Sorata, Bolivia

13 enero 2012. En viernes 13  (mala fecha) me decidí a hacer una excursión en solitario a Sorata. En realidad no sabía muy bien a que iba pero me habían dicho que era todo un encanto de pueblecito rodeado de las montañas de la Cordillera Real de Bolivia y poco contaminado por el turismo. Siobhán quería – con toda la razón – dedicar más tiempo a explorar tranquilamente la ciudad de La Paz, pero mi impaciencia por conocer y explorar mas sitios me impedía estar quieto más de un par de noches en la misma cama.

Así, me fui hasta el cementerio de La Paz y busqué la esquina desde donde salían las furgonetas hacia Sorata. Me monté en una que, una vez más, había de ser conducida por un viejo camicace. A mi lado iba un viejo al que no le pude sonsacar más que trabajaba en la mina y había venido a La Paz a visitar unos familiares. Detrás iba un grupo de jóvenes mochileros franceses, y en la parte delantera otros dos adultos bolivianos. Los locales pagaron 7 Bolivianos por el viaje; a nosotros, por ser turistas, le añadieron un 1 al 7 que lo dejó en 17.

Me hice amigo de los franceses, que hablaban bastante bien español, y al final acabamos durmiendo todos en la misma habitación súper básica de un hostal aún más básico pero con esplendidas vistas al profundo valle por donde pasaba el río de Sorata. Por la noche fuimos un rato a charlar y beber unas cervezas al hostal de enfrente con un grupo de 5 o 6 jóvenes argentinas que habíamos conocido en la tarde en la plaza. Este hostal se llamaba El Mirador y, haciendo justicia a su nombre, tenía una terraza con unas vistas de infarto.

En realidad los extranjeros van Sorata a hacer caminatas por las montañas y los valles, caminatas de uno o varios días que según cuentan son únicas. Yo me dediqué a explorar el pueblecito de indígenas con sus plazas y calles adoquinadas  a unos 2700 m.s.n.m y a admirar las vistas desde el mismo pueblo, sin dar un paso fuera de él.

Solo por una cosa habría valido la pena las 3 horas de viaje desde La Paz por sinuosos y serpenteantes caminos de tierra y baches, sorteando las montañas nevadas: el descubrimiento del api. El api es una bebida típica del altiplano boliviano: es muy espesa, dulce, rosada y se toma bien caliente para el desayuno acompañada de buñuelos de harina fritos – un desayuno potentísimo. Se hace a base de granos molidos de maíz rosado mezclado con un poco de azúcar y canela. Lo tomé en el mercado local donde se reúne la gente del pueblo a desayunar en banquetas de los distintos vendedores. Yo era el único turista allí y disfrute el pequeño momento como una experiencia sublime y pura del viajero de las que escasean hoy en día.

En el viaje de vuelta a La Paz fui sentado al lado de Santiago, un joven de Sorata que también trabajaba en la mina. Santiago era mucho más hablador que mi anterior compañero y me iba explicando pequeños detalles de la zona y preguntándome cosas sobre España y Europa. Una pregunta suya si me impactó y creo que nunca la podré olvidar: me felicitó por hablar tan bien y me preguntó con ingenuidad qué idioma se hablaba en España. Además me confesó que no comprendía la utilidad de un viaje tan largo como el mío del que no alcanzaba incluso a imaginar las dimensiones ni distancias. Éste fue un viaje de vuelta a La Paz muy agradable en el que entablamos buena camaradería y cuando nos despedimos Santiago y yo nos sacamos una foto, nos dimos un abrazo y nos deseamos buena suerte.