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Purmamarca y el cerro de los siete colores. Jujuy, Argentina.

21 de diciembre 2011. En algún punto en el viaje entre Salta y Purmamarca habíamos cruzado el trópico de Capricornio. Un día histórico: nuestra primera incursión en el trópico. A decir verdad, nunca me había imaginado que esta incursión se realizaría viajando hacía el norte ya que para mí el trópico siempre había sido sinónimo de SUR. Además la novedad era doblemente excitante porque en nuestro primer día en el trópico iba a tener lugar el solsticio de verano. Mi cabeza formada y amueblada durante 27 años en el hemisferio norte no podía abarcar tanta contradicción: 21 de diciembre: solsticio de verano en el trópico viajando en dirección norte. El colmo.

En Jujuy capital habíamos cambiado de bus para continuar a Purmamarca. No nos molestamos ni en dar un paseo por la ciudad porque tenía una pinta de caos agobiante que no teníamos ganas de aguantar. El nuevo bus nos apuntaba la realidad en la que estábamos a punto de entrar. Ya no era un bus último modelo con doble piso, aire acondicionado y asientos cama con precio del pasaje  exorbitado. Este era un bus cochambroso, destartalado y lento, sin más ventilación que el aire caliente que entraba por las ventanas, empaquetado hasta el techo de pasajeros y con un precio del pasaje irrisorio. Jujuy es la última provincia de Argentina antes de entrar a Bolivia. La mayoría de sus habitantes son de origen indígena descendientes de los incas y todavía se usa el idioma Quechua en ámbitos rurales.

Purmamarca resultó ser un pueblecito pequeño, pobre y auténtico cuyo principal atractivo a parte del contemplar la cotidianeidad y modo de vida de sus gentes era el famoso cerro de los siete colores que se encontraba a sus espaldas.  Este era un cerro pelado y árido que gracias a su gran variedad de minerales verdaderamente hacía percibir al observador sus 7 colores en una gama que iba desde amarillos claros a violetas pasando por naranjas y rojos. Dependía mucho del momento del día y de la posición del sol ya que al variar la incidencia de los rayos los colores cambiaban.

Al llegar preguntamos por el camping y solo obteníamos respuestas a medias. Al final encontramos uno dentro del pueblo pero básicamente era un solar amurallado de tierra de granito pelada y sin ningún árbol, solo había una triste tienda de campaña dentro, para colmo era caro. Tras varias idas y vueltas en el pueblo con cansancio y hambre después del viaje y soportando un calor abrasador decidimos continuar hasta el camping de las afueras del poblado. Resultó ser toda una penitencia.

Seguimos el camino cuesta arriba que nos habían indicado la gente del pueblo, las mochilas eran pesadas: unos 25 kilos por persona, y el calor cada vez apretaba más. Cada vez que nos encontrábamos a un paisano que volvía hacia el pueblo le preguntábamos por el camping y siempre nos respondían casi sin hacernos caso que estaba después de la próxima curva. Encontramos en nuestro camino diversos alojamientos de cabañas o habitaciones y me interesé por su precio pero eran desorbitados: en torno a unos 80 euro las mas económicas. Al igual que los mochileros el turismo de altos presupuestos también estaba comenzando a alterar la realidad del pueblo.

Después de andar dos kilómetros la situación comenzaba a ser desesperante cuando por fin encontramos la ansiada tablilla anunciando el camping. Era hermoso con un jardín de árboles jóvenes y flores cuidadas con esmero pero la zona para montar las carpas estaba más dura que el firme de una autopista. Las instalaciones no podían ser más básicas y la propietaria, una vieja que me parecía simpática aunque un poco misteriosa, nos hizo saber que eran 30 pesos, ninguna ganga.

Habíamos buscado unos pedruscos para sujetar la carpa ante la imposibilidad de clavar nada en ese suelo, el día era muy ventoso. Súbitamente una varilla de las dos que soportaban la carpa se rompió. Visto en este preciso momento en el que escribo no era una catástrofe insalvable pero era la última dosis de una serie de pequeños reveses que se magnificaban con el cansancio y hambre. En ese estado la carpa era inútil y vencido por el estrés del propio día, yo ya estaba por volver a bajar hacia el pueblo y quedarnos en las cabañas de los turistas ricos dándoles toda la plata que tuviéramos encima si era necesario.

Poco antes que nosotros había llegado una joven pareja chilena que continuaba pidiendo un descuento a la dueña porque no tenían dinero para mantenerse allí una semana que era lo que tenían que esperar para tomar el próximo bus que cruzando los Andes les llevara a su país.  Había además muchas más carpas cuyos dueños no habían dado señales de vida hasta entonces.

Cuando ya nos íbamos a ir vimos llegar a Juana, una porteña que habíamos conocido en el camping de Cafayate. Juana venía acompañada de Facundo, al que no habíamos conocido antes.  Fue entonces cuando se empezó a arreglar el día. Ellos iban a recoger sus carpas para irse a Tilcara y Facundo nos ofreció su estuche de primeros auxilios para carpas, nosotros nos negábamos a aceptarlo porque pensábamos que le podía servir a él, pero nos insistió sinceramente: Facundo era un tipo bien auténtico con una energía y optimismo desbordantes. Gracias a nuestro nuevo amigo, el problema de la carpa quedó solucionado.

Una vez instalados volvimos a Purmamarca pueblo para comer pero ya había pasado la hora del almuerzo y no era posible comer en ningún sitio, por lo que hubo que contentarse con unos alfajores hasta la cena. Elegimos un local con mucho estilo para cenar y fue todo un premio por el esfuerzo del día. Había música tradicional y cuando estábamos a mitad de la cena entraron en el local los ocho jóvenes de Mar del Plata que nos veníamos encontrando en cada pueblo desde Tafí del Valle. Aún no sabíamos que junto a todos ellos más Juana y Facundo y compañía habríamos de pasar unas navidades memorables dentro de unos cuantos días.

En el camino de vuelta a casa ocurrió lo mejor del día. Esos dos kilómetros que hacía pocas horas nos habían parecido una tortura ahora se convirtieron en paraíso. Era una noche te temperatura apacible, atrás quedó el calor abrasador del día, la luna llena brillaba con toda su potencia y estampanaba sus rayos en las paredes de minerales multicolores de los cerros que nos rodeaban. Por primera vez en el día recordé que estábamos en el solsticio de verano, recién cruzado el Trópico de Capricornio. Hacía un mes justo que el viaje nos había empezado, y por primera vez sentía que era justo entonces, ahí mismo, cuando habíamos encontrado el viaje que veníamos buscando: la aventura, lo imprevisto, el choque cultural. A partir de entonces todo iba a ser distinto.

Al llegar al camping, entablamos conversación con la pareja de viejos. Ella era rechoncha y él delgado y mas arrugado que una pasa, lo creía indígena descendiente de los Quilmes o los Incas por sus facciones y su tez oscura, pero nos contó que su padre era español de Almería, y entonces me percaté de algo extraño: ese viejo lo mismo podía ser un indígena del altiplano que un viejete de mi pueblo en La Mancha. Nos enseñaron fotos del terreno cuando era propiedad de la abuela de la mujer, de la casa de adobe donde estábamos que ellos mismos al volver de la ciudad de Jujuy para pasar la vejez en sus orígenes arrebataron al tiempo y libraron del hundimiento. La abuela de la mujer no tenía en aquel tiempo para sustentarse más que unas míseras cabras y el terreno no era más que un yermo pedregal reseco. A todo le dieron la vuelta la pareja de hacendosos viejos, plantaron un vergel de árboles sin temor a no verlos llegar a grandes, plantaron flores de todos los colores, hicieron un pozo para regar árboles y flores y gracias al turismo el antiguo pedregal se convirtió en un camping.

Salta, Argentina

19 de diciembre de 2011. Ya puestos a recapitular ahora que la narración va llegando al final del viaje por Bolivia vamos a desempolvar algunas “perlitas” que se habían quedado sin relato. Volvemos a Argentina, todavía era primavera, y todo ocurrió así:

Después de un día de espectacular viaje en coche, aún en el asiento trasero de Arthur y Carolina llegamos a Salta ya bien entrada la tarde. Veníamos de pasar la noche en Cachi en uno de los camping más hermosos y tranquilos que he visto, pero el frío de las montañas nos había traspasado las paredes de la tienda de campaña como si fueran de papel. Pasada una hora escasa de viaje, fuimos retenidos por un todoterreno que había envestido a un camión, y es que el camino en tierra que llevábamos era tan bonito como peligroso. Posteriormente al cruzar el Parque Nacional de los Cardones nos deleitamos la vista con ejércitos de cactuses montando guardia en pedregosas llanuras al pie de las montañas.

En Salta nos alojamos en el camping municipal que estaba dentro de la piscina municipal. Se decía que esta piscina era la más grande de toda Sudamérica, yo lo creí porque más que una piscina parecía un lago inmenso, pero quedaba pequeña para el gentío que acudía a bañarse. Si sumamos esto al hecho de que tuvimos que montar la tienda de campaña al lado del seto que separaba el camping de la avenida principal por la que los coches volaban, se puede decir que el camping fue de todo menos tranquilo.

Una sorpresa buena sí que tuvimos en el camping. Resultó que en la carpa de al lado estaban instalados una pareja de italianos que habíamos conocido en Cafayate.  Ellos eran simpáticos y todo unos románticos que habían cambiado la vida en Europa por la vida en Sudamérica. Se encontraban haciendo un mini viaje por el norte de Argentina, ya que, después de unos meses en Brasil, se habían afincado en la región vinícola del sureste de Bolivia: Tarija.

Después de los paisajes encantados de pura soledad que veníamos disfrutando, la vuelta a la civilización, la vuelta al hormiguero de la urbe no me sentó nada bien. A 1152 m.s.n.m, a la ciudad de Salta se la conoce como Salta la bella. Se ubica en una zona que fue dominada por el imperio Inca y fue fundada tras la conquista española siendo una de las primeras ciudades coloniales de Argentina y sin lugar a duda rebosaba de arquitectura, iglesias, palacios y decadentes calles coloniales. Pero al mismo tiempo la vi caótica y agobiante y con un clima abrasador.

Esa misma noche salimos en la que se podrá considerar la única noche de fiesta de todo el largo viaje. El motivo era la despedida de nuestros amigos brasileños Carolina y Arthur.  Fuimos a la famosa calle de las “peñas” a ver un espectáculo de danza folklórica: la chacarera. Si el tango es la música y baile porteño por excelencia, la chacarera es la pieza central del folklore en las provincias del noroeste de Argentina. Yo no sabía decidirme cuál de estos bailes y músicas me fascinaba más. Tradicionalmente la chacarera se bailaba espontáneamente en las “peñas” que eran locales donde sus miembros se reunían cada noche. Pero esas peñas legendarias ya han pasado a la historia en favor de los locales para turistas. Plenamente conquistada por el turismo como está la ciudad de Salta, el espectáculo en el que nos metimos era todo un arreglo para foráneos pero pasamos la noche muy agradablemente en buena compañía.

Al día siguiente bajo un sol que derretía subimos en teleférico a la colina de San Bernardo desde donde había una esplendida vista de la ciudad.  Después, nos preparamos para el próximo día continuar dirección norte y cruzar el Trópico de Capricornio.

Iruya y San Isidro, Argentina

25 Diciembre de 2011. Como ya expliqué antes Iruya es un pueblecito del norte de la provincia de Salta a unos 2500 metros de altitud. Está bien rodeado de montañas y su única conexión con el resto del mundo es un sinuoso camino de tierra que atraviesa cubres y valles y que el bus tarda unas 3 horas en recorrer. Todo el pueblo está en una ladera bien empinada y sus calles están empedradas con cantos e incluso algunas tienen escalones debido a la excesiva pendiente.

A las 11 de la mañana fuimos a la misa de Navidad que duro casi 2 horas. Por lo que voy viendo aquí las misas son mas una reunión social que propiamente una misa. Algo nunca visto por mis ojos fue el hecho de tener un cura orquesta. Él solito se bastaba con su guitarra al cuello para ponerle música a una canción tras otra. Al llegar el momento de dar la paz, hubo una pausa de al menos 10 minutos y el templo se sumió en un caos en el que todos se daban la mano o un beso con todos, dando una impresión de ser una comunidad unida. Muy diferente del escueto apretón de manos con el individuo de al lado que se estila en Europa.

Si están pensando que Iruya es pueblucho aislado y olvidado, se están equivocando pues es todo una metrópoli para los pueblos de alrededor. A eso de la 1 de la tarde decidimos partir hacia San Isidro. San Isidro es un pueblo de unas 50 familias, a 3000 metros de altitud. La única forma de llegar a San Isidro es remontando el cauce de un rio que discurre entre dos gigantes paredes de piedra. Hay un pequeño camino en el pedregal de la cama del rio, que cruza el cauce del rio innumerables veces. La forma de cruzarlo es ir saltando de piedra en piedra. La caminata hasta San Isidro dura unas 3 horas, y se puede aligerar algo si se lleva un burro.  Sobra decir que cuando el rio crece y todo el cauce se llena, el pueblo queda aislado.

Cuando ya estábamos medio cansados de cruzar el rio una y otra vez, y muchos de nosotros ya llevábamos los pies bien mojados al caer al rio en alguno de los imposibles cruces, vimos a una joven familia que bajaba hasta Iruya, la mujer con el niño pequeño en brazos.

Al escalar la senda que lleva del cauce del rio a la entrada de San Isidro escalando la vertical pared nos encontramos a una pareja de ancianos con su burro. Intentamos hablar con ellos y pedir una foto de ellos pero se negaron. Al llegar arriba, al inicio del pueblo, encontramos a Lisandro, un hombre de 60 años que ha vivido toda su vida en San Isidro. Nos puso un poco al día del estado del pueblo.

Lisandro nos contó que la electricidad había llegado solamente hacía un año, y que si alguien necesita un médico hay que llevarlo en brazos o en hombros hasta Iruya. El pueblo se dedica principalmente a la agricultura, pero las tierras se encuentran al otro lado de la montaña y se necesita casi una hora para llegar a ellas. El pueblo cuenta con unas 200 hectáreas de tierra cultivable, lo que da un promedio de unas 4 hectáreas por familia. Sin embargo todas las tierras son propiedad comunal y si alguien no tiene tierra o necesita un poco más, solo tiene que hacer una petición al presidente de la Junta.

Para el almuerzo, una mujer de San Isidro nos preparo en un santiamén unas 100 deliciosas empanadas para todo el grupo, a razón de dos pesos por empanada.

A la vuelta, y ya casi a la entrada de Iruya vimos un pequeño corralito con unos cabritos recién nacidos, nos acercamos y entonces un pequeño niño que estaba jugando nos dijo que las cabras eran suyas y de su familia. El niño era Josué, de 7 años. A Josué le gustaba mucho hablar, al tiempo de seguir jugando. Parecía muy maduro para su edad. Nos preguntó qué de donde éramos y qué hacíamos allí. Nos dijo que solo había salido dos veces de Iruya, una de ellas a San Isidro, el cuál le parecía más divertido que Iruya. Nos contó además todo lo referente a su clase de la escuela, las notas que había sacado y las que habían sacado sus amigos.

Finalmente estábamos de vuelta en Iruya y así acababa la Navidad del 2011.

Navidad en los Andes, parte 2.

25 de diciembre de 2011. La fiesta de Nochebuena resultó ser divertidísima y única. Nos reunimos en la terraza de una casa familiar todo el grupo de viajeros que durante los últimos 6 o 7 días nos íbamos encontrando aleatoriamente en la ruta. Llegamos a ser 18; 14 argentinos, 2 españoles, una irlandesa y una francesa.

La cena fue buenísima, cocinada por las mujeres de la casa de huéspedes. Al lado de nosotros, en la cabecera de la mesa se sentó el abuelo de ochenta y tantos años. Nos explicaba que él trabajaba con el médico del pueblo para ayudarle en las salidas a la montaña para visitar los enfermos; decía que él conocía todas las montañas alrededor de Iruya como la palma de su mano. “Tengo los hijos repartidos por Buenos Aires, Mendoza y Misiones. Pero yo Iruya no lo cambio por nada” añadía el abuelo.

Pero el principal atractivo de la fiesta era una gran cantidad de niños bien salados de entre 3 y 10 años que yo no sé como también se congregaron en la terraza. Eran todo un espectáculo, estaban locos, hiperactivos quizás por la excitación de la fiesta. Durante más de 3 horas no pararon de correr ni de tirar los más diversos tipos de petardos y fuegos artificiales. Parecía que Daniel, de 3 años, era el jefe de la pirotecnia. Aún no me puedo explicar cómo no ocurrió ninguna desgracia. Toda la escena era algo inaudito para mí, completamente irreal.

Navidad en los Andes

24 de Diciembre de 2011. Sin darnos ni cuenta la Navidad ha llegado. Es difícil sensibilizarse con el espíritu navideño con el calor y los días largos del pleno verano. No hay dudas de que la Navidad tiene muchísima menos repercusión en este lado sur del globo. Aunque los medios de comunicación, que aquí son tan malos como en cualquier otro lugar del mundo, llegando la “telebasura” a estar prácticamente a los niveles de la tele italiana, no dejan de bombardear con noticias relacionadas con las compras navideñas en los grandes centros comerciales de Buenos Aires, no dejan de enseñar imágenes de gente con media docena de bolsas de papel en cada brazo con las grandes marcas de perfume o de alta costura. Un bombardeo constante para tratar de imponer el espíritu navideño hasta en los pueblos más remotos de la argentina. No me refiero a la Navidad cristiana que esa ya se les impuso hace 500 años, sino a la navidad de Santa Klaus, los árboles de Navidad, la nieve, el consumismo y demás tópicos navideños que el mundo anglosajón y sobre todo el imperio yanqui hace tiempo ya exportaron con éxito en otras regiones del hemisferio norte.

Pero aquí ni nieva, ni hay Santa Klaus, y los típicos abetos tienen que ser de plástico. La Navidad tal y como la conocemos hoy se inventó para el invierno, para sacar de la depresión a los habitantes de los países del norte que soportan largos inviernos fríos y grises así como para multiplicar el consumismo que a su vez es la base del capitalismo.

Iruya es un precioso pueblito del norte argentino en la provincia de Salta a 2800 metros sobre el nivel del mar, a pocos kilómetros de Bolivia, completamente rodeado por las verticales montañas de los Andes hasta tal punto que el único enlace con el resto del mundo es un sinuoso y zigzagueante camino de tierra y piedras que debe ascender hasta cumbres de 4000 metros de altura para después bajar a profundos valles para después volver a subir a las cumbres. Son casi cuatro largas horas de viaje, no apto para cardiacos ni sufridores de vértigo, lo que separa Iruya de la carretera asfaltada más cercana. Pues bien, incluso aquí en Iruya, la modesta familia en cuya casa nos hospedamos tiene un modesto árbol de Navidad pequeñito, y al lado hay una botella de cava y un bizcocho, parece que esos serán los únicos regalos del lapón Papa Noel para toda la familia.

A parte de los incipientes árboles navideños y de la bien asentada ansia por comprar, sobre todo en las capitales y en especial Buenos Aires,  puedo observar que la Navidad carece aquí de ese componente sentimental familiar y hogareño tan arraigado en el hemisferio norte. Jóvenes argentinos, y no tan jóvenes aprovechan ahora para viajar donde quiera que sea pero lejos de casa, y es que señores, que otra cosa se podría esperar, aquí es puro verano.

Esta mañana en el caótico autobús que nos trajo hasta los confines de la civilización se sucedieron las más pintorescas estampas que yo observaba con envidia. En cierta ocasión, el bus paró en medio de la nada, se abren las puertas y una mano bien negra y huesuda alarga un gigantesco fardo de preciosas flores del campo, los pasajeros ayudan y lo recogen, y a continuación otro fardo más, y otro más, así el pasillo del bus se lleno de preciosas flores. Acto seguido, sube a trompicones una viejecita con su hermoso sombrero de paño negro. En otra ocasión, la escena fue bien parecida, solo que la mercancía era un gran fardo de frescas y grandes zanahorias.

Dentro de media hora vamos a subir hasta la otra punta de nuestra empinada calle empedrada hasta la casa donde se alojan un grupo de amigos para cenar unas empanadas caseras, un asado y vino local.

Cachi, Argentina

18 de Diciembre del 2011. Teníamos dos opciones para continuar la ruta desde Cafayate. La más fácil y corta: ir directamente a Salta, la capital. Más fácil porque la carretera era mejor y abundaban los autobuses y taxis que las conectaban. La más difícil y larga: desviarse siguiendo la ruta 40 hasta Cachi, haciendo noche en Cachi para el día siguiente llegar a Salta.

Nos atraía mucho más la opción de Cachi. El problema era que en un tramo de 45 km de los 170 km entre Cafayate y Cachi no había línea de autobús. Aún a sabiendas de que el extorsionador que nos había llevado los dos días anteriores pensaba seguir la ruta de Cachi nos quedamos rezagados a propósito un día más en Cafayate porque no queríamos mas cuentas con él.

El plan era probar suerte haciendo dedo y si no la había quizás solo tomar el bus hasta el final de la línea y después ya se vería lo que se hacía con esos 45 km sin conexión. La fortuna nos sonrió cuando encontramos desayunando en la plaza de Cafayate a una pareja de brasileños que iban a conducir hacia Cachi. Ya habíamos hablado con Carolina y Artur un par de veces anteriormente en la quebrada y en las cascadas de Cafayate y como se dice en Argentina “llevaban muy buena onda”, eran majos, simpáticos y divertidos. Pasaríamos dos días fantásticos en su compañía. Remarcable fue la pericia de Carolina al volante que nos llevo por unos paisajes de los mejores que haya visto nunca.

La ruta 40 pronto pasó de carretera asfaltada a camino de tierra y nos regaló vistas de las montañas nevadas, valles pedregosos de ríos secos, quebradas y cerros con tierra de los más diversos colores. Uno de los parajes más rurales y apartados que vimos en la Argentina. Casitas de adobe perdidas en medio de la nada con unas pocas cabras alrededor como único sustento a sus moradores. Pequeñas ermitas meticulosamente encaladas y cuidadas al borde del camino en el que no había ni un alma en decenas de kilómetros a la redonda.

Así transcurrieron más de cien kilómetros de la ruta 40 en estado de camino rural hasta que llegamos a Cachi.

Cachi es un pueblecito bien coqueto y metido en las montañas. Rodeado de viñedos y con una preocupación extrema por la limpieza y el cuidado de sus calles. Poco tocado por el turismo.  Admiraba el ritmo y modo de vida de sus habitantes. Todos estaban tranquilos, relajados y al mismo tiempo metidos en sus quehaceres diarios. Los niños jugaban en la arboleada plaza. Todo un sueño de pueblo.

El día siguiente continuamos el camino a Salta. El paisaje seguía dejándonos boquiabiertos, ascendimos la “cuesta del obispo” a mas de 4000 metros para después descender hasta una planicie rocosa que formaba el Parque Nacional de los Cardones. Ejércitos de cactus gigantes inundaban las llanuras con las montañas al fondo. Las llamas campaban a sus anchas. El cielo era azul, un azul que solo se observa a elevadas altitudes, y las nubes eran de algodón, blanco puro.

Cafayate, Argentina

17 de Diciembre de 2011. Cafayate debe su fama sobre todo a la quebrada de Cafayate, pero además es una bonita población de unos 5000 habitantes con impresionantes vistas a las montañas que se alzan a su espalda. También es cuna de unos de los mejores vinos argentinos, sobre todo blanco variedad torrontés y tinto variedad malbec, y sede de potentes bodegas.

La quebrada es una formación de decenas de kilómetros donde las montañas y rocas de los más variados tonos marrones modeladas por la erosión componen las más extrañas formas en un paisaje tan surrealista que parece lunar.

En Cafayate, decidimos quedarnos una noche más y separarnos de la pareja español-argentina con la que veníamos viajando los dos días anteriores. Ella, llena de simpatía e inocencia. Él, un machista y pesetero, teleco y de Madrid, que únicamente nos vio como una fuente de dinero para pagar su coche. Se había propuesto exprimirnos y lo consiguió, aunque pronto el destino nos resarciría de esta mala experiencia con creces.

Quilmes, Argentina

16 de Diciembre de 2011. Hace mas de mil años Quilmes ya existía. No era ni el Quilmes ciudad justo al sur de Buenos Aires ni su homónima cerveza Quilmes, la cerveza preferida de los argentinos o la cerveza del encuentro, como su publicidad, muy buena por cierto, propaga.

Quilmes era un poblado, o más bien una raza indígena los Quilmes, que habitaban en las faldas de los Andes, entre los actuales Amaicha y Cafayate. Eran un pueblo próspero, con una compleja organización social y militar. Quilmes estaba, y sus ruinas están, asentado en la ladera de una montaña formando como un triangulo equilátero en un lugar tan privilegiado como impresionante. En el vértice superior, ya bien arriba en la montaña en el punto mejor protegido, se encontraba la casa del jefe de la tribu. Los otros dos vértices inferiores se erigían al final de unas aristas que bajaban de la montaña ideales para proteger el poblado por los flancos y para las labores de vigía. En el centro y parte inferior se situaba el poblado y las tierras de cultivo.

Los Quilmes, permanecieron como una tribu independiente con una cultura floreciente y señores de su terreno hasta la invasión del imperio inca. Si bien, como sus descendientes nos contaban en la visita a las ruinas, esta conquista se la llamó conquista cultural, porque no fue violenta, fue más bien una anexión al poderosísimo imperio inca con la consecuente penetración de la cultura inca en Quilmes.

Aproximadamente un siglo después de la conquista inca, sobrevino la conquista española que supondría la aniquilación de la raza Quilmes y el abandono de la población. Los Quilmes se opusieron valientemente a la conquista española, y de hecho aguantaron durante varias décadas el avance de los españoles, pero finalmente fueron derrotados. Los nuevos señores del continente Sudamericano enviaron a más de 2000 indios Quilmes como esclavos al puerto de Buenos Aires. Los transportaron cruelmente encadenados y caminando los 1200 km que les separaban de Buenos Aires. Apenas una cuarta parte llegaron vivos al puerto de Buenos Aires.

Tilcara, Argentina

23 de Diciembre del 2011. En Tilcara, provincia de Jujuy, Argentina; a tiro de piedra ya de Bolivia, y a punto de cruzar el trópico de Capricornio.

Hace exactamente una semana que escribí por última vez, recién salidos de Tucumán. Durante esta semana, habiéndome dedicado puramente a la vida de viajero, he tenido el papel y el lápiz un poco olvidados.  Si se me permite ahora intentaré, en la medida de lo posible repasar lo acontecido y recorrido durante estos siete días de noroeste argentino, empezando por el lugar actual, es decir el pueblo de Tilcara, y saltando luego al pasado para traernos de vuelta justamente a Tilcara otra vez.

Después de una semana en la que la tienda de campaña ha sido nuestra casa y el duro suelo el somier de la cama, hoy hemos decidido darnos el lujo de dormir entre cuatro paredes y tomar el día para escribir, leer y descansar. Resulta casi una novedad tener enchufes disponibles para cargar el móvil, tener baños con incluso papel higiénico, y protegerse del abrasador sol al interior de las paredes de adobe y el techo de cañas y barro. Ahora bien, no les lleven estas palabras a engaño, porque con todas incomodidades y miserias el sistema de la tienda de campaña también tiene su encanto. Durante estos días acampando hemos conocido a numerosos grupos de viajeros jóvenes que al igual que nosotros iban huyendo de los tan inflados precios de la Argentina, llegando a parecerse esto casi al camino de Santiago en la medida de que cuando nos despedíamos de los diversos grupos como si no nos volviéramos a ver en la vida, al cabo de un par de días los encontrabas, inesperadamente, montando la tienda de campaña al lado de la tuya.

Pues bien, Tilcara es un pueblecito en el valle del rio Colorado rodeado de las montañas pre andinas ya casi tocando la famosa quebrada de Humahuaca. Calles de tierra con encanto en torno a su plaza central, como las de la inmensa mayoría de los pueblos de la zona, bien cuadrada y repleta de arbolado. Las calles pavimentadas o asfaltadas son ciencia-ficción aquí, y la verdad no se las echa de menos. Creo que el asfalto es el demonio.

Casas de gordas paredes de adobe y techos de una gorda capa inferior de cañas que soporta la capa superior de barro y paja. Así son todas las construcciones aquí. Cuando digo aquí me refiero a todo el noroeste argentino.

El pueblo cuenta con las ruinas de un poblado indio, el Pucará, y con unas cascadas en la garganta del Diablo. Ayer intentamos llegar a la garganta del Diablo junto con otros dos amigos viajeros de Buenos Aires. La empresa fracasó, siendo sólo la última en la lista de intentos frustrados de encontrar cascadas popularmente famosas por su belleza, viniéndome en mente las ocasiones de Cafayate o las montañas del Atlas en Marruecos. Creo que como buscador de cascadas tendría el futuro bien negro. No obstante, las tres horas de paseo fueron todo un placer acompañados de los amigos Juana y Facundo y un perro que decidió seguirnos todo el camino como si fuera nuestra mascota. Caminamos entre precipicios de paredes de roca verticales y detrás de nosotros se veía claramente la cadena montañosa de los Andes en todo su esplendor.

También nos dejo la caminata un par de encuentros con locales, el primero de ellos un viejete construyendo una cabaña de adobe el que no supo, aunque creo que lo intento, mandarnos en la buena dirección hacia la cascada. Digo que no supo, porque en esta zona resulta difícil comunicarse con los locales, el español que usan es bastante rudimentario y tienden a extenderse lo mínimo en explicaciones. El segundo encuentro fue aun más pintoresco. Subiendo por una senda estrecha en un despeñadero de repente nos encontramos con otro viejete que bajaba con sus cuatro hermosos burros, grande fue nuestra sorpresa y alegría al contemplar la imagen de los cuatro pollinos. Apenas habíamos sacado la cámara para echarles una foto, el hombre empezó a gritar y a tirarnos piedras desde arriba. Era imposible entenderlo. El hombre boceaba y nosotros atónitos. Después de habernos tirado unos cuantos pedruscos que caían fácilmente desde arriba, entendimos que los burros se asustaban de personas y de perros también, así trepamos como pudimos por la ladera arriba para dejar bajar al abuelete con sus burros.

Esto ya no es la Argentina europea de Buenos Aires, estamos en los Andes cerca de Bolivia y aquí sus habitantes son indígenas de piel oscura endurecida por el sol y bulto en la mejilla donde se esconde la bola de hojas de coca que mastican continuamente. El territorio del mate ha dado paso al territorio de la hoja de coca.

El próximo destino será Iruya, pueblecito tres horas carretera arriba bien rodeado de montañas y que se presenta como destino ideal para pasar la Navidad de solsticio de verano. Allí nos reuniremos con otros grupos de amigos que hemos conocido estos días.

Tafi del Valle y Amaicha, Argentina

Continuando con el relato anterior,  la mañana del 15 de diciembre nos disponíamos a alargarla un poco más por la ciudad de Tucumán visitando la casa-museo de la independencia para después tomar un bus hacia Tafí del Valle a las 2.

Nuestros planes cambiaron cuando conocimos una pareja, español él, argentina ella, mientras desayunábamos en el hostal. Ellos habían alquilado un coche y se disponían a hacer una ruta idéntica a la que nosotros queríamos seguir. Empaquetamos las mochilas con prisas y nos fuimos con ellos.

El siguiente viaje nos llevaría hasta una altitud máxima de 4000m, y en menos de 100 km, nuestros ojos atónitos vieron como la selva más vigorosa, aquí llamada yunga, por ser selva de montaña, dejaba paso al tórrido y árido desierto de piedras y cactuses. Maravillas de la Argentina.

Para llegar a Tafí del Valle había que subir por una tortuosa carretera de montaña cruzando toda la jungla.  Tafí se encontraba divisando desde arriba su imponente valle. Inicialmente pensábamos hacer noche allí pero estaba en el lado húmedo de la montaña, hacia bastante fresco y amenazaba lluvia, así nos decidimos a continuar con ellos en coche hasta el siguiente pueblo, Amaicha.

En el camino entre Tafí y Amaicha pasamos por las cumbres de las montañas pre andinas a 4000 m para luego descender a 2000m en Amaicha. Descubrimos el desierto andino, muy pedregoso, con matorrales pequeños, y con gigantescos cantuses diseminados por las laderas de las montañas. Cuenta la leyenda que los indios pobladores de estas zonas aterrados por la esclavitud y abusos de los conquistadores españoles se convertían en cactus para así escapar a su cruel destino.

La realidad era otra, no se convirtieron en cactus, pero sí que muchos indios se suicidaron masivamente. Luego los suicidios cesaron, porque los españoles averiguaron que los indios creían que al morir pasaban a otra nueva vida de nuevo en armonía con la naturaleza, y muy astutamente comenzaron a castrar los cadáveres y amputarles brazos y piernas. Al ver esto los indios horrorizados dejaron de suicidarse ya que creían que pasarían su nueva vida sin brazos ni piernas.

Amaicha es un pueblo de unos 5000 habitantes, con las calles de tierra. Como ya dije se encuentra a unos 2000 metros sobre el nivel del mar, y se enorgullecen de tener 360 días de sol al año en el mejor clima del mundo, según ellos. Yo lo dudo ya que me parece que las noches de invierno (y también de verano) hace un frío atroz. Aunque como ellos dicen, es seco.

Anoche al volver al camping en el que nos alojamos después de cenar en el cuerpo nos encontramos con una situación muy pintoresca. Nos encontramos dos tipos en la puerta de la cabaña al lado de la nuestra, con guantes de látex, haciendo algún tipo de investigación médica. Les pregunté una vez y eludieron la respuesta, le pregunte otra vez al cabo de un rato, y me dijeron que eran investigadores del Ministerio de Salud llevando a cabo una investigación sobre el chagas, y lo que estaban destripando eran ratas muertas.  Situación, como ya decía, la de que analicen ratas muertas en busca de la enfermedad del chagas al lado de tu cabaña, muy pintoresca en la que nunca me había visto.

Los tipos, un hombre y una mujer, eran jóvenes y muy amables y hablamos un largo rato mientras ellos continuaban con su análisis. Hablamos de Argentina, de nuestro viaje, nos recomendaron sitios que visitar, y complementaron un poco más mis ya suficientes conocimientos sobre el chagas. El norte de argentina, como casi el resto de Sudamérica, es una zona endémica de esta enfermedad que transmiten los chinches al picar al humano por la noche. Si bien estos chinches se encuentran en casas rurales de adobe muy deprimidas y abandonadas y es de escaso riesgo para el viajero, mucha población local está en riesgo. Es una enfermedad silenciosa porque no tiene síntomas y no da la cara en mucho tiempo, sino se detecta mediante una serología y se trata, es en la mayoría de los casos mortal. Eso si, sin sufrimiento, me decía el chico que estas por ahí un día corriendo te caes y te mueres sin mas. El gobierno argentino está haciendo un esfuerzo tratando las casas de las zonas más desfavorecidas.

En unas horas salimos a visitar las ruinas del poblado indio de Quilmes, según dicen en un entorno incomparable. Este floreciente poblado indio desapareció al ser transportados todos sus habitantes como esclavos al puerto de Buenos Aires, dando así el nombre del actual barrio Quilmes de Buenos Aires.