El salar de Uyuni y Sud Lipez, Bolivia

Finalmente nos embarcamos con una agencia que no tenía malos reportajes y aunque con el precio un poco inflado tenía viaje para el segundo día del año. Teníamos claro que no queríamos quedarnos allí un día mas esperando.

El viaje fue espectacular. Estaba seguro que fue lo más espectacular que había visto hasta la fecha en mi modesta vida como viajero. Recorrimos alrededor de 1000 km. en tres días, subimos hasta altitudes de 5000 m. y admiramos las mas fantásticas creaciones de la naturaleza.

La excursión comenzó visitando un cementerio de trenes del siglo XIX. Estos trenes eran el sinónimo del control inglés del país, por los cuales el país se hipoteco y se entregó a manos atadas al crédito extranjero y además también habría alguno de los que Chile regaló al país a cambio de usurparle en la guerra del Pacifico toda su franja costera. Cuando al nuevo imperio, es decir al imperio yanqui, ya no le interesaba que las mercancías se transportaran por tren, el gobierno boliviano nacionalizó la compañía estatal de ferrocarriles en los años 70 dando lugar de este modo al enorme cementerio de ferrocarriles y miles hombres sin trabajo.

La segunda parada fue el salar. A lo largo de una extensión de 12.000 km2, alrededor de 170 km. de ancho y a unos 4000 m.s.n.m (metros sobre el nivel del mar) se extiende el salar de Uyuni, el mayor del mundo. Se cree que en el pasado, antes de la formación de la cordillera de los Andes, este área se encontraba en el fondo del océano; prueba de ello son las islas de coral que lo habitan. En la estación seca el salar está completamente seco y solo se ve una extensión blanca de sal infinita por la que los todoterreno pueden ir a más de 80 km/h. Sin embargo estábamos en la estación de lluvias y había un palmo de agua en todo el salar. Esto hacia que el todoterreno no pudiera correr tanto y de hecho no pudimos cruzar el salar entero, pero creaba un efecto espejo de un cielo que, para compensar la miseria del día anterior, era del más puro azul con infinidad de nubes de inmaculado algodón. Se tenía pues una sensación de estar flotando, ingrávido, como si se hubieran cruzado ya las puertas de san Pedro. Abandonamos el salar para ir a dormir al pueblo de Alota en unas humildes y frías casas de adobe. No fueron pocos los que fueron atormentados por el mal de altura.

El segundo día resultó en una sinfonía de lagunas cada una de un color: verde, esmeralda, colorada, turquesa. Los distintos colores eran debidos a las algas que moraban en las lagunas, y las orillas de las lagunas eran todas blancas debido a la presencia de un mineral que se usa para fabricar detergentes. Había flamencos por doquier para aumentar aún más el bucolismo del panorama: lagunas en desiertos flanqueados por montañas nevadas.

Nos encontrábamos en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Había que pagar 150 bolivianos por persona (unos 17 euros), pero los pague con gusto. Los beneficios sacados de la reserva se distribuyen en primera instancia en las comunidades locales y segundamente al Estado Plurinacional de Bolivia. Un toque más de la política de Evo. La diferencia con Iguazú era importantísima. Iguazú lo gestiona una empresa y los beneficios van a la empresa.

En la laguna colorada nos sorprendió una violentísima tormenta eléctrica y fuimos a pasar la noche a unos caseríos de adobe casi al pie de la laguna. La tormenta eléctrica dejo paso a una fuerte nevada que nos regalaría un bello paisaje siberiano. Mientras nevaba cenábamos y tuvimos una interesante conversación sobre el presente estado social, político y económico de Sudamérica con una pareja de argentinos, una pareja de brasileños y un boliviano, también integrantes de la excursión.

El tercer día empezó a las 4 de la madrugada todavía con una hora de oscuridad. Los todoterrenos atravesaban desiertos nevados para llegar a un campo de geiseres al amanecer, daba la impresión de estar en Islandia. Luego fuimos a bañarnos a unas piscinas de aguas termales y humeantes. Toda una experiencia, rodeados de nieve y montañas y nosotros allí en traje de baño.

Después del desayuno fuimos a parar al desierto de Dalí, infinito arenal con rocas de forma surrealista esparcidas aquí y allá. Finalmente llegamos a la última laguna y probablemente la más preciosa, la laguna Verde a los pies del majestuoso nevado volcán Licancabur, de más de 6000 m.

Estábamos  en el punto donde convergen Argentina, Bolivia y Chile. Nos acercamos al paso fronterizo de Chile ya que algunos excursionistas continuaban hacia San Pedro de Atacama y su desierto, el más seco del mundo. No nos faltaban ganas de cruzar a Chile pero Bolivia todavía nos estaba llamando. Para sacarnos la espinita dimos un paseo por los Andes chilenos y nos hicimos una foto al lado de la señas de entrada a Chile, para inmortalizar el momento en que, efectivamente, pisamos Chile.

Todo el viaje fue un éxito. Nuestro conductor Jorge, hombre de pocas palabras, fue un gran profesional al volante en una ruta larga y peligrosa. Fue como un mini rally Dakar, que por cierto, en esas fechas ya se estaba rodando al otro lado de la cordillera.

De vuelta a Uyuni, todavía con las fascinantes imágenes en nuestra retina, sacamos nuestro pasaje para Potosí y cenamos en la pizzería de Luis, un boliviano que había vivido 13 años en Suecia, y que fue más abundante en palabras y explicaciones que sus compatriotas. Nos preparó una deliciosa pizza con base de quinua cultivada por el mismo en las tierras de su familia y nos regaló una interesante conversación, ilustrándonos sobre la astronómica especulación en Uyuni debida sobre todo al turismo y a la minería: un apartamento en la ciudad costaba hasta 300.000 dólares estadounidenses. También nos explicó como con la nueva ley de Evo Morales que eliminaba la propiedad privada de las tierras para otorgar la propiedad al individuo que la trabaja su familia que varias generaciones atrás poseía varios cientos de hectáreas había perdido el derecho a gran parte de ellas.

Viaje en tren al 2012

4 de enero de 2012. Era el último día del año 2011 y la atmósfera ya se iba calentando para la fiesta de Nochevieja en Tupiza. Las botellas de sidra abundaban en los escaparates de los comercios. Sin embargo, habíamos decidido que era hora de avanzar. A las 18.30 montábamos en el Expreso del Sur, el tren que nos transportaría al 2012. A eso de la 1.30 de la madrugada del primer día del 2012 llegábamos a Uyuni. En esas siete horas de viaje se habían sucedido un descarrilamiento del tren cuyos vagones tuvieron que ser devueltos a las vías en plena noche y una gran fiesta para recibir al año nuevo. Los pasajeros del tren eran casi en su totalidad jóvenes argentinos que como nosotros iban a Uyuni, iban bien preparados de sidra, vino e instrumentos musicales, incluso un saxofón llevaba alguno, y se encargaron de hacer una fiesta que por momentos amenazó de descarriar el tren una vez más.

El grupo de amigos con que pasamos Navidad ahora se había reducido a cuatro argentinos más Jordi. Ellos habían viajado la noche anterior a Uyuni en autobús. Si nuestro tren había descarriado, su bus se había salido de la carretera en plena noche, por suerte al lado contrario del precipicio, y tuvieron que estar seis horas esperando a que alguien fuera a socorrerles. Todos salieron ilesos pero estos lances representaron una buena introducción al transporte en Bolivia.

Eran la 1.30 de la madrugada cuando entrabamos a un hostal básico pero limpio enfrente de la estación del tren. Llovía y hacía frío, pero eso no impedía que hubiera una gran fiesta en las calles de Uyuni a juzgar por el estruendo de tambores y trompetas que traspasaba los muros de nuestra  habitación.

El 2012 empezó mal. Cuando nos levantamos comprobamos que Uyuni era una ciudad fea y fría, nacida como nudo ferroviario y centro militar. La ciudad dormía en la resaca y temíamos no poder conseguir una excursión al afamado salar y la región de Sud Lípez. Los pocos operadores que estaban abiertos no estaban vendiendo excursiones para el 2 de enero, unos decían que porque no tenían combustible para los todoterreno y otros porque los conductores estaban aún borrachos.

Con ese panorama tan poco alentador, cielo gris encapotado, lluvia y frio ya nos estábamos arrepintiendo no haber hecho el tour desde Tupiza el cual era de 4 días en vez de 3 y también mucho más caro. Casi nos estábamos planteando el darnos la vuelta a Tupiza, o yo, que tan enemigo soy de los grandes reclamos turísticos, simplemente continuar el viaje sin ver el salar. Esto último hubiera sido un craso error.

Tupiza, Bolivia

27 de Diciembre de 2011. Tupiza era nuestra primera parada en Bolivia. Era una ciudad pequeña, sencilla y tranquila. Su mayor reclamo para el viajero era el estar situada en un entorno ideal para caminar o hacer excursiones a caballo. Además poco a poco estaban aumentando las agencias que, desde Tupiza, ofrecían tours en vehículos todoterreno del salar de Uyuni y de la región de Sud Lípez. El tour estándar ofrecido era de cuatro días y costaba en media unos 1200 o 1300 bolivianos (130 – 140 euro) con alojamiento y comida incluida. Nosotros, con bastantes dudas, decidimos hacer el tour desde Uyuni.

Tupiza tenía una gran plaza cuadrada y bonita llena de árboles, una colina mirador donde se podía observar todo el pueblo y las impresionantes paredes rojas que lo flanqueaban. Un mercado central que era una explosión de colorido y un amontonamiento de todo tipo de carnes: pollos, trozos enteros de vaca, cabezas de vaca, etc., en venta y sin ningún tipo de refrigeración que aportaban una gran pestilencia al ambiente según iba avanzando el día. También había otro segundo mercado, este situado como en una red de callecitas estrechas y techadas donde se vendían zapatos, ropa, especias, y demás enseres. Finalmente, había también un mercado ambulante al lado de la estación del tren donde lo mismo te podías comprar unas empanadas como un juego de backgammon o un bolso. Queda patente, pues, que el mercado popular y la venta ambulante era la forma de comercio reinante. Pequeñitas viejas de piel curtida y arrugada vestidas en traje tradicional boliviano con falda, mandil y sombrero y sentadas en cuclillas en el suelo eran las vendedoras.

Pasamos un par de días descansando, sin hacer mucho y disfrutando los menús del restaurante de al lado del hostal que por 13 bolivianos (1 euro y medio) te incluía sopa, plato principal y postre. Bueno, además de descansar y relajar, estábamos pasando una gran diarrea que se hizo presente nada más cruzar la frontera. En términos generales la higiene en Bolivia es prácticamente algo inexistente, la forma de manipular y almacenar la comida son aterradoras para el europeo, los baños apestan y salvo rarísimas excepciones no tienen papel higiénico ni jabón para lavar las manos. En estas condiciones es fácil adquirir una diarrea histórica; a nosotros nos acompañaría durante gran parte del viaje por Bolivia.

Socialmente, algo que nos impresionó fue la abundancia de ciber cafés, con la conexión a internet más lenta que se pueda imaginar, y juegos informáticos donde los jóvenes pasaban horas y horas completamente viciados al juego. Después comprobaríamos que era algo normal en todo el país. También observamos un cambio radical, respecto a Argentina, en la actitud ante el extranjero, siendo el boliviano mucho más reservado, parco en explicaciones y numerosas veces mostrando una mezcla de miedo y desconfianza ante el hombre blanco. Obviamente, sobran razones históricas para justificar esta actitud.

Sin embargo, dentro de la propia Bolivia, hay grandes diferencias sociales entre la zona del altiplano, por donde nosotros viajamos, y las zonas bajas de selva y valles. De hecho el nombre oficial del país es: Estado Plurinacional de Bolivia. En el altiplano la población es indígena, más pobre e introvertida y temerosa, con gran devoción por el presidente indígena Evo Morales del que abundan fotos por doquier como baluarte del progreso de la nación y de la mejora de las condiciones de los indígenas. En cambio, la zona de Santa Cruz, según me han explicado, puesto que por allí no viajamos, es más próspera, los habitantes son más blancos o mestizos y más extrovertidos.

Finalmente nos decidimos a hacer una excursión a caballo. Inicialmente contratamos una excursión de dos días, pero rápidamente cambiamos de opinión y lo cambiamos por una de solo un día ya que nuestra experiencia montando era prácticamente nula.

Fue todo una experiencia. Nuestro guía era Cristian, un niño que se empeñaba en decir que tenía quince años ya casi dieciséis pero era evidente que tenía muchos menos. En Bolivia los niños llevan la mitad de los negocios. Cabalgamos por entre formaciones rocosas extravagantes, de las más diversas formas, siempre con una gran variedad de tonalidades de marrones y rojos. Normalmente por cursos de ríos medio secos que se llenaban en las riadas de la estación de lluvias. De hecho, estábamos al inicio de la estación húmeda, y durante una hora nos diluvió pero no interrumpimos la cabalgata. Cristian era el hijo del dueño de los caballos, pero nosotros contratamos la excursión con una agencia por 210 bolivianos el día y persona, unos 3 euros la hora. Supongo que la agencia pagaría la mitad al dueño de los caballos, el negocio del turismo y las típicas agencias que se están procreando como hongos en la lluvia son unos grandes usureros.

Progresivamente Cristian iba azuzando más y más a nuestros caballos para que pasaran del paso al trote y del trote al galope. Yo creo que quería adelantar la hora de llegada. A mí el trote me resultaba muy incómodo y doloroso ya que no lograba adaptarme al ritmo del caballo, sin embargo me encontraba mucho más a gusto en el galope, causaba gran impresión al principio, una sensación de inseguridad y de que con cualquier imprevisto podrías ir al suelo en una caída que podría resultar fatal. Poco a poco, uno se siente más seguro y el miedo deja paso a una sensación de libertad, velocidad y poderío inigualable. A Siobhán le pasaba al contrario, prefería el trote al galope y su caballo era más asustadizo en el cruce con los vehículos.

En la última hora de cabalgata Cristian me dio una ramita flexible con la que azotar al caballo para que pasara galope, y éste obedecía de inmediato. Me sentía seguro. En el último tramo estábamos cabalgando por la vía del tren, mi caballo se lanzó al galope, me sujeté el sombrero de vaquero y abandoné a mis compañeros haciendo mía la vía del tren. Era una sensación única e irrepetible, galopando por una vía de tren en la grandeza del altiplano boliviano. Era dueño de mi caballo y mi destino.

El paso a Bolivia

26 de Diciembre del 2011. A eso de las 3 de la tarde partimos de Iruya en un autobús viejo y destartalado que portaba nuestras mochilas atadas en el techo. Una vez más debíamos repetir, esta vez de vuelta, el sinuoso camino que nos había llevado hasta Iruya. En la intersección del camino de tierra con la carretera principal nos bajamos, así evitábamos los últimos 25 km. hasta Humahuaca, que de otra manera deberíamos de repetir para volver a subir hasta la frontera. Allí esperamos que pasara el próximo bus hasta La Quiaca.

Una hora y media duro el viaje hasta La Quiaca, cruzando el último extremo del noroeste argentino. El supervisor de los tickets iba ofreciendo hojas de coca a los pasajeros. Cuando llegamos a La Quiaca, ciudad fronteriza en la parte argentina comprobamos, como ya habíamos oído, que no es un pueblo en el que te gustaría pasar una noche: frio, alto (3500 m.s.n.m), ventoso, destartalado, y probablemente peligroso. Eran más de las 6 de la tarde y el grupo de 8 personas se dividió en dos. Cinco se dispusieron a cruzar la frontera y viajar directamente a Tupiza, pequeña ciudad al sur de Bolivia. Nosotros, junto a Fernando, un chico de Buenos Aires, tomamos un taxi al pueblecito argentino de Yavi, a unos 20 minutos de La Quiaca, para pasar allí la noche y cruzar la frontera al próximo día.

Nuestro razonamiento fue que si no era recomendable pasar la noche en La Quiaca, menos aún lo era pasarla en Villazón, la ciudad boliviana de la frontera, y como no sabíamos a ciencia cierta si después del trámite de la frontera aun saldrían buses a Tupiza, y si salían llegarían a su destino alrededor de la media noche, tomamos decididamente la opción más conservadora.

Yavi era un pueblecito encantador, ajeno completamente al turismo, sumergido en el tiempo. Todo marrón, paisaje marrón (a excepción del valle cultivado), casas marrones de adobe, calles marrones de tierra. Nos quedamos en la opción más económica, haciendo camping en el camping municipal por 8 pesos por persona (alrededor de euro y medio).

No pudimos encontrar nada para cenar. Esto era algo que ya nos venía pasando desde hacía varios días, y sin lugar a dudas es un fenómeno raro para el viajero o el turista; supongo que nosotros somos una combinación de ambos. Uno está acostumbrado a que la gente se abalance vendiendo cosas, a que sobren las opciones de cosas o de comida para comprar, normalmente a doble precio de lo que pagaría un local, pero, al fin y al cabo, múltiples opciones para consumir. Aquí nadie nos quiso vender nada. Nos miraban como preguntándose qué era lo que estábamos haciendo allí un 26 de diciembre, y nos decían que no tenían comida, que se les había acabado en las fiestas, que fuéramos a preguntar a la casa de al lado. Algo similar nos paso ya en Iruya un par de veces aunque no tan dramático. Al final encontramos unas bolsas de salchichas y gracias a que Fernando llevaba un hornillo para el camping las pudimos cocinar y cenar. Fue una buena cena, sencilla pero en buena compañía y con buena conversación.

A las 11 del día siguiente, el 27 de diciembre, estábamos en una larga cola en la frontera para conseguir el sello de salida de Argentina y el de entrada a Bolivia. Este trámite nos llevaría más de cuatro horas. Nicolás, un boliviano de unos 60 años que vivía en Buenos Aires, nos precedía en la fila. Nicolás estaba bien enojado y nos decía: “esto es para que ustedes vean lo que es el Mercosur, ¡una mierda!, que no les engañen por la tele, ustedes han estado aquí y lo han visto”. Continuaba su enfado diciendo: “Buenos Aires está lleno de bolivianos, muchos de ellos discriminados y explotados con salarios de miseria y jornadas infinitas de trabajo, pero lo que más me duele es que en muchos de los casos es un boliviano quien explota a otros bolivianos, para que vean ustedes.”

En este caso yo no vi tanto problema con Mercosur salvo el de que en la parte boliviana de la frontera solo había un funcionario en una ventanilla sin ningún tipo de prisas lo cual hacia que la fila apenas se moviera un metro cada cuarto de hora. Sin embargo, el trámite se realizaba sin ningún tipo de problema, no solo para los ciudadanos de Mercosur sino también para los de la Unión Europea. Caso distinto era para los ciudadanos estadounidenses que debían pagar una visa que costaba 140 dólares estadounidenses como justa compensación a la visa y problemas que deben afrontar los bolivianos para ir al país de las barras y las estrellas.

Fueron más de cuatro horas en una fila bajo el abrasador sol del medio día en el altiplano boliviano sin una mísera sombra. Este fue el precio que hubo que pagar para entrar en Bolivia, una buena insolación.

Después supimos que la otra parte del grupo que entró al país el día anterior por la tarde no tuvo que esperar ni siquiera diez minutos al no haber nadie esperando en la fila. Pero ellos no vieron Yavi.

Una vez ya en Villazón, nos apresuramos a cambiar los pesos argentinos que teníamos a una tarifa extorsionadora de 1.38 y casi corriendo llegamos a la estación de bus y nos subimos al primero que partía para Tupiza. El viaje de dos horas fue agradable y veloz, disfrutando de un precioso paisaje de fértiles valles y desnudas montañas que ya no era argentino sino boliviano. Todo un nuevo país se extendía ante nosotros y estábamos felices.

Iruya y San Isidro, Argentina

25 Diciembre de 2011. Como ya expliqué antes Iruya es un pueblecito del norte de la provincia de Salta a unos 2500 metros de altitud. Está bien rodeado de montañas y su única conexión con el resto del mundo es un sinuoso camino de tierra que atraviesa cubres y valles y que el bus tarda unas 3 horas en recorrer. Todo el pueblo está en una ladera bien empinada y sus calles están empedradas con cantos e incluso algunas tienen escalones debido a la excesiva pendiente.

A las 11 de la mañana fuimos a la misa de Navidad que duro casi 2 horas. Por lo que voy viendo aquí las misas son mas una reunión social que propiamente una misa. Algo nunca visto por mis ojos fue el hecho de tener un cura orquesta. Él solito se bastaba con su guitarra al cuello para ponerle música a una canción tras otra. Al llegar el momento de dar la paz, hubo una pausa de al menos 10 minutos y el templo se sumió en un caos en el que todos se daban la mano o un beso con todos, dando una impresión de ser una comunidad unida. Muy diferente del escueto apretón de manos con el individuo de al lado que se estila en Europa.

Si están pensando que Iruya es pueblucho aislado y olvidado, se están equivocando pues es todo una metrópoli para los pueblos de alrededor. A eso de la 1 de la tarde decidimos partir hacia San Isidro. San Isidro es un pueblo de unas 50 familias, a 3000 metros de altitud. La única forma de llegar a San Isidro es remontando el cauce de un rio que discurre entre dos gigantes paredes de piedra. Hay un pequeño camino en el pedregal de la cama del rio, que cruza el cauce del rio innumerables veces. La forma de cruzarlo es ir saltando de piedra en piedra. La caminata hasta San Isidro dura unas 3 horas, y se puede aligerar algo si se lleva un burro.  Sobra decir que cuando el rio crece y todo el cauce se llena, el pueblo queda aislado.

Cuando ya estábamos medio cansados de cruzar el rio una y otra vez, y muchos de nosotros ya llevábamos los pies bien mojados al caer al rio en alguno de los imposibles cruces, vimos a una joven familia que bajaba hasta Iruya, la mujer con el niño pequeño en brazos.

Al escalar la senda que lleva del cauce del rio a la entrada de San Isidro escalando la vertical pared nos encontramos a una pareja de ancianos con su burro. Intentamos hablar con ellos y pedir una foto de ellos pero se negaron. Al llegar arriba, al inicio del pueblo, encontramos a Lisandro, un hombre de 60 años que ha vivido toda su vida en San Isidro. Nos puso un poco al día del estado del pueblo.

Lisandro nos contó que la electricidad había llegado solamente hacía un año, y que si alguien necesita un médico hay que llevarlo en brazos o en hombros hasta Iruya. El pueblo se dedica principalmente a la agricultura, pero las tierras se encuentran al otro lado de la montaña y se necesita casi una hora para llegar a ellas. El pueblo cuenta con unas 200 hectáreas de tierra cultivable, lo que da un promedio de unas 4 hectáreas por familia. Sin embargo todas las tierras son propiedad comunal y si alguien no tiene tierra o necesita un poco más, solo tiene que hacer una petición al presidente de la Junta.

Para el almuerzo, una mujer de San Isidro nos preparo en un santiamén unas 100 deliciosas empanadas para todo el grupo, a razón de dos pesos por empanada.

A la vuelta, y ya casi a la entrada de Iruya vimos un pequeño corralito con unos cabritos recién nacidos, nos acercamos y entonces un pequeño niño que estaba jugando nos dijo que las cabras eran suyas y de su familia. El niño era Josué, de 7 años. A Josué le gustaba mucho hablar, al tiempo de seguir jugando. Parecía muy maduro para su edad. Nos preguntó qué de donde éramos y qué hacíamos allí. Nos dijo que solo había salido dos veces de Iruya, una de ellas a San Isidro, el cuál le parecía más divertido que Iruya. Nos contó además todo lo referente a su clase de la escuela, las notas que había sacado y las que habían sacado sus amigos.

Finalmente estábamos de vuelta en Iruya y así acababa la Navidad del 2011.

Navidad en los Andes, parte 2.

25 de diciembre de 2011. La fiesta de Nochebuena resultó ser divertidísima y única. Nos reunimos en la terraza de una casa familiar todo el grupo de viajeros que durante los últimos 6 o 7 días nos íbamos encontrando aleatoriamente en la ruta. Llegamos a ser 18; 14 argentinos, 2 españoles, una irlandesa y una francesa.

La cena fue buenísima, cocinada por las mujeres de la casa de huéspedes. Al lado de nosotros, en la cabecera de la mesa se sentó el abuelo de ochenta y tantos años. Nos explicaba que él trabajaba con el médico del pueblo para ayudarle en las salidas a la montaña para visitar los enfermos; decía que él conocía todas las montañas alrededor de Iruya como la palma de su mano. “Tengo los hijos repartidos por Buenos Aires, Mendoza y Misiones. Pero yo Iruya no lo cambio por nada” añadía el abuelo.

Pero el principal atractivo de la fiesta era una gran cantidad de niños bien salados de entre 3 y 10 años que yo no sé como también se congregaron en la terraza. Eran todo un espectáculo, estaban locos, hiperactivos quizás por la excitación de la fiesta. Durante más de 3 horas no pararon de correr ni de tirar los más diversos tipos de petardos y fuegos artificiales. Parecía que Daniel, de 3 años, era el jefe de la pirotecnia. Aún no me puedo explicar cómo no ocurrió ninguna desgracia. Toda la escena era algo inaudito para mí, completamente irreal.

Navidad en los Andes

24 de Diciembre de 2011. Sin darnos ni cuenta la Navidad ha llegado. Es difícil sensibilizarse con el espíritu navideño con el calor y los días largos del pleno verano. No hay dudas de que la Navidad tiene muchísima menos repercusión en este lado sur del globo. Aunque los medios de comunicación, que aquí son tan malos como en cualquier otro lugar del mundo, llegando la “telebasura” a estar prácticamente a los niveles de la tele italiana, no dejan de bombardear con noticias relacionadas con las compras navideñas en los grandes centros comerciales de Buenos Aires, no dejan de enseñar imágenes de gente con media docena de bolsas de papel en cada brazo con las grandes marcas de perfume o de alta costura. Un bombardeo constante para tratar de imponer el espíritu navideño hasta en los pueblos más remotos de la argentina. No me refiero a la Navidad cristiana que esa ya se les impuso hace 500 años, sino a la navidad de Santa Klaus, los árboles de Navidad, la nieve, el consumismo y demás tópicos navideños que el mundo anglosajón y sobre todo el imperio yanqui hace tiempo ya exportaron con éxito en otras regiones del hemisferio norte.

Pero aquí ni nieva, ni hay Santa Klaus, y los típicos abetos tienen que ser de plástico. La Navidad tal y como la conocemos hoy se inventó para el invierno, para sacar de la depresión a los habitantes de los países del norte que soportan largos inviernos fríos y grises así como para multiplicar el consumismo que a su vez es la base del capitalismo.

Iruya es un precioso pueblito del norte argentino en la provincia de Salta a 2800 metros sobre el nivel del mar, a pocos kilómetros de Bolivia, completamente rodeado por las verticales montañas de los Andes hasta tal punto que el único enlace con el resto del mundo es un sinuoso y zigzagueante camino de tierra y piedras que debe ascender hasta cumbres de 4000 metros de altura para después bajar a profundos valles para después volver a subir a las cumbres. Son casi cuatro largas horas de viaje, no apto para cardiacos ni sufridores de vértigo, lo que separa Iruya de la carretera asfaltada más cercana. Pues bien, incluso aquí en Iruya, la modesta familia en cuya casa nos hospedamos tiene un modesto árbol de Navidad pequeñito, y al lado hay una botella de cava y un bizcocho, parece que esos serán los únicos regalos del lapón Papa Noel para toda la familia.

A parte de los incipientes árboles navideños y de la bien asentada ansia por comprar, sobre todo en las capitales y en especial Buenos Aires,  puedo observar que la Navidad carece aquí de ese componente sentimental familiar y hogareño tan arraigado en el hemisferio norte. Jóvenes argentinos, y no tan jóvenes aprovechan ahora para viajar donde quiera que sea pero lejos de casa, y es que señores, que otra cosa se podría esperar, aquí es puro verano.

Esta mañana en el caótico autobús que nos trajo hasta los confines de la civilización se sucedieron las más pintorescas estampas que yo observaba con envidia. En cierta ocasión, el bus paró en medio de la nada, se abren las puertas y una mano bien negra y huesuda alarga un gigantesco fardo de preciosas flores del campo, los pasajeros ayudan y lo recogen, y a continuación otro fardo más, y otro más, así el pasillo del bus se lleno de preciosas flores. Acto seguido, sube a trompicones una viejecita con su hermoso sombrero de paño negro. En otra ocasión, la escena fue bien parecida, solo que la mercancía era un gran fardo de frescas y grandes zanahorias.

Dentro de media hora vamos a subir hasta la otra punta de nuestra empinada calle empedrada hasta la casa donde se alojan un grupo de amigos para cenar unas empanadas caseras, un asado y vino local.

Cachi, Argentina

18 de Diciembre del 2011. Teníamos dos opciones para continuar la ruta desde Cafayate. La más fácil y corta: ir directamente a Salta, la capital. Más fácil porque la carretera era mejor y abundaban los autobuses y taxis que las conectaban. La más difícil y larga: desviarse siguiendo la ruta 40 hasta Cachi, haciendo noche en Cachi para el día siguiente llegar a Salta.

Nos atraía mucho más la opción de Cachi. El problema era que en un tramo de 45 km de los 170 km entre Cafayate y Cachi no había línea de autobús. Aún a sabiendas de que el extorsionador que nos había llevado los dos días anteriores pensaba seguir la ruta de Cachi nos quedamos rezagados a propósito un día más en Cafayate porque no queríamos mas cuentas con él.

El plan era probar suerte haciendo dedo y si no la había quizás solo tomar el bus hasta el final de la línea y después ya se vería lo que se hacía con esos 45 km sin conexión. La fortuna nos sonrió cuando encontramos desayunando en la plaza de Cafayate a una pareja de brasileños que iban a conducir hacia Cachi. Ya habíamos hablado con Carolina y Artur un par de veces anteriormente en la quebrada y en las cascadas de Cafayate y como se dice en Argentina “llevaban muy buena onda”, eran majos, simpáticos y divertidos. Pasaríamos dos días fantásticos en su compañía. Remarcable fue la pericia de Carolina al volante que nos llevo por unos paisajes de los mejores que haya visto nunca.

La ruta 40 pronto pasó de carretera asfaltada a camino de tierra y nos regaló vistas de las montañas nevadas, valles pedregosos de ríos secos, quebradas y cerros con tierra de los más diversos colores. Uno de los parajes más rurales y apartados que vimos en la Argentina. Casitas de adobe perdidas en medio de la nada con unas pocas cabras alrededor como único sustento a sus moradores. Pequeñas ermitas meticulosamente encaladas y cuidadas al borde del camino en el que no había ni un alma en decenas de kilómetros a la redonda.

Así transcurrieron más de cien kilómetros de la ruta 40 en estado de camino rural hasta que llegamos a Cachi.

Cachi es un pueblecito bien coqueto y metido en las montañas. Rodeado de viñedos y con una preocupación extrema por la limpieza y el cuidado de sus calles. Poco tocado por el turismo.  Admiraba el ritmo y modo de vida de sus habitantes. Todos estaban tranquilos, relajados y al mismo tiempo metidos en sus quehaceres diarios. Los niños jugaban en la arboleada plaza. Todo un sueño de pueblo.

El día siguiente continuamos el camino a Salta. El paisaje seguía dejándonos boquiabiertos, ascendimos la “cuesta del obispo” a mas de 4000 metros para después descender hasta una planicie rocosa que formaba el Parque Nacional de los Cardones. Ejércitos de cactus gigantes inundaban las llanuras con las montañas al fondo. Las llamas campaban a sus anchas. El cielo era azul, un azul que solo se observa a elevadas altitudes, y las nubes eran de algodón, blanco puro.

Cafayate, Argentina

17 de Diciembre de 2011. Cafayate debe su fama sobre todo a la quebrada de Cafayate, pero además es una bonita población de unos 5000 habitantes con impresionantes vistas a las montañas que se alzan a su espalda. También es cuna de unos de los mejores vinos argentinos, sobre todo blanco variedad torrontés y tinto variedad malbec, y sede de potentes bodegas.

La quebrada es una formación de decenas de kilómetros donde las montañas y rocas de los más variados tonos marrones modeladas por la erosión componen las más extrañas formas en un paisaje tan surrealista que parece lunar.

En Cafayate, decidimos quedarnos una noche más y separarnos de la pareja español-argentina con la que veníamos viajando los dos días anteriores. Ella, llena de simpatía e inocencia. Él, un machista y pesetero, teleco y de Madrid, que únicamente nos vio como una fuente de dinero para pagar su coche. Se había propuesto exprimirnos y lo consiguió, aunque pronto el destino nos resarciría de esta mala experiencia con creces.

Quilmes, Argentina

16 de Diciembre de 2011. Hace mas de mil años Quilmes ya existía. No era ni el Quilmes ciudad justo al sur de Buenos Aires ni su homónima cerveza Quilmes, la cerveza preferida de los argentinos o la cerveza del encuentro, como su publicidad, muy buena por cierto, propaga.

Quilmes era un poblado, o más bien una raza indígena los Quilmes, que habitaban en las faldas de los Andes, entre los actuales Amaicha y Cafayate. Eran un pueblo próspero, con una compleja organización social y militar. Quilmes estaba, y sus ruinas están, asentado en la ladera de una montaña formando como un triangulo equilátero en un lugar tan privilegiado como impresionante. En el vértice superior, ya bien arriba en la montaña en el punto mejor protegido, se encontraba la casa del jefe de la tribu. Los otros dos vértices inferiores se erigían al final de unas aristas que bajaban de la montaña ideales para proteger el poblado por los flancos y para las labores de vigía. En el centro y parte inferior se situaba el poblado y las tierras de cultivo.

Los Quilmes, permanecieron como una tribu independiente con una cultura floreciente y señores de su terreno hasta la invasión del imperio inca. Si bien, como sus descendientes nos contaban en la visita a las ruinas, esta conquista se la llamó conquista cultural, porque no fue violenta, fue más bien una anexión al poderosísimo imperio inca con la consecuente penetración de la cultura inca en Quilmes.

Aproximadamente un siglo después de la conquista inca, sobrevino la conquista española que supondría la aniquilación de la raza Quilmes y el abandono de la población. Los Quilmes se opusieron valientemente a la conquista española, y de hecho aguantaron durante varias décadas el avance de los españoles, pero finalmente fueron derrotados. Los nuevos señores del continente Sudamericano enviaron a más de 2000 indios Quilmes como esclavos al puerto de Buenos Aires. Los transportaron cruelmente encadenados y caminando los 1200 km que les separaban de Buenos Aires. Apenas una cuarta parte llegaron vivos al puerto de Buenos Aires.