Copacabana: a orillas del lago Titicaca. Bolivia

17 de enero de 2012. Dejábamos ya definitivamente de La Paz. Como durante la mañana habíamos tenido ya un viaje de tres horas desde Coroico, mas otra hora cruzando La Paz de punta a punta decidimos elegir el bus que tuviera pinta de más lujoso para el viaje a Copacabana, como premio tuvimos el placer de ver una peli de Arnold Schwarzenegger de la década de los 80 o quizás de los 70. Aparte de la película lo más curioso del viaje fue cuando tuvimos que bajar del bus para cruzar en barca una rama del lago Titicaca llegando así hasta la península, cuyo istmo pertenece ya a Perú, donde se encuentra el pueblo de Copacabana, y digo que fue curioso porque no solo nosotros cruzamos en barca sino que el bus también. Era una pena que ya se estaba haciendo de noche porque con la poca luz que quedaba se vislumbraba un paisaje espectacular.

Llegamos ya de noche a Copacabana, chispeaba y hacía mucho frio. Buscamos una pensión, que resultó ser bastante cutre, cerca de la plaza principal con el propósito de tomarnos el siguiente día de descanso y encontrar un hotel más lujoso para tratarnos bien aprovechando que ya quedaba poco en Bolivia donde los precios eran más baratos que en Perú. Encontramos el hotel la Cúpula que por menos de 20 euros tenía una habitación encantadora sin lujos ostentosos pero con todo lo que uno podía necesitar, incluso había papel higiénico en el cuarto de baño. Además tenía unas vistas fantásticas al lago Titicaca y del monte del Calvario en cuyas laderas se encontraba. La Cúpula también contaba con una acogedora área común llena de gatitos pequeños, con una amplia y buena colección de películas en DVD, con una linda cocina y bien cuidados jardines. En La Cúpula conocimos a una madre e hija argentinas, una pareja de holandeses y otra pareja israelí que nos intentó convencer de unirnos a ellos en una excursión a Machu Pichu.

De Copacabana me encantó la plaza principal con su imponente basílica blanca de estilo morisco en cuya entrada se dan las pintorescas  bendiciones de movilidades, es decir de los taxis y vehículos de transporte. Además es de destacar su mercado donde ni una mañana me perdí el caos del típico desayuno de api con buñuelos, sentado en las banquetas compartidas con familias de bolivianos y finalmente siendo siempre echado después de diez minutos. Tal era la demanda y el poco sitio que la vendedora directamente invitaba a largarse al que se demorara un poco para hacer hueco a nuevos clientes. La otra parte del mercado, separada del comedor por una doble puerta, estaba dedicada a la venta de frutas y sobre todo de cualquier tipo de carne con grandes pilas en los mostradores de animales sacrificados. El aire estaba cargado de una pestilencia que daba ganas de vomitar. En general la mayor parte del pueblo tenía bastante encanto y se conservaba bastante auténtica con la excepción de las calles cercanas al lago que rebosaban de explotación turística de mal gusto.

Compramos  los boletos para la barca a la isla del Sol para el próximo día y después decidimos irnos a cortar el pelo. Yo conseguí un corte por 15 Bolivianos (menos de 2 euros) en un peluquero de caballeros que tenía graciosamente dibujado cada corte posible en una hoja de papel, empapelando así toda una pared del local. Sinceramente el corte de pelo no fue tanta catástrofe como yo esperaba pero sin embargo tuve la impresión de estar experimentando la lo que sienten las ovejas cuando son esquiladas. Después, Siobhán fue a una peluquería de señoras y, para mi sorpresa, su corte costaba 5 Bolivianos menos que costó el mío aunque también el resultado final fue incluso un poco más divertido.

Para la puesta del sol subimos al monte del calvario, lo que resulto ser precisamente eso: un calvario. Estaba más alto y más empinado de lo que parecía y al subir con el tiempo escaso para ver al sol de ponerse desde arriba aceleramos la marcha lo que resultó en un gran sofoco: no hay que olvidar que estábamos a casi 4000 m.s.n.m. Al llegar arriba observamos cómo los últimos vendedores de refrescos, botellas de agua y artesanías estaban ya recogiendo sus pertenencias y tirando las grandes bolsas de la basura de todo día por los acantilados. Este acto es solo una pequeña representación de la actitud en Bolivia respecto al medio ambiente. Al poco se me acercó un niño que no debía pasar de los 10 años:

“Señor, señor, tengo una importante y mala noticia que darle” – me dijo.

“¿Y cuál es la noticia? – le contesté, casi ya anticipando el juego.

“Que anoche cayo un rayo muy cerca de aquí” – me respondió.

Yo casi sin prestarle demasiada atención le agradecí la noticia y continué haciendo unas fotos. El color rojizo del sol poniéndose en los tejados del pueblo a orillas del lago era impresionante. Al rato el mismo niño se acerca a Siobhán:

-“Señora, señora, si me da un boliviano le digo donde cayó un rayo anoche, es una información muy importante”

Coroico y los Yungas: el Camino de la Muerte, Bolivia

15 de enero de 2012. Era domingo y hacía un día esplendido. Paramos a un taxi para que nos llevara a las afueras de la ciudad donde salían los buses hasta Coroico. Nos quería cobrar más de lo que nos habían dicho que costaba. En esas pasaba una de las locas furgonetas para transporte público cuyo letrero de cartón con letras luminosas indicaba el lugar donde queríamos ir y sin pensarlo dos veces saltamos adentro tan pronto como la puerta corredera se abrió.

Nos esperaba un viaje de unas tres horas a Coroico por la nueva carretera sustituta de la conocida como “Camino de la muerte” o “la carretera más peligrosa del mundo”. Entonces podríamos decir que la nueva carretera se podría llamar: “la segunda carretera más peligrosa del mundo”.

Coroico es un pueblo mediano que se encuentra en la zona de la yunga ya de camino a la pura selva de la amazonia del departamento de Beni. Coroico está a una altitud de unos 1500 m.s.n.m de ahí que su selva sea selva de montaña, conocida como yunga, y a orillas del rio Kori Huayco que va a desembocar al poderoso rio Beni. Es un destino muy popular para mochileros debido a la espectacularidad de su paisaje y de la suavidad de su clima, sin ser puramente caluroso tropical ni tampoco el frío del altiplano debido a encontrarse a una altura intermedia.

Habíamos medio quedado con los chicos argentinos que se hospedaban en nuestro hostal en La Paz en vernos en Coroico ya que ellos también tenían el mismo plan que nosotros. Finalmente, gracias a las indagaciones de los chicos acabamos todos compartiendo una casita en las afueras del pueblo ya en la propia ladera del precipicio al valle del rio. Desde la terraza de la casa se disfrutaba de unas vistas espectaculares al valle del rio encajonado entre montañas. Nuestro anfitrión, un señor de Coroico de unos 65 años, era simpático y extrovertido y siempre estaba dispuesto a largas conversaciones para explicarnos todos los pormenores de la selva.

Después de la cena disfrutamos de una larga conversación político-histórica con Diego, Marco y Emi. Los argentinos estaban muy interesados en conocer la opinión de un español sobre temas como el colonialismo, historia en común de ambos países e incluso sobre la economía y política actual de la región. Por mi parte yo estaba igualmente de interesando en conocer su opinión sobre los mismos temas.

Al día siguiente todos nos fuimos de excursión caminando en busca de las tres cascadas. Y esta vez sí, por primera vez en el viaje, buscamos unas cascadas y las encontramos. Fue un día divertido y caluroso así que nos bañamos una y otra vez en las pozas de las cascadas para refrescarnos. A la noche comimos todos juntos en un restaurante un buen menú por 15 Bolivianos, toda una ganga.

Siobhán y yo pensábamos volver al día siguiente a La Paz para continuar después rumbo al lago Titicaca y la isla del Sol. Sin embargo, los chicos argentinos decidieron quedarse un día más ya que nuestro anfitrión se había ofrecido a llevarlos al cercano poblado de Tocaña donde residía una importante comunidad afro-boliviana descendientes de los esclavos llevados desde África en la etapa colonial. La oferta era muy tentadora ya que se decía que era un pueblo muy poco alterado por el paso de los siglos y donde se podía vivir toda una experiencia antropológica.

En esta zona de las yungas se da el cultivo de banana, café, frutas cítricas y sobre todo plantaciones de coca, que como ya se explicó en el relato de Potosí, son legales en Bolivia y también su consumo en forma de hojas. Inicialmente la autoridad colonial envió a los esclavos africanos a la zona del altiplano boliviano para trabajar en las minas, pero visto el alto grado de mortandad de dichos esclavos que tenían que soportar, además de unas condiciones de trabajo de explotación infrahumanas, el duro y frío clima del altiplano para el que no estaban acostumbrados, se les comenzó a destinar a la zona de las yungas para el trabajo en dichos cultivos. Dicho movimiento se consolido aún más después de su emancipación.

El pueblo afro-boliviano está incluido en el régimen de Autonomía Indígena Originario Campesina reconocido por la última constitución promulgada por el presidente Evo Morales en el 2009. Mediante dicho régimen los miembros de diversas comunidades indígenas y campesinas tienen la autoridad sobre sus territorios,  siendo respetada por parte del Estado central sus propias leyes ancestrales en el marco de la libertad, dignidad, tierra – territorio y respeto de su identidad y formas de organización propia. De ahí el cambio de nombre de República de Bolivia a Estado Plurinacional de Bolivia, al estar formado por numerosas nacionalidades.

Unos días más tarde, en la barca que nos llevaba a Copacabana a orillas del Titicaca nos encontramos con otras chicas argentinas que resultó que también habían estado en Tocaña, se habían quedado tres días porque el lugar les había hechizado. No contaron que se habían quedado en casa de un antropólogo de la universidad de La Paz que poco a poco pasaba más tiempo en Tocaña hasta el punto de estar planteándose no volver nunca más a La Paz. La pobreza y austeridad del sitio las obligó a tener que dormir encima de sacos de trigo, no había luz eléctrica ni ningún tipo de comodidad moderna. Sin embargo parecía que el sitio emanaba una energía especial y sus habitantes eran de una grandísima calidad humana. Yo anotaba en mi memoria todos los detalles haciendo un pacto mental conmigo mismo que en mi próxima visita a Bolivia Tocaña estaría en mi ruta.

En el viaje de vuelta a La Paz, después de tener nuestros más y nuestros menos para conseguir transporte, acabamos en un bus lleno de adolescentes argentinos de unos 17 a 20 años. Uno de ellos llevaba una guitarra y al poco de haber iniciado el viaje comenzaban a sonar los acordes de “La vereda de la puerta de atrás” de Extremo Duro. Yo no cabía en mi mismo, mezcla de estupefacción por el hecho de que en Argentina se conociera un grupo de rock español que yo pensaba no había pasado de las fronteras y sorpresa por el hecho de que jóvenes una década menores que yo aún les gustaba la música que yo oía a su edad.  Las tres horas de viaje volaron con una banda sonora con un extenso repertorio de canciones de Sabina, Estopa, Jarabe de Palo, Calamaro, Silvio Rodríguez, Spinetta, Extremo Duro. Yo iba disfrutando y tratando de recordar las letras de las canciones lejanas ya en mi memoria para colaborar cantando. Una vez más me cercioré de la cercanía de las culturas española y argentina.

Una vez en La Paz nos apresuramos y encontramos en la zona del cementerio un bus que salía pronto hacía Copacabana. Después de una semana afincados en La Paz decidimos despedirnos de esa fantástica ciudad y continuar hacia el lago sagrado de los Incas.

Purmamarca y el cerro de los siete colores. Jujuy, Argentina.

21 de diciembre 2011. En algún punto en el viaje entre Salta y Purmamarca habíamos cruzado el trópico de Capricornio. Un día histórico: nuestra primera incursión en el trópico. A decir verdad, nunca me había imaginado que esta incursión se realizaría viajando hacía el norte ya que para mí el trópico siempre había sido sinónimo de SUR. Además la novedad era doblemente excitante porque en nuestro primer día en el trópico iba a tener lugar el solsticio de verano. Mi cabeza formada y amueblada durante 27 años en el hemisferio norte no podía abarcar tanta contradicción: 21 de diciembre: solsticio de verano en el trópico viajando en dirección norte. El colmo.

En Jujuy capital habíamos cambiado de bus para continuar a Purmamarca. No nos molestamos ni en dar un paseo por la ciudad porque tenía una pinta de caos agobiante que no teníamos ganas de aguantar. El nuevo bus nos apuntaba la realidad en la que estábamos a punto de entrar. Ya no era un bus último modelo con doble piso, aire acondicionado y asientos cama con precio del pasaje  exorbitado. Este era un bus cochambroso, destartalado y lento, sin más ventilación que el aire caliente que entraba por las ventanas, empaquetado hasta el techo de pasajeros y con un precio del pasaje irrisorio. Jujuy es la última provincia de Argentina antes de entrar a Bolivia. La mayoría de sus habitantes son de origen indígena descendientes de los incas y todavía se usa el idioma Quechua en ámbitos rurales.

Purmamarca resultó ser un pueblecito pequeño, pobre y auténtico cuyo principal atractivo a parte del contemplar la cotidianeidad y modo de vida de sus gentes era el famoso cerro de los siete colores que se encontraba a sus espaldas.  Este era un cerro pelado y árido que gracias a su gran variedad de minerales verdaderamente hacía percibir al observador sus 7 colores en una gama que iba desde amarillos claros a violetas pasando por naranjas y rojos. Dependía mucho del momento del día y de la posición del sol ya que al variar la incidencia de los rayos los colores cambiaban.

Al llegar preguntamos por el camping y solo obteníamos respuestas a medias. Al final encontramos uno dentro del pueblo pero básicamente era un solar amurallado de tierra de granito pelada y sin ningún árbol, solo había una triste tienda de campaña dentro, para colmo era caro. Tras varias idas y vueltas en el pueblo con cansancio y hambre después del viaje y soportando un calor abrasador decidimos continuar hasta el camping de las afueras del poblado. Resultó ser toda una penitencia.

Seguimos el camino cuesta arriba que nos habían indicado la gente del pueblo, las mochilas eran pesadas: unos 25 kilos por persona, y el calor cada vez apretaba más. Cada vez que nos encontrábamos a un paisano que volvía hacia el pueblo le preguntábamos por el camping y siempre nos respondían casi sin hacernos caso que estaba después de la próxima curva. Encontramos en nuestro camino diversos alojamientos de cabañas o habitaciones y me interesé por su precio pero eran desorbitados: en torno a unos 80 euro las mas económicas. Al igual que los mochileros el turismo de altos presupuestos también estaba comenzando a alterar la realidad del pueblo.

Después de andar dos kilómetros la situación comenzaba a ser desesperante cuando por fin encontramos la ansiada tablilla anunciando el camping. Era hermoso con un jardín de árboles jóvenes y flores cuidadas con esmero pero la zona para montar las carpas estaba más dura que el firme de una autopista. Las instalaciones no podían ser más básicas y la propietaria, una vieja que me parecía simpática aunque un poco misteriosa, nos hizo saber que eran 30 pesos, ninguna ganga.

Habíamos buscado unos pedruscos para sujetar la carpa ante la imposibilidad de clavar nada en ese suelo, el día era muy ventoso. Súbitamente una varilla de las dos que soportaban la carpa se rompió. Visto en este preciso momento en el que escribo no era una catástrofe insalvable pero era la última dosis de una serie de pequeños reveses que se magnificaban con el cansancio y hambre. En ese estado la carpa era inútil y vencido por el estrés del propio día, yo ya estaba por volver a bajar hacia el pueblo y quedarnos en las cabañas de los turistas ricos dándoles toda la plata que tuviéramos encima si era necesario.

Poco antes que nosotros había llegado una joven pareja chilena que continuaba pidiendo un descuento a la dueña porque no tenían dinero para mantenerse allí una semana que era lo que tenían que esperar para tomar el próximo bus que cruzando los Andes les llevara a su país.  Había además muchas más carpas cuyos dueños no habían dado señales de vida hasta entonces.

Cuando ya nos íbamos a ir vimos llegar a Juana, una porteña que habíamos conocido en el camping de Cafayate. Juana venía acompañada de Facundo, al que no habíamos conocido antes.  Fue entonces cuando se empezó a arreglar el día. Ellos iban a recoger sus carpas para irse a Tilcara y Facundo nos ofreció su estuche de primeros auxilios para carpas, nosotros nos negábamos a aceptarlo porque pensábamos que le podía servir a él, pero nos insistió sinceramente: Facundo era un tipo bien auténtico con una energía y optimismo desbordantes. Gracias a nuestro nuevo amigo, el problema de la carpa quedó solucionado.

Una vez instalados volvimos a Purmamarca pueblo para comer pero ya había pasado la hora del almuerzo y no era posible comer en ningún sitio, por lo que hubo que contentarse con unos alfajores hasta la cena. Elegimos un local con mucho estilo para cenar y fue todo un premio por el esfuerzo del día. Había música tradicional y cuando estábamos a mitad de la cena entraron en el local los ocho jóvenes de Mar del Plata que nos veníamos encontrando en cada pueblo desde Tafí del Valle. Aún no sabíamos que junto a todos ellos más Juana y Facundo y compañía habríamos de pasar unas navidades memorables dentro de unos cuantos días.

En el camino de vuelta a casa ocurrió lo mejor del día. Esos dos kilómetros que hacía pocas horas nos habían parecido una tortura ahora se convirtieron en paraíso. Era una noche te temperatura apacible, atrás quedó el calor abrasador del día, la luna llena brillaba con toda su potencia y estampanaba sus rayos en las paredes de minerales multicolores de los cerros que nos rodeaban. Por primera vez en el día recordé que estábamos en el solsticio de verano, recién cruzado el Trópico de Capricornio. Hacía un mes justo que el viaje nos había empezado, y por primera vez sentía que era justo entonces, ahí mismo, cuando habíamos encontrado el viaje que veníamos buscando: la aventura, lo imprevisto, el choque cultural. A partir de entonces todo iba a ser distinto.

Al llegar al camping, entablamos conversación con la pareja de viejos. Ella era rechoncha y él delgado y mas arrugado que una pasa, lo creía indígena descendiente de los Quilmes o los Incas por sus facciones y su tez oscura, pero nos contó que su padre era español de Almería, y entonces me percaté de algo extraño: ese viejo lo mismo podía ser un indígena del altiplano que un viejete de mi pueblo en La Mancha. Nos enseñaron fotos del terreno cuando era propiedad de la abuela de la mujer, de la casa de adobe donde estábamos que ellos mismos al volver de la ciudad de Jujuy para pasar la vejez en sus orígenes arrebataron al tiempo y libraron del hundimiento. La abuela de la mujer no tenía en aquel tiempo para sustentarse más que unas míseras cabras y el terreno no era más que un yermo pedregal reseco. A todo le dieron la vuelta la pareja de hacendosos viejos, plantaron un vergel de árboles sin temor a no verlos llegar a grandes, plantaron flores de todos los colores, hicieron un pozo para regar árboles y flores y gracias al turismo el antiguo pedregal se convirtió en un camping.

Salta, Argentina

19 de diciembre de 2011. Ya puestos a recapitular ahora que la narración va llegando al final del viaje por Bolivia vamos a desempolvar algunas “perlitas” que se habían quedado sin relato. Volvemos a Argentina, todavía era primavera, y todo ocurrió así:

Después de un día de espectacular viaje en coche, aún en el asiento trasero de Arthur y Carolina llegamos a Salta ya bien entrada la tarde. Veníamos de pasar la noche en Cachi en uno de los camping más hermosos y tranquilos que he visto, pero el frío de las montañas nos había traspasado las paredes de la tienda de campaña como si fueran de papel. Pasada una hora escasa de viaje, fuimos retenidos por un todoterreno que había envestido a un camión, y es que el camino en tierra que llevábamos era tan bonito como peligroso. Posteriormente al cruzar el Parque Nacional de los Cardones nos deleitamos la vista con ejércitos de cactuses montando guardia en pedregosas llanuras al pie de las montañas.

En Salta nos alojamos en el camping municipal que estaba dentro de la piscina municipal. Se decía que esta piscina era la más grande de toda Sudamérica, yo lo creí porque más que una piscina parecía un lago inmenso, pero quedaba pequeña para el gentío que acudía a bañarse. Si sumamos esto al hecho de que tuvimos que montar la tienda de campaña al lado del seto que separaba el camping de la avenida principal por la que los coches volaban, se puede decir que el camping fue de todo menos tranquilo.

Una sorpresa buena sí que tuvimos en el camping. Resultó que en la carpa de al lado estaban instalados una pareja de italianos que habíamos conocido en Cafayate.  Ellos eran simpáticos y todo unos románticos que habían cambiado la vida en Europa por la vida en Sudamérica. Se encontraban haciendo un mini viaje por el norte de Argentina, ya que, después de unos meses en Brasil, se habían afincado en la región vinícola del sureste de Bolivia: Tarija.

Después de los paisajes encantados de pura soledad que veníamos disfrutando, la vuelta a la civilización, la vuelta al hormiguero de la urbe no me sentó nada bien. A 1152 m.s.n.m, a la ciudad de Salta se la conoce como Salta la bella. Se ubica en una zona que fue dominada por el imperio Inca y fue fundada tras la conquista española siendo una de las primeras ciudades coloniales de Argentina y sin lugar a duda rebosaba de arquitectura, iglesias, palacios y decadentes calles coloniales. Pero al mismo tiempo la vi caótica y agobiante y con un clima abrasador.

Esa misma noche salimos en la que se podrá considerar la única noche de fiesta de todo el largo viaje. El motivo era la despedida de nuestros amigos brasileños Carolina y Arthur.  Fuimos a la famosa calle de las “peñas” a ver un espectáculo de danza folklórica: la chacarera. Si el tango es la música y baile porteño por excelencia, la chacarera es la pieza central del folklore en las provincias del noroeste de Argentina. Yo no sabía decidirme cuál de estos bailes y músicas me fascinaba más. Tradicionalmente la chacarera se bailaba espontáneamente en las “peñas” que eran locales donde sus miembros se reunían cada noche. Pero esas peñas legendarias ya han pasado a la historia en favor de los locales para turistas. Plenamente conquistada por el turismo como está la ciudad de Salta, el espectáculo en el que nos metimos era todo un arreglo para foráneos pero pasamos la noche muy agradablemente en buena compañía.

Al día siguiente bajo un sol que derretía subimos en teleférico a la colina de San Bernardo desde donde había una esplendida vista de la ciudad.  Después, nos preparamos para el próximo día continuar dirección norte y cruzar el Trópico de Capricornio.

Tiwanaku o Tiahuanacu, Bolivia

12 de enero 2012. Bueno discúlpeseme por haberme saltado el día en Tiwanaku. Tiwanaku o Tiahuanacu fue una de las primeras civilizaciones de América del Sur y una de las civilizaciones precursoras de la civilización inca que contó con un poderoso estado durante aproximadamente cinco siglos.  La palabra moderna de Tiwanaku puede venir de un término de la lengua Aimara que significa “piedra central” ya que los Tiwanaku pensaban que estaban en el centro del Universo.

La ciudad sagrada de los Tiwanaku se encuentra al noroeste de La Paz y a unos 18 km del lago Titicaca. Se cree que en los tiempos de esplendor de la civilización Tiwanaku dicha ciudad se encontraba a las orillas del Titicaca del que provenía gran parte de su riqueza pero el desplazamiento del lago en los sucesivos siglos la ha dejado tan alejada de él. El estado de los Tiwanaku se extendió hasta el sur del actual Perú, por casi todo el altiplano de Bolivia y el norte de Chile. A pesar de sus altos avances en materias como la astronomía y la construcción, la civilización de los Tiwanaku no usó la escritura. Coetánea a los Tiwanaku se desarrollo la civilización de los Wari al norte en la parte central de los andes peruanos. Ambas culturas tuvieron gran influencia entre sí pero se discrepa si su relación fue de cooperación o de enemistad.

En el plano de la experiencia personal quizás aquí descubrí que no tengo mucho interés arqueológico ya que carecí de bastante interés a lo largo de la visita. Quizá por mi formación ingenieril acusé demasiado el exceso de información proveniente de meras especulaciones con pocas pruebas o indicios que las justificaran. La cercanía del moderno pueblo de Tiwanaku, casi encima de las ruinas era otro elemento que me perturbaba.  Sin embargo, Tiwanaku está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y no cabe lugar a duda del interés que despierta esta misteriosa civilización.

Probablemente cuando ya haya olvidado estos datos que estoy dando de los Tiwanaku aún no habré olvidado el lance de la salida en furgoneta de La Paz. La furgoneta circulaba por una ancha pista asfaltada pero sin carriles delimitados y de una única dirección. Cuando repentinamente el conductor recordó que había olvidado poner gas en el vehículo giró bruscamente y nos encontramos avanzando en la dirección contraria a un mar de vehículos que nos esquivaban con habilidad. Nadie se inmutó.

Sorata, Bolivia

13 enero 2012. En viernes 13  (mala fecha) me decidí a hacer una excursión en solitario a Sorata. En realidad no sabía muy bien a que iba pero me habían dicho que era todo un encanto de pueblecito rodeado de las montañas de la Cordillera Real de Bolivia y poco contaminado por el turismo. Siobhán quería – con toda la razón – dedicar más tiempo a explorar tranquilamente la ciudad de La Paz, pero mi impaciencia por conocer y explorar mas sitios me impedía estar quieto más de un par de noches en la misma cama.

Así, me fui hasta el cementerio de La Paz y busqué la esquina desde donde salían las furgonetas hacia Sorata. Me monté en una que, una vez más, había de ser conducida por un viejo camicace. A mi lado iba un viejo al que no le pude sonsacar más que trabajaba en la mina y había venido a La Paz a visitar unos familiares. Detrás iba un grupo de jóvenes mochileros franceses, y en la parte delantera otros dos adultos bolivianos. Los locales pagaron 7 Bolivianos por el viaje; a nosotros, por ser turistas, le añadieron un 1 al 7 que lo dejó en 17.

Me hice amigo de los franceses, que hablaban bastante bien español, y al final acabamos durmiendo todos en la misma habitación súper básica de un hostal aún más básico pero con esplendidas vistas al profundo valle por donde pasaba el río de Sorata. Por la noche fuimos un rato a charlar y beber unas cervezas al hostal de enfrente con un grupo de 5 o 6 jóvenes argentinas que habíamos conocido en la tarde en la plaza. Este hostal se llamaba El Mirador y, haciendo justicia a su nombre, tenía una terraza con unas vistas de infarto.

En realidad los extranjeros van Sorata a hacer caminatas por las montañas y los valles, caminatas de uno o varios días que según cuentan son únicas. Yo me dediqué a explorar el pueblecito de indígenas con sus plazas y calles adoquinadas  a unos 2700 m.s.n.m y a admirar las vistas desde el mismo pueblo, sin dar un paso fuera de él.

Solo por una cosa habría valido la pena las 3 horas de viaje desde La Paz por sinuosos y serpenteantes caminos de tierra y baches, sorteando las montañas nevadas: el descubrimiento del api. El api es una bebida típica del altiplano boliviano: es muy espesa, dulce, rosada y se toma bien caliente para el desayuno acompañada de buñuelos de harina fritos – un desayuno potentísimo. Se hace a base de granos molidos de maíz rosado mezclado con un poco de azúcar y canela. Lo tomé en el mercado local donde se reúne la gente del pueblo a desayunar en banquetas de los distintos vendedores. Yo era el único turista allí y disfrute el pequeño momento como una experiencia sublime y pura del viajero de las que escasean hoy en día.

En el viaje de vuelta a La Paz fui sentado al lado de Santiago, un joven de Sorata que también trabajaba en la mina. Santiago era mucho más hablador que mi anterior compañero y me iba explicando pequeños detalles de la zona y preguntándome cosas sobre España y Europa. Una pregunta suya si me impactó y creo que nunca la podré olvidar: me felicitó por hablar tan bien y me preguntó con ingenuidad qué idioma se hablaba en España. Además me confesó que no comprendía la utilidad de un viaje tan largo como el mío del que no alcanzaba incluso a imaginar las dimensiones ni distancias. Éste fue un viaje de vuelta a La Paz muy agradable en el que entablamos buena camaradería y cuando nos despedimos Santiago y yo nos sacamos una foto, nos dimos un abrazo y nos deseamos buena suerte.