11 de enero 2012. Eran alrededor de las 7 de la mañana cuando el bus vislumbraba las doradas paredes de la La Paz. Desde la ciudad de El Alto se veía al sol de la mañana chocar en las fachadas marrones de las casas de La Paz dispuestas en laderas tan empinadas que casi son acantilados. Habíamos pasado la noche entera viajando desde Sucre.
Como el viaje duraba doce horas, por primera vez en toda la aventura decidimos invertir un poco más en comodidad y comprar el billete del coche cama, en vez del semicama. Supuestamente los asientos serían más cómodos y anchos. Esta excepción lo único que hizo fue reasegurarnos en seguir comprando billetes semicama porque durante todo el viaje tuvimos sentada al lado nuestro, en el pasillo a una señora, que el conductor había metido para ganarse un dinero extra. He aquí la prueba de que el pagar más no siempre aporta más comodidad.
La Paz superó con creces mis expectativas. Mis expectativas eran muy pocas y no sé muy bien porqué. Lo que descubrí, en mi opinión, fue una de las ciudades con más encanto de Sudamérica. Es muy difícil describir La Paz. La Paz es Bolivia. La Paz es caos, movimiento, vida a borbotones, colores, calles en pendiente, antigua y moderna, pobre y rica, indígena.
Los momentos más majestuosos fueron dos, los dos al atardecer de diferentes días, cuando subimos a dos miradores en las laderas de las montañas que encajonan la ciudad. Al mirador del Kili Kili subimos con Matías y Virginia poco antes de la puesta del sol y continuamos allí hasta que ya la noche se había cerrado bien sobre nosotros. El panorama era impresionante: abajo el centro de La Paz, con sus monumentos coloniales y sus barrios más antiguos de un lado; del otro lado el barrio del Sopocachi y el centro bancario y de oficinas con sus altos rascacielos. Todo alrededor las laderas de los barrios residenciales, con casitas como si fueran de “Lego”, no una detrás de otra en un plano horizontal, sino una casa encima de otra en planos en vertical. Finalmente, y una vez más rodeando todo lo anterior los picos nevados de las montañas de las cordilleras Real y Central destacando sobre todas el imponente Illimani de 6462 de altura. El paso del día a la noche brindaba una luz dorada que convertía en dorada a toda la ciudad, era como si los últimos rayos se metieran en el pozo de La Paz y no se quisieran ir para la noche.
Otro día fuimos al mirador del Montículo en el barrio de Sopocachi, y aparte de un espectáculo similar al anterior solo que desde otro ángulo, la gran anécdota del día fue la tormenta que rompió justo al ponerse el sol. Tuvimos suerte que justo acabábamos de descender y ya estábamos en las calles de la ciudad. Veníamos de experimentar una violentísima tormenta en Sucre, pero esta fue incluso mayor: nunca había sentido tal poder de los truenos y relámpagos, era como si todo el cielo se fuese a romper y estaba el propio cielo de un naranja apocalíptico del que solo se ve en los dibujos animados manga de héroes y guerras. La gente de la ciudad ni se inmutaba.
Cuando Matías y Virginia se fueron de la Paz nosotros nos mudamos a otro hostal distinto en el que estaban otro grupo de jóvenes de Buenos Aires: Diego, Marcos, Tiziana, Emi, Aye y Marina, que ya habíamos conocido en Sucre y que por unos días se convertirían en nuestros compañeros de viaje. La gran anécdota fue cuando descubrimos que en el hostal que nos estábamos quedando cumplía una doble función. La primera era la obvia: función de hostal. La segunda: función de telo. Todo es posible en Bolivia.
Hicimos de La Paz una base para excursiones de uno o dos días. Así visitamos Tiwanaku, Sorata y Coroico. Una de estas veces el conductor de la furgoneta recordó que se le había olvidado poner gas (la mayoría de los coches en Bolivia funcionan con gas no con gasolina) en el vehículo. Ni corto ni perezoso dio media vuelta y nos encontramos yendo a trasmano en una marabunta de incontables filas (o no-filas) de furgonetas en sentido contrario. No se oyó ni un claxon.
Mi mayor admiración acontecía en los viajes desde o hasta la Paz. El salir o entrar a la ciudad en coche era todo un espectáculo. Primero de todo se debía subir por las laderas que rodean la ciudad con la consiguiente panorámica de regalo. Pero lo más impactante era mirar a la gente en su vida cotidiana en los barrios y suburbios aledaños a La Paz. Mercados, trajín de aquí allá, animales, niños corriendo, furgonetas circulando en medio de la gente, mas mercados, fruta, carne… era toda una explosión de vida y color. Todo el mundo haciendo algo. Había pobreza es cierto, pero nadie mendigando todos luchando por la vida.