de origen indígena descendientes de los incas y todavía se usa el idioma Quechua en ámbitos rurales.

Purmamarca resultó ser un pueblecito pequeño, pobre y auténtico cuyo principal atractivo a parte del contemplar la cotidianeidad y modo de vida de sus gentes era el famoso cerro de los siete colores que se encontraba a sus espaldas.  Este era un cerro pelado y árido que gracias a su gran variedad de minerales verdaderamente hacía percibir al observador sus 7 colores en una gama que iba desde amarillos claros a violetas pasando por naranjas y rojos. Dependía mucho del momento del día y de la posición del sol ya que al variar la incidencia de los rayos los colores cambiaban.

Al llegar preguntamos por el camping y solo obteníamos respuestas a medias. Al final encontramos uno dentro del pueblo pero básicamente era un solar amurallado de tierra de granito pelada y sin ningún árbol, solo había una triste tienda de campaña dentro, para colmo era caro. Tras varias idas y vueltas en el pueblo con cansancio y hambre después del viaje y soportando un calor abrasador decidimos continuar hasta el camping de las afueras del poblado. Resultó ser toda una penitencia.

Seguimos el camino cuesta arriba que nos habían indicado la gente del pueblo, las mochilas eran pesadas: unos 25 kilos por persona, y el calor cada vez apretaba más. Cada vez que nos encontrábamos a un paisano que volvía hacia el pueblo le preguntábamos por el camping y siempre nos respondían casi sin hacernos caso que estaba después de la próxima curva. Encontramos en nuestro camino diversos alojamientos de cabañas o habitaciones y me interesé por su precio pero eran desorbitados: en torno a unos 80 euro las mas económicas. Al igual que los mochileros el turismo de altos presupuestos también estaba comenzando a alterar la realidad del pueblo.

Después de andar dos kilómetros la situación comenzaba a ser desesperante cuando por fin encontramos la ansiada tablilla anunciando el camping. Era hermoso con un jardín de árboles jóvenes y flores cuidadas con esmero pero la zona para montar las carpas estaba más dura que el firme de una autopista. Las instalaciones no podían ser más básicas y la propietaria, una vieja que me parecía simpática aunque un poco misteriosa, nos hizo saber que eran 30 pesos, ninguna ganga.

Habíamos buscado unos pedruscos para sujetar la carpa ante la imposibilidad de clavar nada en ese suelo, el día era muy ventoso. Súbitamente una varilla de las dos que soportaban la carpa se rompió. Visto en este preciso momento en el que escribo no era una catástrofe insalvable pero era la última dosis de una serie de pequeños reveses que se magnificaban con el cansancio y hambre. En ese estado la carpa era inútil y vencido por el estrés del propio día, yo ya estaba por volver a bajar hacia el pueblo y quedarnos en las cabañas de los turistas ricos dándoles toda la plata que tuviéramos encima si era necesario.

Poco antes que nosotros había llegado una joven pareja chilena que continuaba pidiendo un descuento a la dueña porque no tenían dinero para mantenerse allí una semana que era lo que tenían que esperar para tomar el próximo bus que cruzando los Andes les llevara a su país.  Había además muchas más carpas cuyos dueños no habían dado señales de vida hasta entonces.

Cuando ya nos íbamos a ir vimos llegar a Juana, una porteña que habíamos conocido en el camping de Cafayate. Juana venía acompañada de Facundo, al que no habíamos conocido antes.  Fue entonces cuando se empezó a arreglar el día. Ellos iban a recoger sus carpas para irse a Tilcara y Facundo nos ofreció su estuche de primeros auxilios para carpas, nosotros nos negábamos a aceptarlo porque pensábamos que le podía servir a él, pero nos insistió sinceramente: Facundo era un tipo bien auténtico con una energía y optimismo desbordantes. Gracias a nuestro nuevo amigo, el problema de la carpa quedó solucionado.

Una vez instalados volvimos a Purmamarca pueblo para comer pero ya había pasado la hora del almuerzo y no era posible comer en ningún sitio, por lo que hubo que contentarse con unos alfajores hasta la cena. Elegimos un local con mucho estilo para cenar y fue todo un premio por el esfuerzo del día. Había música tradicional y cuando estábamos a mitad de la cena entraron en el local los ocho jóvenes de Mar del Plata que nos veníamos encontrando en cada pueblo desde Tafí del Valle. Aún no sabíamos que junto a todos ellos más Juana y Facundo y compañía habríamos de pasar unas navidades memorables dentro de unos cuantos días.

En el camino de vuelta a casa ocurrió lo mejor del día. Esos dos kilómetros que hacía pocas horas nos habían parecido una tortura ahora se convirtieron en paraíso. Era una noche te temperatura apacible, atrás quedó el calor abrasador del día, la luna llena brillaba con toda su potencia y estampanaba sus rayos en las paredes de minerales multicolores de los cerros que nos rodeaban. Por primera vez en el día recordé que estábamos en el solsticio de verano, recién cruzado el Trópico de Capricornio. Hacía un mes justo que el viaje nos había empezado, y por primera vez sentía que era justo entonces, ahí mismo, cuando habíamos encontrado el viaje que veníamos buscando: la aventura, lo imprevisto, el choque cultural. A partir de entonces todo iba a ser distinto.

Al llegar al camping, entablamos conversación con la pareja de viejos. Ella era rechoncha y él delgado y mas arrugado que una pasa, lo creía indígena descendiente de los Quilmes o los Incas por sus facciones y su tez oscura, pero nos contó que su padre era español de Almería, y entonces me percaté de algo extraño: ese viejo lo mismo podía ser un indígena del altiplano que un viejete de mi pueblo en La Mancha. Nos enseñaron fotos del terreno cuando era propiedad de la abuela de la mujer, de la casa de adobe donde estábamos que ellos mismos al volver de la ciudad de Jujuy para pasar la vejez en sus orígenes arrebataron al tiempo y libraron del hundimiento. La abuela de la mujer no tenía en aquel tiempo para sustentarse más que unas míseras cabras y el terreno no era más que un yermo pedregal reseco. A todo le dieron la vuelta la pareja de hacendosos viejos, plantaron un vergel de árboles sin temor a no verlos llegar a grandes, plantaron flores de todos los colores, hicieron un pozo para regar árboles y flores y gracias al turismo el antiguo pedregal se convirtió en un camping.

Sorata, Bolivia

13 enero 2012. En viernes 13  (mala fecha) me decidí a hacer una excursión en solitario a Sorata. En realidad no sabía muy bien a que iba pero me habían dicho que era todo un encanto de pueblecito rodeado de las montañas de la Cordillera Real de Bolivia y poco contaminado por el turismo. Siobhán quería – con toda la razón – dedicar más tiempo a explorar tranquilamente la ciudad de La Paz, pero mi impaciencia por conocer y explorar mas sitios me impedía estar quieto más de un par de noches en la misma cama.

Así, me fui hasta el cementerio de La Paz y busqué la esquina desde donde salían las furgonetas hacia Sorata. Me monté en una que, una vez más, había de ser conducida por un viejo camicace. A mi lado iba un viejo al que no le pude sonsacar más que trabajaba en la mina y había venido a La Paz a visitar unos familiares. Detrás iba un grupo de jóvenes mochileros franceses, y en la parte delantera otros dos adultos bolivianos. Los locales pagaron 7 Bolivianos por el viaje; a nosotros, por ser turistas, le añadieron un 1 al 7 que lo dejó en 17.

Me hice amigo de los franceses, que hablaban bastante bien español, y al final acabamos durmiendo todos en la misma habitación súper básica de un hostal aún más básico pero con esplendidas vistas al profundo valle por donde pasaba el río de Sorata. Por la noche fuimos un rato a charlar y beber unas cervezas al hostal de enfrente con un grupo de 5 o 6 jóvenes argentinas que habíamos conocido en la tarde en la plaza. Este hostal se llamaba El Mirador y, haciendo justicia a su nombre, tenía una terraza con unas vistas de infarto.

En realidad los extranjeros van Sorata a hacer caminatas por las montañas y los valles, caminatas de uno o varios días que según cuentan son únicas. Yo me dediqué a explorar el pueblecito de indígenas con sus plazas y calles adoquinadas  a unos 2700 m.s.n.m y a admirar las vistas desde el mismo pueblo, sin dar un paso fuera de él.

Solo por una cosa habría valido la pena las 3 horas de viaje desde La Paz por sinuosos y serpenteantes caminos de tierra y baches, sorteando las montañas nevadas: el descubrimiento del api. El api es una bebida típica del altiplano boliviano: es muy espesa, dulce, rosada y se toma bien caliente para el desayuno acompañada de buñuelos de harina fritos – un desayuno potentísimo. Se hace a base de granos molidos de maíz rosado mezclado con un poco de azúcar y canela. Lo tomé en el mercado local donde se reúne la gente del pueblo a desayunar en banquetas de los distintos vendedores. Yo era el único turista allí y disfrute el pequeño momento como una experiencia sublime y pura del viajero de las que escasean hoy en día.

En el viaje de vuelta a La Paz fui sentado al lado de Santiago, un joven de Sorata que también trabajaba en la mina. Santiago era mucho más hablador que mi anterior compañero y me iba explicando pequeños detalles de la zona y preguntándome cosas sobre España y Europa. Una pregunta suya si me impactó y creo que nunca la podré olvidar: me felicitó por hablar tan bien y me preguntó con ingenuidad qué idioma se hablaba en España. Además me confesó que no comprendía la utilidad de un viaje tan largo como el mío del que no alcanzaba incluso a imaginar las dimensiones ni distancias. Éste fue un viaje de vuelta a La Paz muy agradable en el que entablamos buena camaradería y cuando nos despedimos Santiago y yo nos sacamos una foto, nos dimos un abrazo y nos deseamos buena suerte.

Sucre: la ciudad blanca.

7 de enero 2012. Llegamos a Sucre ya bien entrada la noche y fuimos a alojarnos a un hostal que aparecía en nuestra guía. Fue una grata sorpresa cuando al cruzar el patio del hostal oímos hablar a Jordi, un amigo que conocimos en Iruya, Argentina, la víspera de Navidad y con el cual nos habíamos venido cruzando en repetidas ocasiones a lo largo de nuestro itinerario en Bolivia. Estábamos en contacto y era nuestra intención quedar otra vez en Sucre, pero ¡cosas del viaje! fue pura casualidad que fuimos a parar al mismo hostal en el que Jordi estaba. El día siguiente era domingo e hicimos planes para ir al mercado campesino de Tarabuco, un pequeño pueblecito en la sierra a casi unas 2 horas de Sucre.

El viaje a Tarabuco fue una gran experiencia antropológica. El día empezó aprendiendo a usar el loco sistema  de transporte en la mayoría de ciudades bolivianas. El transporte urbano funciona de la siguiente forma: en las calles hay un mar de furgonetas tipo Nissan Vanette, o equivalentes, las cuales tiene carteles de cartón “de quita y pon” en la luna delantera que anuncian el destino del carro, pero uno se percata antes de los gritos por la ventana del ayudante que constantemente propagan a los cuatro vientos los puntos del itinerario, todo esto sumado al uso abusivo del claxon para llamar aun más la atención de uno. Si un viandante hace un gesto de interés, el conductor de la furgoneta reduce la marcha (nunca llega a pararse), el ayudante corre la puerta corredera y al nuevo pasajero le toca saltar al interior. A partir de ahí empieza un viaje trepidante con una conducción camicace pero efectiva. Estas furgonetas son de particulares, a veces asociados en cooperativas, y son ellos quienes deciden que ruta harán cada día. Huelga decir que la reglamentación brilla por su ausencia. Descrito así podría parecer un sistema caótico y poco eficiente. Bueno caótico es, pero la verdad es que cuando uno se acostumbra funciona fenomenal y rápido.

Una vez llegados al punto donde salían furgonetas  hacia Tarabuco los tres nos subimos en la parte de atrás de una Vanette y entonces una pareja bien simpática subió,  enseguida nos dimos cuenta de que eran argentinos y después de diez minutos teníamos una conversación bien animada que duró todo el viaje.

Una vez llegados a Tarabuco pudimos disfrutar de un mercado local y agrícola muy poco corrompido por el turismo pues muy pocos eran los viajeros que llegaban hasta allí. Los campesinos indígenas de la zona se apresuraban a exponer y vender sus mercaderías y artesanías alrededor de la plaza del pueblo y calles principales. El pueblo tenía un excelente estado de conservación, estaba tal cual se construyo durante la colonia. Hablando de colonia, en la plaza del pueblo destacaba una estatua gigante de un valeroso guerrero indio arrancándole el corazón a un soldado realista. Y es que Tarabuco se enorgullece de haber sido cuna de numerosas revueltas indígenas contra el imperio español.

Por la tarde, ya casi acabado el mercado y mientras dábamos un paseo por el pueblo acertamos a entablar conversación con unas mujeres que estaban liando cigarros a la manera artesanal. Ellas estaban sentadas en una puerta al sol y sus hijos e hijas las acompañaban mientras trabajaban. Esta conversación fue una grata sorpresa pues por lo normal no era nada fácil tener una conversación más larga de dos frases monosilábicas con los nativos.

El día aún nos tenía guardada una sorpresa. Cuando pretendíamos volver a Sucre descubrimos que ya habían vuelto todas las furgonetas  y todo parecía apuntar que deberíamos quedarnos allí a pasar la noche. Entonces Sudamérica nos enseñó otra lección: siempre hay otra forma distinta de hacer las cosas, una alternativa escondida delante de nuestros propios ojos. Lentamente se fue acercando una torpe, destartalada camioneta con una caja de madera bien alta para el transporte de mercancías; por encima se veían algunas cabezas y sombreros. Se fue a parar justo a nuestro lado e instantáneamente le preguntamos qué adonde se dirigía. Adivinen la respuesta. Sin pensárnoslo dos veces estábamos subiendo al camión y abriéndonos paso entre las aproximadamente cincuenta personas que viajaban dentro: bebes, niños, padres y abuelos. Así fue como Virginia y Matías, que así se llamaban nuestros nuevos amigos, Jordi, Siobhán y yo disfrutamos de una preciosa y poco convencional manera de viajar. Aún puedo recordar el olor del viento que chocaba en nuestras caras, contempladoras curiosas de las montañas bolivianas, mientras el camión viraba y viraba curva tras curva.

El plan para el día siguiente era visitar Sucre. Matías y Virginia tenían el billete de bus para irse ese mismo día, lunes por la tarde, a La Paz. Por la mañana pasaron a llamarnos a nuestro hostal. El mismo grupo de cinco se disponía a callejear las blancas calles de Sucre. A Sucre, capital constitucional de Bolivia y sede del Poder Judicial, se la conoce como “la ciudad blanca” por la blancura de su arquitectura colonial. La ciudad se encuentra en un excelente estado de conservación: fachadas bien encaladas, tejados con vigas de madera, suelos adoquinados, blancas iglesias. Además es una ciudad de marcado carácter universitario con una de las mejores universidades del país, la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca, de origen jesuita. Debido al clima mucho más cálido que el de Potosí por estar Sucre a una altitud de “solo” unos 2800 m.s.n.m ésta ciudad fue elegida como lugar de residencia de muchos conquistadores enriquecidos en las minas de Potosí.

Bien aconsejados por Jordi, comimos en el mercado de frutas, rodeados de un festival de colores y olores. Deliciosos jugos y ensaladas de frutas tropicales con precios de unos cinco o seis Bolivianos (poco más de medio Euro). Todo un festín para los sentidos.

Y una vez más, como al inicio de este relato, la casualidad o destino, que va siempre un paso por delante de nosotros, empezó entonces a jugar su juego. Matías y Virginia se despidieron, se iban a preparar su viaje, pero resultaba que Jordi, Siobhán y yo nos los encontrábamos al girar cada esquina, era como si algo estuviera actuando en contra de esa despedida. A la noche en el hostal, Jordi tocó en nuestra puerta, estaba allí con Matías y Virginia. Nos dijo que los chicos habían tenido un problema y no pudieron tomar su bus, pero era como si estuviera diciendo: mi camino se separa del vuestro aquí, tomo otra ruta, pero donde un camino se separa otros se unen. Y así fue, el próximo día los cuatro nos encontrábamos viajando a La Paz y el uno hacia Santa Cruz.

El paso a Bolivia

26 de Diciembre del 2011. A eso de las 3 de la tarde partimos de Iruya en un autobús viejo y destartalado que portaba nuestras mochilas atadas en el techo. Una vez más debíamos repetir, esta vez de vuelta, el sinuoso camino que nos había llevado hasta Iruya. En la intersección del camino de tierra con la carretera principal nos bajamos, así evitábamos los últimos 25 km. hasta Humahuaca, que de otra manera deberíamos de repetir para volver a subir hasta la frontera. Allí esperamos que pasara el próximo bus hasta La Quiaca.

Una hora y media duro el viaje hasta La Quiaca, cruzando el último extremo del noroeste argentino. El supervisor de los tickets iba ofreciendo hojas de coca a los pasajeros. Cuando llegamos a La Quiaca, ciudad fronteriza en la parte argentina comprobamos, como ya habíamos oído, que no es un pueblo en el que te gustaría pasar una noche: frio, alto (3500 m.s.n.m), ventoso, destartalado, y probablemente peligroso. Eran más de las 6 de la tarde y el grupo de 8 personas se dividió en dos. Cinco se dispusieron a cruzar la frontera y viajar directamente a Tupiza, pequeña ciudad al sur de Bolivia. Nosotros, junto a Fernando, un chico de Buenos Aires, tomamos un taxi al pueblecito argentino de Yavi, a unos 20 minutos de La Quiaca, para pasar allí la noche y cruzar la frontera al próximo día.

Nuestro razonamiento fue que si no era recomendable pasar la noche en La Quiaca, menos aún lo era pasarla en Villazón, la ciudad boliviana de la frontera, y como no sabíamos a ciencia cierta si después del trámite de la frontera aun saldrían buses a Tupiza, y si salían llegarían a su destino alrededor de la media noche, tomamos decididamente la opción más conservadora.

Yavi era un pueblecito encantador, ajeno completamente al turismo, sumergido en el tiempo. Todo marrón, paisaje marrón (a excepción del valle cultivado), casas marrones de adobe, calles marrones de tierra. Nos quedamos en la opción más económica, haciendo camping en el camping municipal por 8 pesos por persona (alrededor de euro y medio).

No pudimos encontrar nada para cenar. Esto era algo que ya nos venía pasando desde hacía varios días, y sin lugar a dudas es un fenómeno raro para el viajero o el turista; supongo que nosotros somos una combinación de ambos. Uno está acostumbrado a que la gente se abalance vendiendo cosas, a que sobren las opciones de cosas o de comida para comprar, normalmente a doble precio de lo que pagaría un local, pero, al fin y al cabo, múltiples opciones para consumir. Aquí nadie nos quiso vender nada. Nos miraban como preguntándose qué era lo que estábamos haciendo allí un 26 de diciembre, y nos decían que no tenían comida, que se les había acabado en las fiestas, que fuéramos a preguntar a la casa de al lado. Algo similar nos paso ya en Iruya un par de veces aunque no tan dramático. Al final encontramos unas bolsas de salchichas y gracias a que Fernando llevaba un hornillo para el camping las pudimos cocinar y cenar. Fue una buena cena, sencilla pero en buena compañía y con buena conversación.

A las 11 del día siguiente, el 27 de diciembre, estábamos en una larga cola en la frontera para conseguir el sello de salida de Argentina y el de entrada a Bolivia. Este trámite nos llevaría más de cuatro horas. Nicolás, un boliviano de unos 60 años que vivía en Buenos Aires, nos precedía en la fila. Nicolás estaba bien enojado y nos decía: “esto es para que ustedes vean lo que es el Mercosur, ¡una mierda!, que no les engañen por la tele, ustedes han estado aquí y lo han visto”. Continuaba su enfado diciendo: “Buenos Aires está lleno de bolivianos, muchos de ellos discriminados y explotados con salarios de miseria y jornadas infinitas de trabajo, pero lo que más me duele es que en muchos de los casos es un boliviano quien explota a otros bolivianos, para que vean ustedes.”

En este caso yo no vi tanto problema con Mercosur salvo el de que en la parte boliviana de la frontera solo había un funcionario en una ventanilla sin ningún tipo de prisas lo cual hacia que la fila apenas se moviera un metro cada cuarto de hora. Sin embargo, el trámite se realizaba sin ningún tipo de problema, no solo para los ciudadanos de Mercosur sino también para los de la Unión Europea. Caso distinto era para los ciudadanos estadounidenses que debían pagar una visa que costaba 140 dólares estadounidenses como justa compensación a la visa y problemas que deben afrontar los bolivianos para ir al país de las barras y las estrellas.

Fueron más de cuatro horas en una fila bajo el abrasador sol del medio día en el altiplano boliviano sin una mísera sombra. Este fue el precio que hubo que pagar para entrar en Bolivia, una buena insolación.

Después supimos que la otra parte del grupo que entró al país el día anterior por la tarde no tuvo que esperar ni siquiera diez minutos al no haber nadie esperando en la fila. Pero ellos no vieron Yavi.

Una vez ya en Villazón, nos apresuramos a cambiar los pesos argentinos que teníamos a una tarifa extorsionadora de 1.38 y casi corriendo llegamos a la estación de bus y nos subimos al primero que partía para Tupiza. El viaje de dos horas fue agradable y veloz, disfrutando de un precioso paisaje de fértiles valles y desnudas montañas que ya no era argentino sino boliviano. Todo un nuevo país se extendía ante nosotros y estábamos felices.

Iruya y San Isidro, Argentina

25 Diciembre de 2011. Como ya expliqué antes Iruya es un pueblecito del norte de la provincia de Salta a unos 2500 metros de altitud. Está bien rodeado de montañas y su única conexión con el resto del mundo es un sinuoso camino de tierra que atraviesa cubres y valles y que el bus tarda unas 3 horas en recorrer. Todo el pueblo está en una ladera bien empinada y sus calles están empedradas con cantos e incluso algunas tienen escalones debido a la excesiva pendiente.

A las 11 de la mañana fuimos a la misa de Navidad que duro casi 2 horas. Por lo que voy viendo aquí las misas son mas una reunión social que propiamente una misa. Algo nunca visto por mis ojos fue el hecho de tener un cura orquesta. Él solito se bastaba con su guitarra al cuello para ponerle música a una canción tras otra. Al llegar el momento de dar la paz, hubo una pausa de al menos 10 minutos y el templo se sumió en un caos en el que todos se daban la mano o un beso con todos, dando una impresión de ser una comunidad unida. Muy diferente del escueto apretón de manos con el individuo de al lado que se estila en Europa.

Si están pensando que Iruya es pueblucho aislado y olvidado, se están equivocando pues es todo una metrópoli para los pueblos de alrededor. A eso de la 1 de la tarde decidimos partir hacia San Isidro. San Isidro es un pueblo de unas 50 familias, a 3000 metros de altitud. La única forma de llegar a San Isidro es remontando el cauce de un rio que discurre entre dos gigantes paredes de piedra. Hay un pequeño camino en el pedregal de la cama del rio, que cruza el cauce del rio innumerables veces. La forma de cruzarlo es ir saltando de piedra en piedra. La caminata hasta San Isidro dura unas 3 horas, y se puede aligerar algo si se lleva un burro.  Sobra decir que cuando el rio crece y todo el cauce se llena, el pueblo queda aislado.

Cuando ya estábamos medio cansados de cruzar el rio una y otra vez, y muchos de nosotros ya llevábamos los pies bien mojados al caer al rio en alguno de los imposibles cruces, vimos a una joven familia que bajaba hasta Iruya, la mujer con el niño pequeño en brazos.

Al escalar la senda que lleva del cauce del rio a la entrada de San Isidro escalando la vertical pared nos encontramos a una pareja de ancianos con su burro. Intentamos hablar con ellos y pedir una foto de ellos pero se negaron. Al llegar arriba, al inicio del pueblo, encontramos a Lisandro, un hombre de 60 años que ha vivido toda su vida en San Isidro. Nos puso un poco al día del estado del pueblo.

Lisandro nos contó que la electricidad había llegado solamente hacía un año, y que si alguien necesita un médico hay que llevarlo en brazos o en hombros hasta Iruya. El pueblo se dedica principalmente a la agricultura, pero las tierras se encuentran al otro lado de la montaña y se necesita casi una hora para llegar a ellas. El pueblo cuenta con unas 200 hectáreas de tierra cultivable, lo que da un promedio de unas 4 hectáreas por familia. Sin embargo todas las tierras son propiedad comunal y si alguien no tiene tierra o necesita un poco más, solo tiene que hacer una petición al presidente de la Junta.

Para el almuerzo, una mujer de San Isidro nos preparo en un santiamén unas 100 deliciosas empanadas para todo el grupo, a razón de dos pesos por empanada.

A la vuelta, y ya casi a la entrada de Iruya vimos un pequeño corralito con unos cabritos recién nacidos, nos acercamos y entonces un pequeño niño que estaba jugando nos dijo que las cabras eran suyas y de su familia. El niño era Josué, de 7 años. A Josué le gustaba mucho hablar, al tiempo de seguir jugando. Parecía muy maduro para su edad. Nos preguntó qué de donde éramos y qué hacíamos allí. Nos dijo que solo había salido dos veces de Iruya, una de ellas a San Isidro, el cuál le parecía más divertido que Iruya. Nos contó además todo lo referente a su clase de la escuela, las notas que había sacado y las que habían sacado sus amigos.

Finalmente estábamos de vuelta en Iruya y así acababa la Navidad del 2011.

Cachi, Argentina

18 de Diciembre del 2011. Teníamos dos opciones para continuar la ruta desde Cafayate. La más fácil y corta: ir directamente a Salta, la capital. Más fácil porque la carretera era mejor y abundaban los autobuses y taxis que las conectaban. La más difícil y larga: desviarse siguiendo la ruta 40 hasta Cachi, haciendo noche en Cachi para el día siguiente llegar a Salta.

Nos atraía mucho más la opción de Cachi. El problema era que en un tramo de 45 km de los 170 km entre Cafayate y Cachi no había línea de autobús. Aún a sabiendas de que el extorsionador que nos había llevado los dos días anteriores pensaba seguir la ruta de Cachi nos quedamos rezagados a propósito un día más en Cafayate porque no queríamos mas cuentas con él.

El plan era probar suerte haciendo dedo y si no la había quizás solo tomar el bus hasta el final de la línea y después ya se vería lo que se hacía con esos 45 km sin conexión. La fortuna nos sonrió cuando encontramos desayunando en la plaza de Cafayate a una pareja de brasileños que iban a conducir hacia Cachi. Ya habíamos hablado con Carolina y Artur un par de veces anteriormente en la quebrada y en las cascadas de Cafayate y como se dice en Argentina “llevaban muy buena onda”, eran majos, simpáticos y divertidos. Pasaríamos dos días fantásticos en su compañía. Remarcable fue la pericia de Carolina al volante que nos llevo por unos paisajes de los mejores que haya visto nunca.

La ruta 40 pronto pasó de carretera asfaltada a camino de tierra y nos regaló vistas de las montañas nevadas, valles pedregosos de ríos secos, quebradas y cerros con tierra de los más diversos colores. Uno de los parajes más rurales y apartados que vimos en la Argentina. Casitas de adobe perdidas en medio de la nada con unas pocas cabras alrededor como único sustento a sus moradores. Pequeñas ermitas meticulosamente encaladas y cuidadas al borde del camino en el que no había ni un alma en decenas de kilómetros a la redonda.

Así transcurrieron más de cien kilómetros de la ruta 40 en estado de camino rural hasta que llegamos a Cachi.

Cachi es un pueblecito bien coqueto y metido en las montañas. Rodeado de viñedos y con una preocupación extrema por la limpieza y el cuidado de sus calles. Poco tocado por el turismo.  Admiraba el ritmo y modo de vida de sus habitantes. Todos estaban tranquilos, relajados y al mismo tiempo metidos en sus quehaceres diarios. Los niños jugaban en la arboleada plaza. Todo un sueño de pueblo.

El día siguiente continuamos el camino a Salta. El paisaje seguía dejándonos boquiabiertos, ascendimos la “cuesta del obispo” a mas de 4000 metros para después descender hasta una planicie rocosa que formaba el Parque Nacional de los Cardones. Ejércitos de cactus gigantes inundaban las llanuras con las montañas al fondo. Las llamas campaban a sus anchas. El cielo era azul, un azul que solo se observa a elevadas altitudes, y las nubes eran de algodón, blanco puro.