Copacabana: a orillas del lago Titicaca. Bolivia

17 de enero de 2012. Dejábamos ya definitivamente de La Paz. Como durante la mañana habíamos tenido ya un viaje de tres horas desde Coroico, mas otra hora cruzando La Paz de punta a punta decidimos elegir el bus que tuviera pinta de más lujoso para el viaje a Copacabana, como premio tuvimos el placer de ver una peli de Arnold Schwarzenegger de la década de los 80 o quizás de los 70. Aparte de la película lo más curioso del viaje fue cuando tuvimos que bajar del bus para cruzar en barca una rama del lago Titicaca llegando así hasta la península, cuyo istmo pertenece ya a Perú, donde se encuentra el pueblo de Copacabana, y digo que fue curioso porque no solo nosotros cruzamos en barca sino que el bus también. Era una pena que ya se estaba haciendo de noche porque con la poca luz que quedaba se vislumbraba un paisaje espectacular.

Llegamos ya de noche a Copacabana, chispeaba y hacía mucho frio. Buscamos una pensión, que resultó ser bastante cutre, cerca de la plaza principal con el propósito de tomarnos el siguiente día de descanso y encontrar un hotel más lujoso para tratarnos bien aprovechando que ya quedaba poco en Bolivia donde los precios eran más baratos que en Perú. Encontramos el hotel la Cúpula que por menos de 20 euros tenía una habitación encantadora sin lujos ostentosos pero con todo lo que uno podía necesitar, incluso había papel higiénico en el cuarto de baño. Además tenía unas vistas fantásticas al lago Titicaca y del monte del Calvario en cuyas laderas se encontraba. La Cúpula también contaba con una acogedora área común llena de gatitos pequeños, con una amplia y buena colección de películas en DVD, con una linda cocina y bien cuidados jardines. En La Cúpula conocimos a una madre e hija argentinas, una pareja de holandeses y otra pareja israelí que nos intentó convencer de unirnos a ellos en una excursión a Machu Pichu.

De Copacabana me encantó la plaza principal con su imponente basílica blanca de estilo morisco en cuya entrada se dan las pintorescas  bendiciones de movilidades, es decir de los taxis y vehículos de transporte. Además es de destacar su mercado donde ni una mañana me perdí el caos del típico desayuno de api con buñuelos, sentado en las banquetas compartidas con familias de bolivianos y finalmente siendo siempre echado después de diez minutos. Tal era la demanda y el poco sitio que la vendedora directamente invitaba a largarse al que se demorara un poco para hacer hueco a nuevos clientes. La otra parte del mercado, separada del comedor por una doble puerta, estaba dedicada a la venta de frutas y sobre todo de cualquier tipo de carne con grandes pilas en los mostradores de animales sacrificados. El aire estaba cargado de una pestilencia que daba ganas de vomitar. En general la mayor parte del pueblo tenía bastante encanto y se conservaba bastante auténtica con la excepción de las calles cercanas al lago que rebosaban de explotación turística de mal gusto.

Compramos  los boletos para la barca a la isla del Sol para el próximo día y después decidimos irnos a cortar el pelo. Yo conseguí un corte por 15 Bolivianos (menos de 2 euros) en un peluquero de caballeros que tenía graciosamente dibujado cada corte posible en una hoja de papel, empapelando así toda una pared del local. Sinceramente el corte de pelo no fue tanta catástrofe como yo esperaba pero sin embargo tuve la impresión de estar experimentando la lo que sienten las ovejas cuando son esquiladas. Después, Siobhán fue a una peluquería de señoras y, para mi sorpresa, su corte costaba 5 Bolivianos menos que costó el mío aunque también el resultado final fue incluso un poco más divertido.

Para la puesta del sol subimos al monte del calvario, lo que resulto ser precisamente eso: un calvario. Estaba más alto y más empinado de lo que parecía y al subir con el tiempo escaso para ver al sol de ponerse desde arriba aceleramos la marcha lo que resultó en un gran sofoco: no hay que olvidar que estábamos a casi 4000 m.s.n.m. Al llegar arriba observamos cómo los últimos vendedores de refrescos, botellas de agua y artesanías estaban ya recogiendo sus pertenencias y tirando las grandes bolsas de la basura de todo día por los acantilados. Este acto es solo una pequeña representación de la actitud en Bolivia respecto al medio ambiente. Al poco se me acercó un niño que no debía pasar de los 10 años:

“Señor, señor, tengo una importante y mala noticia que darle” – me dijo.

“¿Y cuál es la noticia? – le contesté, casi ya anticipando el juego.

“Que anoche cayo un rayo muy cerca de aquí” – me respondió.

Yo casi sin prestarle demasiada atención le agradecí la noticia y continué haciendo unas fotos. El color rojizo del sol poniéndose en los tejados del pueblo a orillas del lago era impresionante. Al rato el mismo niño se acerca a Siobhán:

-“Señora, señora, si me da un boliviano le digo donde cayó un rayo anoche, es una información muy importante”