La isla del Sol y el lago Titicaca, Bolivia

19 de enero 2012. A eso de la una y media de la tarde partíamos hacia la isla del Sol, uno de los lugares más sagrados del todo el imperio Inca, pues los incas creían que el Sol nació en esta isla del lago Titicaca. A su vez, también creían que la Luna nació en la pequeña isla de la Luna, también en el lago Titicaca.

El viaje en lancha por el lago Titicaca desde Copacabana duró unas tres horas. En la lengua Aimara “Titi” significa puma y “Kala” significa piedra, por lo que una posible traducción del nombre del lago podría ser “la roca del puma” aunque otras interpretaciones se inclinan más por un significado como el de “piedra fundamental”. El lago Titicaca, que se encuentra en la frontera entre Bolivia y Perú, es el lago navegable más alto del mundo y el lago de mayor extensión en toda Sudamérica. Nosotros nos decidimos por viajar al puerto norte de la isla del Sol ya que es en la parte norte donde están las ruinas del templo del Sol y también es aparentemente la que ofrecía un turismo alternativo y más económico.

Después de quemarme con el fuerte viento en el barco y la potencia del sol a unos 4000 m.s.n.m (cuando el sol brilla fuerte la fina atmosfera no es capaz de absorber tanta radiación ultravioleta como a nivel del mar) y una vez llegados a la isla caminamos hacia la playa de Cha’llapampa que está al otro lado del puerto del asentamiento o población de Cha’llapampa. La playa estaba absolutamente llena de tiendas de campaña en su mayoría de jóvenes argentinos que aprovechaban de la libertad de acampada. Inicialmente me arrepentí de haber dejado nuestra carpa en Copacabana ya que el ambiente en la playa, a pesar de habernos sido asegurado que abundaban los hurtos, parecía bueno pero enseguida me percate que el frío durante la noche debería ser glacial: estábamos mas de mil metros por encima de las heladas noches que pasamos en Cachi o Yavi, en el norte de Argentina.

Así, nos encaminamos a un hostal en el que se habían quedado hacía pocas noches Matías y Virginia y el cual nos habían recomendado. Estaba un poco lejos, a mitad de camino entre Cha’llapampa y las ruinas del templo del sol, por una senda bien estrecha que dejaba a un lado la pendiente a la parte alta de la isla y al otro lado hermosos paisajes pendiente abajo con pequeñas terrazas para los cultivos, casas de los campesinos y la gran playa de Cha’llapampa junto con otras pequeñas calitas con pintorescas barcas de pescador varadas.

Una vez asentados en el hostal que como nos habían informado tenia vistas espectaculares y no tenía luz eléctrica volvimos a Cha’llapampa para explorar el poblado e investigar que opciones había para la cena. Lo primero fue pegarnos un baño en el lago Titicaca al llegar a la playa de Cha’llapampa ante la atónita mirada de unas chicas argentinas que indudablemente pensaban que estábamos locos. Yo no tenía ninguna duda de que me iba a bañar en el lago navegable más alto del mundo que además resultaba que era el lago sagrado de los Incas, faltaría más, como si uno fuera por allí todos los días. En situaciones como esta en la que la mayoría de personas sensatas procedentes de climas cálidos o templados les puede el miedo o la pereza yo siempre digo: seguro que no está más fría que cuando me bañaba en las costas irlandesas. Con esa única verdad en la mano me di el ansiado chapuzón en el lago donde nació el Sol, y evidentemente, Siobhán, irlandesa, se bañó tranquilamente.

La luz brillante y calma de la tarde se palpaban especialmente desde el embarcadero de madera del puerto de Cha’llapampa sobre las aguas cristalinas del lago.  Dimos una vuelta por el pueblo, de humildes casas de adobe. Las opciones para la cena eran pocas, muy pocas, y en cualquier caso el principal dilema era escoger entre algo básico y económico y algo básico y caro. Federico, un argentino que conocí en Sorata y me volví a encontrar acampando en la playa, me dijo que había una pareja de viajeros argentinos que se había alquilado una cabaña de adobe y daban cenas por encargo a unos 15 bolivianos por persona. Los buscamos y cuando los encontramos nos dijeron que esa noche era la última noche ya que la comunidad se había quejado de que unos extranjeros sin licencia turística estuviera haciéndoles la competencia a ellos, locales también sin licencia turística. Dejamos apalabrada la cena a eso de las 8, en realidad a las 8 era lo que nosotros queríamos pero se ellos se quedaron más con la idea de las 9.

Eran casi las 6 y ya estaba cayendo la noche y empezaba a hacer frío, teníamos ya bastante hambre. Volvimos al hostal para matar el tiempo. Como en el hostal no había luz eléctrica y el hambre cada vez gritaba más, poco después de las 7 ya estábamos de vuelta pensando optimistamente que algo habría de cena. La luna era nueva y la noche era tan oscura como la boca de una mina, no era fácil ir a tientas por esa senda angosta pero al menos nos guiaban la luz de las fogatas en la playa, sin embargo sería más dura la vuelta. Nos planteamos incluso quedarnos en el hostal sin cenar y no volver para evitarnos el peligro y el frío pero finalmente dado que ya los argentinos contaban con nosotros nos decidimos a bajar a Cha’llapampa.

La sorpresa fue que cuando llegamos a la caseta de adobe la cena estaba aún en proceso de preparación sin pinta de que estuviera lista en menos de una hora. Le dijimos que no contaran con nosotros. Finalmente acabamos en un restaurante más para el turismo atendido por locales que no acababan de centrarse en los pedidos ni en la cuenta ni en nada, estaban como absortos en otro mundo, como fuera de lugar. El filete de carne que pedí era más pequeño que el culo del vaso donde me pusieron el agua, no confundan esto con una exageración, es un dato verídico. Cuento estos pasajes para dar una idea de cuán dura era la vida en este lugar obviamente más aún para los locales pero también para los viajeros.

Con menos hambre que bajamos pero con más oscuridad y frio volvimos al hostal ayudándonos un poco con la luz del móvil cuya batería murió definitivamente a mitad de camino. A la mañana siguiente salimos bien temprano, a eso de las 6, con todas nuestras pertenencias con la intención de cruzar caminando toda la isla del Sol de norte a sur y volver a Copacabana desde el puerto sur de la población de Yumani.

El panorama era espectacular, estábamos llegando a las ruinas del templo del sol justo en el momento del amanecer, la luz era clara y la inmensidad del lago se mostraba en todo su esplendor. Observamos la piedra sagrada donde según los aimaras nació el Sol. Cuenta la leyenda que los antiguos habitantes de la isla estuvieron en mundo privado de luz durante numerosos días, cuando ya estaban atemorizados de vivir en la oscuridad el resto de sus días el Sol, o Inti que es la deidad andina identificada con el Sol, con toda su luz nació de esta piedra.

Continuamos por un sendero que cruza la isla de norte a sur por su vértice más alto a unos cientos de metros sobre el nivel del lago Titicaca. Era como la columna vertebral de la isla y se podía observar sus costas y pequeñas calas a un lado y otro. Este sendero de piedra está fuertemente guardado por las comunidades locales, que fueron sus constructores y conservadores, y cuenta con numerosos “peajes” para turistas para aportar una ayuda económica a los pobladores autóctonos de la isla. Aproximadamente  en la mitad se cruzan las ruinas de Challa, el tercer núcleo más poblado de la isla, en sitio arqueológico de Ch’uxuqullu en el que se encontraron restos de pre-cerámica con más de 4000 años.

Finalmente se llega al extremo sur de la isla en el asentamiento de Yumani, que es en el que se encuentra la oferta turística más chic, cuenta con unas mejores instalaciones y viviendas más lujosas y adaptadas a los visitantes. Yumani está bien conservado y con buen gusto en mi punto de vista pero al mismo tiempo el enfoque tan intensivo en el turismo con vendedores de artesanía por doquier, nativos en atuendos típicos para ser fotografiados, restaurantes-pizzería etc., etc., le hacen perder la sensación de autenticidad que tenía Cha’llapampa.

Para bajar hasta el puerto había que descender varios cientos de metros por unas empinadísimas escaleras de piedra, conocidas como “La escalera del Inca” y abajo a nivel del mar se encuentra “La fuente del Inca” (es de señalar que, en la civilización Inca, al referirse al Inca en singular se quiere decir el Emperador de los Incas).

Eran sólo las 10 de la mañana pero ya no nos movimos de la cala cuyo único punto de salida era volver a subir la escalera del Inca ya que estaba completamente encajonada en acantilados. Matamos la mañana leyendo y tomando el sol y un último baño en este lago sagrado. Unos argentinos nos ofrecieron compartir el precio de una barca hasta la isla de la Luna pero decidimos quedarnos a descansar allí tranquilamente.

Resultó que el precio del barco de vuelta era el doble del precio del de ida, lo cual a mi entender era una óptima estrategia ya que costara lo que costara uno tenía que salir de allí. Intente discutir y quejarme un poco con los vendedores de billetes lo que obviamente resultó completamente infructuoso dada la apatía general tan común en aquella región, ya les podrías esgrimir los más poderosos y acusantes argumentos que ellos ni se inmutan. En realidad la situación era la siguiente: ellos me explicaron a regañadientes que el servicio de ida lo prestaba una compañía privada de Copacabana pero no tenían permiso de las comunidades de la isla para embarcar a pasajeros de vuelta. Por su parte, el servicio de vuelta era prestado y gestionado por las comunidades locales y los beneficios distribuidos entre ellos, que a su vez no podían embarcar a pasajeros en Copacabana por lo que tenían que volver de vacío. Como ellos estimaban que merecían más el dinero que una compañía privada (cosa que nunca puse en duda e incluso apoyé y apoyo) decidieron cobrar el doble, eso sí sin previo aviso; por no mencionar que los turistas recién llegados, nada más poner el pie en tierra, eran obligados a pagar una tarifa por pisar la isla.

Yo intentaba hacerles ver que entendía su posición pero sería conveniente avisar en tierra firme de que la vuelta costaba el doble para que el viajero tuviera todos los elementos de decisión para planear o no planear su viaje a la isla. Era gastar energía tontamente, como hablarle a una pared.

Finalmente retornábamos a Copacabana y volvimos a La Cúpula a pasar la noche. Compramos los boletos para el día siguiente que nos llevarían al corazón del imperio Inca, la ciudad de Cuzco, en Perú. Apurábamos las últimas horas de este mes en la fantástica Bolivia, país lleno de contrastes y diversidad, de gentes calladas y mirada perdida. Me iba con la sensación de haber descubierto, que no conocido, sino mas bien explorado a vista de pájaro, un país complejo y maravilloso.

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