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La isla del Sol y el lago Titicaca, Bolivia

19 de enero 2012. A eso de la una y media de la tarde partíamos hacia la isla del Sol, uno de los lugares más sagrados del todo el imperio Inca, pues los incas creían que el Sol nació en esta isla del lago Titicaca. A su vez, también creían que la Luna nació en la pequeña isla de la Luna, también en el lago Titicaca.

El viaje en lancha por el lago Titicaca desde Copacabana duró unas tres horas. En la lengua Aimara “Titi” significa puma y “Kala” significa piedra, por lo que una posible traducción del nombre del lago podría ser “la roca del puma” aunque otras interpretaciones se inclinan más por un significado como el de “piedra fundamental”. El lago Titicaca, que se encuentra en la frontera entre Bolivia y Perú, es el lago navegable más alto del mundo y el lago de mayor extensión en toda Sudamérica. Nosotros nos decidimos por viajar al puerto norte de la isla del Sol ya que es en la parte norte donde están las ruinas del templo del Sol y también es aparentemente la que ofrecía un turismo alternativo y más económico.

Después de quemarme con el fuerte viento en el barco y la potencia del sol a unos 4000 m.s.n.m (cuando el sol brilla fuerte la fina atmosfera no es capaz de absorber tanta radiación ultravioleta como a nivel del mar) y una vez llegados a la isla caminamos hacia la playa de Cha’llapampa que está al otro lado del puerto del asentamiento o población de Cha’llapampa. La playa estaba absolutamente llena de tiendas de campaña en su mayoría de jóvenes argentinos que aprovechaban de la libertad de acampada. Inicialmente me arrepentí de haber dejado nuestra carpa en Copacabana ya que el ambiente en la playa, a pesar de habernos sido asegurado que abundaban los hurtos, parecía bueno pero enseguida me percate que el frío durante la noche debería ser glacial: estábamos mas de mil metros por encima de las heladas noches que pasamos en Cachi o Yavi, en el norte de Argentina.

Así, nos encaminamos a un hostal en el que se habían quedado hacía pocas noches Matías y Virginia y el cual nos habían recomendado. Estaba un poco lejos, a mitad de camino entre Cha’llapampa y las ruinas del templo del sol, por una senda bien estrecha que dejaba a un lado la pendiente a la parte alta de la isla y al otro lado hermosos paisajes pendiente abajo con pequeñas terrazas para los cultivos, casas de los campesinos y la gran playa de Cha’llapampa junto con otras pequeñas calitas con pintorescas barcas de pescador varadas.

Una vez asentados en el hostal que como nos habían informado tenia vistas espectaculares y no tenía luz eléctrica volvimos a Cha’llapampa para explorar el poblado e investigar que opciones había para la cena. Lo primero fue pegarnos un baño en el lago Titicaca al llegar a la playa de Cha’llapampa ante la atónita mirada de unas chicas argentinas que indudablemente pensaban que estábamos locos. Yo no tenía ninguna duda de que me iba a bañar en el lago navegable más alto del mundo que además resultaba que era el lago sagrado de los Incas, faltaría más, como si uno fuera por allí todos los días. En situaciones como esta en la que la mayoría de personas sensatas procedentes de climas cálidos o templados les puede el miedo o la pereza yo siempre digo: seguro que no está más fría que cuando me bañaba en las costas irlandesas. Con esa única verdad en la mano me di el ansiado chapuzón en el lago donde nació el Sol, y evidentemente, Siobhán, irlandesa, se bañó tranquilamente.

La luz brillante y calma de la tarde se palpaban especialmente desde el embarcadero de madera del puerto de Cha’llapampa sobre las aguas cristalinas del lago.  Dimos una vuelta por el pueblo, de humildes casas de adobe. Las opciones para la cena eran pocas, muy pocas, y en cualquier caso el principal dilema era escoger entre algo básico y económico y algo básico y caro. Federico, un argentino que conocí en Sorata y me volví a encontrar acampando en la playa, me dijo que había una pareja de viajeros argentinos que se había alquilado una cabaña de adobe y daban cenas por encargo a unos 15 bolivianos por persona. Los buscamos y cuando los encontramos nos dijeron que esa noche era la última noche ya que la comunidad se había quejado de que unos extranjeros sin licencia turística estuviera haciéndoles la competencia a ellos, locales también sin licencia turística. Dejamos apalabrada la cena a eso de las 8, en realidad a las 8 era lo que nosotros queríamos pero se ellos se quedaron más con la idea de las 9.

Eran casi las 6 y ya estaba cayendo la noche y empezaba a hacer frío, teníamos ya bastante hambre. Volvimos al hostal para matar el tiempo. Como en el hostal no había luz eléctrica y el hambre cada vez gritaba más, poco después de las 7 ya estábamos de vuelta pensando optimistamente que algo habría de cena. La luna era nueva y la noche era tan oscura como la boca de una mina, no era fácil ir a tientas por esa senda angosta pero al menos nos guiaban la luz de las fogatas en la playa, sin embargo sería más dura la vuelta. Nos planteamos incluso quedarnos en el hostal sin cenar y no volver para evitarnos el peligro y el frío pero finalmente dado que ya los argentinos contaban con nosotros nos decidimos a bajar a Cha’llapampa.

La sorpresa fue que cuando llegamos a la caseta de adobe la cena estaba aún en proceso de preparación sin pinta de que estuviera lista en menos de una hora. Le dijimos que no contaran con nosotros. Finalmente acabamos en un restaurante más para el turismo atendido por locales que no acababan de centrarse en los pedidos ni en la cuenta ni en nada, estaban como absortos en otro mundo, como fuera de lugar. El filete de carne que pedí era más pequeño que el culo del vaso donde me pusieron el agua, no confundan esto con una exageración, es un dato verídico. Cuento estos pasajes para dar una idea de cuán dura era la vida en este lugar obviamente más aún para los locales pero también para los viajeros.

Con menos hambre que bajamos pero con más oscuridad y frio volvimos al hostal ayudándonos un poco con la luz del móvil cuya batería murió definitivamente a mitad de camino. A la mañana siguiente salimos bien temprano, a eso de las 6, con todas nuestras pertenencias con la intención de cruzar caminando toda la isla del Sol de norte a sur y volver a Copacabana desde el puerto sur de la población de Yumani.

El panorama era espectacular, estábamos llegando a las ruinas del templo del sol justo en el momento del amanecer, la luz era clara y la inmensidad del lago se mostraba en todo su esplendor. Observamos la piedra sagrada donde según los aimaras nació el Sol. Cuenta la leyenda que los antiguos habitantes de la isla estuvieron en mundo privado de luz durante numerosos días, cuando ya estaban atemorizados de vivir en la oscuridad el resto de sus días el Sol, o Inti que es la deidad andina identificada con el Sol, con toda su luz nació de esta piedra.

Continuamos por un sendero que cruza la isla de norte a sur por su vértice más alto a unos cientos de metros sobre el nivel del lago Titicaca. Era como la columna vertebral de la isla y se podía observar sus costas y pequeñas calas a un lado y otro. Este sendero de piedra está fuertemente guardado por las comunidades locales, que fueron sus constructores y conservadores, y cuenta con numerosos “peajes” para turistas para aportar una ayuda económica a los pobladores autóctonos de la isla. Aproximadamente  en la mitad se cruzan las ruinas de Challa, el tercer núcleo más poblado de la isla, en sitio arqueológico de Ch’uxuqullu en el que se encontraron restos de pre-cerámica con más de 4000 años.

Finalmente se llega al extremo sur de la isla en el asentamiento de Yumani, que es en el que se encuentra la oferta turística más chic, cuenta con unas mejores instalaciones y viviendas más lujosas y adaptadas a los visitantes. Yumani está bien conservado y con buen gusto en mi punto de vista pero al mismo tiempo el enfoque tan intensivo en el turismo con vendedores de artesanía por doquier, nativos en atuendos típicos para ser fotografiados, restaurantes-pizzería etc., etc., le hacen perder la sensación de autenticidad que tenía Cha’llapampa.

Para bajar hasta el puerto había que descender varios cientos de metros por unas empinadísimas escaleras de piedra, conocidas como “La escalera del Inca” y abajo a nivel del mar se encuentra “La fuente del Inca” (es de señalar que, en la civilización Inca, al referirse al Inca en singular se quiere decir el Emperador de los Incas).

Eran sólo las 10 de la mañana pero ya no nos movimos de la cala cuyo único punto de salida era volver a subir la escalera del Inca ya que estaba completamente encajonada en acantilados. Matamos la mañana leyendo y tomando el sol y un último baño en este lago sagrado. Unos argentinos nos ofrecieron compartir el precio de una barca hasta la isla de la Luna pero decidimos quedarnos a descansar allí tranquilamente.

Resultó que el precio del barco de vuelta era el doble del precio del de ida, lo cual a mi entender era una óptima estrategia ya que costara lo que costara uno tenía que salir de allí. Intente discutir y quejarme un poco con los vendedores de billetes lo que obviamente resultó completamente infructuoso dada la apatía general tan común en aquella región, ya les podrías esgrimir los más poderosos y acusantes argumentos que ellos ni se inmutan. En realidad la situación era la siguiente: ellos me explicaron a regañadientes que el servicio de ida lo prestaba una compañía privada de Copacabana pero no tenían permiso de las comunidades de la isla para embarcar a pasajeros de vuelta. Por su parte, el servicio de vuelta era prestado y gestionado por las comunidades locales y los beneficios distribuidos entre ellos, que a su vez no podían embarcar a pasajeros en Copacabana por lo que tenían que volver de vacío. Como ellos estimaban que merecían más el dinero que una compañía privada (cosa que nunca puse en duda e incluso apoyé y apoyo) decidieron cobrar el doble, eso sí sin previo aviso; por no mencionar que los turistas recién llegados, nada más poner el pie en tierra, eran obligados a pagar una tarifa por pisar la isla.

Yo intentaba hacerles ver que entendía su posición pero sería conveniente avisar en tierra firme de que la vuelta costaba el doble para que el viajero tuviera todos los elementos de decisión para planear o no planear su viaje a la isla. Era gastar energía tontamente, como hablarle a una pared.

Finalmente retornábamos a Copacabana y volvimos a La Cúpula a pasar la noche. Compramos los boletos para el día siguiente que nos llevarían al corazón del imperio Inca, la ciudad de Cuzco, en Perú. Apurábamos las últimas horas de este mes en la fantástica Bolivia, país lleno de contrastes y diversidad, de gentes calladas y mirada perdida. Me iba con la sensación de haber descubierto, que no conocido, sino mas bien explorado a vista de pájaro, un país complejo y maravilloso.

Copacabana: a orillas del lago Titicaca. Bolivia

17 de enero de 2012. Dejábamos ya definitivamente de La Paz. Como durante la mañana habíamos tenido ya un viaje de tres horas desde Coroico, mas otra hora cruzando La Paz de punta a punta decidimos elegir el bus que tuviera pinta de más lujoso para el viaje a Copacabana, como premio tuvimos el placer de ver una peli de Arnold Schwarzenegger de la década de los 80 o quizás de los 70. Aparte de la película lo más curioso del viaje fue cuando tuvimos que bajar del bus para cruzar en barca una rama del lago Titicaca llegando así hasta la península, cuyo istmo pertenece ya a Perú, donde se encuentra el pueblo de Copacabana, y digo que fue curioso porque no solo nosotros cruzamos en barca sino que el bus también. Era una pena que ya se estaba haciendo de noche porque con la poca luz que quedaba se vislumbraba un paisaje espectacular.

Llegamos ya de noche a Copacabana, chispeaba y hacía mucho frio. Buscamos una pensión, que resultó ser bastante cutre, cerca de la plaza principal con el propósito de tomarnos el siguiente día de descanso y encontrar un hotel más lujoso para tratarnos bien aprovechando que ya quedaba poco en Bolivia donde los precios eran más baratos que en Perú. Encontramos el hotel la Cúpula que por menos de 20 euros tenía una habitación encantadora sin lujos ostentosos pero con todo lo que uno podía necesitar, incluso había papel higiénico en el cuarto de baño. Además tenía unas vistas fantásticas al lago Titicaca y del monte del Calvario en cuyas laderas se encontraba. La Cúpula también contaba con una acogedora área común llena de gatitos pequeños, con una amplia y buena colección de películas en DVD, con una linda cocina y bien cuidados jardines. En La Cúpula conocimos a una madre e hija argentinas, una pareja de holandeses y otra pareja israelí que nos intentó convencer de unirnos a ellos en una excursión a Machu Pichu.

De Copacabana me encantó la plaza principal con su imponente basílica blanca de estilo morisco en cuya entrada se dan las pintorescas  bendiciones de movilidades, es decir de los taxis y vehículos de transporte. Además es de destacar su mercado donde ni una mañana me perdí el caos del típico desayuno de api con buñuelos, sentado en las banquetas compartidas con familias de bolivianos y finalmente siendo siempre echado después de diez minutos. Tal era la demanda y el poco sitio que la vendedora directamente invitaba a largarse al que se demorara un poco para hacer hueco a nuevos clientes. La otra parte del mercado, separada del comedor por una doble puerta, estaba dedicada a la venta de frutas y sobre todo de cualquier tipo de carne con grandes pilas en los mostradores de animales sacrificados. El aire estaba cargado de una pestilencia que daba ganas de vomitar. En general la mayor parte del pueblo tenía bastante encanto y se conservaba bastante auténtica con la excepción de las calles cercanas al lago que rebosaban de explotación turística de mal gusto.

Compramos  los boletos para la barca a la isla del Sol para el próximo día y después decidimos irnos a cortar el pelo. Yo conseguí un corte por 15 Bolivianos (menos de 2 euros) en un peluquero de caballeros que tenía graciosamente dibujado cada corte posible en una hoja de papel, empapelando así toda una pared del local. Sinceramente el corte de pelo no fue tanta catástrofe como yo esperaba pero sin embargo tuve la impresión de estar experimentando la lo que sienten las ovejas cuando son esquiladas. Después, Siobhán fue a una peluquería de señoras y, para mi sorpresa, su corte costaba 5 Bolivianos menos que costó el mío aunque también el resultado final fue incluso un poco más divertido.

Para la puesta del sol subimos al monte del calvario, lo que resulto ser precisamente eso: un calvario. Estaba más alto y más empinado de lo que parecía y al subir con el tiempo escaso para ver al sol de ponerse desde arriba aceleramos la marcha lo que resultó en un gran sofoco: no hay que olvidar que estábamos a casi 4000 m.s.n.m. Al llegar arriba observamos cómo los últimos vendedores de refrescos, botellas de agua y artesanías estaban ya recogiendo sus pertenencias y tirando las grandes bolsas de la basura de todo día por los acantilados. Este acto es solo una pequeña representación de la actitud en Bolivia respecto al medio ambiente. Al poco se me acercó un niño que no debía pasar de los 10 años:

“Señor, señor, tengo una importante y mala noticia que darle” – me dijo.

“¿Y cuál es la noticia? – le contesté, casi ya anticipando el juego.

“Que anoche cayo un rayo muy cerca de aquí” – me respondió.

Yo casi sin prestarle demasiada atención le agradecí la noticia y continué haciendo unas fotos. El color rojizo del sol poniéndose en los tejados del pueblo a orillas del lago era impresionante. Al rato el mismo niño se acerca a Siobhán:

-“Señora, señora, si me da un boliviano le digo donde cayó un rayo anoche, es una información muy importante”

Coroico y los Yungas: el Camino de la Muerte, Bolivia

15 de enero de 2012. Era domingo y hacía un día esplendido. Paramos a un taxi para que nos llevara a las afueras de la ciudad donde salían los buses hasta Coroico. Nos quería cobrar más de lo que nos habían dicho que costaba. En esas pasaba una de las locas furgonetas para transporte público cuyo letrero de cartón con letras luminosas indicaba el lugar donde queríamos ir y sin pensarlo dos veces saltamos adentro tan pronto como la puerta corredera se abrió.

Nos esperaba un viaje de unas tres horas a Coroico por la nueva carretera sustituta de la conocida como “Camino de la muerte” o “la carretera más peligrosa del mundo”. Entonces podríamos decir que la nueva carretera se podría llamar: “la segunda carretera más peligrosa del mundo”.

Coroico es un pueblo mediano que se encuentra en la zona de la yunga ya de camino a la pura selva de la amazonia del departamento de Beni. Coroico está a una altitud de unos 1500 m.s.n.m de ahí que su selva sea selva de montaña, conocida como yunga, y a orillas del rio Kori Huayco que va a desembocar al poderoso rio Beni. Es un destino muy popular para mochileros debido a la espectacularidad de su paisaje y de la suavidad de su clima, sin ser puramente caluroso tropical ni tampoco el frío del altiplano debido a encontrarse a una altura intermedia.

Habíamos medio quedado con los chicos argentinos que se hospedaban en nuestro hostal en La Paz en vernos en Coroico ya que ellos también tenían el mismo plan que nosotros. Finalmente, gracias a las indagaciones de los chicos acabamos todos compartiendo una casita en las afueras del pueblo ya en la propia ladera del precipicio al valle del rio. Desde la terraza de la casa se disfrutaba de unas vistas espectaculares al valle del rio encajonado entre montañas. Nuestro anfitrión, un señor de Coroico de unos 65 años, era simpático y extrovertido y siempre estaba dispuesto a largas conversaciones para explicarnos todos los pormenores de la selva.

Después de la cena disfrutamos de una larga conversación político-histórica con Diego, Marco y Emi. Los argentinos estaban muy interesados en conocer la opinión de un español sobre temas como el colonialismo, historia en común de ambos países e incluso sobre la economía y política actual de la región. Por mi parte yo estaba igualmente de interesando en conocer su opinión sobre los mismos temas.

Al día siguiente todos nos fuimos de excursión caminando en busca de las tres cascadas. Y esta vez sí, por primera vez en el viaje, buscamos unas cascadas y las encontramos. Fue un día divertido y caluroso así que nos bañamos una y otra vez en las pozas de las cascadas para refrescarnos. A la noche comimos todos juntos en un restaurante un buen menú por 15 Bolivianos, toda una ganga.

Siobhán y yo pensábamos volver al día siguiente a La Paz para continuar después rumbo al lago Titicaca y la isla del Sol. Sin embargo, los chicos argentinos decidieron quedarse un día más ya que nuestro anfitrión se había ofrecido a llevarlos al cercano poblado de Tocaña donde residía una importante comunidad afro-boliviana descendientes de los esclavos llevados desde África en la etapa colonial. La oferta era muy tentadora ya que se decía que era un pueblo muy poco alterado por el paso de los siglos y donde se podía vivir toda una experiencia antropológica.

En esta zona de las yungas se da el cultivo de banana, café, frutas cítricas y sobre todo plantaciones de coca, que como ya se explicó en el relato de Potosí, son legales en Bolivia y también su consumo en forma de hojas. Inicialmente la autoridad colonial envió a los esclavos africanos a la zona del altiplano boliviano para trabajar en las minas, pero visto el alto grado de mortandad de dichos esclavos que tenían que soportar, además de unas condiciones de trabajo de explotación infrahumanas, el duro y frío clima del altiplano para el que no estaban acostumbrados, se les comenzó a destinar a la zona de las yungas para el trabajo en dichos cultivos. Dicho movimiento se consolido aún más después de su emancipación.

El pueblo afro-boliviano está incluido en el régimen de Autonomía Indígena Originario Campesina reconocido por la última constitución promulgada por el presidente Evo Morales en el 2009. Mediante dicho régimen los miembros de diversas comunidades indígenas y campesinas tienen la autoridad sobre sus territorios,  siendo respetada por parte del Estado central sus propias leyes ancestrales en el marco de la libertad, dignidad, tierra – territorio y respeto de su identidad y formas de organización propia. De ahí el cambio de nombre de República de Bolivia a Estado Plurinacional de Bolivia, al estar formado por numerosas nacionalidades.

Unos días más tarde, en la barca que nos llevaba a Copacabana a orillas del Titicaca nos encontramos con otras chicas argentinas que resultó que también habían estado en Tocaña, se habían quedado tres días porque el lugar les había hechizado. No contaron que se habían quedado en casa de un antropólogo de la universidad de La Paz que poco a poco pasaba más tiempo en Tocaña hasta el punto de estar planteándose no volver nunca más a La Paz. La pobreza y austeridad del sitio las obligó a tener que dormir encima de sacos de trigo, no había luz eléctrica ni ningún tipo de comodidad moderna. Sin embargo parecía que el sitio emanaba una energía especial y sus habitantes eran de una grandísima calidad humana. Yo anotaba en mi memoria todos los detalles haciendo un pacto mental conmigo mismo que en mi próxima visita a Bolivia Tocaña estaría en mi ruta.

En el viaje de vuelta a La Paz, después de tener nuestros más y nuestros menos para conseguir transporte, acabamos en un bus lleno de adolescentes argentinos de unos 17 a 20 años. Uno de ellos llevaba una guitarra y al poco de haber iniciado el viaje comenzaban a sonar los acordes de “La vereda de la puerta de atrás” de Extremo Duro. Yo no cabía en mi mismo, mezcla de estupefacción por el hecho de que en Argentina se conociera un grupo de rock español que yo pensaba no había pasado de las fronteras y sorpresa por el hecho de que jóvenes una década menores que yo aún les gustaba la música que yo oía a su edad.  Las tres horas de viaje volaron con una banda sonora con un extenso repertorio de canciones de Sabina, Estopa, Jarabe de Palo, Calamaro, Silvio Rodríguez, Spinetta, Extremo Duro. Yo iba disfrutando y tratando de recordar las letras de las canciones lejanas ya en mi memoria para colaborar cantando. Una vez más me cercioré de la cercanía de las culturas española y argentina.

Una vez en La Paz nos apresuramos y encontramos en la zona del cementerio un bus que salía pronto hacía Copacabana. Después de una semana afincados en La Paz decidimos despedirnos de esa fantástica ciudad y continuar hacia el lago sagrado de los Incas.

Tiwanaku o Tiahuanacu, Bolivia

12 de enero 2012. Bueno discúlpeseme por haberme saltado el día en Tiwanaku. Tiwanaku o Tiahuanacu fue una de las primeras civilizaciones de América del Sur y una de las civilizaciones precursoras de la civilización inca que contó con un poderoso estado durante aproximadamente cinco siglos.  La palabra moderna de Tiwanaku puede venir de un término de la lengua Aimara que significa “piedra central” ya que los Tiwanaku pensaban que estaban en el centro del Universo.

La ciudad sagrada de los Tiwanaku se encuentra al noroeste de La Paz y a unos 18 km del lago Titicaca. Se cree que en los tiempos de esplendor de la civilización Tiwanaku dicha ciudad se encontraba a las orillas del Titicaca del que provenía gran parte de su riqueza pero el desplazamiento del lago en los sucesivos siglos la ha dejado tan alejada de él. El estado de los Tiwanaku se extendió hasta el sur del actual Perú, por casi todo el altiplano de Bolivia y el norte de Chile. A pesar de sus altos avances en materias como la astronomía y la construcción, la civilización de los Tiwanaku no usó la escritura. Coetánea a los Tiwanaku se desarrollo la civilización de los Wari al norte en la parte central de los andes peruanos. Ambas culturas tuvieron gran influencia entre sí pero se discrepa si su relación fue de cooperación o de enemistad.

En el plano de la experiencia personal quizás aquí descubrí que no tengo mucho interés arqueológico ya que carecí de bastante interés a lo largo de la visita. Quizá por mi formación ingenieril acusé demasiado el exceso de información proveniente de meras especulaciones con pocas pruebas o indicios que las justificaran. La cercanía del moderno pueblo de Tiwanaku, casi encima de las ruinas era otro elemento que me perturbaba.  Sin embargo, Tiwanaku está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y no cabe lugar a duda del interés que despierta esta misteriosa civilización.

Probablemente cuando ya haya olvidado estos datos que estoy dando de los Tiwanaku aún no habré olvidado el lance de la salida en furgoneta de La Paz. La furgoneta circulaba por una ancha pista asfaltada pero sin carriles delimitados y de una única dirección. Cuando repentinamente el conductor recordó que había olvidado poner gas en el vehículo giró bruscamente y nos encontramos avanzando en la dirección contraria a un mar de vehículos que nos esquivaban con habilidad. Nadie se inmutó.

Sorata, Bolivia

13 enero 2012. En viernes 13  (mala fecha) me decidí a hacer una excursión en solitario a Sorata. En realidad no sabía muy bien a que iba pero me habían dicho que era todo un encanto de pueblecito rodeado de las montañas de la Cordillera Real de Bolivia y poco contaminado por el turismo. Siobhán quería – con toda la razón – dedicar más tiempo a explorar tranquilamente la ciudad de La Paz, pero mi impaciencia por conocer y explorar mas sitios me impedía estar quieto más de un par de noches en la misma cama.

Así, me fui hasta el cementerio de La Paz y busqué la esquina desde donde salían las furgonetas hacia Sorata. Me monté en una que, una vez más, había de ser conducida por un viejo camicace. A mi lado iba un viejo al que no le pude sonsacar más que trabajaba en la mina y había venido a La Paz a visitar unos familiares. Detrás iba un grupo de jóvenes mochileros franceses, y en la parte delantera otros dos adultos bolivianos. Los locales pagaron 7 Bolivianos por el viaje; a nosotros, por ser turistas, le añadieron un 1 al 7 que lo dejó en 17.

Me hice amigo de los franceses, que hablaban bastante bien español, y al final acabamos durmiendo todos en la misma habitación súper básica de un hostal aún más básico pero con esplendidas vistas al profundo valle por donde pasaba el río de Sorata. Por la noche fuimos un rato a charlar y beber unas cervezas al hostal de enfrente con un grupo de 5 o 6 jóvenes argentinas que habíamos conocido en la tarde en la plaza. Este hostal se llamaba El Mirador y, haciendo justicia a su nombre, tenía una terraza con unas vistas de infarto.

En realidad los extranjeros van Sorata a hacer caminatas por las montañas y los valles, caminatas de uno o varios días que según cuentan son únicas. Yo me dediqué a explorar el pueblecito de indígenas con sus plazas y calles adoquinadas  a unos 2700 m.s.n.m y a admirar las vistas desde el mismo pueblo, sin dar un paso fuera de él.

Solo por una cosa habría valido la pena las 3 horas de viaje desde La Paz por sinuosos y serpenteantes caminos de tierra y baches, sorteando las montañas nevadas: el descubrimiento del api. El api es una bebida típica del altiplano boliviano: es muy espesa, dulce, rosada y se toma bien caliente para el desayuno acompañada de buñuelos de harina fritos – un desayuno potentísimo. Se hace a base de granos molidos de maíz rosado mezclado con un poco de azúcar y canela. Lo tomé en el mercado local donde se reúne la gente del pueblo a desayunar en banquetas de los distintos vendedores. Yo era el único turista allí y disfrute el pequeño momento como una experiencia sublime y pura del viajero de las que escasean hoy en día.

En el viaje de vuelta a La Paz fui sentado al lado de Santiago, un joven de Sorata que también trabajaba en la mina. Santiago era mucho más hablador que mi anterior compañero y me iba explicando pequeños detalles de la zona y preguntándome cosas sobre España y Europa. Una pregunta suya si me impactó y creo que nunca la podré olvidar: me felicitó por hablar tan bien y me preguntó con ingenuidad qué idioma se hablaba en España. Además me confesó que no comprendía la utilidad de un viaje tan largo como el mío del que no alcanzaba incluso a imaginar las dimensiones ni distancias. Éste fue un viaje de vuelta a La Paz muy agradable en el que entablamos buena camaradería y cuando nos despedimos Santiago y yo nos sacamos una foto, nos dimos un abrazo y nos deseamos buena suerte.

La Paz, Bolivia

11 de enero 2012. Eran alrededor de las 7 de la mañana cuando el bus vislumbraba las doradas paredes de la La Paz. Desde la ciudad de El Alto se veía al sol de la mañana chocar en las fachadas marrones de las casas de La Paz dispuestas en laderas tan empinadas que casi son acantilados. Habíamos pasado la noche entera viajando desde Sucre.

Como el viaje duraba doce horas, por primera vez en toda la aventura decidimos invertir un poco más en comodidad y comprar el billete del coche cama, en vez del semicama. Supuestamente los asientos serían más cómodos y anchos. Esta excepción lo único que hizo fue reasegurarnos en seguir comprando billetes semicama porque durante todo el viaje tuvimos sentada al lado nuestro, en el pasillo a una señora, que el conductor había metido para ganarse un dinero extra. He aquí la prueba de que el pagar más no siempre aporta más comodidad.

La Paz superó con creces mis expectativas. Mis expectativas eran muy pocas y no sé muy bien porqué. Lo que descubrí, en mi opinión,  fue una de las ciudades con más encanto de Sudamérica. Es muy difícil describir La Paz. La Paz es Bolivia. La Paz es caos, movimiento, vida a borbotones, colores, calles en pendiente, antigua y moderna, pobre y rica, indígena.

Los momentos más majestuosos fueron dos, los dos al atardecer de diferentes días, cuando subimos a dos miradores en las laderas de las montañas que encajonan la ciudad.  Al mirador del Kili Kili subimos con Matías y Virginia poco antes de la puesta del sol y continuamos allí hasta que ya la noche se había cerrado bien sobre nosotros. El panorama era impresionante: abajo el centro de La Paz, con sus monumentos coloniales y sus barrios más antiguos de un lado; del otro lado el barrio del Sopocachi y el centro bancario y de oficinas con sus altos rascacielos.  Todo alrededor las laderas de los barrios residenciales, con casitas como si fueran de “Lego”, no una detrás de otra en un plano horizontal, sino una casa encima de otra en planos en vertical.  Finalmente, y una vez más rodeando todo lo anterior los picos nevados de las montañas de las cordilleras Real y Central destacando sobre todas el imponente Illimani de 6462 de altura. El paso del día a la noche brindaba una luz dorada que convertía en dorada a toda la ciudad, era como si los últimos rayos se metieran en el pozo de La Paz y no se quisieran ir para la noche.

Otro día fuimos al mirador del Montículo en el barrio de Sopocachi, y aparte de un espectáculo similar al anterior solo que desde otro ángulo, la gran anécdota del día fue la tormenta que rompió justo al ponerse el sol. Tuvimos suerte que justo acabábamos de descender y ya estábamos en las calles de la ciudad. Veníamos de experimentar una violentísima tormenta en Sucre, pero esta fue incluso mayor: nunca había sentido tal poder de los truenos y relámpagos, era como si todo el cielo se fuese a romper y estaba el propio cielo de un naranja apocalíptico del que solo se ve en los dibujos animados manga de héroes y guerras. La gente de la ciudad ni se inmutaba.

Cuando Matías y Virginia se fueron de la Paz nosotros nos mudamos a otro hostal distinto en el que estaban otro grupo de jóvenes de Buenos Aires: Diego, Marcos, Tiziana, Emi, Aye y Marina, que ya habíamos conocido en Sucre y que por unos días se convertirían en nuestros compañeros de viaje. La gran anécdota fue cuando descubrimos que en el hostal que nos estábamos quedando cumplía una doble función. La primera era la obvia: función de hostal. La segunda: función de telo. Todo es posible en Bolivia.

Hicimos de La Paz una base para excursiones de uno o dos días. Así visitamos Tiwanaku, Sorata y Coroico. Una de estas veces el conductor de la furgoneta recordó que se le había olvidado poner gas (la mayoría de los coches en Bolivia funcionan con gas no con gasolina) en el vehículo. Ni corto ni perezoso dio media vuelta y nos encontramos yendo a trasmano en una marabunta de incontables filas (o no-filas) de furgonetas en sentido contrario. No se oyó ni un claxon.

Mi mayor admiración acontecía en los viajes desde o hasta la Paz. El salir o entrar a la ciudad en coche era todo un espectáculo. Primero de todo se debía subir por las laderas que rodean la ciudad con la consiguiente panorámica de regalo. Pero lo más impactante era mirar a la gente en su vida cotidiana en los barrios y suburbios aledaños a La Paz. Mercados, trajín de aquí allá, animales, niños corriendo, furgonetas circulando en medio de la gente, mas mercados, fruta, carne… era toda una explosión de vida y color. Todo el mundo haciendo algo. Había pobreza es cierto, pero nadie mendigando todos luchando por la vida.

Sucre: la ciudad blanca.

7 de enero 2012. Llegamos a Sucre ya bien entrada la noche y fuimos a alojarnos a un hostal que aparecía en nuestra guía. Fue una grata sorpresa cuando al cruzar el patio del hostal oímos hablar a Jordi, un amigo que conocimos en Iruya, Argentina, la víspera de Navidad y con el cual nos habíamos venido cruzando en repetidas ocasiones a lo largo de nuestro itinerario en Bolivia. Estábamos en contacto y era nuestra intención quedar otra vez en Sucre, pero ¡cosas del viaje! fue pura casualidad que fuimos a parar al mismo hostal en el que Jordi estaba. El día siguiente era domingo e hicimos planes para ir al mercado campesino de Tarabuco, un pequeño pueblecito en la sierra a casi unas 2 horas de Sucre.

El viaje a Tarabuco fue una gran experiencia antropológica. El día empezó aprendiendo a usar el loco sistema  de transporte en la mayoría de ciudades bolivianas. El transporte urbano funciona de la siguiente forma: en las calles hay un mar de furgonetas tipo Nissan Vanette, o equivalentes, las cuales tiene carteles de cartón “de quita y pon” en la luna delantera que anuncian el destino del carro, pero uno se percata antes de los gritos por la ventana del ayudante que constantemente propagan a los cuatro vientos los puntos del itinerario, todo esto sumado al uso abusivo del claxon para llamar aun más la atención de uno. Si un viandante hace un gesto de interés, el conductor de la furgoneta reduce la marcha (nunca llega a pararse), el ayudante corre la puerta corredera y al nuevo pasajero le toca saltar al interior. A partir de ahí empieza un viaje trepidante con una conducción camicace pero efectiva. Estas furgonetas son de particulares, a veces asociados en cooperativas, y son ellos quienes deciden que ruta harán cada día. Huelga decir que la reglamentación brilla por su ausencia. Descrito así podría parecer un sistema caótico y poco eficiente. Bueno caótico es, pero la verdad es que cuando uno se acostumbra funciona fenomenal y rápido.

Una vez llegados al punto donde salían furgonetas  hacia Tarabuco los tres nos subimos en la parte de atrás de una Vanette y entonces una pareja bien simpática subió,  enseguida nos dimos cuenta de que eran argentinos y después de diez minutos teníamos una conversación bien animada que duró todo el viaje.

Una vez llegados a Tarabuco pudimos disfrutar de un mercado local y agrícola muy poco corrompido por el turismo pues muy pocos eran los viajeros que llegaban hasta allí. Los campesinos indígenas de la zona se apresuraban a exponer y vender sus mercaderías y artesanías alrededor de la plaza del pueblo y calles principales. El pueblo tenía un excelente estado de conservación, estaba tal cual se construyo durante la colonia. Hablando de colonia, en la plaza del pueblo destacaba una estatua gigante de un valeroso guerrero indio arrancándole el corazón a un soldado realista. Y es que Tarabuco se enorgullece de haber sido cuna de numerosas revueltas indígenas contra el imperio español.

Por la tarde, ya casi acabado el mercado y mientras dábamos un paseo por el pueblo acertamos a entablar conversación con unas mujeres que estaban liando cigarros a la manera artesanal. Ellas estaban sentadas en una puerta al sol y sus hijos e hijas las acompañaban mientras trabajaban. Esta conversación fue una grata sorpresa pues por lo normal no era nada fácil tener una conversación más larga de dos frases monosilábicas con los nativos.

El día aún nos tenía guardada una sorpresa. Cuando pretendíamos volver a Sucre descubrimos que ya habían vuelto todas las furgonetas  y todo parecía apuntar que deberíamos quedarnos allí a pasar la noche. Entonces Sudamérica nos enseñó otra lección: siempre hay otra forma distinta de hacer las cosas, una alternativa escondida delante de nuestros propios ojos. Lentamente se fue acercando una torpe, destartalada camioneta con una caja de madera bien alta para el transporte de mercancías; por encima se veían algunas cabezas y sombreros. Se fue a parar justo a nuestro lado e instantáneamente le preguntamos qué adonde se dirigía. Adivinen la respuesta. Sin pensárnoslo dos veces estábamos subiendo al camión y abriéndonos paso entre las aproximadamente cincuenta personas que viajaban dentro: bebes, niños, padres y abuelos. Así fue como Virginia y Matías, que así se llamaban nuestros nuevos amigos, Jordi, Siobhán y yo disfrutamos de una preciosa y poco convencional manera de viajar. Aún puedo recordar el olor del viento que chocaba en nuestras caras, contempladoras curiosas de las montañas bolivianas, mientras el camión viraba y viraba curva tras curva.

El plan para el día siguiente era visitar Sucre. Matías y Virginia tenían el billete de bus para irse ese mismo día, lunes por la tarde, a La Paz. Por la mañana pasaron a llamarnos a nuestro hostal. El mismo grupo de cinco se disponía a callejear las blancas calles de Sucre. A Sucre, capital constitucional de Bolivia y sede del Poder Judicial, se la conoce como “la ciudad blanca” por la blancura de su arquitectura colonial. La ciudad se encuentra en un excelente estado de conservación: fachadas bien encaladas, tejados con vigas de madera, suelos adoquinados, blancas iglesias. Además es una ciudad de marcado carácter universitario con una de las mejores universidades del país, la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca, de origen jesuita. Debido al clima mucho más cálido que el de Potosí por estar Sucre a una altitud de “solo” unos 2800 m.s.n.m ésta ciudad fue elegida como lugar de residencia de muchos conquistadores enriquecidos en las minas de Potosí.

Bien aconsejados por Jordi, comimos en el mercado de frutas, rodeados de un festival de colores y olores. Deliciosos jugos y ensaladas de frutas tropicales con precios de unos cinco o seis Bolivianos (poco más de medio Euro). Todo un festín para los sentidos.

Y una vez más, como al inicio de este relato, la casualidad o destino, que va siempre un paso por delante de nosotros, empezó entonces a jugar su juego. Matías y Virginia se despidieron, se iban a preparar su viaje, pero resultaba que Jordi, Siobhán y yo nos los encontrábamos al girar cada esquina, era como si algo estuviera actuando en contra de esa despedida. A la noche en el hostal, Jordi tocó en nuestra puerta, estaba allí con Matías y Virginia. Nos dijo que los chicos habían tenido un problema y no pudieron tomar su bus, pero era como si estuviera diciendo: mi camino se separa del vuestro aquí, tomo otra ruta, pero donde un camino se separa otros se unen. Y así fue, el próximo día los cuatro nos encontrábamos viajando a La Paz y el uno hacia Santa Cruz.

Potosí y el Cerro Rico, Bolivia

5 de enero de 2012. “Potosí shocks”. Así empezaba el capítulo de Potosí mi guía de Lonely Planet. Potosí impacta y nosotros lo comprobamos. En pleno verano la ciudad más alta del mundo a unos 4100 metros de altitud era como un congelador con un cielo nuboso y gris. A su costado se encontraba observante el Cerro Rico. A su riqueza le debe Potosí haber sido la ciudad más poblada y suntuosa del mundo durante más de un siglo y también uno de los mayores genocidios conocidos en la historia de la humanidad.

El bus que nos transportó desde Uyuni a Potosí lo hizo por un camino de tierra que bordeaba montañas peladas de vegetación. Las seis horas de duración del viaje no fueron en vano. Yo iba sentado al lado de un joven que estudiaba un ciclo formativo de mecánica en Sucre y tuvimos varias cortas conversaciones a lo largo del viaje, me contó que vivía en una habitación con cocina por la que pagaba 300 Bolivianos al mes (unos 30 euros). En determinado momento el bus paró en lo que se suponía que era una estación de servicio. Era una casa de adobe en la que se vendían zumos y sopas que se dispensaban desde un gran tanque a una bolsa de plástico transparente en la que se metía una pajita para sorber. Los pueblos y ciudades bolivianos están llenos de esas bolsas que generalmente después de ser usadas van al suelo. Seguí la señal que decía “Baño”, el baño era un descampado, un solar detrás de la casa de adobe donde la gente aliviaba sus necesidades como podía.

Cuando llegamos a Potosí y nos dirigimos al centro en taxi en seguida nos sorprendió la magnificencia de su arquitectura, calles elegantemente adoquinadas con una iglesia en cada esquina y palacios coloniales por doquier. Era la víspera del día de reyes y cuando entramos a la recepción de nuestro hostal, que se ubicaba en una casona de piedra colonial, tenían puesto Televisión Española y estaban retransmitiendo la cabalgata de Reyes Magos de Madrid.

En Potosí me sorprendió algo que ya no nos abandonaría en el resto del continente: la conducción en modo camicace con un excesivo uso del claxon. Se pitaba constantemente y por todo. No había señales de “Ceda el paso” o “Stop”, cuando un coche se aproximaba a un cruce simplemente pitaba y eso quería decir que él tenía preferencia y no pensaba parar. No me pregunten como hacían para evitar las colisiones.

A mediados del siglo XVI un indio que había subido a la montaña en busca de una llama perdida encendió una hoguera al echársele la noche encima. A la mañana siguiente había un charco de plata fundida a sus pies. Ese fue el descubrimiento del cerro rico. Hay un dicho que dice que con la plata que se saco en la época colonial se podría construir un puente de plata de Bolivia a España; también hay otro que dice que se podría construir un puente con los huesos de los muertos en la mina. Fueron unos 8 millones de indios los que murieron a causa del trabajo esclavo en la mina.

Los señores españoles enviaban a los indios a trabajar en la mina durante 6 meses de trabajo continuo en los que no podían salir de la mina. Evidentemente la mayoría salía antes de cumplirse los 6 meses, pero con los pies por delante. Además, se trajeron grandes cantidades de esclavos negros para trabajar en la mina, pero cuando se vio que morían rápidamente al no poder adaptarse a las duras condiciones de frio y al mal de altura se los trasladó a las zonas bajas de los valles a trabajar en las plantaciones de coca.

Todavía a día de hoy más de 8000 bolivianos, muchos de ellos niños desde los 10 años, trabajan en penosas condiciones en el interior del Cerro Rico que ya no es tan rico, está casi agotado. Los mineros mueren de silicosis alrededor de 35 o 40 años, con los pulmones anegados de sangre debido al polvo venenoso que respiran en el interior de la mina. A pesar de esto, ellos se dicen orgullosos de ser mineros.

Al estar a mas de 4000 metros de altitud (la mitad del Everest, la montaña más alta del mundo) la atmosfera es mucho más fina, la columna de aire encima de nosotros es mucho más corta y por lo tanto hay mucha menos presión lo que trae consigo la falta de oxigeno. El mal de altura se traduce en dolores de cabeza, falta de la respiración, vómitos y nauseas. Pasado un tiempo, normalmente unos días, el cuerpo se adapta y empieza a producir más cantidad de hemoglobina en la sangre para así poder transportar mas oxigeno y aliviar al corazón y pulmones. En personas poco en forma o adaptadas puede incluso provocarles la muerte.

Nunca sufrí del mal de altura, supongo que los cambios se produjeron silenciosamente en mi cuerpo sin producirse los temidos dolores de cabeza y nauseas. Al contrario, el hecho de encontrarme a tal altitud me producía una buena sensación difícil de explicar, era como que el aire era más limpio y fino, y casi que sentía el deseo de subir otro poco más. La altitud es una adicción.

Todo el que visita Potosí tiene que tomar una decisión: visitar las minas cooperativas en el Cerro Rico o no. Se advierte de lo peligroso de la visita no apta para claustrofóbicos. A parte de los peligros más evidentes de derrumbes, explosión de dinamita y escapes de gas, está el de la inhalación del polvo de sílice venenoso que los mineros inhalan en su vida cotidiana, y el de las limitaciones físicas de cada uno ya que se unen la escasez de oxigeno derivada de estar ahora a 4500 m, a mitad de la pendiente del cerro, sumado a tener que penetrar por una angosta, polvorienta y oscura mina 2 km en las entrañas de la tierra. A parte de todo esto que no es poco para desestimar la idea de la visita, otros añaden que no quieren bajar donde están los mineros trabajando y hablar con ellos como para recrearse en su penosa actividad.

Yo elegí hacer la visita, en cambio Siobhán decidió no hacerla. Estaba un poco nervioso por los peligros anunciados pero la curiosidad era más fuerte. Además, si se puede de decir así, sentía como un deber de experimentar el infierno que mis antepasados habían creado, ser testigo de donde provenía la plata del imperio y si en la visita se sufría, sufrir en solidaridad con los mineros que todavía pican allí dentro.

Bien aprovisionado de agua y hojas de coca, una bolsa para mí y otra para regalar a los mineros, traspasaba la boca de la mina. En ese mismo momento mucha gente del grupo se aterrorizaba y se daba la vuelta para no entrar en el infierno, era la última oportunidad de echarse atrás. Yo continué aunque no se crean que por heroísmo que bien “cagado” estaba yo ya: afuera, en la ladera del Cerro Rico hacia un frio gris siberiano, un viento helado que cortaba y punzaba. Me habían dicho que en las entrañas de la tierra hacia calor. Me acorde del antiguo dicho que dicen los viejos de mi pueblo: “más vale humo que escarcha” y el frío gano al miedo.

A partir de aquí todo fue dantesco. Nuestro “Virgilio” en forma de una pequeña boliviana nos estaba guiando por oscuros túneles claustrofóbicos en una visita a los nueve círculos del infierno justo como si se tratase de una repetición del primer libro de la Divina Comedia.

A medida que íbamos avanzando el aire se hacía más caliente y caliente y cada vez más pesado, sólido. Nuestros propios pies, inexpertos en avanzar por minas iban levantando el temido polvo. A veces cruzábamos por zonas anegadas de agua rojiza teñida por el óxido de los metales que goteaba del techo de las galerías. De vez en cuando Virgilio nos apuntaba algún punto brillante, eran vetas de oro o plata que brillaban descaradamente en la oscuridad, culpables de la realidad ante la que nos encontrábamos.

Poco a poco los ojos se iban acostumbrando a la oscuridad pero el calor cada vez era más sofocante, el oxígeno empezaba a faltar y eso se notaba de inmediato en la cabeza. Además, la garganta estaba cada vez mas reseca. Ahí fue cuando entro en juego la hoja de coca. Llenaba mi boca entera de las amargas hojas y tragaba su líquido sin masticarlas como si de un caramelo se tratase. Cuando las hojas perdían su potencia, las tiraba y tomaba un nuevo puñado de mi bolsa. Sentía la garganta y la boca adormecidas por su efecto, como cuando el dentista te anestesia pone anestesia para sacar una muela.

Los mineros dependen completamente de la hoja de coca. Se dice que les quita el hambre, la sed y el sueño (tienen turnos de trabajo de 24 horas seguidas), y combate los efectos del mal de altura. No solo los mineros sino la práctica totalidad de los habitantes del altiplano boliviano pasan sus días con una bola de hoja de coca en la boca. La hoja de coca no es una droga. Los Estados Unidos siempre han pretendido que lo fuera para introducir en los estados sudamericanos su agencia estadounidense antidroga con el teórico pretexto de luchar contra esta, pero esto no ha sido siempre más que una excusa para manipular desde dentro para favoreces sus intereses imperialistas. Pero no señores, la cocaína no ha sido un invento de los indios, ha sido un invento nuestro, de occidente. Cuando el indígena Evo Morales – antiguo cocalero, o cultivador de coca – llegó al poder lo primero que hizo fue expulsar de Bolivia dicha agencia y proteger el cultivo y consumo de la hoja de coca. Los análisis científicos han desvelado que la hoja de coca aporta gran cantidad de vitaminas, minerales y calcio, los cuales complementan en gran manera las dietas de los mineros bolivianos. Personalmente nunca noté ningún efecto adictivo ni estimulante en ningún grado pero constaté por mi propia experiencia que nunca podría haber realizado la visita a la mina sin la bola de hojas de coca en la boca. Agradecía sobre todo la lubricación de la reseca garganta y la mitigación de la sed al ir tragando su amargo jugo. Ya para concluir este paréntesis de la coca, añadiré otro sus múltiples usos, el digestivo té de coca, al cual también me aficioné como no podría ser de otra forma dado mi gusto por las bebidas calientes y amargas.

Volviendo a la visita a la mina, la pestilencia a sílice y el calor se iban agudizando conforme íbamos bajando de nivel en nivel y también lo hacían los estruendos de las explosiones de dinamita que se producían en los niveles inferiores para irle abriendo más agujeros al interior de la montaña. Eran sonidos tétricos potentísimos pero a la vez apagados que se transmitía más que por el aire, que no lo había ya, por las paredes de la galería. Eran como los sonidos que producían monstruos horribles torturando pecadores en el fondo del ardiente infierno. A parte de peligroso por la posibilidad de derrumbes, este uso de la dinamita era bastante aterrador si no se sujetaba la imaginación.

De repente, cuando ya estábamos 2 km en el interior de la montaña llegamos a una galería ciega formando como una bóveda, allí estaba “el Tío”. El Tío fue un mito creado por los españoles para controlar el interior de la mina sin tener que poner ni un pie dentro. Lo que es sorprendente es que a día de hoy ellos conocen perfectamente este origen pero no por eso dejan de creerlo. La historia es como sigue. La astucia de los conquistadores consistía en ir introduciendo la religión católica buscando equivalencias con sus religiones indígenas. Fuera de la mina la introducción del catolicismo marchaba bien y los indígenas comenzaban a llenar las iglesias. Pero había que hacer algo para controlar el interior de la mina, crear alguna superstición que los atemorizara y controlara. La religión inca dividía el universo en tres partes: el cielo, representado por el Puma; el mundo de los vivos, representado por el puma; y el inframundo o Pachamama, representado por la serpiente.

De este modo, en el interior de cada mina construyeron en piedra un ser demoniaco con largos cuernos de carnero. El Tío tenía cuerpo de humano, estaba sentado observando amenazadoramente y era de destacar su gran pene. Los mineros esclavos fueron incitados a creer que el Tío lo controlaba todo, todo lo que pasaba bajo la superficie de la tierra, en la mina estaba bajo su poder: derrumbes, descubrimiento de metales, accidentes, muertes, etc., y por consiguiente era temido y venerado. Lo primero que hacia el encargado de la mina cuando un nuevo minero comenzaba a trabajar en la mina era llevarlo ante el Tío. Cada mañana antes de empezar el trabajo los mineros se presentaban a hacer ofrendas al Tío, a pedirle un día sin accidentes, un día rico en descubrimientos. Se le ofrecían hojas de coca, cigarros que se le encienden en la boca y se consumían mientras los indios pensaban que la estatua de piedra realmente los estaban fumando, alcohol de beber de 96 grados que se le rociaba en la cara y en el pene, en el pene porque de la fertilidad de la unión del Tío con la Pachamama dependía la fertilidad de la mina. Todas estas costumbres iniciales no han cambiado en nada y a día de hoy continúan lo mismo.

A parte de las hojas de coca otro elemento importante en la dieta de los mineros es el alcohol de 96 grados de las ofrendas al Tío. Imagínense los efectos en cuerpo y mente de los mineros.

A día de hoy los mineros están organizados en cooperativas y aunque continúan haciendo el mismo trabajo de esclavos, tienen un poco mas de independencia a la hora de decidir cuantas horas trabajar, cuando empezar y terminar, como organizarse. Los niños hijos de mineros empiezan en la mina a los 10 años y aunque muchos tienen la intención de aprender otra profesión para dejar la mina lo antes posible, lo cierto y verdad es que pocos consiguen romper su condena a la mina.

Y a los pies de todo esto continua la decadente Potosí, en un modo todavía orgullosa de su resplandeciente y opulento pasado en el que un día todas su calles se vieron adoquinadas en bloques de plata pura y su infinidad de iglesias y monasterios rebosaban de oro y exquisitas pinturas y las mercancías más lujosas y delicadas de Europa eran importadas sin reparar en costes. Cada día había una gran fiesta en el palacio de un “nuevo rico”, después de dichas fiestas las cuberterías de plata se tiraban a la calle como símbolo de derroche y opulencia.

Cuando las entrañas del Cerro Rico dejaron de manar plata la ciudad perdió rápidamente su influencia, las clases altas la abandonaron apresuradamente, se cerraron iglesias que fueron expoliadas por ladrones y los mejores lienzos se pudrieron en la humedad y el frio de su clima hostil. Entonces los indígenas que lo único que sabían hacer era picar en la mina continuaron hasta día de hoy intentando sobrevivir con las miserias y migajas que los conquistadores dejaron de lo que fue el yacimiento de plata más rico y de mas fácil extracción que jamás se ha conocido. Condenada a un frio perpetuo, ésta es la triste historia de Potosí.

El salar de Uyuni y Sud Lipez, Bolivia

Finalmente nos embarcamos con una agencia que no tenía malos reportajes y aunque con el precio un poco inflado tenía viaje para el segundo día del año. Teníamos claro que no queríamos quedarnos allí un día mas esperando.

El viaje fue espectacular. Estaba seguro que fue lo más espectacular que había visto hasta la fecha en mi modesta vida como viajero. Recorrimos alrededor de 1000 km. en tres días, subimos hasta altitudes de 5000 m. y admiramos las mas fantásticas creaciones de la naturaleza.

La excursión comenzó visitando un cementerio de trenes del siglo XIX. Estos trenes eran el sinónimo del control inglés del país, por los cuales el país se hipoteco y se entregó a manos atadas al crédito extranjero y además también habría alguno de los que Chile regaló al país a cambio de usurparle en la guerra del Pacifico toda su franja costera. Cuando al nuevo imperio, es decir al imperio yanqui, ya no le interesaba que las mercancías se transportaran por tren, el gobierno boliviano nacionalizó la compañía estatal de ferrocarriles en los años 70 dando lugar de este modo al enorme cementerio de ferrocarriles y miles hombres sin trabajo.

La segunda parada fue el salar. A lo largo de una extensión de 12.000 km2, alrededor de 170 km. de ancho y a unos 4000 m.s.n.m (metros sobre el nivel del mar) se extiende el salar de Uyuni, el mayor del mundo. Se cree que en el pasado, antes de la formación de la cordillera de los Andes, este área se encontraba en el fondo del océano; prueba de ello son las islas de coral que lo habitan. En la estación seca el salar está completamente seco y solo se ve una extensión blanca de sal infinita por la que los todoterreno pueden ir a más de 80 km/h. Sin embargo estábamos en la estación de lluvias y había un palmo de agua en todo el salar. Esto hacia que el todoterreno no pudiera correr tanto y de hecho no pudimos cruzar el salar entero, pero creaba un efecto espejo de un cielo que, para compensar la miseria del día anterior, era del más puro azul con infinidad de nubes de inmaculado algodón. Se tenía pues una sensación de estar flotando, ingrávido, como si se hubieran cruzado ya las puertas de san Pedro. Abandonamos el salar para ir a dormir al pueblo de Alota en unas humildes y frías casas de adobe. No fueron pocos los que fueron atormentados por el mal de altura.

El segundo día resultó en una sinfonía de lagunas cada una de un color: verde, esmeralda, colorada, turquesa. Los distintos colores eran debidos a las algas que moraban en las lagunas, y las orillas de las lagunas eran todas blancas debido a la presencia de un mineral que se usa para fabricar detergentes. Había flamencos por doquier para aumentar aún más el bucolismo del panorama: lagunas en desiertos flanqueados por montañas nevadas.

Nos encontrábamos en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Había que pagar 150 bolivianos por persona (unos 17 euros), pero los pague con gusto. Los beneficios sacados de la reserva se distribuyen en primera instancia en las comunidades locales y segundamente al Estado Plurinacional de Bolivia. Un toque más de la política de Evo. La diferencia con Iguazú era importantísima. Iguazú lo gestiona una empresa y los beneficios van a la empresa.

En la laguna colorada nos sorprendió una violentísima tormenta eléctrica y fuimos a pasar la noche a unos caseríos de adobe casi al pie de la laguna. La tormenta eléctrica dejo paso a una fuerte nevada que nos regalaría un bello paisaje siberiano. Mientras nevaba cenábamos y tuvimos una interesante conversación sobre el presente estado social, político y económico de Sudamérica con una pareja de argentinos, una pareja de brasileños y un boliviano, también integrantes de la excursión.

El tercer día empezó a las 4 de la madrugada todavía con una hora de oscuridad. Los todoterrenos atravesaban desiertos nevados para llegar a un campo de geiseres al amanecer, daba la impresión de estar en Islandia. Luego fuimos a bañarnos a unas piscinas de aguas termales y humeantes. Toda una experiencia, rodeados de nieve y montañas y nosotros allí en traje de baño.

Después del desayuno fuimos a parar al desierto de Dalí, infinito arenal con rocas de forma surrealista esparcidas aquí y allá. Finalmente llegamos a la última laguna y probablemente la más preciosa, la laguna Verde a los pies del majestuoso nevado volcán Licancabur, de más de 6000 m.

Estábamos  en el punto donde convergen Argentina, Bolivia y Chile. Nos acercamos al paso fronterizo de Chile ya que algunos excursionistas continuaban hacia San Pedro de Atacama y su desierto, el más seco del mundo. No nos faltaban ganas de cruzar a Chile pero Bolivia todavía nos estaba llamando. Para sacarnos la espinita dimos un paseo por los Andes chilenos y nos hicimos una foto al lado de la señas de entrada a Chile, para inmortalizar el momento en que, efectivamente, pisamos Chile.

Todo el viaje fue un éxito. Nuestro conductor Jorge, hombre de pocas palabras, fue un gran profesional al volante en una ruta larga y peligrosa. Fue como un mini rally Dakar, que por cierto, en esas fechas ya se estaba rodando al otro lado de la cordillera.

De vuelta a Uyuni, todavía con las fascinantes imágenes en nuestra retina, sacamos nuestro pasaje para Potosí y cenamos en la pizzería de Luis, un boliviano que había vivido 13 años en Suecia, y que fue más abundante en palabras y explicaciones que sus compatriotas. Nos preparó una deliciosa pizza con base de quinua cultivada por el mismo en las tierras de su familia y nos regaló una interesante conversación, ilustrándonos sobre la astronómica especulación en Uyuni debida sobre todo al turismo y a la minería: un apartamento en la ciudad costaba hasta 300.000 dólares estadounidenses. También nos explicó como con la nueva ley de Evo Morales que eliminaba la propiedad privada de las tierras para otorgar la propiedad al individuo que la trabaja su familia que varias generaciones atrás poseía varios cientos de hectáreas había perdido el derecho a gran parte de ellas.

Viaje en tren al 2012

4 de enero de 2012. Era el último día del año 2011 y la atmósfera ya se iba calentando para la fiesta de Nochevieja en Tupiza. Las botellas de sidra abundaban en los escaparates de los comercios. Sin embargo, habíamos decidido que era hora de avanzar. A las 18.30 montábamos en el Expreso del Sur, el tren que nos transportaría al 2012. A eso de la 1.30 de la madrugada del primer día del 2012 llegábamos a Uyuni. En esas siete horas de viaje se habían sucedido un descarrilamiento del tren cuyos vagones tuvieron que ser devueltos a las vías en plena noche y una gran fiesta para recibir al año nuevo. Los pasajeros del tren eran casi en su totalidad jóvenes argentinos que como nosotros iban a Uyuni, iban bien preparados de sidra, vino e instrumentos musicales, incluso un saxofón llevaba alguno, y se encargaron de hacer una fiesta que por momentos amenazó de descarriar el tren una vez más.

El grupo de amigos con que pasamos Navidad ahora se había reducido a cuatro argentinos más Jordi. Ellos habían viajado la noche anterior a Uyuni en autobús. Si nuestro tren había descarriado, su bus se había salido de la carretera en plena noche, por suerte al lado contrario del precipicio, y tuvieron que estar seis horas esperando a que alguien fuera a socorrerles. Todos salieron ilesos pero estos lances representaron una buena introducción al transporte en Bolivia.

Eran la 1.30 de la madrugada cuando entrabamos a un hostal básico pero limpio enfrente de la estación del tren. Llovía y hacía frío, pero eso no impedía que hubiera una gran fiesta en las calles de Uyuni a juzgar por el estruendo de tambores y trompetas que traspasaba los muros de nuestra  habitación.

El 2012 empezó mal. Cuando nos levantamos comprobamos que Uyuni era una ciudad fea y fría, nacida como nudo ferroviario y centro militar. La ciudad dormía en la resaca y temíamos no poder conseguir una excursión al afamado salar y la región de Sud Lípez. Los pocos operadores que estaban abiertos no estaban vendiendo excursiones para el 2 de enero, unos decían que porque no tenían combustible para los todoterreno y otros porque los conductores estaban aún borrachos.

Con ese panorama tan poco alentador, cielo gris encapotado, lluvia y frio ya nos estábamos arrepintiendo no haber hecho el tour desde Tupiza el cual era de 4 días en vez de 3 y también mucho más caro. Casi nos estábamos planteando el darnos la vuelta a Tupiza, o yo, que tan enemigo soy de los grandes reclamos turísticos, simplemente continuar el viaje sin ver el salar. Esto último hubiera sido un craso error.