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Sorata, Bolivia

13 enero 2012. En viernes 13  (mala fecha) me decidí a hacer una excursión en solitario a Sorata. En realidad no sabía muy bien a que iba pero me habían dicho que era todo un encanto de pueblecito rodeado de las montañas de la Cordillera Real de Bolivia y poco contaminado por el turismo. Siobhán quería – con toda la razón – dedicar más tiempo a explorar tranquilamente la ciudad de La Paz, pero mi impaciencia por conocer y explorar mas sitios me impedía estar quieto más de un par de noches en la misma cama.

Así, me fui hasta el cementerio de La Paz y busqué la esquina desde donde salían las furgonetas hacia Sorata. Me monté en una que, una vez más, había de ser conducida por un viejo camicace. A mi lado iba un viejo al que no le pude sonsacar más que trabajaba en la mina y había venido a La Paz a visitar unos familiares. Detrás iba un grupo de jóvenes mochileros franceses, y en la parte delantera otros dos adultos bolivianos. Los locales pagaron 7 Bolivianos por el viaje; a nosotros, por ser turistas, le añadieron un 1 al 7 que lo dejó en 17.

Me hice amigo de los franceses, que hablaban bastante bien español, y al final acabamos durmiendo todos en la misma habitación súper básica de un hostal aún más básico pero con esplendidas vistas al profundo valle por donde pasaba el río de Sorata. Por la noche fuimos un rato a charlar y beber unas cervezas al hostal de enfrente con un grupo de 5 o 6 jóvenes argentinas que habíamos conocido en la tarde en la plaza. Este hostal se llamaba El Mirador y, haciendo justicia a su nombre, tenía una terraza con unas vistas de infarto.

En realidad los extranjeros van Sorata a hacer caminatas por las montañas y los valles, caminatas de uno o varios días que según cuentan son únicas. Yo me dediqué a explorar el pueblecito de indígenas con sus plazas y calles adoquinadas  a unos 2700 m.s.n.m y a admirar las vistas desde el mismo pueblo, sin dar un paso fuera de él.

Solo por una cosa habría valido la pena las 3 horas de viaje desde La Paz por sinuosos y serpenteantes caminos de tierra y baches, sorteando las montañas nevadas: el descubrimiento del api. El api es una bebida típica del altiplano boliviano: es muy espesa, dulce, rosada y se toma bien caliente para el desayuno acompañada de buñuelos de harina fritos – un desayuno potentísimo. Se hace a base de granos molidos de maíz rosado mezclado con un poco de azúcar y canela. Lo tomé en el mercado local donde se reúne la gente del pueblo a desayunar en banquetas de los distintos vendedores. Yo era el único turista allí y disfrute el pequeño momento como una experiencia sublime y pura del viajero de las que escasean hoy en día.

En el viaje de vuelta a La Paz fui sentado al lado de Santiago, un joven de Sorata que también trabajaba en la mina. Santiago era mucho más hablador que mi anterior compañero y me iba explicando pequeños detalles de la zona y preguntándome cosas sobre España y Europa. Una pregunta suya si me impactó y creo que nunca la podré olvidar: me felicitó por hablar tan bien y me preguntó con ingenuidad qué idioma se hablaba en España. Además me confesó que no comprendía la utilidad de un viaje tan largo como el mío del que no alcanzaba incluso a imaginar las dimensiones ni distancias. Éste fue un viaje de vuelta a La Paz muy agradable en el que entablamos buena camaradería y cuando nos despedimos Santiago y yo nos sacamos una foto, nos dimos un abrazo y nos deseamos buena suerte.

Sucre: la ciudad blanca.

7 de enero 2012. Llegamos a Sucre ya bien entrada la noche y fuimos a alojarnos a un hostal que aparecía en nuestra guía. Fue una grata sorpresa cuando al cruzar el patio del hostal oímos hablar a Jordi, un amigo que conocimos en Iruya, Argentina, la víspera de Navidad y con el cual nos habíamos venido cruzando en repetidas ocasiones a lo largo de nuestro itinerario en Bolivia. Estábamos en contacto y era nuestra intención quedar otra vez en Sucre, pero ¡cosas del viaje! fue pura casualidad que fuimos a parar al mismo hostal en el que Jordi estaba. El día siguiente era domingo e hicimos planes para ir al mercado campesino de Tarabuco, un pequeño pueblecito en la sierra a casi unas 2 horas de Sucre.

El viaje a Tarabuco fue una gran experiencia antropológica. El día empezó aprendiendo a usar el loco sistema  de transporte en la mayoría de ciudades bolivianas. El transporte urbano funciona de la siguiente forma: en las calles hay un mar de furgonetas tipo Nissan Vanette, o equivalentes, las cuales tiene carteles de cartón “de quita y pon” en la luna delantera que anuncian el destino del carro, pero uno se percata antes de los gritos por la ventana del ayudante que constantemente propagan a los cuatro vientos los puntos del itinerario, todo esto sumado al uso abusivo del claxon para llamar aun más la atención de uno. Si un viandante hace un gesto de interés, el conductor de la furgoneta reduce la marcha (nunca llega a pararse), el ayudante corre la puerta corredera y al nuevo pasajero le toca saltar al interior. A partir de ahí empieza un viaje trepidante con una conducción camicace pero efectiva. Estas furgonetas son de particulares, a veces asociados en cooperativas, y son ellos quienes deciden que ruta harán cada día. Huelga decir que la reglamentación brilla por su ausencia. Descrito así podría parecer un sistema caótico y poco eficiente. Bueno caótico es, pero la verdad es que cuando uno se acostumbra funciona fenomenal y rápido.

Una vez llegados al punto donde salían furgonetas  hacia Tarabuco los tres nos subimos en la parte de atrás de una Vanette y entonces una pareja bien simpática subió,  enseguida nos dimos cuenta de que eran argentinos y después de diez minutos teníamos una conversación bien animada que duró todo el viaje.

Una vez llegados a Tarabuco pudimos disfrutar de un mercado local y agrícola muy poco corrompido por el turismo pues muy pocos eran los viajeros que llegaban hasta allí. Los campesinos indígenas de la zona se apresuraban a exponer y vender sus mercaderías y artesanías alrededor de la plaza del pueblo y calles principales. El pueblo tenía un excelente estado de conservación, estaba tal cual se construyo durante la colonia. Hablando de colonia, en la plaza del pueblo destacaba una estatua gigante de un valeroso guerrero indio arrancándole el corazón a un soldado realista. Y es que Tarabuco se enorgullece de haber sido cuna de numerosas revueltas indígenas contra el imperio español.

Por la tarde, ya casi acabado el mercado y mientras dábamos un paseo por el pueblo acertamos a entablar conversación con unas mujeres que estaban liando cigarros a la manera artesanal. Ellas estaban sentadas en una puerta al sol y sus hijos e hijas las acompañaban mientras trabajaban. Esta conversación fue una grata sorpresa pues por lo normal no era nada fácil tener una conversación más larga de dos frases monosilábicas con los nativos.

El día aún nos tenía guardada una sorpresa. Cuando pretendíamos volver a Sucre descubrimos que ya habían vuelto todas las furgonetas  y todo parecía apuntar que deberíamos quedarnos allí a pasar la noche. Entonces Sudamérica nos enseñó otra lección: siempre hay otra forma distinta de hacer las cosas, una alternativa escondida delante de nuestros propios ojos. Lentamente se fue acercando una torpe, destartalada camioneta con una caja de madera bien alta para el transporte de mercancías; por encima se veían algunas cabezas y sombreros. Se fue a parar justo a nuestro lado e instantáneamente le preguntamos qué adonde se dirigía. Adivinen la respuesta. Sin pensárnoslo dos veces estábamos subiendo al camión y abriéndonos paso entre las aproximadamente cincuenta personas que viajaban dentro: bebes, niños, padres y abuelos. Así fue como Virginia y Matías, que así se llamaban nuestros nuevos amigos, Jordi, Siobhán y yo disfrutamos de una preciosa y poco convencional manera de viajar. Aún puedo recordar el olor del viento que chocaba en nuestras caras, contempladoras curiosas de las montañas bolivianas, mientras el camión viraba y viraba curva tras curva.

El plan para el día siguiente era visitar Sucre. Matías y Virginia tenían el billete de bus para irse ese mismo día, lunes por la tarde, a La Paz. Por la mañana pasaron a llamarnos a nuestro hostal. El mismo grupo de cinco se disponía a callejear las blancas calles de Sucre. A Sucre, capital constitucional de Bolivia y sede del Poder Judicial, se la conoce como “la ciudad blanca” por la blancura de su arquitectura colonial. La ciudad se encuentra en un excelente estado de conservación: fachadas bien encaladas, tejados con vigas de madera, suelos adoquinados, blancas iglesias. Además es una ciudad de marcado carácter universitario con una de las mejores universidades del país, la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca, de origen jesuita. Debido al clima mucho más cálido que el de Potosí por estar Sucre a una altitud de “solo” unos 2800 m.s.n.m ésta ciudad fue elegida como lugar de residencia de muchos conquistadores enriquecidos en las minas de Potosí.

Bien aconsejados por Jordi, comimos en el mercado de frutas, rodeados de un festival de colores y olores. Deliciosos jugos y ensaladas de frutas tropicales con precios de unos cinco o seis Bolivianos (poco más de medio Euro). Todo un festín para los sentidos.

Y una vez más, como al inicio de este relato, la casualidad o destino, que va siempre un paso por delante de nosotros, empezó entonces a jugar su juego. Matías y Virginia se despidieron, se iban a preparar su viaje, pero resultaba que Jordi, Siobhán y yo nos los encontrábamos al girar cada esquina, era como si algo estuviera actuando en contra de esa despedida. A la noche en el hostal, Jordi tocó en nuestra puerta, estaba allí con Matías y Virginia. Nos dijo que los chicos habían tenido un problema y no pudieron tomar su bus, pero era como si estuviera diciendo: mi camino se separa del vuestro aquí, tomo otra ruta, pero donde un camino se separa otros se unen. Y así fue, el próximo día los cuatro nos encontrábamos viajando a La Paz y el uno hacia Santa Cruz.

Iruya y San Isidro, Argentina

25 Diciembre de 2011. Como ya expliqué antes Iruya es un pueblecito del norte de la provincia de Salta a unos 2500 metros de altitud. Está bien rodeado de montañas y su única conexión con el resto del mundo es un sinuoso camino de tierra que atraviesa cubres y valles y que el bus tarda unas 3 horas en recorrer. Todo el pueblo está en una ladera bien empinada y sus calles están empedradas con cantos e incluso algunas tienen escalones debido a la excesiva pendiente.

A las 11 de la mañana fuimos a la misa de Navidad que duro casi 2 horas. Por lo que voy viendo aquí las misas son mas una reunión social que propiamente una misa. Algo nunca visto por mis ojos fue el hecho de tener un cura orquesta. Él solito se bastaba con su guitarra al cuello para ponerle música a una canción tras otra. Al llegar el momento de dar la paz, hubo una pausa de al menos 10 minutos y el templo se sumió en un caos en el que todos se daban la mano o un beso con todos, dando una impresión de ser una comunidad unida. Muy diferente del escueto apretón de manos con el individuo de al lado que se estila en Europa.

Si están pensando que Iruya es pueblucho aislado y olvidado, se están equivocando pues es todo una metrópoli para los pueblos de alrededor. A eso de la 1 de la tarde decidimos partir hacia San Isidro. San Isidro es un pueblo de unas 50 familias, a 3000 metros de altitud. La única forma de llegar a San Isidro es remontando el cauce de un rio que discurre entre dos gigantes paredes de piedra. Hay un pequeño camino en el pedregal de la cama del rio, que cruza el cauce del rio innumerables veces. La forma de cruzarlo es ir saltando de piedra en piedra. La caminata hasta San Isidro dura unas 3 horas, y se puede aligerar algo si se lleva un burro.  Sobra decir que cuando el rio crece y todo el cauce se llena, el pueblo queda aislado.

Cuando ya estábamos medio cansados de cruzar el rio una y otra vez, y muchos de nosotros ya llevábamos los pies bien mojados al caer al rio en alguno de los imposibles cruces, vimos a una joven familia que bajaba hasta Iruya, la mujer con el niño pequeño en brazos.

Al escalar la senda que lleva del cauce del rio a la entrada de San Isidro escalando la vertical pared nos encontramos a una pareja de ancianos con su burro. Intentamos hablar con ellos y pedir una foto de ellos pero se negaron. Al llegar arriba, al inicio del pueblo, encontramos a Lisandro, un hombre de 60 años que ha vivido toda su vida en San Isidro. Nos puso un poco al día del estado del pueblo.

Lisandro nos contó que la electricidad había llegado solamente hacía un año, y que si alguien necesita un médico hay que llevarlo en brazos o en hombros hasta Iruya. El pueblo se dedica principalmente a la agricultura, pero las tierras se encuentran al otro lado de la montaña y se necesita casi una hora para llegar a ellas. El pueblo cuenta con unas 200 hectáreas de tierra cultivable, lo que da un promedio de unas 4 hectáreas por familia. Sin embargo todas las tierras son propiedad comunal y si alguien no tiene tierra o necesita un poco más, solo tiene que hacer una petición al presidente de la Junta.

Para el almuerzo, una mujer de San Isidro nos preparo en un santiamén unas 100 deliciosas empanadas para todo el grupo, a razón de dos pesos por empanada.

A la vuelta, y ya casi a la entrada de Iruya vimos un pequeño corralito con unos cabritos recién nacidos, nos acercamos y entonces un pequeño niño que estaba jugando nos dijo que las cabras eran suyas y de su familia. El niño era Josué, de 7 años. A Josué le gustaba mucho hablar, al tiempo de seguir jugando. Parecía muy maduro para su edad. Nos preguntó qué de donde éramos y qué hacíamos allí. Nos dijo que solo había salido dos veces de Iruya, una de ellas a San Isidro, el cuál le parecía más divertido que Iruya. Nos contó además todo lo referente a su clase de la escuela, las notas que había sacado y las que habían sacado sus amigos.

Finalmente estábamos de vuelta en Iruya y así acababa la Navidad del 2011.

Navidad en los Andes, parte 2.

25 de diciembre de 2011. La fiesta de Nochebuena resultó ser divertidísima y única. Nos reunimos en la terraza de una casa familiar todo el grupo de viajeros que durante los últimos 6 o 7 días nos íbamos encontrando aleatoriamente en la ruta. Llegamos a ser 18; 14 argentinos, 2 españoles, una irlandesa y una francesa.

La cena fue buenísima, cocinada por las mujeres de la casa de huéspedes. Al lado de nosotros, en la cabecera de la mesa se sentó el abuelo de ochenta y tantos años. Nos explicaba que él trabajaba con el médico del pueblo para ayudarle en las salidas a la montaña para visitar los enfermos; decía que él conocía todas las montañas alrededor de Iruya como la palma de su mano. “Tengo los hijos repartidos por Buenos Aires, Mendoza y Misiones. Pero yo Iruya no lo cambio por nada” añadía el abuelo.

Pero el principal atractivo de la fiesta era una gran cantidad de niños bien salados de entre 3 y 10 años que yo no sé como también se congregaron en la terraza. Eran todo un espectáculo, estaban locos, hiperactivos quizás por la excitación de la fiesta. Durante más de 3 horas no pararon de correr ni de tirar los más diversos tipos de petardos y fuegos artificiales. Parecía que Daniel, de 3 años, era el jefe de la pirotecnia. Aún no me puedo explicar cómo no ocurrió ninguna desgracia. Toda la escena era algo inaudito para mí, completamente irreal.

Navidad en los Andes

24 de Diciembre de 2011. Sin darnos ni cuenta la Navidad ha llegado. Es difícil sensibilizarse con el espíritu navideño con el calor y los días largos del pleno verano. No hay dudas de que la Navidad tiene muchísima menos repercusión en este lado sur del globo. Aunque los medios de comunicación, que aquí son tan malos como en cualquier otro lugar del mundo, llegando la “telebasura” a estar prácticamente a los niveles de la tele italiana, no dejan de bombardear con noticias relacionadas con las compras navideñas en los grandes centros comerciales de Buenos Aires, no dejan de enseñar imágenes de gente con media docena de bolsas de papel en cada brazo con las grandes marcas de perfume o de alta costura. Un bombardeo constante para tratar de imponer el espíritu navideño hasta en los pueblos más remotos de la argentina. No me refiero a la Navidad cristiana que esa ya se les impuso hace 500 años, sino a la navidad de Santa Klaus, los árboles de Navidad, la nieve, el consumismo y demás tópicos navideños que el mundo anglosajón y sobre todo el imperio yanqui hace tiempo ya exportaron con éxito en otras regiones del hemisferio norte.

Pero aquí ni nieva, ni hay Santa Klaus, y los típicos abetos tienen que ser de plástico. La Navidad tal y como la conocemos hoy se inventó para el invierno, para sacar de la depresión a los habitantes de los países del norte que soportan largos inviernos fríos y grises así como para multiplicar el consumismo que a su vez es la base del capitalismo.

Iruya es un precioso pueblito del norte argentino en la provincia de Salta a 2800 metros sobre el nivel del mar, a pocos kilómetros de Bolivia, completamente rodeado por las verticales montañas de los Andes hasta tal punto que el único enlace con el resto del mundo es un sinuoso y zigzagueante camino de tierra y piedras que debe ascender hasta cumbres de 4000 metros de altura para después bajar a profundos valles para después volver a subir a las cumbres. Son casi cuatro largas horas de viaje, no apto para cardiacos ni sufridores de vértigo, lo que separa Iruya de la carretera asfaltada más cercana. Pues bien, incluso aquí en Iruya, la modesta familia en cuya casa nos hospedamos tiene un modesto árbol de Navidad pequeñito, y al lado hay una botella de cava y un bizcocho, parece que esos serán los únicos regalos del lapón Papa Noel para toda la familia.

A parte de los incipientes árboles navideños y de la bien asentada ansia por comprar, sobre todo en las capitales y en especial Buenos Aires,  puedo observar que la Navidad carece aquí de ese componente sentimental familiar y hogareño tan arraigado en el hemisferio norte. Jóvenes argentinos, y no tan jóvenes aprovechan ahora para viajar donde quiera que sea pero lejos de casa, y es que señores, que otra cosa se podría esperar, aquí es puro verano.

Esta mañana en el caótico autobús que nos trajo hasta los confines de la civilización se sucedieron las más pintorescas estampas que yo observaba con envidia. En cierta ocasión, el bus paró en medio de la nada, se abren las puertas y una mano bien negra y huesuda alarga un gigantesco fardo de preciosas flores del campo, los pasajeros ayudan y lo recogen, y a continuación otro fardo más, y otro más, así el pasillo del bus se lleno de preciosas flores. Acto seguido, sube a trompicones una viejecita con su hermoso sombrero de paño negro. En otra ocasión, la escena fue bien parecida, solo que la mercancía era un gran fardo de frescas y grandes zanahorias.

Dentro de media hora vamos a subir hasta la otra punta de nuestra empinada calle empedrada hasta la casa donde se alojan un grupo de amigos para cenar unas empanadas caseras, un asado y vino local.

Quilmes, Argentina

16 de Diciembre de 2011. Hace mas de mil años Quilmes ya existía. No era ni el Quilmes ciudad justo al sur de Buenos Aires ni su homónima cerveza Quilmes, la cerveza preferida de los argentinos o la cerveza del encuentro, como su publicidad, muy buena por cierto, propaga.

Quilmes era un poblado, o más bien una raza indígena los Quilmes, que habitaban en las faldas de los Andes, entre los actuales Amaicha y Cafayate. Eran un pueblo próspero, con una compleja organización social y militar. Quilmes estaba, y sus ruinas están, asentado en la ladera de una montaña formando como un triangulo equilátero en un lugar tan privilegiado como impresionante. En el vértice superior, ya bien arriba en la montaña en el punto mejor protegido, se encontraba la casa del jefe de la tribu. Los otros dos vértices inferiores se erigían al final de unas aristas que bajaban de la montaña ideales para proteger el poblado por los flancos y para las labores de vigía. En el centro y parte inferior se situaba el poblado y las tierras de cultivo.

Los Quilmes, permanecieron como una tribu independiente con una cultura floreciente y señores de su terreno hasta la invasión del imperio inca. Si bien, como sus descendientes nos contaban en la visita a las ruinas, esta conquista se la llamó conquista cultural, porque no fue violenta, fue más bien una anexión al poderosísimo imperio inca con la consecuente penetración de la cultura inca en Quilmes.

Aproximadamente un siglo después de la conquista inca, sobrevino la conquista española que supondría la aniquilación de la raza Quilmes y el abandono de la población. Los Quilmes se opusieron valientemente a la conquista española, y de hecho aguantaron durante varias décadas el avance de los españoles, pero finalmente fueron derrotados. Los nuevos señores del continente Sudamericano enviaron a más de 2000 indios Quilmes como esclavos al puerto de Buenos Aires. Los transportaron cruelmente encadenados y caminando los 1200 km que les separaban de Buenos Aires. Apenas una cuarta parte llegaron vivos al puerto de Buenos Aires.

Tilcara, Argentina

23 de Diciembre del 2011. En Tilcara, provincia de Jujuy, Argentina; a tiro de piedra ya de Bolivia, y a punto de cruzar el trópico de Capricornio.

Hace exactamente una semana que escribí por última vez, recién salidos de Tucumán. Durante esta semana, habiéndome dedicado puramente a la vida de viajero, he tenido el papel y el lápiz un poco olvidados.  Si se me permite ahora intentaré, en la medida de lo posible repasar lo acontecido y recorrido durante estos siete días de noroeste argentino, empezando por el lugar actual, es decir el pueblo de Tilcara, y saltando luego al pasado para traernos de vuelta justamente a Tilcara otra vez.

Después de una semana en la que la tienda de campaña ha sido nuestra casa y el duro suelo el somier de la cama, hoy hemos decidido darnos el lujo de dormir entre cuatro paredes y tomar el día para escribir, leer y descansar. Resulta casi una novedad tener enchufes disponibles para cargar el móvil, tener baños con incluso papel higiénico, y protegerse del abrasador sol al interior de las paredes de adobe y el techo de cañas y barro. Ahora bien, no les lleven estas palabras a engaño, porque con todas incomodidades y miserias el sistema de la tienda de campaña también tiene su encanto. Durante estos días acampando hemos conocido a numerosos grupos de viajeros jóvenes que al igual que nosotros iban huyendo de los tan inflados precios de la Argentina, llegando a parecerse esto casi al camino de Santiago en la medida de que cuando nos despedíamos de los diversos grupos como si no nos volviéramos a ver en la vida, al cabo de un par de días los encontrabas, inesperadamente, montando la tienda de campaña al lado de la tuya.

Pues bien, Tilcara es un pueblecito en el valle del rio Colorado rodeado de las montañas pre andinas ya casi tocando la famosa quebrada de Humahuaca. Calles de tierra con encanto en torno a su plaza central, como las de la inmensa mayoría de los pueblos de la zona, bien cuadrada y repleta de arbolado. Las calles pavimentadas o asfaltadas son ciencia-ficción aquí, y la verdad no se las echa de menos. Creo que el asfalto es el demonio.

Casas de gordas paredes de adobe y techos de una gorda capa inferior de cañas que soporta la capa superior de barro y paja. Así son todas las construcciones aquí. Cuando digo aquí me refiero a todo el noroeste argentino.

El pueblo cuenta con las ruinas de un poblado indio, el Pucará, y con unas cascadas en la garganta del Diablo. Ayer intentamos llegar a la garganta del Diablo junto con otros dos amigos viajeros de Buenos Aires. La empresa fracasó, siendo sólo la última en la lista de intentos frustrados de encontrar cascadas popularmente famosas por su belleza, viniéndome en mente las ocasiones de Cafayate o las montañas del Atlas en Marruecos. Creo que como buscador de cascadas tendría el futuro bien negro. No obstante, las tres horas de paseo fueron todo un placer acompañados de los amigos Juana y Facundo y un perro que decidió seguirnos todo el camino como si fuera nuestra mascota. Caminamos entre precipicios de paredes de roca verticales y detrás de nosotros se veía claramente la cadena montañosa de los Andes en todo su esplendor.

También nos dejo la caminata un par de encuentros con locales, el primero de ellos un viejete construyendo una cabaña de adobe el que no supo, aunque creo que lo intento, mandarnos en la buena dirección hacia la cascada. Digo que no supo, porque en esta zona resulta difícil comunicarse con los locales, el español que usan es bastante rudimentario y tienden a extenderse lo mínimo en explicaciones. El segundo encuentro fue aun más pintoresco. Subiendo por una senda estrecha en un despeñadero de repente nos encontramos con otro viejete que bajaba con sus cuatro hermosos burros, grande fue nuestra sorpresa y alegría al contemplar la imagen de los cuatro pollinos. Apenas habíamos sacado la cámara para echarles una foto, el hombre empezó a gritar y a tirarnos piedras desde arriba. Era imposible entenderlo. El hombre boceaba y nosotros atónitos. Después de habernos tirado unos cuantos pedruscos que caían fácilmente desde arriba, entendimos que los burros se asustaban de personas y de perros también, así trepamos como pudimos por la ladera arriba para dejar bajar al abuelete con sus burros.

Esto ya no es la Argentina europea de Buenos Aires, estamos en los Andes cerca de Bolivia y aquí sus habitantes son indígenas de piel oscura endurecida por el sol y bulto en la mejilla donde se esconde la bola de hojas de coca que mastican continuamente. El territorio del mate ha dado paso al territorio de la hoja de coca.

El próximo destino será Iruya, pueblecito tres horas carretera arriba bien rodeado de montañas y que se presenta como destino ideal para pasar la Navidad de solsticio de verano. Allí nos reuniremos con otros grupos de amigos que hemos conocido estos días.

Tafi del Valle y Amaicha, Argentina

Continuando con el relato anterior,  la mañana del 15 de diciembre nos disponíamos a alargarla un poco más por la ciudad de Tucumán visitando la casa-museo de la independencia para después tomar un bus hacia Tafí del Valle a las 2.

Nuestros planes cambiaron cuando conocimos una pareja, español él, argentina ella, mientras desayunábamos en el hostal. Ellos habían alquilado un coche y se disponían a hacer una ruta idéntica a la que nosotros queríamos seguir. Empaquetamos las mochilas con prisas y nos fuimos con ellos.

El siguiente viaje nos llevaría hasta una altitud máxima de 4000m, y en menos de 100 km, nuestros ojos atónitos vieron como la selva más vigorosa, aquí llamada yunga, por ser selva de montaña, dejaba paso al tórrido y árido desierto de piedras y cactuses. Maravillas de la Argentina.

Para llegar a Tafí del Valle había que subir por una tortuosa carretera de montaña cruzando toda la jungla.  Tafí se encontraba divisando desde arriba su imponente valle. Inicialmente pensábamos hacer noche allí pero estaba en el lado húmedo de la montaña, hacia bastante fresco y amenazaba lluvia, así nos decidimos a continuar con ellos en coche hasta el siguiente pueblo, Amaicha.

En el camino entre Tafí y Amaicha pasamos por las cumbres de las montañas pre andinas a 4000 m para luego descender a 2000m en Amaicha. Descubrimos el desierto andino, muy pedregoso, con matorrales pequeños, y con gigantescos cantuses diseminados por las laderas de las montañas. Cuenta la leyenda que los indios pobladores de estas zonas aterrados por la esclavitud y abusos de los conquistadores españoles se convertían en cactus para así escapar a su cruel destino.

La realidad era otra, no se convirtieron en cactus, pero sí que muchos indios se suicidaron masivamente. Luego los suicidios cesaron, porque los españoles averiguaron que los indios creían que al morir pasaban a otra nueva vida de nuevo en armonía con la naturaleza, y muy astutamente comenzaron a castrar los cadáveres y amputarles brazos y piernas. Al ver esto los indios horrorizados dejaron de suicidarse ya que creían que pasarían su nueva vida sin brazos ni piernas.

Amaicha es un pueblo de unos 5000 habitantes, con las calles de tierra. Como ya dije se encuentra a unos 2000 metros sobre el nivel del mar, y se enorgullecen de tener 360 días de sol al año en el mejor clima del mundo, según ellos. Yo lo dudo ya que me parece que las noches de invierno (y también de verano) hace un frío atroz. Aunque como ellos dicen, es seco.

Anoche al volver al camping en el que nos alojamos después de cenar en el cuerpo nos encontramos con una situación muy pintoresca. Nos encontramos dos tipos en la puerta de la cabaña al lado de la nuestra, con guantes de látex, haciendo algún tipo de investigación médica. Les pregunté una vez y eludieron la respuesta, le pregunte otra vez al cabo de un rato, y me dijeron que eran investigadores del Ministerio de Salud llevando a cabo una investigación sobre el chagas, y lo que estaban destripando eran ratas muertas.  Situación, como ya decía, la de que analicen ratas muertas en busca de la enfermedad del chagas al lado de tu cabaña, muy pintoresca en la que nunca me había visto.

Los tipos, un hombre y una mujer, eran jóvenes y muy amables y hablamos un largo rato mientras ellos continuaban con su análisis. Hablamos de Argentina, de nuestro viaje, nos recomendaron sitios que visitar, y complementaron un poco más mis ya suficientes conocimientos sobre el chagas. El norte de argentina, como casi el resto de Sudamérica, es una zona endémica de esta enfermedad que transmiten los chinches al picar al humano por la noche. Si bien estos chinches se encuentran en casas rurales de adobe muy deprimidas y abandonadas y es de escaso riesgo para el viajero, mucha población local está en riesgo. Es una enfermedad silenciosa porque no tiene síntomas y no da la cara en mucho tiempo, sino se detecta mediante una serología y se trata, es en la mayoría de los casos mortal. Eso si, sin sufrimiento, me decía el chico que estas por ahí un día corriendo te caes y te mueres sin mas. El gobierno argentino está haciendo un esfuerzo tratando las casas de las zonas más desfavorecidas.

En unas horas salimos a visitar las ruinas del poblado indio de Quilmes, según dicen en un entorno incomparable. Este floreciente poblado indio desapareció al ser transportados todos sus habitantes como esclavos al puerto de Buenos Aires, dando así el nombre del actual barrio Quilmes de Buenos Aires.