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Para los urbanitas. Sobre las ciudades alrededor del mundo.

Colonia del Sacramento, al otro lado del Río de la Plata. Uruguay

5 de diciembre del 2011. Tras dos horas en bus llegamos a Colonia de Sacramento. Habíamos oído maravillas de esta ciudad declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1995 y teníamos muchas ganas de conocerla.

Nos quedamos en el hostal “El Español”, era el más barato que encontramos y todavía los precios eran exagerados pues pagamos 20 euros por persona por dos camas en una litera en una habitación con 6 personas. Todavía no habíamos entrado al casco histórico, pero ya había comprendido que la ciudad debía ser espectacular para tener estos precios.

En “El Español” conocimos a una pareja de catalanes de Tarragona muy interesantes y de un trato amabilísimo. Él, al terminar su viaje por los alrededores del Rio de la Plata en el que estaban visitando a su hija que estudiaba un año de carrera en Buenos Aires, se iba a ir hasta Chile a empezar un viaje en bicicleta junto a otro amigo que les llevaría sin una ruta fija hasta la amazonia peruana. Fue, entre otras cosas, recordando las conversaciones con él, experto viajero ya y apasionado de la selva de la amazonia, por lo que nos animaríamos meses más tarde a hacer una expedición arriesgada a lo más hondo de la amazonia.

Sin lugar a dudas Colonia del Sacramento nos encantó. Era uno de estos sitios que por su conservación excelente y su encanto, belleza y el gusto por el detalle – y sin querer, me viene a la cabeza Dubrovnik, no porque sean parecidos sino porque tienen en común esas características – se han convertido en toda una atracción turística, e incluso así conservaba su encanto.

Colonia del Sacramento es una ciudad construida por los portugueses en el siglo XVII en el Río de la Plata para contrarrestar el poder español de Buenos Aires al otro lado del río. La ciudad fue conquistada y reconquistada en numerosas ocasiones tanto por portugueses como por españoles, e incluso una vez obtenida la completa independencia continental de las metrópolis portuguesa y española la ciudad fue invadida durante 10 años por los brasileños, para quedar en 1828 bajo el dominio definitivo del Estado Oriental del Uruguay.

Las calles del casco antiguo de la ciudad se encuentran completamente adoquinadas y las casas y mansiones de estilo colonial español y portugués se han recuperado y han quedado en un estado como si los siglos no hubieran pasado por ellas. Los rincones y callejuelas con encanto se distribuyen por doquier, la muralla parcialmente conservada todavía tiene en pie su portal de entrada y su foso, tiene un coqueto puerto de yates y el romántico paseo de San Gabriel a orillas del Río de la Plata. Por si fuera poco y como para dejar aun más claro el estilo clásico de la ciudad, abundan los coches de lujo clásicos de los años 40, 50 y 60, en perfecto estado de conservación y aún en funcionamiento.

Estando en Colonia del Sacramento recibimos un email de una de las granjas que habíamos contactado en referente a la estancia como voluntarios. Estaba en la provincia de Buenos Aires, y además era un “Yoga Park” y decían que podíamos incorporarnos cuando quisiéramos en los próximos días. No nos disgustaba la idea de una estancia en el interior de la provincia de Buenos Aires, ni tampoco desconectar un poco haciendo yoga, por lo que confirmamos nuestra llegada. Acerca del futuro del itinerario yo ya estaba teniendo dudas si lo más adecuado era bajar hasta la Patagonia y Tierra de Fuego, como pensábamos inicialmente, o si no sería más lógico limitarse a cubrir el norte de Argentina en el camino hacia Bolivia. Por lo pronto desestimamos la idea de continuar hasta Carmelo, un par de horas al oeste de Colonia, para cruzar el Río de la Plata desde allí hasta Tigre en Argentina. Se decía que este era el cruce más bonito del Río de la Plata ya que se hacía en lancha siguiendo los brazos del delta del río en contraposición al que realizamos nosotros en ferri desde Colonia hasta el puerto Madero de Buenos Aires, sin embargo, esta última opción era mucho más rápida y teníamos ganas de empezar la nueva aventura en la graja-parque de yoga.

Después de una semana dejábamos Uruguay con nostalgia ya de los buenos momentos pasados en las piscinas termales de Salto y de esos paseos por las infinitas playas de Punta del Diablo. Pero, al mismo tiempo, conscientes de que era un país que no se prestaba mucho al viaje de aventura y choque cultural que andábamos buscando.

Cuzco, la capital del imperio Inca. Perú.

21 de enero de 2012. Mañana lluviosa para salir de Bolivia. Dejábamos Copacabana al tiempo que descubríamos que la oficina que nos había vendido el ticket no tenía un bus propio como nos dijeron y que nos había cobrado un tercio en recargo por subirnos al bus de otra compañía. Este enésimo timo en la lista se compensó por el hecho de que el cruzar la frontera con Perú fue un trámite sencillo, rápido y seguro, cosa que a excepción de los cruces de frontera entre Argentina y Uruguay en Salto y Colonia, no volvería a ocurrir. El viaje de 10 horas en bus transcurrió por los más bellos paisajes montañosos andinos por carreteras de gran peligro. Además el conductor tuvo a bien ponernos Rambo I, II y III en alto volumen. Esto no hizo sino confirmar que los conductores de bus, en cualquier parte del mundo, tienen una secreta perversión por arruinar el viaje a sus pasajeros y la televisión a bordo es, evidentemente, su arma más letal.

Al llegar a Cuzco, ya de noche, tuvimos el ya habitual acoso de taxistas y ofrecedores de habitación. Nos mantuvimos fuertes y no sucumbimos ante ninguno. Finalmente tomamos un taxi y le indicamos que fuera al hostal del que una señora nos había dado una tarjeta de propaganda e incluso se ofrecía a llevarnos ella misma gratuitamente. Como la calle era peatonal nos dejo en la entrada y equivocadamente nos metimos a preguntar a otro hostal, en el que nos quedamos y a la postre resulto ser mucho mejor y algo más barato que el que andábamos buscando. Era un hostal familiar atendido por Juliana y su marido lo cuales se encargaron de ayudarnos y aconsejarnos en todo lo posible.

Cuzco es un sueño de ciudad. Con sus calles adoquinadas, y edificios, iglesias, catedral, palacios coloniales muy bien conservados, lo hacen un paraíso para la vista. La plaza de armas con la catedral y la iglesia de la Compañía y sus costados con soportales, las vistas a la ciudad desde el elevado y bohemio barrio de San Blas, Coricancha y el Convento de Santo Domingo, el Convento e Iglesia de la Merced, la Calle Hatun Rumiyuq con el palacio Arzobispal construido sobre el palacio del Inca Roca, y un largo etcétera, muestran el esplendor de una arquitectura colonial que fue construida a expensas de la destrucción de la capital del Imperio Inca y aprovechando los materiales de construcción de la más alta calidad empleados por los incas, su grandes piedras poligonales, sus sólidos cimientos en forma de cuña con anchísimas bases para protección sísmica, y la decoración de sus iglesias, palacios, conventos y catedral con el oro procedente de la fundición de autenticas joyas del arte inca.

Me permito todavía destacar algunos elementos más de Cuzco. La iluminación de su centro histórico, tanto calles como monumentos, es exquisita aumentando su esplendor y romanticismo, sobre todo si se ve desde la plaza de San Cristóbal o desde el barrio de San Blas. En la catedral al costado del altar está un gran lienzo que representa a Cristo y sus apóstoles en la Ultima Cena cuyo autor es el cusqueño Marcos Zapata; célebre porque al medio de la mesa se aprecia una bandeja que contiene un cuye (cobayo o conejillo de indias) asado que es el plato por excelencia en los Andes, heredado de la tradición inca; asimismo el pintor andino puso en la mesa productos como papayas y rocotos, es decir elementos de su mundo ancestral. Este ejemplo sirve para mostrar como los indígenas del altiplano combinaron o incorporaron las tradiciones y creencias de la cultura inca con la impuesta cultura española y católica. También de gran relevancia en la ciudad es la casa-museo del Inca Garcilaso de la Vega  (1539 – 1616), todo un héroe local. Hijo de un noble español y una princesa inca dedicó gran parte de su vida a documentar las tradiciones e historia inca que sus tíos, hijos del emperador Inca Huayna Cápac le inculcaron en su infancia. Es una historia curiosa la del Inca Garcilaso de la Vega ya que además de defender y profesar un gran cariño por el mundo Inca también se sentía español, donde también largo paso un periodo de su vida.

El siguiente día a nuestra llegada era domingo, y lo pasamos tomando un primer contacto con la ciudad, paseando sus calles adoquinadas e informándonos de los sitios más importantes a visitar tanto en la ciudad como en el valle sagrado y cómo hacerlo. Capítulo especial merece la planeación de la visita a Machu Pichu, aunque todo sea dicho, todavía no estaba seguro de si quería visitarlo, pero dejemos ese tema para luego.

Finalmente, compramos el boleto turístico integrado que costando alrededor de 130 soles peruanos (alrededor de 40 euros) incluía la visita a 16 sitios arqueológicos, museos, o espectáculos. Aquí sentí por primera vez la estudiada estrategia que se tiene en Perú para intentar sacar hasta el último céntimo de los turistas. Pues las opciones eran dos: visitar las ruinas individualmente pagando por cada una de ellas 70 soles, o comprar el boleto integrado por 130 soles, por lo que la decisión parecía evidente. Dicho boleto combinaba sitios arqueológicos de valor incalculable con museos o espectáculos o algún monumento reciente de muy escaso valor en mi humilde opinión. Aparte de eso, había que contratar excursiones para hacer las visitas, y después de la segunda o tercera excursión me percate que todos los sitios estaban muy cercanos y se necesitaba prácticamente un par de horas para llegar al Valle Sagrado. Pero se dividían en varias excursiones distintas, repitiendo cada día el mismo camino y visitando sitios al lado de los visitados el día anterior. Esto indudablemente aumentaba el número excursiones y de días que el turista se queda en Cuzco, ya que inconscientemente se quiere visitar todos los sitios que incluye el boleto. Nosotros no lo conseguimos, y creo que nadie que conocimos tampoco.

Aún no habiamos acabado de explorar y disfrutar Cuzco, no obstante los próximos días los emplearíamos en conocer el cercano Valle Sagrado de los Incas.

Salta, Argentina

19 de diciembre de 2011. Ya puestos a recapitular ahora que la narración va llegando al final del viaje por Bolivia vamos a desempolvar algunas “perlitas” que se habían quedado sin relato. Volvemos a Argentina, todavía era primavera, y todo ocurrió así:

Después de un día de espectacular viaje en coche, aún en el asiento trasero de Arthur y Carolina llegamos a Salta ya bien entrada la tarde. Veníamos de pasar la noche en Cachi en uno de los camping más hermosos y tranquilos que he visto, pero el frío de las montañas nos había traspasado las paredes de la tienda de campaña como si fueran de papel. Pasada una hora escasa de viaje, fuimos retenidos por un todoterreno que había envestido a un camión, y es que el camino en tierra que llevábamos era tan bonito como peligroso. Posteriormente al cruzar el Parque Nacional de los Cardones nos deleitamos la vista con ejércitos de cactuses montando guardia en pedregosas llanuras al pie de las montañas.

En Salta nos alojamos en el camping municipal que estaba dentro de la piscina municipal. Se decía que esta piscina era la más grande de toda Sudamérica, yo lo creí porque más que una piscina parecía un lago inmenso, pero quedaba pequeña para el gentío que acudía a bañarse. Si sumamos esto al hecho de que tuvimos que montar la tienda de campaña al lado del seto que separaba el camping de la avenida principal por la que los coches volaban, se puede decir que el camping fue de todo menos tranquilo.

Una sorpresa buena sí que tuvimos en el camping. Resultó que en la carpa de al lado estaban instalados una pareja de italianos que habíamos conocido en Cafayate.  Ellos eran simpáticos y todo unos románticos que habían cambiado la vida en Europa por la vida en Sudamérica. Se encontraban haciendo un mini viaje por el norte de Argentina, ya que, después de unos meses en Brasil, se habían afincado en la región vinícola del sureste de Bolivia: Tarija.

Después de los paisajes encantados de pura soledad que veníamos disfrutando, la vuelta a la civilización, la vuelta al hormiguero de la urbe no me sentó nada bien. A 1152 m.s.n.m, a la ciudad de Salta se la conoce como Salta la bella. Se ubica en una zona que fue dominada por el imperio Inca y fue fundada tras la conquista española siendo una de las primeras ciudades coloniales de Argentina y sin lugar a duda rebosaba de arquitectura, iglesias, palacios y decadentes calles coloniales. Pero al mismo tiempo la vi caótica y agobiante y con un clima abrasador.

Esa misma noche salimos en la que se podrá considerar la única noche de fiesta de todo el largo viaje. El motivo era la despedida de nuestros amigos brasileños Carolina y Arthur.  Fuimos a la famosa calle de las “peñas” a ver un espectáculo de danza folklórica: la chacarera. Si el tango es la música y baile porteño por excelencia, la chacarera es la pieza central del folklore en las provincias del noroeste de Argentina. Yo no sabía decidirme cuál de estos bailes y músicas me fascinaba más. Tradicionalmente la chacarera se bailaba espontáneamente en las “peñas” que eran locales donde sus miembros se reunían cada noche. Pero esas peñas legendarias ya han pasado a la historia en favor de los locales para turistas. Plenamente conquistada por el turismo como está la ciudad de Salta, el espectáculo en el que nos metimos era todo un arreglo para foráneos pero pasamos la noche muy agradablemente en buena compañía.

Al día siguiente bajo un sol que derretía subimos en teleférico a la colina de San Bernardo desde donde había una esplendida vista de la ciudad.  Después, nos preparamos para el próximo día continuar dirección norte y cruzar el Trópico de Capricornio.

La Paz, Bolivia

11 de enero 2012. Eran alrededor de las 7 de la mañana cuando el bus vislumbraba las doradas paredes de la La Paz. Desde la ciudad de El Alto se veía al sol de la mañana chocar en las fachadas marrones de las casas de La Paz dispuestas en laderas tan empinadas que casi son acantilados. Habíamos pasado la noche entera viajando desde Sucre.

Como el viaje duraba doce horas, por primera vez en toda la aventura decidimos invertir un poco más en comodidad y comprar el billete del coche cama, en vez del semicama. Supuestamente los asientos serían más cómodos y anchos. Esta excepción lo único que hizo fue reasegurarnos en seguir comprando billetes semicama porque durante todo el viaje tuvimos sentada al lado nuestro, en el pasillo a una señora, que el conductor había metido para ganarse un dinero extra. He aquí la prueba de que el pagar más no siempre aporta más comodidad.

La Paz superó con creces mis expectativas. Mis expectativas eran muy pocas y no sé muy bien porqué. Lo que descubrí, en mi opinión,  fue una de las ciudades con más encanto de Sudamérica. Es muy difícil describir La Paz. La Paz es Bolivia. La Paz es caos, movimiento, vida a borbotones, colores, calles en pendiente, antigua y moderna, pobre y rica, indígena.

Los momentos más majestuosos fueron dos, los dos al atardecer de diferentes días, cuando subimos a dos miradores en las laderas de las montañas que encajonan la ciudad.  Al mirador del Kili Kili subimos con Matías y Virginia poco antes de la puesta del sol y continuamos allí hasta que ya la noche se había cerrado bien sobre nosotros. El panorama era impresionante: abajo el centro de La Paz, con sus monumentos coloniales y sus barrios más antiguos de un lado; del otro lado el barrio del Sopocachi y el centro bancario y de oficinas con sus altos rascacielos.  Todo alrededor las laderas de los barrios residenciales, con casitas como si fueran de “Lego”, no una detrás de otra en un plano horizontal, sino una casa encima de otra en planos en vertical.  Finalmente, y una vez más rodeando todo lo anterior los picos nevados de las montañas de las cordilleras Real y Central destacando sobre todas el imponente Illimani de 6462 de altura. El paso del día a la noche brindaba una luz dorada que convertía en dorada a toda la ciudad, era como si los últimos rayos se metieran en el pozo de La Paz y no se quisieran ir para la noche.

Otro día fuimos al mirador del Montículo en el barrio de Sopocachi, y aparte de un espectáculo similar al anterior solo que desde otro ángulo, la gran anécdota del día fue la tormenta que rompió justo al ponerse el sol. Tuvimos suerte que justo acabábamos de descender y ya estábamos en las calles de la ciudad. Veníamos de experimentar una violentísima tormenta en Sucre, pero esta fue incluso mayor: nunca había sentido tal poder de los truenos y relámpagos, era como si todo el cielo se fuese a romper y estaba el propio cielo de un naranja apocalíptico del que solo se ve en los dibujos animados manga de héroes y guerras. La gente de la ciudad ni se inmutaba.

Cuando Matías y Virginia se fueron de la Paz nosotros nos mudamos a otro hostal distinto en el que estaban otro grupo de jóvenes de Buenos Aires: Diego, Marcos, Tiziana, Emi, Aye y Marina, que ya habíamos conocido en Sucre y que por unos días se convertirían en nuestros compañeros de viaje. La gran anécdota fue cuando descubrimos que en el hostal que nos estábamos quedando cumplía una doble función. La primera era la obvia: función de hostal. La segunda: función de telo. Todo es posible en Bolivia.

Hicimos de La Paz una base para excursiones de uno o dos días. Así visitamos Tiwanaku, Sorata y Coroico. Una de estas veces el conductor de la furgoneta recordó que se le había olvidado poner gas (la mayoría de los coches en Bolivia funcionan con gas no con gasolina) en el vehículo. Ni corto ni perezoso dio media vuelta y nos encontramos yendo a trasmano en una marabunta de incontables filas (o no-filas) de furgonetas en sentido contrario. No se oyó ni un claxon.

Mi mayor admiración acontecía en los viajes desde o hasta la Paz. El salir o entrar a la ciudad en coche era todo un espectáculo. Primero de todo se debía subir por las laderas que rodean la ciudad con la consiguiente panorámica de regalo. Pero lo más impactante era mirar a la gente en su vida cotidiana en los barrios y suburbios aledaños a La Paz. Mercados, trajín de aquí allá, animales, niños corriendo, furgonetas circulando en medio de la gente, mas mercados, fruta, carne… era toda una explosión de vida y color. Todo el mundo haciendo algo. Había pobreza es cierto, pero nadie mendigando todos luchando por la vida.

Sucre: la ciudad blanca.

7 de enero 2012. Llegamos a Sucre ya bien entrada la noche y fuimos a alojarnos a un hostal que aparecía en nuestra guía. Fue una grata sorpresa cuando al cruzar el patio del hostal oímos hablar a Jordi, un amigo que conocimos en Iruya, Argentina, la víspera de Navidad y con el cual nos habíamos venido cruzando en repetidas ocasiones a lo largo de nuestro itinerario en Bolivia. Estábamos en contacto y era nuestra intención quedar otra vez en Sucre, pero ¡cosas del viaje! fue pura casualidad que fuimos a parar al mismo hostal en el que Jordi estaba. El día siguiente era domingo e hicimos planes para ir al mercado campesino de Tarabuco, un pequeño pueblecito en la sierra a casi unas 2 horas de Sucre.

El viaje a Tarabuco fue una gran experiencia antropológica. El día empezó aprendiendo a usar el loco sistema  de transporte en la mayoría de ciudades bolivianas. El transporte urbano funciona de la siguiente forma: en las calles hay un mar de furgonetas tipo Nissan Vanette, o equivalentes, las cuales tiene carteles de cartón “de quita y pon” en la luna delantera que anuncian el destino del carro, pero uno se percata antes de los gritos por la ventana del ayudante que constantemente propagan a los cuatro vientos los puntos del itinerario, todo esto sumado al uso abusivo del claxon para llamar aun más la atención de uno. Si un viandante hace un gesto de interés, el conductor de la furgoneta reduce la marcha (nunca llega a pararse), el ayudante corre la puerta corredera y al nuevo pasajero le toca saltar al interior. A partir de ahí empieza un viaje trepidante con una conducción camicace pero efectiva. Estas furgonetas son de particulares, a veces asociados en cooperativas, y son ellos quienes deciden que ruta harán cada día. Huelga decir que la reglamentación brilla por su ausencia. Descrito así podría parecer un sistema caótico y poco eficiente. Bueno caótico es, pero la verdad es que cuando uno se acostumbra funciona fenomenal y rápido.

Una vez llegados al punto donde salían furgonetas  hacia Tarabuco los tres nos subimos en la parte de atrás de una Vanette y entonces una pareja bien simpática subió,  enseguida nos dimos cuenta de que eran argentinos y después de diez minutos teníamos una conversación bien animada que duró todo el viaje.

Una vez llegados a Tarabuco pudimos disfrutar de un mercado local y agrícola muy poco corrompido por el turismo pues muy pocos eran los viajeros que llegaban hasta allí. Los campesinos indígenas de la zona se apresuraban a exponer y vender sus mercaderías y artesanías alrededor de la plaza del pueblo y calles principales. El pueblo tenía un excelente estado de conservación, estaba tal cual se construyo durante la colonia. Hablando de colonia, en la plaza del pueblo destacaba una estatua gigante de un valeroso guerrero indio arrancándole el corazón a un soldado realista. Y es que Tarabuco se enorgullece de haber sido cuna de numerosas revueltas indígenas contra el imperio español.

Por la tarde, ya casi acabado el mercado y mientras dábamos un paseo por el pueblo acertamos a entablar conversación con unas mujeres que estaban liando cigarros a la manera artesanal. Ellas estaban sentadas en una puerta al sol y sus hijos e hijas las acompañaban mientras trabajaban. Esta conversación fue una grata sorpresa pues por lo normal no era nada fácil tener una conversación más larga de dos frases monosilábicas con los nativos.

El día aún nos tenía guardada una sorpresa. Cuando pretendíamos volver a Sucre descubrimos que ya habían vuelto todas las furgonetas  y todo parecía apuntar que deberíamos quedarnos allí a pasar la noche. Entonces Sudamérica nos enseñó otra lección: siempre hay otra forma distinta de hacer las cosas, una alternativa escondida delante de nuestros propios ojos. Lentamente se fue acercando una torpe, destartalada camioneta con una caja de madera bien alta para el transporte de mercancías; por encima se veían algunas cabezas y sombreros. Se fue a parar justo a nuestro lado e instantáneamente le preguntamos qué adonde se dirigía. Adivinen la respuesta. Sin pensárnoslo dos veces estábamos subiendo al camión y abriéndonos paso entre las aproximadamente cincuenta personas que viajaban dentro: bebes, niños, padres y abuelos. Así fue como Virginia y Matías, que así se llamaban nuestros nuevos amigos, Jordi, Siobhán y yo disfrutamos de una preciosa y poco convencional manera de viajar. Aún puedo recordar el olor del viento que chocaba en nuestras caras, contempladoras curiosas de las montañas bolivianas, mientras el camión viraba y viraba curva tras curva.

El plan para el día siguiente era visitar Sucre. Matías y Virginia tenían el billete de bus para irse ese mismo día, lunes por la tarde, a La Paz. Por la mañana pasaron a llamarnos a nuestro hostal. El mismo grupo de cinco se disponía a callejear las blancas calles de Sucre. A Sucre, capital constitucional de Bolivia y sede del Poder Judicial, se la conoce como “la ciudad blanca” por la blancura de su arquitectura colonial. La ciudad se encuentra en un excelente estado de conservación: fachadas bien encaladas, tejados con vigas de madera, suelos adoquinados, blancas iglesias. Además es una ciudad de marcado carácter universitario con una de las mejores universidades del país, la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca, de origen jesuita. Debido al clima mucho más cálido que el de Potosí por estar Sucre a una altitud de “solo” unos 2800 m.s.n.m ésta ciudad fue elegida como lugar de residencia de muchos conquistadores enriquecidos en las minas de Potosí.

Bien aconsejados por Jordi, comimos en el mercado de frutas, rodeados de un festival de colores y olores. Deliciosos jugos y ensaladas de frutas tropicales con precios de unos cinco o seis Bolivianos (poco más de medio Euro). Todo un festín para los sentidos.

Y una vez más, como al inicio de este relato, la casualidad o destino, que va siempre un paso por delante de nosotros, empezó entonces a jugar su juego. Matías y Virginia se despidieron, se iban a preparar su viaje, pero resultaba que Jordi, Siobhán y yo nos los encontrábamos al girar cada esquina, era como si algo estuviera actuando en contra de esa despedida. A la noche en el hostal, Jordi tocó en nuestra puerta, estaba allí con Matías y Virginia. Nos dijo que los chicos habían tenido un problema y no pudieron tomar su bus, pero era como si estuviera diciendo: mi camino se separa del vuestro aquí, tomo otra ruta, pero donde un camino se separa otros se unen. Y así fue, el próximo día los cuatro nos encontrábamos viajando a La Paz y el uno hacia Santa Cruz.

Tupiza, Bolivia

27 de Diciembre de 2011. Tupiza era nuestra primera parada en Bolivia. Era una ciudad pequeña, sencilla y tranquila. Su mayor reclamo para el viajero era el estar situada en un entorno ideal para caminar o hacer excursiones a caballo. Además poco a poco estaban aumentando las agencias que, desde Tupiza, ofrecían tours en vehículos todoterreno del salar de Uyuni y de la región de Sud Lípez. El tour estándar ofrecido era de cuatro días y costaba en media unos 1200 o 1300 bolivianos (130 – 140 euro) con alojamiento y comida incluida. Nosotros, con bastantes dudas, decidimos hacer el tour desde Uyuni.

Tupiza tenía una gran plaza cuadrada y bonita llena de árboles, una colina mirador donde se podía observar todo el pueblo y las impresionantes paredes rojas que lo flanqueaban. Un mercado central que era una explosión de colorido y un amontonamiento de todo tipo de carnes: pollos, trozos enteros de vaca, cabezas de vaca, etc., en venta y sin ningún tipo de refrigeración que aportaban una gran pestilencia al ambiente según iba avanzando el día. También había otro segundo mercado, este situado como en una red de callecitas estrechas y techadas donde se vendían zapatos, ropa, especias, y demás enseres. Finalmente, había también un mercado ambulante al lado de la estación del tren donde lo mismo te podías comprar unas empanadas como un juego de backgammon o un bolso. Queda patente, pues, que el mercado popular y la venta ambulante era la forma de comercio reinante. Pequeñitas viejas de piel curtida y arrugada vestidas en traje tradicional boliviano con falda, mandil y sombrero y sentadas en cuclillas en el suelo eran las vendedoras.

Pasamos un par de días descansando, sin hacer mucho y disfrutando los menús del restaurante de al lado del hostal que por 13 bolivianos (1 euro y medio) te incluía sopa, plato principal y postre. Bueno, además de descansar y relajar, estábamos pasando una gran diarrea que se hizo presente nada más cruzar la frontera. En términos generales la higiene en Bolivia es prácticamente algo inexistente, la forma de manipular y almacenar la comida son aterradoras para el europeo, los baños apestan y salvo rarísimas excepciones no tienen papel higiénico ni jabón para lavar las manos. En estas condiciones es fácil adquirir una diarrea histórica; a nosotros nos acompañaría durante gran parte del viaje por Bolivia.

Socialmente, algo que nos impresionó fue la abundancia de ciber cafés, con la conexión a internet más lenta que se pueda imaginar, y juegos informáticos donde los jóvenes pasaban horas y horas completamente viciados al juego. Después comprobaríamos que era algo normal en todo el país. También observamos un cambio radical, respecto a Argentina, en la actitud ante el extranjero, siendo el boliviano mucho más reservado, parco en explicaciones y numerosas veces mostrando una mezcla de miedo y desconfianza ante el hombre blanco. Obviamente, sobran razones históricas para justificar esta actitud.

Sin embargo, dentro de la propia Bolivia, hay grandes diferencias sociales entre la zona del altiplano, por donde nosotros viajamos, y las zonas bajas de selva y valles. De hecho el nombre oficial del país es: Estado Plurinacional de Bolivia. En el altiplano la población es indígena, más pobre e introvertida y temerosa, con gran devoción por el presidente indígena Evo Morales del que abundan fotos por doquier como baluarte del progreso de la nación y de la mejora de las condiciones de los indígenas. En cambio, la zona de Santa Cruz, según me han explicado, puesto que por allí no viajamos, es más próspera, los habitantes son más blancos o mestizos y más extrovertidos.

Finalmente nos decidimos a hacer una excursión a caballo. Inicialmente contratamos una excursión de dos días, pero rápidamente cambiamos de opinión y lo cambiamos por una de solo un día ya que nuestra experiencia montando era prácticamente nula.

Fue todo una experiencia. Nuestro guía era Cristian, un niño que se empeñaba en decir que tenía quince años ya casi dieciséis pero era evidente que tenía muchos menos. En Bolivia los niños llevan la mitad de los negocios. Cabalgamos por entre formaciones rocosas extravagantes, de las más diversas formas, siempre con una gran variedad de tonalidades de marrones y rojos. Normalmente por cursos de ríos medio secos que se llenaban en las riadas de la estación de lluvias. De hecho, estábamos al inicio de la estación húmeda, y durante una hora nos diluvió pero no interrumpimos la cabalgata. Cristian era el hijo del dueño de los caballos, pero nosotros contratamos la excursión con una agencia por 210 bolivianos el día y persona, unos 3 euros la hora. Supongo que la agencia pagaría la mitad al dueño de los caballos, el negocio del turismo y las típicas agencias que se están procreando como hongos en la lluvia son unos grandes usureros.

Progresivamente Cristian iba azuzando más y más a nuestros caballos para que pasaran del paso al trote y del trote al galope. Yo creo que quería adelantar la hora de llegada. A mí el trote me resultaba muy incómodo y doloroso ya que no lograba adaptarme al ritmo del caballo, sin embargo me encontraba mucho más a gusto en el galope, causaba gran impresión al principio, una sensación de inseguridad y de que con cualquier imprevisto podrías ir al suelo en una caída que podría resultar fatal. Poco a poco, uno se siente más seguro y el miedo deja paso a una sensación de libertad, velocidad y poderío inigualable. A Siobhán le pasaba al contrario, prefería el trote al galope y su caballo era más asustadizo en el cruce con los vehículos.

En la última hora de cabalgata Cristian me dio una ramita flexible con la que azotar al caballo para que pasara galope, y éste obedecía de inmediato. Me sentía seguro. En el último tramo estábamos cabalgando por la vía del tren, mi caballo se lanzó al galope, me sujeté el sombrero de vaquero y abandoné a mis compañeros haciendo mía la vía del tren. Era una sensación única e irrepetible, galopando por una vía de tren en la grandeza del altiplano boliviano. Era dueño de mi caballo y mi destino.

Tucuman, Argentina

16 de Diciembre, 7.47 am. Amauicha, en las faldas de los Andes. Tras pasar una noche en Tucumán capital y visitar la ciudad nos adentramos finalmente en el auténtico noroeste argentino.

Tucumán es una ciudad bastante ordinaria, con pocos atractivos salvo el de ser un buen punto de inicio para explorar el norte. Nos dio muestras de ser una ciudad tranquila y bien equipada contando con 4 universidades, estando una de ellas, la Universidad Nacional de Tucumán, entre las mejores del país. El tiempo era perfecto, calor seco pero no excesivo, calculo que unos 28-30 grados centígrados. En definitiva, yo incluiría Tucumán en esa categoría de ciudades que no son muy apetecibles al turista pero sí que invitan a vivir en ellas.

Tucumán pasó a la historia, y se enorgullece de ello, por ser la sede de la declaración de independencia argentina, albergando el primer consejo argentino. Atrás quedaban las decisivas batallas de Salta y de Tucumán ganadas por los patriotas argentinos. La mayor obra arquitectónica de la ciudad es la Casa de Gobierno en la plaza de la Independencia, construcción imponente que se levanta sobre la antigua casa del cabildo español.

Hasta ahora, varias veces habíamos comentado al pasear por las ciudades y pueblos de la argentina central que tanto por su apariencia, como por el aspecto de la gente y la propia organización de la vida, bien podríamos estar en España. Fue en Tucumán, al dar un paseo ya casi al anochecer por unas calles populares llenas de comercios de todo tipo y repletas de gente de todas las edades, la primera vez que dijimos, esto no podría ser España.

Nos albergamos en un hostal todavía con los precios inflados para turistas por unos 150 pesos la habitación que suenan caros si se comparan con los 15 pesos (3 euros) del copioso y delicioso menú del almuerzo que comimos en un bar local. Y es que ya se empezaba a notar la anunciada, y esperada, bajada de precios.

Córdoba, Argentina

13 de Diciembre de 2011. Córdoba, segunda ciudad de Argentina en el centro del país. Después de una noche en bus que nos llevó desde Luján, en la provincia de Buenos Aires hasta Córdoba capital. El plan era pasar el día en Córdoba, partiendo así en dos el largo viaje hasta Tucumán en el norte, y de este modo aprovechar para hacer una visita a la ciudad cordobesa con fama de tener una gran oferta cultural. Esta vez el plan se cumplió a rajatabla y a las 10.50 estábamos subiendo al bus que nos llevaba hasta Tucumán, en la segunda noche consecutiva pasada en las semi-camas de los mastodontes de dos pisos con ruedas.

El día en Córdoba fue bastante placentero y relajado aunque el calor y el cansancio arrastrado hacían mella. Visitamos el Cabildo, la catedral, la iglesia de San Francisco, la de las Dominicas, y la manzana jesuítica que comprende la iglesia jesuita y la universidad, de fundación jesuita y la más antigua del país. Tomamos un paseo guiado por la manzana jesuita, patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con un guía entusiasta que nos ilustro en la historia de la ciudad de Córdoba y en la historia, aventuras y desventuras de la orden jesuita en Córdoba y por extensión en Argentina y Sudamérica. Pretendíamos también asistir a un ballet gratuito que tenía lugar por a las 20.30 en el Cabildo y que incluía bailes típicos de toda la Argentina y otros países vecinos, pero no fue posible porque fue cancelado a última hora.

Córdoba, a pesar de ser una gran ciudad, nos pareció mucho más tranquila y menos contaminada que Buenos Aires. También otro cambio para mi agrado, es que el calor ya empezaba a ser seco.

También es de destacar que en Córdoba tuve, creo que por primera vez, la sensación de que estaba haciendo lo que hacían el resto de los locales, en este caso los cordobeses. Fuimos a comer a un bar que era bastante antro, todo lo cutre que uno se pueda imaginar. Decoración nefasta, con mesas alineadas como si fueran pupitres de colegio sentados de dos en dos, todos mirando hacia la tele. Higiene poco menos que la justa, y estaba lleno de parroquianos con bigote y panza probablemente trabajadores en el barrio. Cuando lo vimos, nos dijimos, esto pinta bien. Y acertamos.

El camarero, también con bigote largo y panza, un tipo súper amable como no podría ser de otra forma. El menú del día por 22 pesos (unos 4 euros) que incluía 1 litro y medio de zumo, una sopa, y un plato gigantesco de albóndigas de carne con puré de patatas, era poco sofisticado pero delicioso y con tal cantidad de comida que no lo pude terminar, cosa extraña todo sea dicho. Salimos con la tripa bien llena y satisfechos de haber hecho las cosas como se hacen aquí, habiendo evitado los tan odiados bares de turistas. Al cruzar la puerta un parroquiano sentado casi al lado del umbral, también con bigote largo y panza y con pinta de campechano nos dijo: habéis comido bien ¿eh? Y se rió.

Buenos Aires, Argentina

28 de Noviembre, 2011. Ruta Nacional 14. Todavía en la provincia de Corrientes aunque ya cerca de Misiones. Rumbo a Puerto Iguazú. A bordo de un autobús mastodóntico y potentísimo de dos pisos que vuela por la llanura argentina. El conductor se dispone a adelantar (y lo hace) a un camión cuando hay una doble línea continua en la carretera. Hace poco que ha salido el sol, a las 5.42 exactamente, al tiempo de cruzar por la Reserva Provincial Esteros del Iberá, una zona de pantanal muy similar al de Matto Grosso brasileño, donde parece que hay caimanes y todo tipo de bichos salvajes. La carretera es una fina línea recta que se pierde en el horizonte, estrecha pero con buen pavimento.

Instantes después de abrir los ojos he visto dos figuras a caballo galopando cerca de la carretera, son los gauchos, luego existen todavía. Sus caballos trotan ligeramente por la mullida e infinita alfombra verde, y es que aquí los ojos se pierden en la inmensidad de la verde llanura, salpicada por algunos parches de vegetación, ya con tintes tropicales donde abundan las palmeras y aves que desconozco. Hay también grandes plantaciones de coníferas y por su puesto las reses y caballos de los gauchos dándose un festín herbáceo.

Todavía quedan unas 7 horas de las 20 totales del viaje. Delante queda Iguazú, que son las cataratas más anchas o caudalosas del mundo, ahora mismo no recuerdo exactamente, pero en “algo” son lo más del mundo. Pero lo que sí sé es que según la leyenda guaraní las cataratas de Iguazú se originaron cuando el celoso dios de la selva se enfureció porque un guerrero escapaba en canoa río abajo llevándose a una joven y bella princesa. Dicho dios causo que el fondo del rio se hundiera enfrente de los amantes produciendo las grandiosas cascadas por las que la chica se despeño, convirtiéndose en una roca en su base. El guerrero sobrevivió y se convirtió en un árbol en la cima de la cascada eternamente mirando hacia su amada.

Además acabo de leer que los jaguares campan a sus anchas por el parque nacional y que si el visitante se encuentra uno debe mantener a calma, no correr, no darle la espalda al felino e inflarse su chaqueta para parecer más grande. Interesante.

Pero el paisaje ya está cambiando, la llanura empieza ondularse, el mastodóntico autobús verde de la compañía El Tigre de Iguazú cuyo pasaje cuesta 413 pesos argentinos, continua adelantando vehementemente todo los que se encentra por la carretera, incluso otros mastodónticos buses de otras compañías que no son verdes, se ve que vamos en el caballo ganador, es como surcar el cielo en una nave espacial. Ahora cruzamos frondosos bosques, abundan las explotaciones madereras, y es que este es un país de infinitos recursos naturales.

Atrás queda la gran urbe, la loca Buenos Aires, la ciudad porteña y del tango. En cierto modo es un alivio escapar hacia la poderosa naturaleza, en cierto modo era una pena dejarla con todo su encanto un domingo por la tarde, perdiéndonos las tamborradas de la plaza Dorrego en el barrio de San Telmo.

Buenos Aires es una ciudad de contrastes, caótica y contaminada. Al principio cuesta adaptarse a su ritmo pero es cuestión de días, quizás horas cuando sin darte cuenta, cuando bajas la guardia la ciudad va y te cautiva. Es bastante sorprendente, conociendo mi exigencia y falta de paciencia, como después de llevar cuatro días en un hostal en el que los dos primeros días el agua y la luz se cortaban y volvían cuando querían mientras que en los 2 últimos días los amigos agua y luz se marcharon para no volver, imagínense las condiciones en las que aquello estaba a unas temperaturas superiores a 30 grados día y noche, queda decir en la escusa del hostal que el problema era de medio barrio no suyo propio. Agregado a las cuatro horas que nos costó llegar desde el caótico aeropuerto al hostal a media noche después de 15 horas metidos en un avión,  las incontables bocanadas de humo negro respirado directamente de los escapes de los colectivos municipales que surcan las calles porteñas a velocidades de vértigo. Pues bien, como iba diciendo puede resultar difícil comprender como después de este periplo, me voy con ganas de volver (y volveré), encantado con la ciudad.

Mucha culpa de ello la tienen los porteños, gente amabilísima, servicial al extremo, siempre atentos para ayudar, para conversar,  bromeando a veces de mi habla de “gallego”. Gente educada y elegante. Buenos Aires es una ciudad sorprendentemente europea, y que a pesar de lo caótico ofrece una gran cantidad de servicios de calidad, un metro (o “subte” como se llama aquí) velocísimo y frecuentísimo, unos buses urbanos que aunque locos y con una apariencia de atracción de feria por sus colores chillones y letras brillantes, son de gran eficiencia y también muy frecuentes. Si el centro agobia, para eso están los barrios, cada uno de distintos sabores.

Palermo con sus parques y lagos, y su centro viejo de calles adoquinadas y flanqueadas por grandes acacias y sicamores, rebosando estilo y repleto de tiendas de ropa y artesanía así como de encantadores restaurantes. Recoleta con su cementerio donde está la tumba de la idolatrada por unos y odiada por otros Evita.

El moderno y carísimo Puerto Madero, con sus rascacielos, su embarcaderos, y su Reserva Natural, un paraíso a orillas del Mar del Plata para la flora pantanal y aves acuáticas que ofrece unos paseos de exquisitas fragancias de primavera en el noviembre de Buenos Aires y surrealistas vistas con los rascacielos de fondo.

También está San Telmo, un barrio una vez de grandes casas coloniales y familias acaudaladas venido a menos y casi arruinado por una epidemia de fiebre amarilla en el siglo XIX.  Con sus calles adoquinadas, fue y sigue siendo cuna del tango, de hermosos cafés y anticuarios y de la feria de cada domingo.

La Boca es el barrio más colorido y pintoresco con sus casas hechas de chapas galvanizadas onduladas y pintadas de los más variados colores. Rebosa un gran ambiente aunque puede llegar a ser muy peligroso de no ser porque hay un par de policías (o a veces 5 o 6) en cada esquina. La Boca es tradicionalmente el barrio obrero del puerto,  y sus habitantes viven en conventillos, grandes casas partidas en pequeñas estancias que forman una comunidad (la del conventillo) muy apta para el cotilleo y el chisme. La casa-museo del pintor Quinquela y la cancha del Boca son otros atractivos de este barrio.

Creo que todas éstas le parezcan al lector suficientes razones de peso para justificar mi percepción de gran ciudad de Buenos Aires, surrealista y loca a veces sí, pero con un gran encanto.

Ahora voy a interrumpir este relato de ómnibus para volver a el estado contemplativo del paisaje, el bus Tigre de Iguazú se esta adentrando ahora en la región de Misiones, estamos sentados en los asientos frontales del piso superior con una gran pantalla de cristal en frente de nosotros que ofrece una gran panorámica. Siobhán todavía está durmiendo. Voy a seguir con atención en el recorrido para después contárselo.

Zamora, España

Fui a Zamora como de casualidad, y como suele pasar con tantos sitios donde llegas sin demasiadas expectativas, sin haber oido mucho sobre ellos, grande fue mi sorpresa.

Zamora es una ciudad pequeña, mas bien un pueblo grande, muy tranquila y limpia. Cuando uno avanza a su centro por las calles peatonales de Santa Clara o San Torcuato ya se palpa el viaje en el tiempo que se viene encima, primero son las multiples joyas de edificios modernistas que flanquean ambas calles. Luego se llega a la plaza de Santiago con la imponente iglesia en medio de la plaza. Despues a la plaza mayor con sus soportales y otra iglesia en medio. Una vez pasada la plaza de Viritato con sus magnifico techo de platanos orientales, ya no hay vuelta atras, hemos llegado al románico. El viajero verdaderamente siente de volver al tiempo de Doña Urraca. En el centro del casco antiguo encaramado en un cerro al lado del exuberante Duero podemos encontrar un laberinto con mas de 25 iglesias romanicas. La catedral también romanica de estilo bizantino a un lado de un tranquilo parque que tiene en su lado opuesto el mismisimo castillo de Doña Urraca desde donde se defendio Zamora en su famoso asedio por las tropas del rey de Castilla.

A tiro de piedra justo debajo del casco antiguo se encuentra el Duero con su puente romano, sus molinos de agua, y unas fantasticas sendas a ambos lados para disfrutar de un agradable paseo con una panoramica excepcional de la ciudad y sus monumentos. El rio se llena de un festival de colores en otoño, y el paseante al caminar por su orilla se arriesga a perder la noción del tiempo envuelto en la paz de lo bucólico.

Zamora desde el Duero
Zamora desde el Duero