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Natura. El poder de la madre Tierra.

El salar de Uyuni y Sud Lipez, Bolivia

Finalmente nos embarcamos con una agencia que no tenía malos reportajes y aunque con el precio un poco inflado tenía viaje para el segundo día del año. Teníamos claro que no queríamos quedarnos allí un día mas esperando.

El viaje fue espectacular. Estaba seguro que fue lo más espectacular que había visto hasta la fecha en mi modesta vida como viajero. Recorrimos alrededor de 1000 km. en tres días, subimos hasta altitudes de 5000 m. y admiramos las mas fantásticas creaciones de la naturaleza.

La excursión comenzó visitando un cementerio de trenes del siglo XIX. Estos trenes eran el sinónimo del control inglés del país, por los cuales el país se hipoteco y se entregó a manos atadas al crédito extranjero y además también habría alguno de los que Chile regaló al país a cambio de usurparle en la guerra del Pacifico toda su franja costera. Cuando al nuevo imperio, es decir al imperio yanqui, ya no le interesaba que las mercancías se transportaran por tren, el gobierno boliviano nacionalizó la compañía estatal de ferrocarriles en los años 70 dando lugar de este modo al enorme cementerio de ferrocarriles y miles hombres sin trabajo.

La segunda parada fue el salar. A lo largo de una extensión de 12.000 km2, alrededor de 170 km. de ancho y a unos 4000 m.s.n.m (metros sobre el nivel del mar) se extiende el salar de Uyuni, el mayor del mundo. Se cree que en el pasado, antes de la formación de la cordillera de los Andes, este área se encontraba en el fondo del océano; prueba de ello son las islas de coral que lo habitan. En la estación seca el salar está completamente seco y solo se ve una extensión blanca de sal infinita por la que los todoterreno pueden ir a más de 80 km/h. Sin embargo estábamos en la estación de lluvias y había un palmo de agua en todo el salar. Esto hacia que el todoterreno no pudiera correr tanto y de hecho no pudimos cruzar el salar entero, pero creaba un efecto espejo de un cielo que, para compensar la miseria del día anterior, era del más puro azul con infinidad de nubes de inmaculado algodón. Se tenía pues una sensación de estar flotando, ingrávido, como si se hubieran cruzado ya las puertas de san Pedro. Abandonamos el salar para ir a dormir al pueblo de Alota en unas humildes y frías casas de adobe. No fueron pocos los que fueron atormentados por el mal de altura.

El segundo día resultó en una sinfonía de lagunas cada una de un color: verde, esmeralda, colorada, turquesa. Los distintos colores eran debidos a las algas que moraban en las lagunas, y las orillas de las lagunas eran todas blancas debido a la presencia de un mineral que se usa para fabricar detergentes. Había flamencos por doquier para aumentar aún más el bucolismo del panorama: lagunas en desiertos flanqueados por montañas nevadas.

Nos encontrábamos en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Había que pagar 150 bolivianos por persona (unos 17 euros), pero los pague con gusto. Los beneficios sacados de la reserva se distribuyen en primera instancia en las comunidades locales y segundamente al Estado Plurinacional de Bolivia. Un toque más de la política de Evo. La diferencia con Iguazú era importantísima. Iguazú lo gestiona una empresa y los beneficios van a la empresa.

En la laguna colorada nos sorprendió una violentísima tormenta eléctrica y fuimos a pasar la noche a unos caseríos de adobe casi al pie de la laguna. La tormenta eléctrica dejo paso a una fuerte nevada que nos regalaría un bello paisaje siberiano. Mientras nevaba cenábamos y tuvimos una interesante conversación sobre el presente estado social, político y económico de Sudamérica con una pareja de argentinos, una pareja de brasileños y un boliviano, también integrantes de la excursión.

El tercer día empezó a las 4 de la madrugada todavía con una hora de oscuridad. Los todoterrenos atravesaban desiertos nevados para llegar a un campo de geiseres al amanecer, daba la impresión de estar en Islandia. Luego fuimos a bañarnos a unas piscinas de aguas termales y humeantes. Toda una experiencia, rodeados de nieve y montañas y nosotros allí en traje de baño.

Después del desayuno fuimos a parar al desierto de Dalí, infinito arenal con rocas de forma surrealista esparcidas aquí y allá. Finalmente llegamos a la última laguna y probablemente la más preciosa, la laguna Verde a los pies del majestuoso nevado volcán Licancabur, de más de 6000 m.

Estábamos  en el punto donde convergen Argentina, Bolivia y Chile. Nos acercamos al paso fronterizo de Chile ya que algunos excursionistas continuaban hacia San Pedro de Atacama y su desierto, el más seco del mundo. No nos faltaban ganas de cruzar a Chile pero Bolivia todavía nos estaba llamando. Para sacarnos la espinita dimos un paseo por los Andes chilenos y nos hicimos una foto al lado de la señas de entrada a Chile, para inmortalizar el momento en que, efectivamente, pisamos Chile.

Todo el viaje fue un éxito. Nuestro conductor Jorge, hombre de pocas palabras, fue un gran profesional al volante en una ruta larga y peligrosa. Fue como un mini rally Dakar, que por cierto, en esas fechas ya se estaba rodando al otro lado de la cordillera.

De vuelta a Uyuni, todavía con las fascinantes imágenes en nuestra retina, sacamos nuestro pasaje para Potosí y cenamos en la pizzería de Luis, un boliviano que había vivido 13 años en Suecia, y que fue más abundante en palabras y explicaciones que sus compatriotas. Nos preparó una deliciosa pizza con base de quinua cultivada por el mismo en las tierras de su familia y nos regaló una interesante conversación, ilustrándonos sobre la astronómica especulación en Uyuni debida sobre todo al turismo y a la minería: un apartamento en la ciudad costaba hasta 300.000 dólares estadounidenses. También nos explicó como con la nueva ley de Evo Morales que eliminaba la propiedad privada de las tierras para otorgar la propiedad al individuo que la trabaja su familia que varias generaciones atrás poseía varios cientos de hectáreas había perdido el derecho a gran parte de ellas.

Tupiza, Bolivia

27 de Diciembre de 2011. Tupiza era nuestra primera parada en Bolivia. Era una ciudad pequeña, sencilla y tranquila. Su mayor reclamo para el viajero era el estar situada en un entorno ideal para caminar o hacer excursiones a caballo. Además poco a poco estaban aumentando las agencias que, desde Tupiza, ofrecían tours en vehículos todoterreno del salar de Uyuni y de la región de Sud Lípez. El tour estándar ofrecido era de cuatro días y costaba en media unos 1200 o 1300 bolivianos (130 – 140 euro) con alojamiento y comida incluida. Nosotros, con bastantes dudas, decidimos hacer el tour desde Uyuni.

Tupiza tenía una gran plaza cuadrada y bonita llena de árboles, una colina mirador donde se podía observar todo el pueblo y las impresionantes paredes rojas que lo flanqueaban. Un mercado central que era una explosión de colorido y un amontonamiento de todo tipo de carnes: pollos, trozos enteros de vaca, cabezas de vaca, etc., en venta y sin ningún tipo de refrigeración que aportaban una gran pestilencia al ambiente según iba avanzando el día. También había otro segundo mercado, este situado como en una red de callecitas estrechas y techadas donde se vendían zapatos, ropa, especias, y demás enseres. Finalmente, había también un mercado ambulante al lado de la estación del tren donde lo mismo te podías comprar unas empanadas como un juego de backgammon o un bolso. Queda patente, pues, que el mercado popular y la venta ambulante era la forma de comercio reinante. Pequeñitas viejas de piel curtida y arrugada vestidas en traje tradicional boliviano con falda, mandil y sombrero y sentadas en cuclillas en el suelo eran las vendedoras.

Pasamos un par de días descansando, sin hacer mucho y disfrutando los menús del restaurante de al lado del hostal que por 13 bolivianos (1 euro y medio) te incluía sopa, plato principal y postre. Bueno, además de descansar y relajar, estábamos pasando una gran diarrea que se hizo presente nada más cruzar la frontera. En términos generales la higiene en Bolivia es prácticamente algo inexistente, la forma de manipular y almacenar la comida son aterradoras para el europeo, los baños apestan y salvo rarísimas excepciones no tienen papel higiénico ni jabón para lavar las manos. En estas condiciones es fácil adquirir una diarrea histórica; a nosotros nos acompañaría durante gran parte del viaje por Bolivia.

Socialmente, algo que nos impresionó fue la abundancia de ciber cafés, con la conexión a internet más lenta que se pueda imaginar, y juegos informáticos donde los jóvenes pasaban horas y horas completamente viciados al juego. Después comprobaríamos que era algo normal en todo el país. También observamos un cambio radical, respecto a Argentina, en la actitud ante el extranjero, siendo el boliviano mucho más reservado, parco en explicaciones y numerosas veces mostrando una mezcla de miedo y desconfianza ante el hombre blanco. Obviamente, sobran razones históricas para justificar esta actitud.

Sin embargo, dentro de la propia Bolivia, hay grandes diferencias sociales entre la zona del altiplano, por donde nosotros viajamos, y las zonas bajas de selva y valles. De hecho el nombre oficial del país es: Estado Plurinacional de Bolivia. En el altiplano la población es indígena, más pobre e introvertida y temerosa, con gran devoción por el presidente indígena Evo Morales del que abundan fotos por doquier como baluarte del progreso de la nación y de la mejora de las condiciones de los indígenas. En cambio, la zona de Santa Cruz, según me han explicado, puesto que por allí no viajamos, es más próspera, los habitantes son más blancos o mestizos y más extrovertidos.

Finalmente nos decidimos a hacer una excursión a caballo. Inicialmente contratamos una excursión de dos días, pero rápidamente cambiamos de opinión y lo cambiamos por una de solo un día ya que nuestra experiencia montando era prácticamente nula.

Fue todo una experiencia. Nuestro guía era Cristian, un niño que se empeñaba en decir que tenía quince años ya casi dieciséis pero era evidente que tenía muchos menos. En Bolivia los niños llevan la mitad de los negocios. Cabalgamos por entre formaciones rocosas extravagantes, de las más diversas formas, siempre con una gran variedad de tonalidades de marrones y rojos. Normalmente por cursos de ríos medio secos que se llenaban en las riadas de la estación de lluvias. De hecho, estábamos al inicio de la estación húmeda, y durante una hora nos diluvió pero no interrumpimos la cabalgata. Cristian era el hijo del dueño de los caballos, pero nosotros contratamos la excursión con una agencia por 210 bolivianos el día y persona, unos 3 euros la hora. Supongo que la agencia pagaría la mitad al dueño de los caballos, el negocio del turismo y las típicas agencias que se están procreando como hongos en la lluvia son unos grandes usureros.

Progresivamente Cristian iba azuzando más y más a nuestros caballos para que pasaran del paso al trote y del trote al galope. Yo creo que quería adelantar la hora de llegada. A mí el trote me resultaba muy incómodo y doloroso ya que no lograba adaptarme al ritmo del caballo, sin embargo me encontraba mucho más a gusto en el galope, causaba gran impresión al principio, una sensación de inseguridad y de que con cualquier imprevisto podrías ir al suelo en una caída que podría resultar fatal. Poco a poco, uno se siente más seguro y el miedo deja paso a una sensación de libertad, velocidad y poderío inigualable. A Siobhán le pasaba al contrario, prefería el trote al galope y su caballo era más asustadizo en el cruce con los vehículos.

En la última hora de cabalgata Cristian me dio una ramita flexible con la que azotar al caballo para que pasara galope, y éste obedecía de inmediato. Me sentía seguro. En el último tramo estábamos cabalgando por la vía del tren, mi caballo se lanzó al galope, me sujeté el sombrero de vaquero y abandoné a mis compañeros haciendo mía la vía del tren. Era una sensación única e irrepetible, galopando por una vía de tren en la grandeza del altiplano boliviano. Era dueño de mi caballo y mi destino.

Cafayate, Argentina

17 de Diciembre de 2011. Cafayate debe su fama sobre todo a la quebrada de Cafayate, pero además es una bonita población de unos 5000 habitantes con impresionantes vistas a las montañas que se alzan a su espalda. También es cuna de unos de los mejores vinos argentinos, sobre todo blanco variedad torrontés y tinto variedad malbec, y sede de potentes bodegas.

La quebrada es una formación de decenas de kilómetros donde las montañas y rocas de los más variados tonos marrones modeladas por la erosión componen las más extrañas formas en un paisaje tan surrealista que parece lunar.

En Cafayate, decidimos quedarnos una noche más y separarnos de la pareja español-argentina con la que veníamos viajando los dos días anteriores. Ella, llena de simpatía e inocencia. Él, un machista y pesetero, teleco y de Madrid, que únicamente nos vio como una fuente de dinero para pagar su coche. Se había propuesto exprimirnos y lo consiguió, aunque pronto el destino nos resarciría de esta mala experiencia con creces.

Tilcara, Argentina

23 de Diciembre del 2011. En Tilcara, provincia de Jujuy, Argentina; a tiro de piedra ya de Bolivia, y a punto de cruzar el trópico de Capricornio.

Hace exactamente una semana que escribí por última vez, recién salidos de Tucumán. Durante esta semana, habiéndome dedicado puramente a la vida de viajero, he tenido el papel y el lápiz un poco olvidados.  Si se me permite ahora intentaré, en la medida de lo posible repasar lo acontecido y recorrido durante estos siete días de noroeste argentino, empezando por el lugar actual, es decir el pueblo de Tilcara, y saltando luego al pasado para traernos de vuelta justamente a Tilcara otra vez.

Después de una semana en la que la tienda de campaña ha sido nuestra casa y el duro suelo el somier de la cama, hoy hemos decidido darnos el lujo de dormir entre cuatro paredes y tomar el día para escribir, leer y descansar. Resulta casi una novedad tener enchufes disponibles para cargar el móvil, tener baños con incluso papel higiénico, y protegerse del abrasador sol al interior de las paredes de adobe y el techo de cañas y barro. Ahora bien, no les lleven estas palabras a engaño, porque con todas incomodidades y miserias el sistema de la tienda de campaña también tiene su encanto. Durante estos días acampando hemos conocido a numerosos grupos de viajeros jóvenes que al igual que nosotros iban huyendo de los tan inflados precios de la Argentina, llegando a parecerse esto casi al camino de Santiago en la medida de que cuando nos despedíamos de los diversos grupos como si no nos volviéramos a ver en la vida, al cabo de un par de días los encontrabas, inesperadamente, montando la tienda de campaña al lado de la tuya.

Pues bien, Tilcara es un pueblecito en el valle del rio Colorado rodeado de las montañas pre andinas ya casi tocando la famosa quebrada de Humahuaca. Calles de tierra con encanto en torno a su plaza central, como las de la inmensa mayoría de los pueblos de la zona, bien cuadrada y repleta de arbolado. Las calles pavimentadas o asfaltadas son ciencia-ficción aquí, y la verdad no se las echa de menos. Creo que el asfalto es el demonio.

Casas de gordas paredes de adobe y techos de una gorda capa inferior de cañas que soporta la capa superior de barro y paja. Así son todas las construcciones aquí. Cuando digo aquí me refiero a todo el noroeste argentino.

El pueblo cuenta con las ruinas de un poblado indio, el Pucará, y con unas cascadas en la garganta del Diablo. Ayer intentamos llegar a la garganta del Diablo junto con otros dos amigos viajeros de Buenos Aires. La empresa fracasó, siendo sólo la última en la lista de intentos frustrados de encontrar cascadas popularmente famosas por su belleza, viniéndome en mente las ocasiones de Cafayate o las montañas del Atlas en Marruecos. Creo que como buscador de cascadas tendría el futuro bien negro. No obstante, las tres horas de paseo fueron todo un placer acompañados de los amigos Juana y Facundo y un perro que decidió seguirnos todo el camino como si fuera nuestra mascota. Caminamos entre precipicios de paredes de roca verticales y detrás de nosotros se veía claramente la cadena montañosa de los Andes en todo su esplendor.

También nos dejo la caminata un par de encuentros con locales, el primero de ellos un viejete construyendo una cabaña de adobe el que no supo, aunque creo que lo intento, mandarnos en la buena dirección hacia la cascada. Digo que no supo, porque en esta zona resulta difícil comunicarse con los locales, el español que usan es bastante rudimentario y tienden a extenderse lo mínimo en explicaciones. El segundo encuentro fue aun más pintoresco. Subiendo por una senda estrecha en un despeñadero de repente nos encontramos con otro viejete que bajaba con sus cuatro hermosos burros, grande fue nuestra sorpresa y alegría al contemplar la imagen de los cuatro pollinos. Apenas habíamos sacado la cámara para echarles una foto, el hombre empezó a gritar y a tirarnos piedras desde arriba. Era imposible entenderlo. El hombre boceaba y nosotros atónitos. Después de habernos tirado unos cuantos pedruscos que caían fácilmente desde arriba, entendimos que los burros se asustaban de personas y de perros también, así trepamos como pudimos por la ladera arriba para dejar bajar al abuelete con sus burros.

Esto ya no es la Argentina europea de Buenos Aires, estamos en los Andes cerca de Bolivia y aquí sus habitantes son indígenas de piel oscura endurecida por el sol y bulto en la mejilla donde se esconde la bola de hojas de coca que mastican continuamente. El territorio del mate ha dado paso al territorio de la hoja de coca.

El próximo destino será Iruya, pueblecito tres horas carretera arriba bien rodeado de montañas y que se presenta como destino ideal para pasar la Navidad de solsticio de verano. Allí nos reuniremos con otros grupos de amigos que hemos conocido estos días.

Tafi del Valle y Amaicha, Argentina

Continuando con el relato anterior,  la mañana del 15 de diciembre nos disponíamos a alargarla un poco más por la ciudad de Tucumán visitando la casa-museo de la independencia para después tomar un bus hacia Tafí del Valle a las 2.

Nuestros planes cambiaron cuando conocimos una pareja, español él, argentina ella, mientras desayunábamos en el hostal. Ellos habían alquilado un coche y se disponían a hacer una ruta idéntica a la que nosotros queríamos seguir. Empaquetamos las mochilas con prisas y nos fuimos con ellos.

El siguiente viaje nos llevaría hasta una altitud máxima de 4000m, y en menos de 100 km, nuestros ojos atónitos vieron como la selva más vigorosa, aquí llamada yunga, por ser selva de montaña, dejaba paso al tórrido y árido desierto de piedras y cactuses. Maravillas de la Argentina.

Para llegar a Tafí del Valle había que subir por una tortuosa carretera de montaña cruzando toda la jungla.  Tafí se encontraba divisando desde arriba su imponente valle. Inicialmente pensábamos hacer noche allí pero estaba en el lado húmedo de la montaña, hacia bastante fresco y amenazaba lluvia, así nos decidimos a continuar con ellos en coche hasta el siguiente pueblo, Amaicha.

En el camino entre Tafí y Amaicha pasamos por las cumbres de las montañas pre andinas a 4000 m para luego descender a 2000m en Amaicha. Descubrimos el desierto andino, muy pedregoso, con matorrales pequeños, y con gigantescos cantuses diseminados por las laderas de las montañas. Cuenta la leyenda que los indios pobladores de estas zonas aterrados por la esclavitud y abusos de los conquistadores españoles se convertían en cactus para así escapar a su cruel destino.

La realidad era otra, no se convirtieron en cactus, pero sí que muchos indios se suicidaron masivamente. Luego los suicidios cesaron, porque los españoles averiguaron que los indios creían que al morir pasaban a otra nueva vida de nuevo en armonía con la naturaleza, y muy astutamente comenzaron a castrar los cadáveres y amputarles brazos y piernas. Al ver esto los indios horrorizados dejaron de suicidarse ya que creían que pasarían su nueva vida sin brazos ni piernas.

Amaicha es un pueblo de unos 5000 habitantes, con las calles de tierra. Como ya dije se encuentra a unos 2000 metros sobre el nivel del mar, y se enorgullecen de tener 360 días de sol al año en el mejor clima del mundo, según ellos. Yo lo dudo ya que me parece que las noches de invierno (y también de verano) hace un frío atroz. Aunque como ellos dicen, es seco.

Anoche al volver al camping en el que nos alojamos después de cenar en el cuerpo nos encontramos con una situación muy pintoresca. Nos encontramos dos tipos en la puerta de la cabaña al lado de la nuestra, con guantes de látex, haciendo algún tipo de investigación médica. Les pregunté una vez y eludieron la respuesta, le pregunte otra vez al cabo de un rato, y me dijeron que eran investigadores del Ministerio de Salud llevando a cabo una investigación sobre el chagas, y lo que estaban destripando eran ratas muertas.  Situación, como ya decía, la de que analicen ratas muertas en busca de la enfermedad del chagas al lado de tu cabaña, muy pintoresca en la que nunca me había visto.

Los tipos, un hombre y una mujer, eran jóvenes y muy amables y hablamos un largo rato mientras ellos continuaban con su análisis. Hablamos de Argentina, de nuestro viaje, nos recomendaron sitios que visitar, y complementaron un poco más mis ya suficientes conocimientos sobre el chagas. El norte de argentina, como casi el resto de Sudamérica, es una zona endémica de esta enfermedad que transmiten los chinches al picar al humano por la noche. Si bien estos chinches se encuentran en casas rurales de adobe muy deprimidas y abandonadas y es de escaso riesgo para el viajero, mucha población local está en riesgo. Es una enfermedad silenciosa porque no tiene síntomas y no da la cara en mucho tiempo, sino se detecta mediante una serología y se trata, es en la mayoría de los casos mortal. Eso si, sin sufrimiento, me decía el chico que estas por ahí un día corriendo te caes y te mueres sin mas. El gobierno argentino está haciendo un esfuerzo tratando las casas de las zonas más desfavorecidas.

En unas horas salimos a visitar las ruinas del poblado indio de Quilmes, según dicen en un entorno incomparable. Este floreciente poblado indio desapareció al ser transportados todos sus habitantes como esclavos al puerto de Buenos Aires, dando así el nombre del actual barrio Quilmes de Buenos Aires.

Sobre Iguazú y como hacer frente a un jaguar. Parte 2.

Bueno y ya sin más dilación, centrándonos en el tema que nos ocupa. Si el lector espera que yo, el escritor, realice aquí una descripción de las cataratas del Iguazú, en ese caso es pera mal. ¿Cómo podría describir yo la belleza infinita? Me faltarían palabras, seguro que yo no las tengo, y probablemente no las haya. Quizás si hablara el idioma de los indios guaraníes que cuenta con varias decenas de palabras para referirse a lo que nosotros llamamos verde, existiendo para cada sutil matiz del verde detectable por sus ojos una palabra distinta. Quizás en este supuesto dicha empresa sería más asequible.

Para presentar un croquis barato de la situación podría decir que el rio Iguazú se despeña por un desfiladero formando las cascadas más largas del mundo. En el punto máximo de su magnificencia se encuentra la garganta del Diablo donde el agua produce un ruido ensordecedor y da vértigo incluso mirarlo. Grandiosa potencia la de la naturaleza. Todo ello rodeado de la más exuberante selva.

La selva es impresionante, al entrar dentro se puede sentir una realidad paralela, es como pasar a otro mundo. En la administración del parque nos dijeron que existía un sendero, llamado sendero Macuco, de unos 7 km. de longitud que discurre a través de la selva hasta un ramal pequeño (entiéndase pequeño en comparación con las dimensiones gigantescas de las que nos estamos ocupando) de las cascadas. Nos avisaron que este sendero carecía de servicios de ningún tipo y que el turista se adentraba por su cuenta y riesgo. Que además existe la posibilidad de encontrar serpientes venenosas, jaguares y pumas.

Muy chistosamente repartían unos folletos informativos para informar de los pasos a seguir en el caso de encontrar a un jaguar. Si mal no me falla la memoria, algunas técnicas a seguir eran: hinchar o inflar al máximo tu ropa o chaqueta para que el gran felino crea que somos un animal de mayor envergadura, truco para engañarlo haciéndole pensar que somos nosotros también temibles; nunca huir ni correr ni dar la espalda al gatito ya que ellos están programados para perseguir y ya se sabe quien ganaría en la carrera. También ayudaría según el dichoso folleto hablar calmadamente pero en voz alta para que lo tome una muestra de nuestra amenaza y seguridad. No olvidar mirarlo a los ojos. Me estudie bien el manual de encuentro con el jaguar y mentalmente intentaba visualizar la situación cuando dicho encuentro se produjera, lo que haría el gatito, lo que haría yo. Como no me terminaba de convencer el tema me eche la navaja Opinel número 10 en la mochila, ingenuo yo, como si nada de todo eso sirviera para algo si un felino 3 veces mayor que yo sé abalanzara sobre nosotros.

Pasados ya más de 3 kilómetros selva adentro los cuales habíamos caminado con más miedo que un niño en la casa del terror, empezamos a sentir un ruido proveniente de la jungla, algo caminaba hacia la senda e iba moviendo la vegetación en su avance. El fatal encuentro con el jaguar o puma que tanto temíamos pero que casi estábamos esperando se avecinaba.

De repente una pareja de dispuestos coatíes, un bicho del tamaño de un perro mediano, salió de la cerrada vegetación y continuaron andando por la senda sin hacernos ni caso.

El susto fue tan grande que decidimos inmediatamente que nuestra primera aventura de exploradores de la jungla había acabado. Visto así parece muy inocente, pero como ya dije, la selva impone.

Sobre Iguazú y como hacer frente a un jaguar. Parte 1

Eran las 13.30 del 28 de noviembre cuando llegamos a Puerto Iguazú después de un viaje de casi 20 horas en ómnibus desde Buenos Aires. Nuestro objetivo no era otro que el de ver las famosas cataratas del Iguazú de las que tantas maravillas se hablan.

No obstante, prácticamente desde el momento en que llegamos ya quería salir de allí. Puerto Iguazú es la ciudad argentina más cercana a las cataratas que comparten de un lado Argentina y de otro lado Brasil, este último país contando con Foz de Iguaçu como ciudad de acceso.

Pues bien, Puerto Iguazú es más bien feo en mi opinión. Lo digo así porque me viene a la cabeza un pasaje en una clase de finanzas en el University College Dublin donde el profesor, que dicho sea de paso era todo un carácter, espetó una frase un tanto polémica. Y continuó diciendo, esto es en mi opinión, y como es en mi opinión tengo razón en lo que estoy diciendo. Me remito yo ahora a ese su razonamiento para justificarme.

Una ciudad destartalada y bastante sucia, con bastante miseria y nada remarcable en los paseos que dimos por sus calles. Una explicación puede ser que no se necesita nada bello y decente allí pues los turistas continuaran llegando en hordas para admirar la exagerada belleza de las cascadas en medio de la jungla.

Fue nuestro primer contacto, y me refiero al primero en toda nuestra vida, con el trópico y con la selva. Para mi fueron imponentes. Es una sensación difícilmente descriptible, primero de todo el calor sofocante. Donde yo me crié fácilmente se alcanzan temperaturas bien por encima de los 40 grados centígrados en el tórrido estío, Pero esto era otra cosa. Aquí el problema era la sofocante humedad mezclada con un sol que arrojaba sus rayos impenitentes justo encima de la cabeza. Me llamo la atención como mi cuerpo no hacia sombra y es que el sol está bien perpendicular a la superficie, justo arriba en una recta vertical que va de pies a cabeza y acaba en el astro rey, impresionante. Tampoco nunca antes había visto esto, y es que a poco que se observe se observan multitud de detalles nuevos en estas latitudes del globo también nuevas para mí.

El calor oprimía y el sudor encharcaba, mas aun cuando por miedo a malaria y dengue, existentes en la región decidí vestir ropas de manga larga para evitar las picaduras de todo tipo de insectos. El mosquito que contagia la malaria solo pica por la noche y sobretodo alrededor del alba y atardecer, mientras que el mosquito que contagia el dengue lo hace durante las horas de luz. No obstante, oí que solo un mosquito de cada millón está infectado, por lo que una picadura no es sinónimo de enfermedad.

En este mi primer lance tropical recordé las palabras de Nicolas Bouvier en su libro El Pez Escorpión, donde contaba su viaje estático, o más propio sería decir estancia, en la isla de Ceylán, conocida en nuestros días como Sri Lanka. Bouvier escribía que nadie en la isla hacía nunca nada, los días de sus habitantes se consumían tristemente entre el tedio del zumbido de los insectos resguardándose como podían de la mirada del sol. Y es que el calor era una losa demasiado pesada para llevar a las costillas, el mejor anulador de voluntades. Decía el escritor suizo, que no importaba que uno saliera por la mañana de su casa con las mejores intenciones para el día, con el mejor proyecto creativo, brillantes ideas… no valía de nada, ya que se derretían en cuestión de segundos. El opresivo calor tropical anula la voluntad del individuo, hace posponer e incluso olvidar lo que se pretendía hacer. Al menos esto es lo que cuenta Bouvier en su libro y yo con mi propia experiencia le di la razón.