26 de Diciembre del 2011. A eso de las 3 de la tarde partimos de Iruya en un autobús viejo y destartalado que portaba nuestras mochilas atadas en el techo. Una vez más debíamos repetir, esta vez de vuelta, el sinuoso camino que nos había llevado hasta Iruya. En la intersección del camino de tierra con la carretera principal nos bajamos, así evitábamos los últimos 25 km. hasta Humahuaca, que de otra manera deberíamos de repetir para volver a subir hasta la frontera. Allí esperamos que pasara el próximo bus hasta La Quiaca.
Una hora y media duro el viaje hasta La Quiaca, cruzando el último extremo del noroeste argentino. El supervisor de los tickets iba ofreciendo hojas de coca a los pasajeros. Cuando llegamos a La Quiaca, ciudad fronteriza en la parte argentina comprobamos, como ya habíamos oído, que no es un pueblo en el que te gustaría pasar una noche: frio, alto (3500 m.s.n.m), ventoso, destartalado, y probablemente peligroso. Eran más de las 6 de la tarde y el grupo de 8 personas se dividió en dos. Cinco se dispusieron a cruzar la frontera y viajar directamente a Tupiza, pequeña ciudad al sur de Bolivia. Nosotros, junto a Fernando, un chico de Buenos Aires, tomamos un taxi al pueblecito argentino de Yavi, a unos 20 minutos de La Quiaca, para pasar allí la noche y cruzar la frontera al próximo día.
Nuestro razonamiento fue que si no era recomendable pasar la noche en La Quiaca, menos aún lo era pasarla en Villazón, la ciudad boliviana de la frontera, y como no sabíamos a ciencia cierta si después del trámite de la frontera aun saldrían buses a Tupiza, y si salían llegarían a su destino alrededor de la media noche, tomamos decididamente la opción más conservadora.
Yavi era un pueblecito encantador, ajeno completamente al turismo, sumergido en el tiempo. Todo marrón, paisaje marrón (a excepción del valle cultivado), casas marrones de adobe, calles marrones de tierra. Nos quedamos en la opción más económica, haciendo camping en el camping municipal por 8 pesos por persona (alrededor de euro y medio).
No pudimos encontrar nada para cenar. Esto era algo que ya nos venía pasando desde hacía varios días, y sin lugar a dudas es un fenómeno raro para el viajero o el turista; supongo que nosotros somos una combinación de ambos. Uno está acostumbrado a que la gente se abalance vendiendo cosas, a que sobren las opciones de cosas o de comida para comprar, normalmente a doble precio de lo que pagaría un local, pero, al fin y al cabo, múltiples opciones para consumir. Aquí nadie nos quiso vender nada. Nos miraban como preguntándose qué era lo que estábamos haciendo allí un 26 de diciembre, y nos decían que no tenían comida, que se les había acabado en las fiestas, que fuéramos a preguntar a la casa de al lado. Algo similar nos paso ya en Iruya un par de veces aunque no tan dramático. Al final encontramos unas bolsas de salchichas y gracias a que Fernando llevaba un hornillo para el camping las pudimos cocinar y cenar. Fue una buena cena, sencilla pero en buena compañía y con buena conversación.
A las 11 del día siguiente, el 27 de diciembre, estábamos en una larga cola en la frontera para conseguir el sello de salida de Argentina y el de entrada a Bolivia. Este trámite nos llevaría más de cuatro horas. Nicolás, un boliviano de unos 60 años que vivía en Buenos Aires, nos precedía en la fila. Nicolás estaba bien enojado y nos decía: “esto es para que ustedes vean lo que es el Mercosur, ¡una mierda!, que no les engañen por la tele, ustedes han estado aquí y lo han visto”. Continuaba su enfado diciendo: “Buenos Aires está lleno de bolivianos, muchos de ellos discriminados y explotados con salarios de miseria y jornadas infinitas de trabajo, pero lo que más me duele es que en muchos de los casos es un boliviano quien explota a otros bolivianos, para que vean ustedes.”
En este caso yo no vi tanto problema con Mercosur salvo el de que en la parte boliviana de la frontera solo había un funcionario en una ventanilla sin ningún tipo de prisas lo cual hacia que la fila apenas se moviera un metro cada cuarto de hora. Sin embargo, el trámite se realizaba sin ningún tipo de problema, no solo para los ciudadanos de Mercosur sino también para los de la Unión Europea. Caso distinto era para los ciudadanos estadounidenses que debían pagar una visa que costaba 140 dólares estadounidenses como justa compensación a la visa y problemas que deben afrontar los bolivianos para ir al país de las barras y las estrellas.
Fueron más de cuatro horas en una fila bajo el abrasador sol del medio día en el altiplano boliviano sin una mísera sombra. Este fue el precio que hubo que pagar para entrar en Bolivia, una buena insolación.
Después supimos que la otra parte del grupo que entró al país el día anterior por la tarde no tuvo que esperar ni siquiera diez minutos al no haber nadie esperando en la fila. Pero ellos no vieron Yavi.
Una vez ya en Villazón, nos apresuramos a cambiar los pesos argentinos que teníamos a una tarifa extorsionadora de 1.38 y casi corriendo llegamos a la estación de bus y nos subimos al primero que partía para Tupiza. El viaje de dos horas fue agradable y veloz, disfrutando de un precioso paisaje de fértiles valles y desnudas montañas que ya no era argentino sino boliviano. Todo un nuevo país se extendía ante nosotros y estábamos felices.
