28 de Noviembre, 2011. Ruta Nacional 14. Todavía en la provincia de Corrientes aunque ya cerca de Misiones. Rumbo a Puerto Iguazú. A bordo de un autobús mastodóntico y potentísimo de dos pisos que vuela por la llanura argentina. El conductor se dispone a adelantar (y lo hace) a un camión cuando hay una doble línea continua en la carretera. Hace poco que ha salido el sol, a las 5.42 exactamente, al tiempo de cruzar por la Reserva Provincial Esteros del Iberá, una zona de pantanal muy similar al de Matto Grosso brasileño, donde parece que hay caimanes y todo tipo de bichos salvajes. La carretera es una fina línea recta que se pierde en el horizonte, estrecha pero con buen pavimento.
Instantes después de abrir los ojos he visto dos figuras a caballo galopando cerca de la carretera, son los gauchos, luego existen todavía. Sus caballos trotan ligeramente por la mullida e infinita alfombra verde, y es que aquí los ojos se pierden en la inmensidad de la verde llanura, salpicada por algunos parches de vegetación, ya con tintes tropicales donde abundan las palmeras y aves que desconozco. Hay también grandes plantaciones de coníferas y por su puesto las reses y caballos de los gauchos dándose un festín herbáceo.
Todavía quedan unas 7 horas de las 20 totales del viaje. Delante queda Iguazú, que son las cataratas más anchas o caudalosas del mundo, ahora mismo no recuerdo exactamente, pero en “algo” son lo más del mundo. Pero lo que sí sé es que según la leyenda guaraní las cataratas de Iguazú se originaron cuando el celoso dios de la selva se enfureció porque un guerrero escapaba en canoa río abajo llevándose a una joven y bella princesa. Dicho dios causo que el fondo del rio se hundiera enfrente de los amantes produciendo las grandiosas cascadas por las que la chica se despeño, convirtiéndose en una roca en su base. El guerrero sobrevivió y se convirtió en un árbol en la cima de la cascada eternamente mirando hacia su amada.
Además acabo de leer que los jaguares campan a sus anchas por el parque nacional y que si el visitante se encuentra uno debe mantener a calma, no correr, no darle la espalda al felino e inflarse su chaqueta para parecer más grande. Interesante.
Pero el paisaje ya está cambiando, la llanura empieza ondularse, el mastodóntico autobús verde de la compañía El Tigre de Iguazú cuyo pasaje cuesta 413 pesos argentinos, continua adelantando vehementemente todo los que se encentra por la carretera, incluso otros mastodónticos buses de otras compañías que no son verdes, se ve que vamos en el caballo ganador, es como surcar el cielo en una nave espacial. Ahora cruzamos frondosos bosques, abundan las explotaciones madereras, y es que este es un país de infinitos recursos naturales.
Atrás queda la gran urbe, la loca Buenos Aires, la ciudad porteña y del tango. En cierto modo es un alivio escapar hacia la poderosa naturaleza, en cierto modo era una pena dejarla con todo su encanto un domingo por la tarde, perdiéndonos las tamborradas de la plaza Dorrego en el barrio de San Telmo.
Buenos Aires es una ciudad de contrastes, caótica y contaminada. Al principio cuesta adaptarse a su ritmo pero es cuestión de días, quizás horas cuando sin darte cuenta, cuando bajas la guardia la ciudad va y te cautiva. Es bastante sorprendente, conociendo mi exigencia y falta de paciencia, como después de llevar cuatro días en un hostal en el que los dos primeros días el agua y la luz se cortaban y volvían cuando querían mientras que en los 2 últimos días los amigos agua y luz se marcharon para no volver, imagínense las condiciones en las que aquello estaba a unas temperaturas superiores a 30 grados día y noche, queda decir en la escusa del hostal que el problema era de medio barrio no suyo propio. Agregado a las cuatro horas que nos costó llegar desde el caótico aeropuerto al hostal a media noche después de 15 horas metidos en un avión, las incontables bocanadas de humo negro respirado directamente de los escapes de los colectivos municipales que surcan las calles porteñas a velocidades de vértigo. Pues bien, como iba diciendo puede resultar difícil comprender como después de este periplo, me voy con ganas de volver (y volveré), encantado con la ciudad.
Mucha culpa de ello la tienen los porteños, gente amabilísima, servicial al extremo, siempre atentos para ayudar, para conversar, bromeando a veces de mi habla de “gallego”. Gente educada y elegante. Buenos Aires es una ciudad sorprendentemente europea, y que a pesar de lo caótico ofrece una gran cantidad de servicios de calidad, un metro (o “subte” como se llama aquí) velocísimo y frecuentísimo, unos buses urbanos que aunque locos y con una apariencia de atracción de feria por sus colores chillones y letras brillantes, son de gran eficiencia y también muy frecuentes. Si el centro agobia, para eso están los barrios, cada uno de distintos sabores.
Palermo con sus parques y lagos, y su centro viejo de calles adoquinadas y flanqueadas por grandes acacias y sicamores, rebosando estilo y repleto de tiendas de ropa y artesanía así como de encantadores restaurantes. Recoleta con su cementerio donde está la tumba de la idolatrada por unos y odiada por otros Evita.
El moderno y carísimo Puerto Madero, con sus rascacielos, su embarcaderos, y su Reserva Natural, un paraíso a orillas del Mar del Plata para la flora pantanal y aves acuáticas que ofrece unos paseos de exquisitas fragancias de primavera en el noviembre de Buenos Aires y surrealistas vistas con los rascacielos de fondo.
También está San Telmo, un barrio una vez de grandes casas coloniales y familias acaudaladas venido a menos y casi arruinado por una epidemia de fiebre amarilla en el siglo XIX. Con sus calles adoquinadas, fue y sigue siendo cuna del tango, de hermosos cafés y anticuarios y de la feria de cada domingo.
La Boca es el barrio más colorido y pintoresco con sus casas hechas de chapas galvanizadas onduladas y pintadas de los más variados colores. Rebosa un gran ambiente aunque puede llegar a ser muy peligroso de no ser porque hay un par de policías (o a veces 5 o 6) en cada esquina. La Boca es tradicionalmente el barrio obrero del puerto, y sus habitantes viven en conventillos, grandes casas partidas en pequeñas estancias que forman una comunidad (la del conventillo) muy apta para el cotilleo y el chisme. La casa-museo del pintor Quinquela y la cancha del Boca son otros atractivos de este barrio.
Creo que todas éstas le parezcan al lector suficientes razones de peso para justificar mi percepción de gran ciudad de Buenos Aires, surrealista y loca a veces sí, pero con un gran encanto.
Ahora voy a interrumpir este relato de ómnibus para volver a el estado contemplativo del paisaje, el bus Tigre de Iguazú se esta adentrando ahora en la región de Misiones, estamos sentados en los asientos frontales del piso superior con una gran pantalla de cristal en frente de nosotros que ofrece una gran panorámica. Siobhán todavía está durmiendo. Voy a seguir con atención en el recorrido para después contárselo.