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La Paz, Bolivia

11 de enero 2012. Eran alrededor de las 7 de la mañana cuando el bus vislumbraba las doradas paredes de la La Paz. Desde la ciudad de El Alto se veía al sol de la mañana chocar en las fachadas marrones de las casas de La Paz dispuestas en laderas tan empinadas que casi son acantilados. Habíamos pasado la noche entera viajando desde Sucre.

Como el viaje duraba doce horas, por primera vez en toda la aventura decidimos invertir un poco más en comodidad y comprar el billete del coche cama, en vez del semicama. Supuestamente los asientos serían más cómodos y anchos. Esta excepción lo único que hizo fue reasegurarnos en seguir comprando billetes semicama porque durante todo el viaje tuvimos sentada al lado nuestro, en el pasillo a una señora, que el conductor había metido para ganarse un dinero extra. He aquí la prueba de que el pagar más no siempre aporta más comodidad.

La Paz superó con creces mis expectativas. Mis expectativas eran muy pocas y no sé muy bien porqué. Lo que descubrí, en mi opinión,  fue una de las ciudades con más encanto de Sudamérica. Es muy difícil describir La Paz. La Paz es Bolivia. La Paz es caos, movimiento, vida a borbotones, colores, calles en pendiente, antigua y moderna, pobre y rica, indígena.

Los momentos más majestuosos fueron dos, los dos al atardecer de diferentes días, cuando subimos a dos miradores en las laderas de las montañas que encajonan la ciudad.  Al mirador del Kili Kili subimos con Matías y Virginia poco antes de la puesta del sol y continuamos allí hasta que ya la noche se había cerrado bien sobre nosotros. El panorama era impresionante: abajo el centro de La Paz, con sus monumentos coloniales y sus barrios más antiguos de un lado; del otro lado el barrio del Sopocachi y el centro bancario y de oficinas con sus altos rascacielos.  Todo alrededor las laderas de los barrios residenciales, con casitas como si fueran de “Lego”, no una detrás de otra en un plano horizontal, sino una casa encima de otra en planos en vertical.  Finalmente, y una vez más rodeando todo lo anterior los picos nevados de las montañas de las cordilleras Real y Central destacando sobre todas el imponente Illimani de 6462 de altura. El paso del día a la noche brindaba una luz dorada que convertía en dorada a toda la ciudad, era como si los últimos rayos se metieran en el pozo de La Paz y no se quisieran ir para la noche.

Otro día fuimos al mirador del Montículo en el barrio de Sopocachi, y aparte de un espectáculo similar al anterior solo que desde otro ángulo, la gran anécdota del día fue la tormenta que rompió justo al ponerse el sol. Tuvimos suerte que justo acabábamos de descender y ya estábamos en las calles de la ciudad. Veníamos de experimentar una violentísima tormenta en Sucre, pero esta fue incluso mayor: nunca había sentido tal poder de los truenos y relámpagos, era como si todo el cielo se fuese a romper y estaba el propio cielo de un naranja apocalíptico del que solo se ve en los dibujos animados manga de héroes y guerras. La gente de la ciudad ni se inmutaba.

Cuando Matías y Virginia se fueron de la Paz nosotros nos mudamos a otro hostal distinto en el que estaban otro grupo de jóvenes de Buenos Aires: Diego, Marcos, Tiziana, Emi, Aye y Marina, que ya habíamos conocido en Sucre y que por unos días se convertirían en nuestros compañeros de viaje. La gran anécdota fue cuando descubrimos que en el hostal que nos estábamos quedando cumplía una doble función. La primera era la obvia: función de hostal. La segunda: función de telo. Todo es posible en Bolivia.

Hicimos de La Paz una base para excursiones de uno o dos días. Así visitamos Tiwanaku, Sorata y Coroico. Una de estas veces el conductor de la furgoneta recordó que se le había olvidado poner gas (la mayoría de los coches en Bolivia funcionan con gas no con gasolina) en el vehículo. Ni corto ni perezoso dio media vuelta y nos encontramos yendo a trasmano en una marabunta de incontables filas (o no-filas) de furgonetas en sentido contrario. No se oyó ni un claxon.

Mi mayor admiración acontecía en los viajes desde o hasta la Paz. El salir o entrar a la ciudad en coche era todo un espectáculo. Primero de todo se debía subir por las laderas que rodean la ciudad con la consiguiente panorámica de regalo. Pero lo más impactante era mirar a la gente en su vida cotidiana en los barrios y suburbios aledaños a La Paz. Mercados, trajín de aquí allá, animales, niños corriendo, furgonetas circulando en medio de la gente, mas mercados, fruta, carne… era toda una explosión de vida y color. Todo el mundo haciendo algo. Había pobreza es cierto, pero nadie mendigando todos luchando por la vida.

Sucre: la ciudad blanca.

7 de enero 2012. Llegamos a Sucre ya bien entrada la noche y fuimos a alojarnos a un hostal que aparecía en nuestra guía. Fue una grata sorpresa cuando al cruzar el patio del hostal oímos hablar a Jordi, un amigo que conocimos en Iruya, Argentina, la víspera de Navidad y con el cual nos habíamos venido cruzando en repetidas ocasiones a lo largo de nuestro itinerario en Bolivia. Estábamos en contacto y era nuestra intención quedar otra vez en Sucre, pero ¡cosas del viaje! fue pura casualidad que fuimos a parar al mismo hostal en el que Jordi estaba. El día siguiente era domingo e hicimos planes para ir al mercado campesino de Tarabuco, un pequeño pueblecito en la sierra a casi unas 2 horas de Sucre.

El viaje a Tarabuco fue una gran experiencia antropológica. El día empezó aprendiendo a usar el loco sistema  de transporte en la mayoría de ciudades bolivianas. El transporte urbano funciona de la siguiente forma: en las calles hay un mar de furgonetas tipo Nissan Vanette, o equivalentes, las cuales tiene carteles de cartón “de quita y pon” en la luna delantera que anuncian el destino del carro, pero uno se percata antes de los gritos por la ventana del ayudante que constantemente propagan a los cuatro vientos los puntos del itinerario, todo esto sumado al uso abusivo del claxon para llamar aun más la atención de uno. Si un viandante hace un gesto de interés, el conductor de la furgoneta reduce la marcha (nunca llega a pararse), el ayudante corre la puerta corredera y al nuevo pasajero le toca saltar al interior. A partir de ahí empieza un viaje trepidante con una conducción camicace pero efectiva. Estas furgonetas son de particulares, a veces asociados en cooperativas, y son ellos quienes deciden que ruta harán cada día. Huelga decir que la reglamentación brilla por su ausencia. Descrito así podría parecer un sistema caótico y poco eficiente. Bueno caótico es, pero la verdad es que cuando uno se acostumbra funciona fenomenal y rápido.

Una vez llegados al punto donde salían furgonetas  hacia Tarabuco los tres nos subimos en la parte de atrás de una Vanette y entonces una pareja bien simpática subió,  enseguida nos dimos cuenta de que eran argentinos y después de diez minutos teníamos una conversación bien animada que duró todo el viaje.

Una vez llegados a Tarabuco pudimos disfrutar de un mercado local y agrícola muy poco corrompido por el turismo pues muy pocos eran los viajeros que llegaban hasta allí. Los campesinos indígenas de la zona se apresuraban a exponer y vender sus mercaderías y artesanías alrededor de la plaza del pueblo y calles principales. El pueblo tenía un excelente estado de conservación, estaba tal cual se construyo durante la colonia. Hablando de colonia, en la plaza del pueblo destacaba una estatua gigante de un valeroso guerrero indio arrancándole el corazón a un soldado realista. Y es que Tarabuco se enorgullece de haber sido cuna de numerosas revueltas indígenas contra el imperio español.

Por la tarde, ya casi acabado el mercado y mientras dábamos un paseo por el pueblo acertamos a entablar conversación con unas mujeres que estaban liando cigarros a la manera artesanal. Ellas estaban sentadas en una puerta al sol y sus hijos e hijas las acompañaban mientras trabajaban. Esta conversación fue una grata sorpresa pues por lo normal no era nada fácil tener una conversación más larga de dos frases monosilábicas con los nativos.

El día aún nos tenía guardada una sorpresa. Cuando pretendíamos volver a Sucre descubrimos que ya habían vuelto todas las furgonetas  y todo parecía apuntar que deberíamos quedarnos allí a pasar la noche. Entonces Sudamérica nos enseñó otra lección: siempre hay otra forma distinta de hacer las cosas, una alternativa escondida delante de nuestros propios ojos. Lentamente se fue acercando una torpe, destartalada camioneta con una caja de madera bien alta para el transporte de mercancías; por encima se veían algunas cabezas y sombreros. Se fue a parar justo a nuestro lado e instantáneamente le preguntamos qué adonde se dirigía. Adivinen la respuesta. Sin pensárnoslo dos veces estábamos subiendo al camión y abriéndonos paso entre las aproximadamente cincuenta personas que viajaban dentro: bebes, niños, padres y abuelos. Así fue como Virginia y Matías, que así se llamaban nuestros nuevos amigos, Jordi, Siobhán y yo disfrutamos de una preciosa y poco convencional manera de viajar. Aún puedo recordar el olor del viento que chocaba en nuestras caras, contempladoras curiosas de las montañas bolivianas, mientras el camión viraba y viraba curva tras curva.

El plan para el día siguiente era visitar Sucre. Matías y Virginia tenían el billete de bus para irse ese mismo día, lunes por la tarde, a La Paz. Por la mañana pasaron a llamarnos a nuestro hostal. El mismo grupo de cinco se disponía a callejear las blancas calles de Sucre. A Sucre, capital constitucional de Bolivia y sede del Poder Judicial, se la conoce como “la ciudad blanca” por la blancura de su arquitectura colonial. La ciudad se encuentra en un excelente estado de conservación: fachadas bien encaladas, tejados con vigas de madera, suelos adoquinados, blancas iglesias. Además es una ciudad de marcado carácter universitario con una de las mejores universidades del país, la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca, de origen jesuita. Debido al clima mucho más cálido que el de Potosí por estar Sucre a una altitud de “solo” unos 2800 m.s.n.m ésta ciudad fue elegida como lugar de residencia de muchos conquistadores enriquecidos en las minas de Potosí.

Bien aconsejados por Jordi, comimos en el mercado de frutas, rodeados de un festival de colores y olores. Deliciosos jugos y ensaladas de frutas tropicales con precios de unos cinco o seis Bolivianos (poco más de medio Euro). Todo un festín para los sentidos.

Y una vez más, como al inicio de este relato, la casualidad o destino, que va siempre un paso por delante de nosotros, empezó entonces a jugar su juego. Matías y Virginia se despidieron, se iban a preparar su viaje, pero resultaba que Jordi, Siobhán y yo nos los encontrábamos al girar cada esquina, era como si algo estuviera actuando en contra de esa despedida. A la noche en el hostal, Jordi tocó en nuestra puerta, estaba allí con Matías y Virginia. Nos dijo que los chicos habían tenido un problema y no pudieron tomar su bus, pero era como si estuviera diciendo: mi camino se separa del vuestro aquí, tomo otra ruta, pero donde un camino se separa otros se unen. Y así fue, el próximo día los cuatro nos encontrábamos viajando a La Paz y el uno hacia Santa Cruz.

Potosí y el Cerro Rico, Bolivia

5 de enero de 2012. “Potosí shocks”. Así empezaba el capítulo de Potosí mi guía de Lonely Planet. Potosí impacta y nosotros lo comprobamos. En pleno verano la ciudad más alta del mundo a unos 4100 metros de altitud era como un congelador con un cielo nuboso y gris. A su costado se encontraba observante el Cerro Rico. A su riqueza le debe Potosí haber sido la ciudad más poblada y suntuosa del mundo durante más de un siglo y también uno de los mayores genocidios conocidos en la historia de la humanidad.

El bus que nos transportó desde Uyuni a Potosí lo hizo por un camino de tierra que bordeaba montañas peladas de vegetación. Las seis horas de duración del viaje no fueron en vano. Yo iba sentado al lado de un joven que estudiaba un ciclo formativo de mecánica en Sucre y tuvimos varias cortas conversaciones a lo largo del viaje, me contó que vivía en una habitación con cocina por la que pagaba 300 Bolivianos al mes (unos 30 euros). En determinado momento el bus paró en lo que se suponía que era una estación de servicio. Era una casa de adobe en la que se vendían zumos y sopas que se dispensaban desde un gran tanque a una bolsa de plástico transparente en la que se metía una pajita para sorber. Los pueblos y ciudades bolivianos están llenos de esas bolsas que generalmente después de ser usadas van al suelo. Seguí la señal que decía “Baño”, el baño era un descampado, un solar detrás de la casa de adobe donde la gente aliviaba sus necesidades como podía.

Cuando llegamos a Potosí y nos dirigimos al centro en taxi en seguida nos sorprendió la magnificencia de su arquitectura, calles elegantemente adoquinadas con una iglesia en cada esquina y palacios coloniales por doquier. Era la víspera del día de reyes y cuando entramos a la recepción de nuestro hostal, que se ubicaba en una casona de piedra colonial, tenían puesto Televisión Española y estaban retransmitiendo la cabalgata de Reyes Magos de Madrid.

En Potosí me sorprendió algo que ya no nos abandonaría en el resto del continente: la conducción en modo camicace con un excesivo uso del claxon. Se pitaba constantemente y por todo. No había señales de “Ceda el paso” o “Stop”, cuando un coche se aproximaba a un cruce simplemente pitaba y eso quería decir que él tenía preferencia y no pensaba parar. No me pregunten como hacían para evitar las colisiones.

A mediados del siglo XVI un indio que había subido a la montaña en busca de una llama perdida encendió una hoguera al echársele la noche encima. A la mañana siguiente había un charco de plata fundida a sus pies. Ese fue el descubrimiento del cerro rico. Hay un dicho que dice que con la plata que se saco en la época colonial se podría construir un puente de plata de Bolivia a España; también hay otro que dice que se podría construir un puente con los huesos de los muertos en la mina. Fueron unos 8 millones de indios los que murieron a causa del trabajo esclavo en la mina.

Los señores españoles enviaban a los indios a trabajar en la mina durante 6 meses de trabajo continuo en los que no podían salir de la mina. Evidentemente la mayoría salía antes de cumplirse los 6 meses, pero con los pies por delante. Además, se trajeron grandes cantidades de esclavos negros para trabajar en la mina, pero cuando se vio que morían rápidamente al no poder adaptarse a las duras condiciones de frio y al mal de altura se los trasladó a las zonas bajas de los valles a trabajar en las plantaciones de coca.

Todavía a día de hoy más de 8000 bolivianos, muchos de ellos niños desde los 10 años, trabajan en penosas condiciones en el interior del Cerro Rico que ya no es tan rico, está casi agotado. Los mineros mueren de silicosis alrededor de 35 o 40 años, con los pulmones anegados de sangre debido al polvo venenoso que respiran en el interior de la mina. A pesar de esto, ellos se dicen orgullosos de ser mineros.

Al estar a mas de 4000 metros de altitud (la mitad del Everest, la montaña más alta del mundo) la atmosfera es mucho más fina, la columna de aire encima de nosotros es mucho más corta y por lo tanto hay mucha menos presión lo que trae consigo la falta de oxigeno. El mal de altura se traduce en dolores de cabeza, falta de la respiración, vómitos y nauseas. Pasado un tiempo, normalmente unos días, el cuerpo se adapta y empieza a producir más cantidad de hemoglobina en la sangre para así poder transportar mas oxigeno y aliviar al corazón y pulmones. En personas poco en forma o adaptadas puede incluso provocarles la muerte.

Nunca sufrí del mal de altura, supongo que los cambios se produjeron silenciosamente en mi cuerpo sin producirse los temidos dolores de cabeza y nauseas. Al contrario, el hecho de encontrarme a tal altitud me producía una buena sensación difícil de explicar, era como que el aire era más limpio y fino, y casi que sentía el deseo de subir otro poco más. La altitud es una adicción.

Todo el que visita Potosí tiene que tomar una decisión: visitar las minas cooperativas en el Cerro Rico o no. Se advierte de lo peligroso de la visita no apta para claustrofóbicos. A parte de los peligros más evidentes de derrumbes, explosión de dinamita y escapes de gas, está el de la inhalación del polvo de sílice venenoso que los mineros inhalan en su vida cotidiana, y el de las limitaciones físicas de cada uno ya que se unen la escasez de oxigeno derivada de estar ahora a 4500 m, a mitad de la pendiente del cerro, sumado a tener que penetrar por una angosta, polvorienta y oscura mina 2 km en las entrañas de la tierra. A parte de todo esto que no es poco para desestimar la idea de la visita, otros añaden que no quieren bajar donde están los mineros trabajando y hablar con ellos como para recrearse en su penosa actividad.

Yo elegí hacer la visita, en cambio Siobhán decidió no hacerla. Estaba un poco nervioso por los peligros anunciados pero la curiosidad era más fuerte. Además, si se puede de decir así, sentía como un deber de experimentar el infierno que mis antepasados habían creado, ser testigo de donde provenía la plata del imperio y si en la visita se sufría, sufrir en solidaridad con los mineros que todavía pican allí dentro.

Bien aprovisionado de agua y hojas de coca, una bolsa para mí y otra para regalar a los mineros, traspasaba la boca de la mina. En ese mismo momento mucha gente del grupo se aterrorizaba y se daba la vuelta para no entrar en el infierno, era la última oportunidad de echarse atrás. Yo continué aunque no se crean que por heroísmo que bien “cagado” estaba yo ya: afuera, en la ladera del Cerro Rico hacia un frio gris siberiano, un viento helado que cortaba y punzaba. Me habían dicho que en las entrañas de la tierra hacia calor. Me acorde del antiguo dicho que dicen los viejos de mi pueblo: “más vale humo que escarcha” y el frío gano al miedo.

A partir de aquí todo fue dantesco. Nuestro “Virgilio” en forma de una pequeña boliviana nos estaba guiando por oscuros túneles claustrofóbicos en una visita a los nueve círculos del infierno justo como si se tratase de una repetición del primer libro de la Divina Comedia.

A medida que íbamos avanzando el aire se hacía más caliente y caliente y cada vez más pesado, sólido. Nuestros propios pies, inexpertos en avanzar por minas iban levantando el temido polvo. A veces cruzábamos por zonas anegadas de agua rojiza teñida por el óxido de los metales que goteaba del techo de las galerías. De vez en cuando Virgilio nos apuntaba algún punto brillante, eran vetas de oro o plata que brillaban descaradamente en la oscuridad, culpables de la realidad ante la que nos encontrábamos.

Poco a poco los ojos se iban acostumbrando a la oscuridad pero el calor cada vez era más sofocante, el oxígeno empezaba a faltar y eso se notaba de inmediato en la cabeza. Además, la garganta estaba cada vez mas reseca. Ahí fue cuando entro en juego la hoja de coca. Llenaba mi boca entera de las amargas hojas y tragaba su líquido sin masticarlas como si de un caramelo se tratase. Cuando las hojas perdían su potencia, las tiraba y tomaba un nuevo puñado de mi bolsa. Sentía la garganta y la boca adormecidas por su efecto, como cuando el dentista te anestesia pone anestesia para sacar una muela.

Los mineros dependen completamente de la hoja de coca. Se dice que les quita el hambre, la sed y el sueño (tienen turnos de trabajo de 24 horas seguidas), y combate los efectos del mal de altura. No solo los mineros sino la práctica totalidad de los habitantes del altiplano boliviano pasan sus días con una bola de hoja de coca en la boca. La hoja de coca no es una droga. Los Estados Unidos siempre han pretendido que lo fuera para introducir en los estados sudamericanos su agencia estadounidense antidroga con el teórico pretexto de luchar contra esta, pero esto no ha sido siempre más que una excusa para manipular desde dentro para favoreces sus intereses imperialistas. Pero no señores, la cocaína no ha sido un invento de los indios, ha sido un invento nuestro, de occidente. Cuando el indígena Evo Morales – antiguo cocalero, o cultivador de coca – llegó al poder lo primero que hizo fue expulsar de Bolivia dicha agencia y proteger el cultivo y consumo de la hoja de coca. Los análisis científicos han desvelado que la hoja de coca aporta gran cantidad de vitaminas, minerales y calcio, los cuales complementan en gran manera las dietas de los mineros bolivianos. Personalmente nunca noté ningún efecto adictivo ni estimulante en ningún grado pero constaté por mi propia experiencia que nunca podría haber realizado la visita a la mina sin la bola de hojas de coca en la boca. Agradecía sobre todo la lubricación de la reseca garganta y la mitigación de la sed al ir tragando su amargo jugo. Ya para concluir este paréntesis de la coca, añadiré otro sus múltiples usos, el digestivo té de coca, al cual también me aficioné como no podría ser de otra forma dado mi gusto por las bebidas calientes y amargas.

Volviendo a la visita a la mina, la pestilencia a sílice y el calor se iban agudizando conforme íbamos bajando de nivel en nivel y también lo hacían los estruendos de las explosiones de dinamita que se producían en los niveles inferiores para irle abriendo más agujeros al interior de la montaña. Eran sonidos tétricos potentísimos pero a la vez apagados que se transmitía más que por el aire, que no lo había ya, por las paredes de la galería. Eran como los sonidos que producían monstruos horribles torturando pecadores en el fondo del ardiente infierno. A parte de peligroso por la posibilidad de derrumbes, este uso de la dinamita era bastante aterrador si no se sujetaba la imaginación.

De repente, cuando ya estábamos 2 km en el interior de la montaña llegamos a una galería ciega formando como una bóveda, allí estaba “el Tío”. El Tío fue un mito creado por los españoles para controlar el interior de la mina sin tener que poner ni un pie dentro. Lo que es sorprendente es que a día de hoy ellos conocen perfectamente este origen pero no por eso dejan de creerlo. La historia es como sigue. La astucia de los conquistadores consistía en ir introduciendo la religión católica buscando equivalencias con sus religiones indígenas. Fuera de la mina la introducción del catolicismo marchaba bien y los indígenas comenzaban a llenar las iglesias. Pero había que hacer algo para controlar el interior de la mina, crear alguna superstición que los atemorizara y controlara. La religión inca dividía el universo en tres partes: el cielo, representado por el Puma; el mundo de los vivos, representado por el puma; y el inframundo o Pachamama, representado por la serpiente.

De este modo, en el interior de cada mina construyeron en piedra un ser demoniaco con largos cuernos de carnero. El Tío tenía cuerpo de humano, estaba sentado observando amenazadoramente y era de destacar su gran pene. Los mineros esclavos fueron incitados a creer que el Tío lo controlaba todo, todo lo que pasaba bajo la superficie de la tierra, en la mina estaba bajo su poder: derrumbes, descubrimiento de metales, accidentes, muertes, etc., y por consiguiente era temido y venerado. Lo primero que hacia el encargado de la mina cuando un nuevo minero comenzaba a trabajar en la mina era llevarlo ante el Tío. Cada mañana antes de empezar el trabajo los mineros se presentaban a hacer ofrendas al Tío, a pedirle un día sin accidentes, un día rico en descubrimientos. Se le ofrecían hojas de coca, cigarros que se le encienden en la boca y se consumían mientras los indios pensaban que la estatua de piedra realmente los estaban fumando, alcohol de beber de 96 grados que se le rociaba en la cara y en el pene, en el pene porque de la fertilidad de la unión del Tío con la Pachamama dependía la fertilidad de la mina. Todas estas costumbres iniciales no han cambiado en nada y a día de hoy continúan lo mismo.

A parte de las hojas de coca otro elemento importante en la dieta de los mineros es el alcohol de 96 grados de las ofrendas al Tío. Imagínense los efectos en cuerpo y mente de los mineros.

A día de hoy los mineros están organizados en cooperativas y aunque continúan haciendo el mismo trabajo de esclavos, tienen un poco mas de independencia a la hora de decidir cuantas horas trabajar, cuando empezar y terminar, como organizarse. Los niños hijos de mineros empiezan en la mina a los 10 años y aunque muchos tienen la intención de aprender otra profesión para dejar la mina lo antes posible, lo cierto y verdad es que pocos consiguen romper su condena a la mina.

Y a los pies de todo esto continua la decadente Potosí, en un modo todavía orgullosa de su resplandeciente y opulento pasado en el que un día todas su calles se vieron adoquinadas en bloques de plata pura y su infinidad de iglesias y monasterios rebosaban de oro y exquisitas pinturas y las mercancías más lujosas y delicadas de Europa eran importadas sin reparar en costes. Cada día había una gran fiesta en el palacio de un “nuevo rico”, después de dichas fiestas las cuberterías de plata se tiraban a la calle como símbolo de derroche y opulencia.

Cuando las entrañas del Cerro Rico dejaron de manar plata la ciudad perdió rápidamente su influencia, las clases altas la abandonaron apresuradamente, se cerraron iglesias que fueron expoliadas por ladrones y los mejores lienzos se pudrieron en la humedad y el frio de su clima hostil. Entonces los indígenas que lo único que sabían hacer era picar en la mina continuaron hasta día de hoy intentando sobrevivir con las miserias y migajas que los conquistadores dejaron de lo que fue el yacimiento de plata más rico y de mas fácil extracción que jamás se ha conocido. Condenada a un frio perpetuo, ésta es la triste historia de Potosí.

El salar de Uyuni y Sud Lipez, Bolivia

Finalmente nos embarcamos con una agencia que no tenía malos reportajes y aunque con el precio un poco inflado tenía viaje para el segundo día del año. Teníamos claro que no queríamos quedarnos allí un día mas esperando.

El viaje fue espectacular. Estaba seguro que fue lo más espectacular que había visto hasta la fecha en mi modesta vida como viajero. Recorrimos alrededor de 1000 km. en tres días, subimos hasta altitudes de 5000 m. y admiramos las mas fantásticas creaciones de la naturaleza.

La excursión comenzó visitando un cementerio de trenes del siglo XIX. Estos trenes eran el sinónimo del control inglés del país, por los cuales el país se hipoteco y se entregó a manos atadas al crédito extranjero y además también habría alguno de los que Chile regaló al país a cambio de usurparle en la guerra del Pacifico toda su franja costera. Cuando al nuevo imperio, es decir al imperio yanqui, ya no le interesaba que las mercancías se transportaran por tren, el gobierno boliviano nacionalizó la compañía estatal de ferrocarriles en los años 70 dando lugar de este modo al enorme cementerio de ferrocarriles y miles hombres sin trabajo.

La segunda parada fue el salar. A lo largo de una extensión de 12.000 km2, alrededor de 170 km. de ancho y a unos 4000 m.s.n.m (metros sobre el nivel del mar) se extiende el salar de Uyuni, el mayor del mundo. Se cree que en el pasado, antes de la formación de la cordillera de los Andes, este área se encontraba en el fondo del océano; prueba de ello son las islas de coral que lo habitan. En la estación seca el salar está completamente seco y solo se ve una extensión blanca de sal infinita por la que los todoterreno pueden ir a más de 80 km/h. Sin embargo estábamos en la estación de lluvias y había un palmo de agua en todo el salar. Esto hacia que el todoterreno no pudiera correr tanto y de hecho no pudimos cruzar el salar entero, pero creaba un efecto espejo de un cielo que, para compensar la miseria del día anterior, era del más puro azul con infinidad de nubes de inmaculado algodón. Se tenía pues una sensación de estar flotando, ingrávido, como si se hubieran cruzado ya las puertas de san Pedro. Abandonamos el salar para ir a dormir al pueblo de Alota en unas humildes y frías casas de adobe. No fueron pocos los que fueron atormentados por el mal de altura.

El segundo día resultó en una sinfonía de lagunas cada una de un color: verde, esmeralda, colorada, turquesa. Los distintos colores eran debidos a las algas que moraban en las lagunas, y las orillas de las lagunas eran todas blancas debido a la presencia de un mineral que se usa para fabricar detergentes. Había flamencos por doquier para aumentar aún más el bucolismo del panorama: lagunas en desiertos flanqueados por montañas nevadas.

Nos encontrábamos en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Había que pagar 150 bolivianos por persona (unos 17 euros), pero los pague con gusto. Los beneficios sacados de la reserva se distribuyen en primera instancia en las comunidades locales y segundamente al Estado Plurinacional de Bolivia. Un toque más de la política de Evo. La diferencia con Iguazú era importantísima. Iguazú lo gestiona una empresa y los beneficios van a la empresa.

En la laguna colorada nos sorprendió una violentísima tormenta eléctrica y fuimos a pasar la noche a unos caseríos de adobe casi al pie de la laguna. La tormenta eléctrica dejo paso a una fuerte nevada que nos regalaría un bello paisaje siberiano. Mientras nevaba cenábamos y tuvimos una interesante conversación sobre el presente estado social, político y económico de Sudamérica con una pareja de argentinos, una pareja de brasileños y un boliviano, también integrantes de la excursión.

El tercer día empezó a las 4 de la madrugada todavía con una hora de oscuridad. Los todoterrenos atravesaban desiertos nevados para llegar a un campo de geiseres al amanecer, daba la impresión de estar en Islandia. Luego fuimos a bañarnos a unas piscinas de aguas termales y humeantes. Toda una experiencia, rodeados de nieve y montañas y nosotros allí en traje de baño.

Después del desayuno fuimos a parar al desierto de Dalí, infinito arenal con rocas de forma surrealista esparcidas aquí y allá. Finalmente llegamos a la última laguna y probablemente la más preciosa, la laguna Verde a los pies del majestuoso nevado volcán Licancabur, de más de 6000 m.

Estábamos  en el punto donde convergen Argentina, Bolivia y Chile. Nos acercamos al paso fronterizo de Chile ya que algunos excursionistas continuaban hacia San Pedro de Atacama y su desierto, el más seco del mundo. No nos faltaban ganas de cruzar a Chile pero Bolivia todavía nos estaba llamando. Para sacarnos la espinita dimos un paseo por los Andes chilenos y nos hicimos una foto al lado de la señas de entrada a Chile, para inmortalizar el momento en que, efectivamente, pisamos Chile.

Todo el viaje fue un éxito. Nuestro conductor Jorge, hombre de pocas palabras, fue un gran profesional al volante en una ruta larga y peligrosa. Fue como un mini rally Dakar, que por cierto, en esas fechas ya se estaba rodando al otro lado de la cordillera.

De vuelta a Uyuni, todavía con las fascinantes imágenes en nuestra retina, sacamos nuestro pasaje para Potosí y cenamos en la pizzería de Luis, un boliviano que había vivido 13 años en Suecia, y que fue más abundante en palabras y explicaciones que sus compatriotas. Nos preparó una deliciosa pizza con base de quinua cultivada por el mismo en las tierras de su familia y nos regaló una interesante conversación, ilustrándonos sobre la astronómica especulación en Uyuni debida sobre todo al turismo y a la minería: un apartamento en la ciudad costaba hasta 300.000 dólares estadounidenses. También nos explicó como con la nueva ley de Evo Morales que eliminaba la propiedad privada de las tierras para otorgar la propiedad al individuo que la trabaja su familia que varias generaciones atrás poseía varios cientos de hectáreas había perdido el derecho a gran parte de ellas.

Viaje en tren al 2012

4 de enero de 2012. Era el último día del año 2011 y la atmósfera ya se iba calentando para la fiesta de Nochevieja en Tupiza. Las botellas de sidra abundaban en los escaparates de los comercios. Sin embargo, habíamos decidido que era hora de avanzar. A las 18.30 montábamos en el Expreso del Sur, el tren que nos transportaría al 2012. A eso de la 1.30 de la madrugada del primer día del 2012 llegábamos a Uyuni. En esas siete horas de viaje se habían sucedido un descarrilamiento del tren cuyos vagones tuvieron que ser devueltos a las vías en plena noche y una gran fiesta para recibir al año nuevo. Los pasajeros del tren eran casi en su totalidad jóvenes argentinos que como nosotros iban a Uyuni, iban bien preparados de sidra, vino e instrumentos musicales, incluso un saxofón llevaba alguno, y se encargaron de hacer una fiesta que por momentos amenazó de descarriar el tren una vez más.

El grupo de amigos con que pasamos Navidad ahora se había reducido a cuatro argentinos más Jordi. Ellos habían viajado la noche anterior a Uyuni en autobús. Si nuestro tren había descarriado, su bus se había salido de la carretera en plena noche, por suerte al lado contrario del precipicio, y tuvieron que estar seis horas esperando a que alguien fuera a socorrerles. Todos salieron ilesos pero estos lances representaron una buena introducción al transporte en Bolivia.

Eran la 1.30 de la madrugada cuando entrabamos a un hostal básico pero limpio enfrente de la estación del tren. Llovía y hacía frío, pero eso no impedía que hubiera una gran fiesta en las calles de Uyuni a juzgar por el estruendo de tambores y trompetas que traspasaba los muros de nuestra  habitación.

El 2012 empezó mal. Cuando nos levantamos comprobamos que Uyuni era una ciudad fea y fría, nacida como nudo ferroviario y centro militar. La ciudad dormía en la resaca y temíamos no poder conseguir una excursión al afamado salar y la región de Sud Lípez. Los pocos operadores que estaban abiertos no estaban vendiendo excursiones para el 2 de enero, unos decían que porque no tenían combustible para los todoterreno y otros porque los conductores estaban aún borrachos.

Con ese panorama tan poco alentador, cielo gris encapotado, lluvia y frio ya nos estábamos arrepintiendo no haber hecho el tour desde Tupiza el cual era de 4 días en vez de 3 y también mucho más caro. Casi nos estábamos planteando el darnos la vuelta a Tupiza, o yo, que tan enemigo soy de los grandes reclamos turísticos, simplemente continuar el viaje sin ver el salar. Esto último hubiera sido un craso error.

Tupiza, Bolivia

27 de Diciembre de 2011. Tupiza era nuestra primera parada en Bolivia. Era una ciudad pequeña, sencilla y tranquila. Su mayor reclamo para el viajero era el estar situada en un entorno ideal para caminar o hacer excursiones a caballo. Además poco a poco estaban aumentando las agencias que, desde Tupiza, ofrecían tours en vehículos todoterreno del salar de Uyuni y de la región de Sud Lípez. El tour estándar ofrecido era de cuatro días y costaba en media unos 1200 o 1300 bolivianos (130 – 140 euro) con alojamiento y comida incluida. Nosotros, con bastantes dudas, decidimos hacer el tour desde Uyuni.

Tupiza tenía una gran plaza cuadrada y bonita llena de árboles, una colina mirador donde se podía observar todo el pueblo y las impresionantes paredes rojas que lo flanqueaban. Un mercado central que era una explosión de colorido y un amontonamiento de todo tipo de carnes: pollos, trozos enteros de vaca, cabezas de vaca, etc., en venta y sin ningún tipo de refrigeración que aportaban una gran pestilencia al ambiente según iba avanzando el día. También había otro segundo mercado, este situado como en una red de callecitas estrechas y techadas donde se vendían zapatos, ropa, especias, y demás enseres. Finalmente, había también un mercado ambulante al lado de la estación del tren donde lo mismo te podías comprar unas empanadas como un juego de backgammon o un bolso. Queda patente, pues, que el mercado popular y la venta ambulante era la forma de comercio reinante. Pequeñitas viejas de piel curtida y arrugada vestidas en traje tradicional boliviano con falda, mandil y sombrero y sentadas en cuclillas en el suelo eran las vendedoras.

Pasamos un par de días descansando, sin hacer mucho y disfrutando los menús del restaurante de al lado del hostal que por 13 bolivianos (1 euro y medio) te incluía sopa, plato principal y postre. Bueno, además de descansar y relajar, estábamos pasando una gran diarrea que se hizo presente nada más cruzar la frontera. En términos generales la higiene en Bolivia es prácticamente algo inexistente, la forma de manipular y almacenar la comida son aterradoras para el europeo, los baños apestan y salvo rarísimas excepciones no tienen papel higiénico ni jabón para lavar las manos. En estas condiciones es fácil adquirir una diarrea histórica; a nosotros nos acompañaría durante gran parte del viaje por Bolivia.

Socialmente, algo que nos impresionó fue la abundancia de ciber cafés, con la conexión a internet más lenta que se pueda imaginar, y juegos informáticos donde los jóvenes pasaban horas y horas completamente viciados al juego. Después comprobaríamos que era algo normal en todo el país. También observamos un cambio radical, respecto a Argentina, en la actitud ante el extranjero, siendo el boliviano mucho más reservado, parco en explicaciones y numerosas veces mostrando una mezcla de miedo y desconfianza ante el hombre blanco. Obviamente, sobran razones históricas para justificar esta actitud.

Sin embargo, dentro de la propia Bolivia, hay grandes diferencias sociales entre la zona del altiplano, por donde nosotros viajamos, y las zonas bajas de selva y valles. De hecho el nombre oficial del país es: Estado Plurinacional de Bolivia. En el altiplano la población es indígena, más pobre e introvertida y temerosa, con gran devoción por el presidente indígena Evo Morales del que abundan fotos por doquier como baluarte del progreso de la nación y de la mejora de las condiciones de los indígenas. En cambio, la zona de Santa Cruz, según me han explicado, puesto que por allí no viajamos, es más próspera, los habitantes son más blancos o mestizos y más extrovertidos.

Finalmente nos decidimos a hacer una excursión a caballo. Inicialmente contratamos una excursión de dos días, pero rápidamente cambiamos de opinión y lo cambiamos por una de solo un día ya que nuestra experiencia montando era prácticamente nula.

Fue todo una experiencia. Nuestro guía era Cristian, un niño que se empeñaba en decir que tenía quince años ya casi dieciséis pero era evidente que tenía muchos menos. En Bolivia los niños llevan la mitad de los negocios. Cabalgamos por entre formaciones rocosas extravagantes, de las más diversas formas, siempre con una gran variedad de tonalidades de marrones y rojos. Normalmente por cursos de ríos medio secos que se llenaban en las riadas de la estación de lluvias. De hecho, estábamos al inicio de la estación húmeda, y durante una hora nos diluvió pero no interrumpimos la cabalgata. Cristian era el hijo del dueño de los caballos, pero nosotros contratamos la excursión con una agencia por 210 bolivianos el día y persona, unos 3 euros la hora. Supongo que la agencia pagaría la mitad al dueño de los caballos, el negocio del turismo y las típicas agencias que se están procreando como hongos en la lluvia son unos grandes usureros.

Progresivamente Cristian iba azuzando más y más a nuestros caballos para que pasaran del paso al trote y del trote al galope. Yo creo que quería adelantar la hora de llegada. A mí el trote me resultaba muy incómodo y doloroso ya que no lograba adaptarme al ritmo del caballo, sin embargo me encontraba mucho más a gusto en el galope, causaba gran impresión al principio, una sensación de inseguridad y de que con cualquier imprevisto podrías ir al suelo en una caída que podría resultar fatal. Poco a poco, uno se siente más seguro y el miedo deja paso a una sensación de libertad, velocidad y poderío inigualable. A Siobhán le pasaba al contrario, prefería el trote al galope y su caballo era más asustadizo en el cruce con los vehículos.

En la última hora de cabalgata Cristian me dio una ramita flexible con la que azotar al caballo para que pasara galope, y éste obedecía de inmediato. Me sentía seguro. En el último tramo estábamos cabalgando por la vía del tren, mi caballo se lanzó al galope, me sujeté el sombrero de vaquero y abandoné a mis compañeros haciendo mía la vía del tren. Era una sensación única e irrepetible, galopando por una vía de tren en la grandeza del altiplano boliviano. Era dueño de mi caballo y mi destino.

El paso a Bolivia

26 de Diciembre del 2011. A eso de las 3 de la tarde partimos de Iruya en un autobús viejo y destartalado que portaba nuestras mochilas atadas en el techo. Una vez más debíamos repetir, esta vez de vuelta, el sinuoso camino que nos había llevado hasta Iruya. En la intersección del camino de tierra con la carretera principal nos bajamos, así evitábamos los últimos 25 km. hasta Humahuaca, que de otra manera deberíamos de repetir para volver a subir hasta la frontera. Allí esperamos que pasara el próximo bus hasta La Quiaca.

Una hora y media duro el viaje hasta La Quiaca, cruzando el último extremo del noroeste argentino. El supervisor de los tickets iba ofreciendo hojas de coca a los pasajeros. Cuando llegamos a La Quiaca, ciudad fronteriza en la parte argentina comprobamos, como ya habíamos oído, que no es un pueblo en el que te gustaría pasar una noche: frio, alto (3500 m.s.n.m), ventoso, destartalado, y probablemente peligroso. Eran más de las 6 de la tarde y el grupo de 8 personas se dividió en dos. Cinco se dispusieron a cruzar la frontera y viajar directamente a Tupiza, pequeña ciudad al sur de Bolivia. Nosotros, junto a Fernando, un chico de Buenos Aires, tomamos un taxi al pueblecito argentino de Yavi, a unos 20 minutos de La Quiaca, para pasar allí la noche y cruzar la frontera al próximo día.

Nuestro razonamiento fue que si no era recomendable pasar la noche en La Quiaca, menos aún lo era pasarla en Villazón, la ciudad boliviana de la frontera, y como no sabíamos a ciencia cierta si después del trámite de la frontera aun saldrían buses a Tupiza, y si salían llegarían a su destino alrededor de la media noche, tomamos decididamente la opción más conservadora.

Yavi era un pueblecito encantador, ajeno completamente al turismo, sumergido en el tiempo. Todo marrón, paisaje marrón (a excepción del valle cultivado), casas marrones de adobe, calles marrones de tierra. Nos quedamos en la opción más económica, haciendo camping en el camping municipal por 8 pesos por persona (alrededor de euro y medio).

No pudimos encontrar nada para cenar. Esto era algo que ya nos venía pasando desde hacía varios días, y sin lugar a dudas es un fenómeno raro para el viajero o el turista; supongo que nosotros somos una combinación de ambos. Uno está acostumbrado a que la gente se abalance vendiendo cosas, a que sobren las opciones de cosas o de comida para comprar, normalmente a doble precio de lo que pagaría un local, pero, al fin y al cabo, múltiples opciones para consumir. Aquí nadie nos quiso vender nada. Nos miraban como preguntándose qué era lo que estábamos haciendo allí un 26 de diciembre, y nos decían que no tenían comida, que se les había acabado en las fiestas, que fuéramos a preguntar a la casa de al lado. Algo similar nos paso ya en Iruya un par de veces aunque no tan dramático. Al final encontramos unas bolsas de salchichas y gracias a que Fernando llevaba un hornillo para el camping las pudimos cocinar y cenar. Fue una buena cena, sencilla pero en buena compañía y con buena conversación.

A las 11 del día siguiente, el 27 de diciembre, estábamos en una larga cola en la frontera para conseguir el sello de salida de Argentina y el de entrada a Bolivia. Este trámite nos llevaría más de cuatro horas. Nicolás, un boliviano de unos 60 años que vivía en Buenos Aires, nos precedía en la fila. Nicolás estaba bien enojado y nos decía: “esto es para que ustedes vean lo que es el Mercosur, ¡una mierda!, que no les engañen por la tele, ustedes han estado aquí y lo han visto”. Continuaba su enfado diciendo: “Buenos Aires está lleno de bolivianos, muchos de ellos discriminados y explotados con salarios de miseria y jornadas infinitas de trabajo, pero lo que más me duele es que en muchos de los casos es un boliviano quien explota a otros bolivianos, para que vean ustedes.”

En este caso yo no vi tanto problema con Mercosur salvo el de que en la parte boliviana de la frontera solo había un funcionario en una ventanilla sin ningún tipo de prisas lo cual hacia que la fila apenas se moviera un metro cada cuarto de hora. Sin embargo, el trámite se realizaba sin ningún tipo de problema, no solo para los ciudadanos de Mercosur sino también para los de la Unión Europea. Caso distinto era para los ciudadanos estadounidenses que debían pagar una visa que costaba 140 dólares estadounidenses como justa compensación a la visa y problemas que deben afrontar los bolivianos para ir al país de las barras y las estrellas.

Fueron más de cuatro horas en una fila bajo el abrasador sol del medio día en el altiplano boliviano sin una mísera sombra. Este fue el precio que hubo que pagar para entrar en Bolivia, una buena insolación.

Después supimos que la otra parte del grupo que entró al país el día anterior por la tarde no tuvo que esperar ni siquiera diez minutos al no haber nadie esperando en la fila. Pero ellos no vieron Yavi.

Una vez ya en Villazón, nos apresuramos a cambiar los pesos argentinos que teníamos a una tarifa extorsionadora de 1.38 y casi corriendo llegamos a la estación de bus y nos subimos al primero que partía para Tupiza. El viaje de dos horas fue agradable y veloz, disfrutando de un precioso paisaje de fértiles valles y desnudas montañas que ya no era argentino sino boliviano. Todo un nuevo país se extendía ante nosotros y estábamos felices.

Iruya y San Isidro, Argentina

25 Diciembre de 2011. Como ya expliqué antes Iruya es un pueblecito del norte de la provincia de Salta a unos 2500 metros de altitud. Está bien rodeado de montañas y su única conexión con el resto del mundo es un sinuoso camino de tierra que atraviesa cubres y valles y que el bus tarda unas 3 horas en recorrer. Todo el pueblo está en una ladera bien empinada y sus calles están empedradas con cantos e incluso algunas tienen escalones debido a la excesiva pendiente.

A las 11 de la mañana fuimos a la misa de Navidad que duro casi 2 horas. Por lo que voy viendo aquí las misas son mas una reunión social que propiamente una misa. Algo nunca visto por mis ojos fue el hecho de tener un cura orquesta. Él solito se bastaba con su guitarra al cuello para ponerle música a una canción tras otra. Al llegar el momento de dar la paz, hubo una pausa de al menos 10 minutos y el templo se sumió en un caos en el que todos se daban la mano o un beso con todos, dando una impresión de ser una comunidad unida. Muy diferente del escueto apretón de manos con el individuo de al lado que se estila en Europa.

Si están pensando que Iruya es pueblucho aislado y olvidado, se están equivocando pues es todo una metrópoli para los pueblos de alrededor. A eso de la 1 de la tarde decidimos partir hacia San Isidro. San Isidro es un pueblo de unas 50 familias, a 3000 metros de altitud. La única forma de llegar a San Isidro es remontando el cauce de un rio que discurre entre dos gigantes paredes de piedra. Hay un pequeño camino en el pedregal de la cama del rio, que cruza el cauce del rio innumerables veces. La forma de cruzarlo es ir saltando de piedra en piedra. La caminata hasta San Isidro dura unas 3 horas, y se puede aligerar algo si se lleva un burro.  Sobra decir que cuando el rio crece y todo el cauce se llena, el pueblo queda aislado.

Cuando ya estábamos medio cansados de cruzar el rio una y otra vez, y muchos de nosotros ya llevábamos los pies bien mojados al caer al rio en alguno de los imposibles cruces, vimos a una joven familia que bajaba hasta Iruya, la mujer con el niño pequeño en brazos.

Al escalar la senda que lleva del cauce del rio a la entrada de San Isidro escalando la vertical pared nos encontramos a una pareja de ancianos con su burro. Intentamos hablar con ellos y pedir una foto de ellos pero se negaron. Al llegar arriba, al inicio del pueblo, encontramos a Lisandro, un hombre de 60 años que ha vivido toda su vida en San Isidro. Nos puso un poco al día del estado del pueblo.

Lisandro nos contó que la electricidad había llegado solamente hacía un año, y que si alguien necesita un médico hay que llevarlo en brazos o en hombros hasta Iruya. El pueblo se dedica principalmente a la agricultura, pero las tierras se encuentran al otro lado de la montaña y se necesita casi una hora para llegar a ellas. El pueblo cuenta con unas 200 hectáreas de tierra cultivable, lo que da un promedio de unas 4 hectáreas por familia. Sin embargo todas las tierras son propiedad comunal y si alguien no tiene tierra o necesita un poco más, solo tiene que hacer una petición al presidente de la Junta.

Para el almuerzo, una mujer de San Isidro nos preparo en un santiamén unas 100 deliciosas empanadas para todo el grupo, a razón de dos pesos por empanada.

A la vuelta, y ya casi a la entrada de Iruya vimos un pequeño corralito con unos cabritos recién nacidos, nos acercamos y entonces un pequeño niño que estaba jugando nos dijo que las cabras eran suyas y de su familia. El niño era Josué, de 7 años. A Josué le gustaba mucho hablar, al tiempo de seguir jugando. Parecía muy maduro para su edad. Nos preguntó qué de donde éramos y qué hacíamos allí. Nos dijo que solo había salido dos veces de Iruya, una de ellas a San Isidro, el cuál le parecía más divertido que Iruya. Nos contó además todo lo referente a su clase de la escuela, las notas que había sacado y las que habían sacado sus amigos.

Finalmente estábamos de vuelta en Iruya y así acababa la Navidad del 2011.

Navidad en los Andes, parte 2.

25 de diciembre de 2011. La fiesta de Nochebuena resultó ser divertidísima y única. Nos reunimos en la terraza de una casa familiar todo el grupo de viajeros que durante los últimos 6 o 7 días nos íbamos encontrando aleatoriamente en la ruta. Llegamos a ser 18; 14 argentinos, 2 españoles, una irlandesa y una francesa.

La cena fue buenísima, cocinada por las mujeres de la casa de huéspedes. Al lado de nosotros, en la cabecera de la mesa se sentó el abuelo de ochenta y tantos años. Nos explicaba que él trabajaba con el médico del pueblo para ayudarle en las salidas a la montaña para visitar los enfermos; decía que él conocía todas las montañas alrededor de Iruya como la palma de su mano. “Tengo los hijos repartidos por Buenos Aires, Mendoza y Misiones. Pero yo Iruya no lo cambio por nada” añadía el abuelo.

Pero el principal atractivo de la fiesta era una gran cantidad de niños bien salados de entre 3 y 10 años que yo no sé como también se congregaron en la terraza. Eran todo un espectáculo, estaban locos, hiperactivos quizás por la excitación de la fiesta. Durante más de 3 horas no pararon de correr ni de tirar los más diversos tipos de petardos y fuegos artificiales. Parecía que Daniel, de 3 años, era el jefe de la pirotecnia. Aún no me puedo explicar cómo no ocurrió ninguna desgracia. Toda la escena era algo inaudito para mí, completamente irreal.

Navidad en los Andes

24 de Diciembre de 2011. Sin darnos ni cuenta la Navidad ha llegado. Es difícil sensibilizarse con el espíritu navideño con el calor y los días largos del pleno verano. No hay dudas de que la Navidad tiene muchísima menos repercusión en este lado sur del globo. Aunque los medios de comunicación, que aquí son tan malos como en cualquier otro lugar del mundo, llegando la “telebasura” a estar prácticamente a los niveles de la tele italiana, no dejan de bombardear con noticias relacionadas con las compras navideñas en los grandes centros comerciales de Buenos Aires, no dejan de enseñar imágenes de gente con media docena de bolsas de papel en cada brazo con las grandes marcas de perfume o de alta costura. Un bombardeo constante para tratar de imponer el espíritu navideño hasta en los pueblos más remotos de la argentina. No me refiero a la Navidad cristiana que esa ya se les impuso hace 500 años, sino a la navidad de Santa Klaus, los árboles de Navidad, la nieve, el consumismo y demás tópicos navideños que el mundo anglosajón y sobre todo el imperio yanqui hace tiempo ya exportaron con éxito en otras regiones del hemisferio norte.

Pero aquí ni nieva, ni hay Santa Klaus, y los típicos abetos tienen que ser de plástico. La Navidad tal y como la conocemos hoy se inventó para el invierno, para sacar de la depresión a los habitantes de los países del norte que soportan largos inviernos fríos y grises así como para multiplicar el consumismo que a su vez es la base del capitalismo.

Iruya es un precioso pueblito del norte argentino en la provincia de Salta a 2800 metros sobre el nivel del mar, a pocos kilómetros de Bolivia, completamente rodeado por las verticales montañas de los Andes hasta tal punto que el único enlace con el resto del mundo es un sinuoso y zigzagueante camino de tierra y piedras que debe ascender hasta cumbres de 4000 metros de altura para después bajar a profundos valles para después volver a subir a las cumbres. Son casi cuatro largas horas de viaje, no apto para cardiacos ni sufridores de vértigo, lo que separa Iruya de la carretera asfaltada más cercana. Pues bien, incluso aquí en Iruya, la modesta familia en cuya casa nos hospedamos tiene un modesto árbol de Navidad pequeñito, y al lado hay una botella de cava y un bizcocho, parece que esos serán los únicos regalos del lapón Papa Noel para toda la familia.

A parte de los incipientes árboles navideños y de la bien asentada ansia por comprar, sobre todo en las capitales y en especial Buenos Aires,  puedo observar que la Navidad carece aquí de ese componente sentimental familiar y hogareño tan arraigado en el hemisferio norte. Jóvenes argentinos, y no tan jóvenes aprovechan ahora para viajar donde quiera que sea pero lejos de casa, y es que señores, que otra cosa se podría esperar, aquí es puro verano.

Esta mañana en el caótico autobús que nos trajo hasta los confines de la civilización se sucedieron las más pintorescas estampas que yo observaba con envidia. En cierta ocasión, el bus paró en medio de la nada, se abren las puertas y una mano bien negra y huesuda alarga un gigantesco fardo de preciosas flores del campo, los pasajeros ayudan y lo recogen, y a continuación otro fardo más, y otro más, así el pasillo del bus se lleno de preciosas flores. Acto seguido, sube a trompicones una viejecita con su hermoso sombrero de paño negro. En otra ocasión, la escena fue bien parecida, solo que la mercancía era un gran fardo de frescas y grandes zanahorias.

Dentro de media hora vamos a subir hasta la otra punta de nuestra empinada calle empedrada hasta la casa donde se alojan un grupo de amigos para cenar unas empanadas caseras, un asado y vino local.