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Sobre Iguazú y como hacer frente a un jaguar. Parte 2.

Bueno y ya sin más dilación, centrándonos en el tema que nos ocupa. Si el lector espera que yo, el escritor, realice aquí una descripción de las cataratas del Iguazú, en ese caso es pera mal. ¿Cómo podría describir yo la belleza infinita? Me faltarían palabras, seguro que yo no las tengo, y probablemente no las haya. Quizás si hablara el idioma de los indios guaraníes que cuenta con varias decenas de palabras para referirse a lo que nosotros llamamos verde, existiendo para cada sutil matiz del verde detectable por sus ojos una palabra distinta. Quizás en este supuesto dicha empresa sería más asequible.

Para presentar un croquis barato de la situación podría decir que el rio Iguazú se despeña por un desfiladero formando las cascadas más largas del mundo. En el punto máximo de su magnificencia se encuentra la garganta del Diablo donde el agua produce un ruido ensordecedor y da vértigo incluso mirarlo. Grandiosa potencia la de la naturaleza. Todo ello rodeado de la más exuberante selva.

La selva es impresionante, al entrar dentro se puede sentir una realidad paralela, es como pasar a otro mundo. En la administración del parque nos dijeron que existía un sendero, llamado sendero Macuco, de unos 7 km. de longitud que discurre a través de la selva hasta un ramal pequeño (entiéndase pequeño en comparación con las dimensiones gigantescas de las que nos estamos ocupando) de las cascadas. Nos avisaron que este sendero carecía de servicios de ningún tipo y que el turista se adentraba por su cuenta y riesgo. Que además existe la posibilidad de encontrar serpientes venenosas, jaguares y pumas.

Muy chistosamente repartían unos folletos informativos para informar de los pasos a seguir en el caso de encontrar a un jaguar. Si mal no me falla la memoria, algunas técnicas a seguir eran: hinchar o inflar al máximo tu ropa o chaqueta para que el gran felino crea que somos un animal de mayor envergadura, truco para engañarlo haciéndole pensar que somos nosotros también temibles; nunca huir ni correr ni dar la espalda al gatito ya que ellos están programados para perseguir y ya se sabe quien ganaría en la carrera. También ayudaría según el dichoso folleto hablar calmadamente pero en voz alta para que lo tome una muestra de nuestra amenaza y seguridad. No olvidar mirarlo a los ojos. Me estudie bien el manual de encuentro con el jaguar y mentalmente intentaba visualizar la situación cuando dicho encuentro se produjera, lo que haría el gatito, lo que haría yo. Como no me terminaba de convencer el tema me eche la navaja Opinel número 10 en la mochila, ingenuo yo, como si nada de todo eso sirviera para algo si un felino 3 veces mayor que yo sé abalanzara sobre nosotros.

Pasados ya más de 3 kilómetros selva adentro los cuales habíamos caminado con más miedo que un niño en la casa del terror, empezamos a sentir un ruido proveniente de la jungla, algo caminaba hacia la senda e iba moviendo la vegetación en su avance. El fatal encuentro con el jaguar o puma que tanto temíamos pero que casi estábamos esperando se avecinaba.

De repente una pareja de dispuestos coatíes, un bicho del tamaño de un perro mediano, salió de la cerrada vegetación y continuaron andando por la senda sin hacernos ni caso.

El susto fue tan grande que decidimos inmediatamente que nuestra primera aventura de exploradores de la jungla había acabado. Visto así parece muy inocente, pero como ya dije, la selva impone.

Sobre Iguazú y como hacer frente a un jaguar. Parte 1

Eran las 13.30 del 28 de noviembre cuando llegamos a Puerto Iguazú después de un viaje de casi 20 horas en ómnibus desde Buenos Aires. Nuestro objetivo no era otro que el de ver las famosas cataratas del Iguazú de las que tantas maravillas se hablan.

No obstante, prácticamente desde el momento en que llegamos ya quería salir de allí. Puerto Iguazú es la ciudad argentina más cercana a las cataratas que comparten de un lado Argentina y de otro lado Brasil, este último país contando con Foz de Iguaçu como ciudad de acceso.

Pues bien, Puerto Iguazú es más bien feo en mi opinión. Lo digo así porque me viene a la cabeza un pasaje en una clase de finanzas en el University College Dublin donde el profesor, que dicho sea de paso era todo un carácter, espetó una frase un tanto polémica. Y continuó diciendo, esto es en mi opinión, y como es en mi opinión tengo razón en lo que estoy diciendo. Me remito yo ahora a ese su razonamiento para justificarme.

Una ciudad destartalada y bastante sucia, con bastante miseria y nada remarcable en los paseos que dimos por sus calles. Una explicación puede ser que no se necesita nada bello y decente allí pues los turistas continuaran llegando en hordas para admirar la exagerada belleza de las cascadas en medio de la jungla.

Fue nuestro primer contacto, y me refiero al primero en toda nuestra vida, con el trópico y con la selva. Para mi fueron imponentes. Es una sensación difícilmente descriptible, primero de todo el calor sofocante. Donde yo me crié fácilmente se alcanzan temperaturas bien por encima de los 40 grados centígrados en el tórrido estío, Pero esto era otra cosa. Aquí el problema era la sofocante humedad mezclada con un sol que arrojaba sus rayos impenitentes justo encima de la cabeza. Me llamo la atención como mi cuerpo no hacia sombra y es que el sol está bien perpendicular a la superficie, justo arriba en una recta vertical que va de pies a cabeza y acaba en el astro rey, impresionante. Tampoco nunca antes había visto esto, y es que a poco que se observe se observan multitud de detalles nuevos en estas latitudes del globo también nuevas para mí.

El calor oprimía y el sudor encharcaba, mas aun cuando por miedo a malaria y dengue, existentes en la región decidí vestir ropas de manga larga para evitar las picaduras de todo tipo de insectos. El mosquito que contagia la malaria solo pica por la noche y sobretodo alrededor del alba y atardecer, mientras que el mosquito que contagia el dengue lo hace durante las horas de luz. No obstante, oí que solo un mosquito de cada millón está infectado, por lo que una picadura no es sinónimo de enfermedad.

En este mi primer lance tropical recordé las palabras de Nicolas Bouvier en su libro El Pez Escorpión, donde contaba su viaje estático, o más propio sería decir estancia, en la isla de Ceylán, conocida en nuestros días como Sri Lanka. Bouvier escribía que nadie en la isla hacía nunca nada, los días de sus habitantes se consumían tristemente entre el tedio del zumbido de los insectos resguardándose como podían de la mirada del sol. Y es que el calor era una losa demasiado pesada para llevar a las costillas, el mejor anulador de voluntades. Decía el escritor suizo, que no importaba que uno saliera por la mañana de su casa con las mejores intenciones para el día, con el mejor proyecto creativo, brillantes ideas… no valía de nada, ya que se derretían en cuestión de segundos. El opresivo calor tropical anula la voluntad del individuo, hace posponer e incluso olvidar lo que se pretendía hacer. Al menos esto es lo que cuenta Bouvier en su libro y yo con mi propia experiencia le di la razón.