25 Diciembre de 2011. Como ya expliqué antes Iruya es un pueblecito del norte de la provincia de Salta a unos 2500 metros de altitud. Está bien rodeado de montañas y su única conexión con el resto del mundo es un sinuoso camino de tierra que atraviesa cubres y valles y que el bus tarda unas 3 horas en recorrer. Todo el pueblo está en una ladera bien empinada y sus calles están empedradas con cantos e incluso algunas tienen escalones debido a la excesiva pendiente.
A las 11 de la mañana fuimos a la misa de Navidad que duro casi 2 horas. Por lo que voy viendo aquí las misas son mas una reunión social que propiamente una misa. Algo nunca visto por mis ojos fue el hecho de tener un cura orquesta. Él solito se bastaba con su guitarra al cuello para ponerle música a una canción tras otra. Al llegar el momento de dar la paz, hubo una pausa de al menos 10 minutos y el templo se sumió en un caos en el que todos se daban la mano o un beso con todos, dando una impresión de ser una comunidad unida. Muy diferente del escueto apretón de manos con el individuo de al lado que se estila en Europa.
Si están pensando que Iruya es pueblucho aislado y olvidado, se están equivocando pues es todo una metrópoli para los pueblos de alrededor. A eso de la 1 de la tarde decidimos partir hacia San Isidro. San Isidro es un pueblo de unas 50 familias, a 3000 metros de altitud. La única forma de llegar a San Isidro es remontando el cauce de un rio que discurre entre dos gigantes paredes de piedra. Hay un pequeño camino en el pedregal de la cama del rio, que cruza el cauce del rio innumerables veces. La forma de cruzarlo es ir saltando de piedra en piedra. La caminata hasta San Isidro dura unas 3 horas, y se puede aligerar algo si se lleva un burro. Sobra decir que cuando el rio crece y todo el cauce se llena, el pueblo queda aislado.
Cuando ya estábamos medio cansados de cruzar el rio una y otra vez, y muchos de nosotros ya llevábamos los pies bien mojados al caer al rio en alguno de los imposibles cruces, vimos a una joven familia que bajaba hasta Iruya, la mujer con el niño pequeño en brazos.
Al escalar la senda que lleva del cauce del rio a la entrada de San Isidro escalando la vertical pared nos encontramos a una pareja de ancianos con su burro. Intentamos hablar con ellos y pedir una foto de ellos pero se negaron. Al llegar arriba, al inicio del pueblo, encontramos a Lisandro, un hombre de 60 años que ha vivido toda su vida en San Isidro. Nos puso un poco al día del estado del pueblo.
Lisandro nos contó que la electricidad había llegado solamente hacía un año, y que si alguien necesita un médico hay que llevarlo en brazos o en hombros hasta Iruya. El pueblo se dedica principalmente a la agricultura, pero las tierras se encuentran al otro lado de la montaña y se necesita casi una hora para llegar a ellas. El pueblo cuenta con unas 200 hectáreas de tierra cultivable, lo que da un promedio de unas 4 hectáreas por familia. Sin embargo todas las tierras son propiedad comunal y si alguien no tiene tierra o necesita un poco más, solo tiene que hacer una petición al presidente de la Junta.
Para el almuerzo, una mujer de San Isidro nos preparo en un santiamén unas 100 deliciosas empanadas para todo el grupo, a razón de dos pesos por empanada.
A la vuelta, y ya casi a la entrada de Iruya vimos un pequeño corralito con unos cabritos recién nacidos, nos acercamos y entonces un pequeño niño que estaba jugando nos dijo que las cabras eran suyas y de su familia. El niño era Josué, de 7 años. A Josué le gustaba mucho hablar, al tiempo de seguir jugando. Parecía muy maduro para su edad. Nos preguntó qué de donde éramos y qué hacíamos allí. Nos dijo que solo había salido dos veces de Iruya, una de ellas a San Isidro, el cuál le parecía más divertido que Iruya. Nos contó además todo lo referente a su clase de la escuela, las notas que había sacado y las que habían sacado sus amigos.
Finalmente estábamos de vuelta en Iruya y así acababa la Navidad del 2011.
