Salta, Argentina

19 de diciembre de 2011. Ya puestos a recapitular ahora que la narración va llegando al final del viaje por Bolivia vamos a desempolvar algunas “perlitas” que se habían quedado sin relato. Volvemos a Argentina, todavía era primavera, y todo ocurrió así:

Después de un día de espectacular viaje en coche, aún en el asiento trasero de Arthur y Carolina llegamos a Salta ya bien entrada la tarde. Veníamos de pasar la noche en Cachi en uno de los camping más hermosos y tranquilos que he visto, pero el frío de las montañas nos había traspasado las paredes de la tienda de campaña como si fueran de papel. Pasada una hora escasa de viaje, fuimos retenidos por un todoterreno que había envestido a un camión, y es que el camino en tierra que llevábamos era tan bonito como peligroso. Posteriormente al cruzar el Parque Nacional de los Cardones nos deleitamos la vista con ejércitos de cactuses montando guardia en pedregosas llanuras al pie de las montañas.

En Salta nos alojamos en el camping municipal que estaba dentro de la piscina municipal. Se decía que esta piscina era la más grande de toda Sudamérica, yo lo creí porque más que una piscina parecía un lago inmenso, pero quedaba pequeña para el gentío que acudía a bañarse. Si sumamos esto al hecho de que tuvimos que montar la tienda de campaña al lado del seto que separaba el camping de la avenida principal por la que los coches volaban, se puede decir que el camping fue de todo menos tranquilo.

Una sorpresa buena sí que tuvimos en el camping. Resultó que en la carpa de al lado estaban instalados una pareja de italianos que habíamos conocido en Cafayate.  Ellos eran simpáticos y todo unos románticos que habían cambiado la vida en Europa por la vida en Sudamérica. Se encontraban haciendo un mini viaje por el norte de Argentina, ya que, después de unos meses en Brasil, se habían afincado en la región vinícola del sureste de Bolivia: Tarija.

Después de los paisajes encantados de pura soledad que veníamos disfrutando, la vuelta a la civilización, la vuelta al hormiguero de la urbe no me sentó nada bien. A 1152 m.s.n.m, a la ciudad de Salta se la conoce como Salta la bella. Se ubica en una zona que fue dominada por el imperio Inca y fue fundada tras la conquista española siendo una de las primeras ciudades coloniales de Argentina y sin lugar a duda rebosaba de arquitectura, iglesias, palacios y decadentes calles coloniales. Pero al mismo tiempo la vi caótica y agobiante y con un clima abrasador.

Esa misma noche salimos en la que se podrá considerar la única noche de fiesta de todo el largo viaje. El motivo era la despedida de nuestros amigos brasileños Carolina y Arthur.  Fuimos a la famosa calle de las “peñas” a ver un espectáculo de danza folklórica: la chacarera. Si el tango es la música y baile porteño por excelencia, la chacarera es la pieza central del folklore en las provincias del noroeste de Argentina. Yo no sabía decidirme cuál de estos bailes y músicas me fascinaba más. Tradicionalmente la chacarera se bailaba espontáneamente en las “peñas” que eran locales donde sus miembros se reunían cada noche. Pero esas peñas legendarias ya han pasado a la historia en favor de los locales para turistas. Plenamente conquistada por el turismo como está la ciudad de Salta, el espectáculo en el que nos metimos era todo un arreglo para foráneos pero pasamos la noche muy agradablemente en buena compañía.

Al día siguiente bajo un sol que derretía subimos en teleférico a la colina de San Bernardo desde donde había una esplendida vista de la ciudad.  Después, nos preparamos para el próximo día continuar dirección norte y cruzar el Trópico de Capricornio.