Tilcara, Argentina

23 de Diciembre del 2011. En Tilcara, provincia de Jujuy, Argentina; a tiro de piedra ya de Bolivia, y a punto de cruzar el trópico de Capricornio.

Hace exactamente una semana que escribí por última vez, recién salidos de Tucumán. Durante esta semana, habiéndome dedicado puramente a la vida de viajero, he tenido el papel y el lápiz un poco olvidados.  Si se me permite ahora intentaré, en la medida de lo posible repasar lo acontecido y recorrido durante estos siete días de noroeste argentino, empezando por el lugar actual, es decir el pueblo de Tilcara, y saltando luego al pasado para traernos de vuelta justamente a Tilcara otra vez.

Después de una semana en la que la tienda de campaña ha sido nuestra casa y el duro suelo el somier de la cama, hoy hemos decidido darnos el lujo de dormir entre cuatro paredes y tomar el día para escribir, leer y descansar. Resulta casi una novedad tener enchufes disponibles para cargar el móvil, tener baños con incluso papel higiénico, y protegerse del abrasador sol al interior de las paredes de adobe y el techo de cañas y barro. Ahora bien, no les lleven estas palabras a engaño, porque con todas incomodidades y miserias el sistema de la tienda de campaña también tiene su encanto. Durante estos días acampando hemos conocido a numerosos grupos de viajeros jóvenes que al igual que nosotros iban huyendo de los tan inflados precios de la Argentina, llegando a parecerse esto casi al camino de Santiago en la medida de que cuando nos despedíamos de los diversos grupos como si no nos volviéramos a ver en la vida, al cabo de un par de días los encontrabas, inesperadamente, montando la tienda de campaña al lado de la tuya.

Pues bien, Tilcara es un pueblecito en el valle del rio Colorado rodeado de las montañas pre andinas ya casi tocando la famosa quebrada de Humahuaca. Calles de tierra con encanto en torno a su plaza central, como las de la inmensa mayoría de los pueblos de la zona, bien cuadrada y repleta de arbolado. Las calles pavimentadas o asfaltadas son ciencia-ficción aquí, y la verdad no se las echa de menos. Creo que el asfalto es el demonio.

Casas de gordas paredes de adobe y techos de una gorda capa inferior de cañas que soporta la capa superior de barro y paja. Así son todas las construcciones aquí. Cuando digo aquí me refiero a todo el noroeste argentino.

El pueblo cuenta con las ruinas de un poblado indio, el Pucará, y con unas cascadas en la garganta del Diablo. Ayer intentamos llegar a la garganta del Diablo junto con otros dos amigos viajeros de Buenos Aires. La empresa fracasó, siendo sólo la última en la lista de intentos frustrados de encontrar cascadas popularmente famosas por su belleza, viniéndome en mente las ocasiones de Cafayate o las montañas del Atlas en Marruecos. Creo que como buscador de cascadas tendría el futuro bien negro. No obstante, las tres horas de paseo fueron todo un placer acompañados de los amigos Juana y Facundo y un perro que decidió seguirnos todo el camino como si fuera nuestra mascota. Caminamos entre precipicios de paredes de roca verticales y detrás de nosotros se veía claramente la cadena montañosa de los Andes en todo su esplendor.

También nos dejo la caminata un par de encuentros con locales, el primero de ellos un viejete construyendo una cabaña de adobe el que no supo, aunque creo que lo intento, mandarnos en la buena dirección hacia la cascada. Digo que no supo, porque en esta zona resulta difícil comunicarse con los locales, el español que usan es bastante rudimentario y tienden a extenderse lo mínimo en explicaciones. El segundo encuentro fue aun más pintoresco. Subiendo por una senda estrecha en un despeñadero de repente nos encontramos con otro viejete que bajaba con sus cuatro hermosos burros, grande fue nuestra sorpresa y alegría al contemplar la imagen de los cuatro pollinos. Apenas habíamos sacado la cámara para echarles una foto, el hombre empezó a gritar y a tirarnos piedras desde arriba. Era imposible entenderlo. El hombre boceaba y nosotros atónitos. Después de habernos tirado unos cuantos pedruscos que caían fácilmente desde arriba, entendimos que los burros se asustaban de personas y de perros también, así trepamos como pudimos por la ladera arriba para dejar bajar al abuelete con sus burros.

Esto ya no es la Argentina europea de Buenos Aires, estamos en los Andes cerca de Bolivia y aquí sus habitantes son indígenas de piel oscura endurecida por el sol y bulto en la mejilla donde se esconde la bola de hojas de coca que mastican continuamente. El territorio del mate ha dado paso al territorio de la hoja de coca.

El próximo destino será Iruya, pueblecito tres horas carretera arriba bien rodeado de montañas y que se presenta como destino ideal para pasar la Navidad de solsticio de verano. Allí nos reuniremos con otros grupos de amigos que hemos conocido estos días.

Tafi del Valle y Amaicha, Argentina

Continuando con el relato anterior,  la mañana del 15 de diciembre nos disponíamos a alargarla un poco más por la ciudad de Tucumán visitando la casa-museo de la independencia para después tomar un bus hacia Tafí del Valle a las 2.

Nuestros planes cambiaron cuando conocimos una pareja, español él, argentina ella, mientras desayunábamos en el hostal. Ellos habían alquilado un coche y se disponían a hacer una ruta idéntica a la que nosotros queríamos seguir. Empaquetamos las mochilas con prisas y nos fuimos con ellos.

El siguiente viaje nos llevaría hasta una altitud máxima de 4000m, y en menos de 100 km, nuestros ojos atónitos vieron como la selva más vigorosa, aquí llamada yunga, por ser selva de montaña, dejaba paso al tórrido y árido desierto de piedras y cactuses. Maravillas de la Argentina.

Para llegar a Tafí del Valle había que subir por una tortuosa carretera de montaña cruzando toda la jungla.  Tafí se encontraba divisando desde arriba su imponente valle. Inicialmente pensábamos hacer noche allí pero estaba en el lado húmedo de la montaña, hacia bastante fresco y amenazaba lluvia, así nos decidimos a continuar con ellos en coche hasta el siguiente pueblo, Amaicha.

En el camino entre Tafí y Amaicha pasamos por las cumbres de las montañas pre andinas a 4000 m para luego descender a 2000m en Amaicha. Descubrimos el desierto andino, muy pedregoso, con matorrales pequeños, y con gigantescos cantuses diseminados por las laderas de las montañas. Cuenta la leyenda que los indios pobladores de estas zonas aterrados por la esclavitud y abusos de los conquistadores españoles se convertían en cactus para así escapar a su cruel destino.

La realidad era otra, no se convirtieron en cactus, pero sí que muchos indios se suicidaron masivamente. Luego los suicidios cesaron, porque los españoles averiguaron que los indios creían que al morir pasaban a otra nueva vida de nuevo en armonía con la naturaleza, y muy astutamente comenzaron a castrar los cadáveres y amputarles brazos y piernas. Al ver esto los indios horrorizados dejaron de suicidarse ya que creían que pasarían su nueva vida sin brazos ni piernas.

Amaicha es un pueblo de unos 5000 habitantes, con las calles de tierra. Como ya dije se encuentra a unos 2000 metros sobre el nivel del mar, y se enorgullecen de tener 360 días de sol al año en el mejor clima del mundo, según ellos. Yo lo dudo ya que me parece que las noches de invierno (y también de verano) hace un frío atroz. Aunque como ellos dicen, es seco.

Anoche al volver al camping en el que nos alojamos después de cenar en el cuerpo nos encontramos con una situación muy pintoresca. Nos encontramos dos tipos en la puerta de la cabaña al lado de la nuestra, con guantes de látex, haciendo algún tipo de investigación médica. Les pregunté una vez y eludieron la respuesta, le pregunte otra vez al cabo de un rato, y me dijeron que eran investigadores del Ministerio de Salud llevando a cabo una investigación sobre el chagas, y lo que estaban destripando eran ratas muertas.  Situación, como ya decía, la de que analicen ratas muertas en busca de la enfermedad del chagas al lado de tu cabaña, muy pintoresca en la que nunca me había visto.

Los tipos, un hombre y una mujer, eran jóvenes y muy amables y hablamos un largo rato mientras ellos continuaban con su análisis. Hablamos de Argentina, de nuestro viaje, nos recomendaron sitios que visitar, y complementaron un poco más mis ya suficientes conocimientos sobre el chagas. El norte de argentina, como casi el resto de Sudamérica, es una zona endémica de esta enfermedad que transmiten los chinches al picar al humano por la noche. Si bien estos chinches se encuentran en casas rurales de adobe muy deprimidas y abandonadas y es de escaso riesgo para el viajero, mucha población local está en riesgo. Es una enfermedad silenciosa porque no tiene síntomas y no da la cara en mucho tiempo, sino se detecta mediante una serología y se trata, es en la mayoría de los casos mortal. Eso si, sin sufrimiento, me decía el chico que estas por ahí un día corriendo te caes y te mueres sin mas. El gobierno argentino está haciendo un esfuerzo tratando las casas de las zonas más desfavorecidas.

En unas horas salimos a visitar las ruinas del poblado indio de Quilmes, según dicen en un entorno incomparable. Este floreciente poblado indio desapareció al ser transportados todos sus habitantes como esclavos al puerto de Buenos Aires, dando así el nombre del actual barrio Quilmes de Buenos Aires.

Tucuman, Argentina

16 de Diciembre, 7.47 am. Amauicha, en las faldas de los Andes. Tras pasar una noche en Tucumán capital y visitar la ciudad nos adentramos finalmente en el auténtico noroeste argentino.

Tucumán es una ciudad bastante ordinaria, con pocos atractivos salvo el de ser un buen punto de inicio para explorar el norte. Nos dio muestras de ser una ciudad tranquila y bien equipada contando con 4 universidades, estando una de ellas, la Universidad Nacional de Tucumán, entre las mejores del país. El tiempo era perfecto, calor seco pero no excesivo, calculo que unos 28-30 grados centígrados. En definitiva, yo incluiría Tucumán en esa categoría de ciudades que no son muy apetecibles al turista pero sí que invitan a vivir en ellas.

Tucumán pasó a la historia, y se enorgullece de ello, por ser la sede de la declaración de independencia argentina, albergando el primer consejo argentino. Atrás quedaban las decisivas batallas de Salta y de Tucumán ganadas por los patriotas argentinos. La mayor obra arquitectónica de la ciudad es la Casa de Gobierno en la plaza de la Independencia, construcción imponente que se levanta sobre la antigua casa del cabildo español.

Hasta ahora, varias veces habíamos comentado al pasear por las ciudades y pueblos de la argentina central que tanto por su apariencia, como por el aspecto de la gente y la propia organización de la vida, bien podríamos estar en España. Fue en Tucumán, al dar un paseo ya casi al anochecer por unas calles populares llenas de comercios de todo tipo y repletas de gente de todas las edades, la primera vez que dijimos, esto no podría ser España.

Nos albergamos en un hostal todavía con los precios inflados para turistas por unos 150 pesos la habitación que suenan caros si se comparan con los 15 pesos (3 euros) del copioso y delicioso menú del almuerzo que comimos en un bar local. Y es que ya se empezaba a notar la anunciada, y esperada, bajada de precios.

Córdoba, Argentina

13 de Diciembre de 2011. Córdoba, segunda ciudad de Argentina en el centro del país. Después de una noche en bus que nos llevó desde Luján, en la provincia de Buenos Aires hasta Córdoba capital. El plan era pasar el día en Córdoba, partiendo así en dos el largo viaje hasta Tucumán en el norte, y de este modo aprovechar para hacer una visita a la ciudad cordobesa con fama de tener una gran oferta cultural. Esta vez el plan se cumplió a rajatabla y a las 10.50 estábamos subiendo al bus que nos llevaba hasta Tucumán, en la segunda noche consecutiva pasada en las semi-camas de los mastodontes de dos pisos con ruedas.

El día en Córdoba fue bastante placentero y relajado aunque el calor y el cansancio arrastrado hacían mella. Visitamos el Cabildo, la catedral, la iglesia de San Francisco, la de las Dominicas, y la manzana jesuítica que comprende la iglesia jesuita y la universidad, de fundación jesuita y la más antigua del país. Tomamos un paseo guiado por la manzana jesuita, patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con un guía entusiasta que nos ilustro en la historia de la ciudad de Córdoba y en la historia, aventuras y desventuras de la orden jesuita en Córdoba y por extensión en Argentina y Sudamérica. Pretendíamos también asistir a un ballet gratuito que tenía lugar por a las 20.30 en el Cabildo y que incluía bailes típicos de toda la Argentina y otros países vecinos, pero no fue posible porque fue cancelado a última hora.

Córdoba, a pesar de ser una gran ciudad, nos pareció mucho más tranquila y menos contaminada que Buenos Aires. También otro cambio para mi agrado, es que el calor ya empezaba a ser seco.

También es de destacar que en Córdoba tuve, creo que por primera vez, la sensación de que estaba haciendo lo que hacían el resto de los locales, en este caso los cordobeses. Fuimos a comer a un bar que era bastante antro, todo lo cutre que uno se pueda imaginar. Decoración nefasta, con mesas alineadas como si fueran pupitres de colegio sentados de dos en dos, todos mirando hacia la tele. Higiene poco menos que la justa, y estaba lleno de parroquianos con bigote y panza probablemente trabajadores en el barrio. Cuando lo vimos, nos dijimos, esto pinta bien. Y acertamos.

El camarero, también con bigote largo y panza, un tipo súper amable como no podría ser de otra forma. El menú del día por 22 pesos (unos 4 euros) que incluía 1 litro y medio de zumo, una sopa, y un plato gigantesco de albóndigas de carne con puré de patatas, era poco sofisticado pero delicioso y con tal cantidad de comida que no lo pude terminar, cosa extraña todo sea dicho. Salimos con la tripa bien llena y satisfechos de haber hecho las cosas como se hacen aquí, habiendo evitado los tan odiados bares de turistas. Al cruzar la puerta un parroquiano sentado casi al lado del umbral, también con bigote largo y panza y con pinta de campechano nos dijo: habéis comido bien ¿eh? Y se rió.

Después del Eco Yoga Park, hacia Cordoba

Lunes, 12 de diciembre 2011. Hace una semana que llegamos al Eco Yoga Park, en el interior de la provincia de Buenos Aires, con el propósito de escapar temporalmente del polvo de las carreteras, aparcar aunque solo sea por unos días la dinámica del viajero, dando siempre tumbos de un sitio para otro, durmiendo cada noche en una cama (o camastro) distinta.

Ha sido una semana fantástica en un lugar precioso que nos ha brindado la relajación y el descanso deseado, además de haber sido un valioso punto de encuentro con más viajeros llegados de todo el mundo y gente local con el consiguiente intercambio de amistad, ideas e información.

Nuestros días empezaban a las 5.45 cuando nos levantábamos para ayudar en el huerto orgánico de la comunidad. A las 8 nos servían un delicioso desayuno vegano, después otro poco de trabajo hasta las 10.30 o 11. Entonces teníamos una sesión de yoga en su bellísimo templo hinduista con forma de cúpula. A la 13.30 teníamos servida la comida. Por la tarde, simplemente relajarse, leer o escribir eran las tareas, o bien unirse a la terapia musical de mantras del Hare Krishna que era cantados en el templo y la posterior sesión de yoga. A las 6 teníamos una merienda y a las 8.30 la cena, todas preparadas por los monjes de la comunidad con el más exquisito gusto de la cocina vegetariana. Por las noches normalmente ponían películas o documentales, que como todas las demás actividades eran, por supuesto, opcionales. A groso modo, este era el plan de un día cualquiera de la semana, justo cuanto necesitábamos y veníamos buscando.

El sábado, visitamos la vecina localidad de Luján, que cuenta con la catedral más grande de Argentina, construida después de un milagro de la virgen María en el siglo XVI si mal no recuerdo.

Ahora estamos dispuestos ya a partir para continuar con la ruta. Después de muchas dudas sobre cual sería el camino a seguir, cuál sería el siguiente movimiento, nos hemos decidido por viajar esta noche en un bus nocturno hasta la ciudad de Córdoba, segunda urbe de la Argentina, situada en el centro norte del país. Posteriormente, desde Córdoba, que está ya en el camino al noroeste, proseguiremos hacía las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy, antes de dar el salto a Bolivia.

Son varias las razones que nos motivan a movernos en esa dirección y renunciar así a conocer muchos lugares que nuestros inocentes planes, si es que alguna vez los hubo realmente, incluían.

Renunciamos pues a toda la Patagonia, la provincia de Mendoza y el pico del Aconcagua (el más alto del mundo fuera del Himalaya), las Pampas, y a todo un país: Chile. Renunciamos pues a una infinidad.

Como decía, los motivos son dos en igual grado de importancia. El primero de ellos, es que la Argentina del 2011 es un país muy caro sin haber mucha diferencia con Europa. Es más caro en la capital y según se baja hacia el sur, haciéndose más barato hacia el norte. Muchas cosas las he visto más caras que en España, y lo mismo paso cuando visitemos el Uruguay, y según dicen Chile es incluso aun más costoso. De vital importancia para nosotros son los prohibitivos precios de una red de ómnibus súper eficiente, moderna, rápida y lujosa. El tren es escaso y poco frecuente, y para los pocos destinos a los que se puede viajar en este medio de transporte es necesario reservar con varios meses de antelación, al ser estos muy populares entre los locales, costando en media 10 veces menos que el autobús. En mi guía, revisada e imprimida en abril del 2010 los precios de los pasajes de bus son tres veces menores que los de hoy en día, esto puede dar una idea de a qué ritmo está subiendo el nivel de vida en este país. Siendo este, pues, un factor con el que no contábamos nos ha obligado a desplazarnos antes de lo que preveíamos hacia lugares con precios más asequibles.

El segundo motivo, es la comprensión de cuán grande y gigantesco es el continente que nos proponemos visitar, y la aceptación de que habrá que dejar grandes partes sin tocar. Ante los planeamientos inocentes e optimistas iniciales, se abre paso la realidad que, aunque ya nos había sido avisada no había sido aun procesada por nuestras mentes.

Se da además la circunstancia de que me estoy leyendo el libro Las venas abiertas de América Latina del uruguayo Eduardo Galeano, donde se cuenta la verdadera historia de América Latina y los motivos de porque un está hoy en la situación en la que está. Las atrocidades cometidas por los españoles y portugueses en estas tierras,  siendo ellos mismos, españoles y portugueses, instrumento de una sociedad occidental capitalista que necesitaba de la barbarie en el continente americano para sentar los cimientos de la revolución industrial y sistema bancario. Estas cosas que cuenta este libro no las enseñan en nuestras escuelas ni las dice nuestra televisión y son completamente desconocidas en una sociedad como la española, que todavía en nuestros días, vergonzosamente, se siente orgullosa de su antiguo imperio que perpetró los más atroces crímenes contra la Humanidad y la Naturaleza. De este modo, la lectura de este libro me está atrayendo a visitar los lugares del antiguo imperio inca de los que tanto habla.

Así pues, con un poco de pena de dejar Buenos Aires y la Argentina central atrás, estamos ya mirando con ilusión hacia el árido norte.

Sobre Iguazú y como hacer frente a un jaguar. Parte 2.

Bueno y ya sin más dilación, centrándonos en el tema que nos ocupa. Si el lector espera que yo, el escritor, realice aquí una descripción de las cataratas del Iguazú, en ese caso es pera mal. ¿Cómo podría describir yo la belleza infinita? Me faltarían palabras, seguro que yo no las tengo, y probablemente no las haya. Quizás si hablara el idioma de los indios guaraníes que cuenta con varias decenas de palabras para referirse a lo que nosotros llamamos verde, existiendo para cada sutil matiz del verde detectable por sus ojos una palabra distinta. Quizás en este supuesto dicha empresa sería más asequible.

Para presentar un croquis barato de la situación podría decir que el rio Iguazú se despeña por un desfiladero formando las cascadas más largas del mundo. En el punto máximo de su magnificencia se encuentra la garganta del Diablo donde el agua produce un ruido ensordecedor y da vértigo incluso mirarlo. Grandiosa potencia la de la naturaleza. Todo ello rodeado de la más exuberante selva.

La selva es impresionante, al entrar dentro se puede sentir una realidad paralela, es como pasar a otro mundo. En la administración del parque nos dijeron que existía un sendero, llamado sendero Macuco, de unos 7 km. de longitud que discurre a través de la selva hasta un ramal pequeño (entiéndase pequeño en comparación con las dimensiones gigantescas de las que nos estamos ocupando) de las cascadas. Nos avisaron que este sendero carecía de servicios de ningún tipo y que el turista se adentraba por su cuenta y riesgo. Que además existe la posibilidad de encontrar serpientes venenosas, jaguares y pumas.

Muy chistosamente repartían unos folletos informativos para informar de los pasos a seguir en el caso de encontrar a un jaguar. Si mal no me falla la memoria, algunas técnicas a seguir eran: hinchar o inflar al máximo tu ropa o chaqueta para que el gran felino crea que somos un animal de mayor envergadura, truco para engañarlo haciéndole pensar que somos nosotros también temibles; nunca huir ni correr ni dar la espalda al gatito ya que ellos están programados para perseguir y ya se sabe quien ganaría en la carrera. También ayudaría según el dichoso folleto hablar calmadamente pero en voz alta para que lo tome una muestra de nuestra amenaza y seguridad. No olvidar mirarlo a los ojos. Me estudie bien el manual de encuentro con el jaguar y mentalmente intentaba visualizar la situación cuando dicho encuentro se produjera, lo que haría el gatito, lo que haría yo. Como no me terminaba de convencer el tema me eche la navaja Opinel número 10 en la mochila, ingenuo yo, como si nada de todo eso sirviera para algo si un felino 3 veces mayor que yo sé abalanzara sobre nosotros.

Pasados ya más de 3 kilómetros selva adentro los cuales habíamos caminado con más miedo que un niño en la casa del terror, empezamos a sentir un ruido proveniente de la jungla, algo caminaba hacia la senda e iba moviendo la vegetación en su avance. El fatal encuentro con el jaguar o puma que tanto temíamos pero que casi estábamos esperando se avecinaba.

De repente una pareja de dispuestos coatíes, un bicho del tamaño de un perro mediano, salió de la cerrada vegetación y continuaron andando por la senda sin hacernos ni caso.

El susto fue tan grande que decidimos inmediatamente que nuestra primera aventura de exploradores de la jungla había acabado. Visto así parece muy inocente, pero como ya dije, la selva impone.

Sobre Iguazú y como hacer frente a un jaguar. Parte 1

Eran las 13.30 del 28 de noviembre cuando llegamos a Puerto Iguazú después de un viaje de casi 20 horas en ómnibus desde Buenos Aires. Nuestro objetivo no era otro que el de ver las famosas cataratas del Iguazú de las que tantas maravillas se hablan.

No obstante, prácticamente desde el momento en que llegamos ya quería salir de allí. Puerto Iguazú es la ciudad argentina más cercana a las cataratas que comparten de un lado Argentina y de otro lado Brasil, este último país contando con Foz de Iguaçu como ciudad de acceso.

Pues bien, Puerto Iguazú es más bien feo en mi opinión. Lo digo así porque me viene a la cabeza un pasaje en una clase de finanzas en el University College Dublin donde el profesor, que dicho sea de paso era todo un carácter, espetó una frase un tanto polémica. Y continuó diciendo, esto es en mi opinión, y como es en mi opinión tengo razón en lo que estoy diciendo. Me remito yo ahora a ese su razonamiento para justificarme.

Una ciudad destartalada y bastante sucia, con bastante miseria y nada remarcable en los paseos que dimos por sus calles. Una explicación puede ser que no se necesita nada bello y decente allí pues los turistas continuaran llegando en hordas para admirar la exagerada belleza de las cascadas en medio de la jungla.

Fue nuestro primer contacto, y me refiero al primero en toda nuestra vida, con el trópico y con la selva. Para mi fueron imponentes. Es una sensación difícilmente descriptible, primero de todo el calor sofocante. Donde yo me crié fácilmente se alcanzan temperaturas bien por encima de los 40 grados centígrados en el tórrido estío, Pero esto era otra cosa. Aquí el problema era la sofocante humedad mezclada con un sol que arrojaba sus rayos impenitentes justo encima de la cabeza. Me llamo la atención como mi cuerpo no hacia sombra y es que el sol está bien perpendicular a la superficie, justo arriba en una recta vertical que va de pies a cabeza y acaba en el astro rey, impresionante. Tampoco nunca antes había visto esto, y es que a poco que se observe se observan multitud de detalles nuevos en estas latitudes del globo también nuevas para mí.

El calor oprimía y el sudor encharcaba, mas aun cuando por miedo a malaria y dengue, existentes en la región decidí vestir ropas de manga larga para evitar las picaduras de todo tipo de insectos. El mosquito que contagia la malaria solo pica por la noche y sobretodo alrededor del alba y atardecer, mientras que el mosquito que contagia el dengue lo hace durante las horas de luz. No obstante, oí que solo un mosquito de cada millón está infectado, por lo que una picadura no es sinónimo de enfermedad.

En este mi primer lance tropical recordé las palabras de Nicolas Bouvier en su libro El Pez Escorpión, donde contaba su viaje estático, o más propio sería decir estancia, en la isla de Ceylán, conocida en nuestros días como Sri Lanka. Bouvier escribía que nadie en la isla hacía nunca nada, los días de sus habitantes se consumían tristemente entre el tedio del zumbido de los insectos resguardándose como podían de la mirada del sol. Y es que el calor era una losa demasiado pesada para llevar a las costillas, el mejor anulador de voluntades. Decía el escritor suizo, que no importaba que uno saliera por la mañana de su casa con las mejores intenciones para el día, con el mejor proyecto creativo, brillantes ideas… no valía de nada, ya que se derretían en cuestión de segundos. El opresivo calor tropical anula la voluntad del individuo, hace posponer e incluso olvidar lo que se pretendía hacer. Al menos esto es lo que cuenta Bouvier en su libro y yo con mi propia experiencia le di la razón.

Buenos Aires, Argentina

28 de Noviembre, 2011. Ruta Nacional 14. Todavía en la provincia de Corrientes aunque ya cerca de Misiones. Rumbo a Puerto Iguazú. A bordo de un autobús mastodóntico y potentísimo de dos pisos que vuela por la llanura argentina. El conductor se dispone a adelantar (y lo hace) a un camión cuando hay una doble línea continua en la carretera. Hace poco que ha salido el sol, a las 5.42 exactamente, al tiempo de cruzar por la Reserva Provincial Esteros del Iberá, una zona de pantanal muy similar al de Matto Grosso brasileño, donde parece que hay caimanes y todo tipo de bichos salvajes. La carretera es una fina línea recta que se pierde en el horizonte, estrecha pero con buen pavimento.

Instantes después de abrir los ojos he visto dos figuras a caballo galopando cerca de la carretera, son los gauchos, luego existen todavía. Sus caballos trotan ligeramente por la mullida e infinita alfombra verde, y es que aquí los ojos se pierden en la inmensidad de la verde llanura, salpicada por algunos parches de vegetación, ya con tintes tropicales donde abundan las palmeras y aves que desconozco. Hay también grandes plantaciones de coníferas y por su puesto las reses y caballos de los gauchos dándose un festín herbáceo.

Todavía quedan unas 7 horas de las 20 totales del viaje. Delante queda Iguazú, que son las cataratas más anchas o caudalosas del mundo, ahora mismo no recuerdo exactamente, pero en “algo” son lo más del mundo. Pero lo que sí sé es que según la leyenda guaraní las cataratas de Iguazú se originaron cuando el celoso dios de la selva se enfureció porque un guerrero escapaba en canoa río abajo llevándose a una joven y bella princesa. Dicho dios causo que el fondo del rio se hundiera enfrente de los amantes produciendo las grandiosas cascadas por las que la chica se despeño, convirtiéndose en una roca en su base. El guerrero sobrevivió y se convirtió en un árbol en la cima de la cascada eternamente mirando hacia su amada.

Además acabo de leer que los jaguares campan a sus anchas por el parque nacional y que si el visitante se encuentra uno debe mantener a calma, no correr, no darle la espalda al felino e inflarse su chaqueta para parecer más grande. Interesante.

Pero el paisaje ya está cambiando, la llanura empieza ondularse, el mastodóntico autobús verde de la compañía El Tigre de Iguazú cuyo pasaje cuesta 413 pesos argentinos, continua adelantando vehementemente todo los que se encentra por la carretera, incluso otros mastodónticos buses de otras compañías que no son verdes, se ve que vamos en el caballo ganador, es como surcar el cielo en una nave espacial. Ahora cruzamos frondosos bosques, abundan las explotaciones madereras, y es que este es un país de infinitos recursos naturales.

Atrás queda la gran urbe, la loca Buenos Aires, la ciudad porteña y del tango. En cierto modo es un alivio escapar hacia la poderosa naturaleza, en cierto modo era una pena dejarla con todo su encanto un domingo por la tarde, perdiéndonos las tamborradas de la plaza Dorrego en el barrio de San Telmo.

Buenos Aires es una ciudad de contrastes, caótica y contaminada. Al principio cuesta adaptarse a su ritmo pero es cuestión de días, quizás horas cuando sin darte cuenta, cuando bajas la guardia la ciudad va y te cautiva. Es bastante sorprendente, conociendo mi exigencia y falta de paciencia, como después de llevar cuatro días en un hostal en el que los dos primeros días el agua y la luz se cortaban y volvían cuando querían mientras que en los 2 últimos días los amigos agua y luz se marcharon para no volver, imagínense las condiciones en las que aquello estaba a unas temperaturas superiores a 30 grados día y noche, queda decir en la escusa del hostal que el problema era de medio barrio no suyo propio. Agregado a las cuatro horas que nos costó llegar desde el caótico aeropuerto al hostal a media noche después de 15 horas metidos en un avión,  las incontables bocanadas de humo negro respirado directamente de los escapes de los colectivos municipales que surcan las calles porteñas a velocidades de vértigo. Pues bien, como iba diciendo puede resultar difícil comprender como después de este periplo, me voy con ganas de volver (y volveré), encantado con la ciudad.

Mucha culpa de ello la tienen los porteños, gente amabilísima, servicial al extremo, siempre atentos para ayudar, para conversar,  bromeando a veces de mi habla de “gallego”. Gente educada y elegante. Buenos Aires es una ciudad sorprendentemente europea, y que a pesar de lo caótico ofrece una gran cantidad de servicios de calidad, un metro (o “subte” como se llama aquí) velocísimo y frecuentísimo, unos buses urbanos que aunque locos y con una apariencia de atracción de feria por sus colores chillones y letras brillantes, son de gran eficiencia y también muy frecuentes. Si el centro agobia, para eso están los barrios, cada uno de distintos sabores.

Palermo con sus parques y lagos, y su centro viejo de calles adoquinadas y flanqueadas por grandes acacias y sicamores, rebosando estilo y repleto de tiendas de ropa y artesanía así como de encantadores restaurantes. Recoleta con su cementerio donde está la tumba de la idolatrada por unos y odiada por otros Evita.

El moderno y carísimo Puerto Madero, con sus rascacielos, su embarcaderos, y su Reserva Natural, un paraíso a orillas del Mar del Plata para la flora pantanal y aves acuáticas que ofrece unos paseos de exquisitas fragancias de primavera en el noviembre de Buenos Aires y surrealistas vistas con los rascacielos de fondo.

También está San Telmo, un barrio una vez de grandes casas coloniales y familias acaudaladas venido a menos y casi arruinado por una epidemia de fiebre amarilla en el siglo XIX.  Con sus calles adoquinadas, fue y sigue siendo cuna del tango, de hermosos cafés y anticuarios y de la feria de cada domingo.

La Boca es el barrio más colorido y pintoresco con sus casas hechas de chapas galvanizadas onduladas y pintadas de los más variados colores. Rebosa un gran ambiente aunque puede llegar a ser muy peligroso de no ser porque hay un par de policías (o a veces 5 o 6) en cada esquina. La Boca es tradicionalmente el barrio obrero del puerto,  y sus habitantes viven en conventillos, grandes casas partidas en pequeñas estancias que forman una comunidad (la del conventillo) muy apta para el cotilleo y el chisme. La casa-museo del pintor Quinquela y la cancha del Boca son otros atractivos de este barrio.

Creo que todas éstas le parezcan al lector suficientes razones de peso para justificar mi percepción de gran ciudad de Buenos Aires, surrealista y loca a veces sí, pero con un gran encanto.

Ahora voy a interrumpir este relato de ómnibus para volver a el estado contemplativo del paisaje, el bus Tigre de Iguazú se esta adentrando ahora en la región de Misiones, estamos sentados en los asientos frontales del piso superior con una gran pantalla de cristal en frente de nosotros que ofrece una gran panorámica. Siobhán todavía está durmiendo. Voy a seguir con atención en el recorrido para después contárselo.

Zamora, España

Fui a Zamora como de casualidad, y como suele pasar con tantos sitios donde llegas sin demasiadas expectativas, sin haber oido mucho sobre ellos, grande fue mi sorpresa.

Zamora es una ciudad pequeña, mas bien un pueblo grande, muy tranquila y limpia. Cuando uno avanza a su centro por las calles peatonales de Santa Clara o San Torcuato ya se palpa el viaje en el tiempo que se viene encima, primero son las multiples joyas de edificios modernistas que flanquean ambas calles. Luego se llega a la plaza de Santiago con la imponente iglesia en medio de la plaza. Despues a la plaza mayor con sus soportales y otra iglesia en medio. Una vez pasada la plaza de Viritato con sus magnifico techo de platanos orientales, ya no hay vuelta atras, hemos llegado al románico. El viajero verdaderamente siente de volver al tiempo de Doña Urraca. En el centro del casco antiguo encaramado en un cerro al lado del exuberante Duero podemos encontrar un laberinto con mas de 25 iglesias romanicas. La catedral también romanica de estilo bizantino a un lado de un tranquilo parque que tiene en su lado opuesto el mismisimo castillo de Doña Urraca desde donde se defendio Zamora en su famoso asedio por las tropas del rey de Castilla.

A tiro de piedra justo debajo del casco antiguo se encuentra el Duero con su puente romano, sus molinos de agua, y unas fantasticas sendas a ambos lados para disfrutar de un agradable paseo con una panoramica excepcional de la ciudad y sus monumentos. El rio se llena de un festival de colores en otoño, y el paseante al caminar por su orilla se arriesga a perder la noción del tiempo envuelto en la paz de lo bucólico.

Zamora desde el Duero

Zamora desde el Duero

Valencia, España

Que decir de Valencia? Para mi, siendo una persona de interior, o de la meseta, Valencia es la puerta al Mediterráneo que tanto amo. Es una ciudad que visito muy a menudo y en la que tengo buenos amigos. Siempre me contagio una sensación de relajación como de reducción del ritmo, no sé si será por su benevolente clima, la visión de las palmeras, o por la sensación de la cercanía al “Mare Nostrum”. Quizás por una combinación de todas ellas.

Su Ciudad de las Artes y las Ciencias ha sido ampliamente promocionada y fruto de un excesivo gasto primero de construcción y después de mantenimiento. Dicho esto, desde mi punta merece una visita obligada por su espectacularidad y originalidad. Pero Valencia es mucho más que la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Todo su centro histórico, especialmente el barrio del Carmen, tiene un encanto especial donde aun se puede palpar la influencia musulmana en la ciudad. La lonja, el mercado central, la catedral, la plaza de la Virgen, las torres de Serrano y de Quart, la plaza redonda, y sus encantadoras calles estrechas son algunos ejemplos de una larga lista.

Además no se debe dejar la ciudad sin un relajante paseo por el antiguo cauce del Turia, reconvertido en un gran parque, la visita a alguno de sus museos o galerías, como el IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno), alguna visita a sus barrios tradicionales y con una identidad propia como Benimaclet, Ruzafa o el Cabañal. Y finalmente aunque no menos importante sus playas de la Patacona, Malvarrosa y las Arenas, con grandes dunas de arena, donde me encanta ir a bañarme y su puerto deportivo.
Paella, horchata y las Fallas también merecen una mención en este corto artículo.