23 de Diciembre del 2011. En Tilcara, provincia de Jujuy, Argentina; a tiro de piedra ya de Bolivia, y a punto de cruzar el trópico de Capricornio.
Hace exactamente una semana que escribí por última vez, recién salidos de Tucumán. Durante esta semana, habiéndome dedicado puramente a la vida de viajero, he tenido el papel y el lápiz un poco olvidados. Si se me permite ahora intentaré, en la medida de lo posible repasar lo acontecido y recorrido durante estos siete días de noroeste argentino, empezando por el lugar actual, es decir el pueblo de Tilcara, y saltando luego al pasado para traernos de vuelta justamente a Tilcara otra vez.
Después de una semana en la que la tienda de campaña ha sido nuestra casa y el duro suelo el somier de la cama, hoy hemos decidido darnos el lujo de dormir entre cuatro paredes y tomar el día para escribir, leer y descansar. Resulta casi una novedad tener enchufes disponibles para cargar el móvil, tener baños con incluso papel higiénico, y protegerse del abrasador sol al interior de las paredes de adobe y el techo de cañas y barro. Ahora bien, no les lleven estas palabras a engaño, porque con todas incomodidades y miserias el sistema de la tienda de campaña también tiene su encanto. Durante estos días acampando hemos conocido a numerosos grupos de viajeros jóvenes que al igual que nosotros iban huyendo de los tan inflados precios de la Argentina, llegando a parecerse esto casi al camino de Santiago en la medida de que cuando nos despedíamos de los diversos grupos como si no nos volviéramos a ver en la vida, al cabo de un par de días los encontrabas, inesperadamente, montando la tienda de campaña al lado de la tuya.
Pues bien, Tilcara es un pueblecito en el valle del rio Colorado rodeado de las montañas pre andinas ya casi tocando la famosa quebrada de Humahuaca. Calles de tierra con encanto en torno a su plaza central, como las de la inmensa mayoría de los pueblos de la zona, bien cuadrada y repleta de arbolado. Las calles pavimentadas o asfaltadas son ciencia-ficción aquí, y la verdad no se las echa de menos. Creo que el asfalto es el demonio.
Casas de gordas paredes de adobe y techos de una gorda capa inferior de cañas que soporta la capa superior de barro y paja. Así son todas las construcciones aquí. Cuando digo aquí me refiero a todo el noroeste argentino.
El pueblo cuenta con las ruinas de un poblado indio, el Pucará, y con unas cascadas en la garganta del Diablo. Ayer intentamos llegar a la garganta del Diablo junto con otros dos amigos viajeros de Buenos Aires. La empresa fracasó, siendo sólo la última en la lista de intentos frustrados de encontrar cascadas popularmente famosas por su belleza, viniéndome en mente las ocasiones de Cafayate o las montañas del Atlas en Marruecos. Creo que como buscador de cascadas tendría el futuro bien negro. No obstante, las tres horas de paseo fueron todo un placer acompañados de los amigos Juana y Facundo y un perro que decidió seguirnos todo el camino como si fuera nuestra mascota. Caminamos entre precipicios de paredes de roca verticales y detrás de nosotros se veía claramente la cadena montañosa de los Andes en todo su esplendor.
También nos dejo la caminata un par de encuentros con locales, el primero de ellos un viejete construyendo una cabaña de adobe el que no supo, aunque creo que lo intento, mandarnos en la buena dirección hacia la cascada. Digo que no supo, porque en esta zona resulta difícil comunicarse con los locales, el español que usan es bastante rudimentario y tienden a extenderse lo mínimo en explicaciones. El segundo encuentro fue aun más pintoresco. Subiendo por una senda estrecha en un despeñadero de repente nos encontramos con otro viejete que bajaba con sus cuatro hermosos burros, grande fue nuestra sorpresa y alegría al contemplar la imagen de los cuatro pollinos. Apenas habíamos sacado la cámara para echarles una foto, el hombre empezó a gritar y a tirarnos piedras desde arriba. Era imposible entenderlo. El hombre boceaba y nosotros atónitos. Después de habernos tirado unos cuantos pedruscos que caían fácilmente desde arriba, entendimos que los burros se asustaban de personas y de perros también, así trepamos como pudimos por la ladera arriba para dejar bajar al abuelete con sus burros.
Esto ya no es la Argentina europea de Buenos Aires, estamos en los Andes cerca de Bolivia y aquí sus habitantes son indígenas de piel oscura endurecida por el sol y bulto en la mejilla donde se esconde la bola de hojas de coca que mastican continuamente. El territorio del mate ha dado paso al territorio de la hoja de coca.
El próximo destino será Iruya, pueblecito tres horas carretera arriba bien rodeado de montañas y que se presenta como destino ideal para pasar la Navidad de solsticio de verano. Allí nos reuniremos con otros grupos de amigos que hemos conocido estos días.
