Potosí y el Cerro Rico, Bolivia

5 de enero de 2012. “Potosí shocks”. Así empezaba el capítulo de Potosí mi guía de Lonely Planet. Potosí impacta y nosotros lo comprobamos. En pleno verano la ciudad más alta del mundo a unos 4100 metros de altitud era como un congelador con un cielo nuboso y gris. A su costado se encontraba observante el Cerro Rico. A su riqueza le debe Potosí haber sido la ciudad más poblada y suntuosa del mundo durante más de un siglo y también uno de los mayores genocidios conocidos en la historia de la humanidad.

El bus que nos transportó desde Uyuni a Potosí lo hizo por un camino de tierra que bordeaba montañas peladas de vegetación. Las seis horas de duración del viaje no fueron en vano. Yo iba sentado al lado de un joven que estudiaba un ciclo formativo de mecánica en Sucre y tuvimos varias cortas conversaciones a lo largo del viaje, me contó que vivía en una habitación con cocina por la que pagaba 300 Bolivianos al mes (unos 30 euros). En determinado momento el bus paró en lo que se suponía que era una estación de servicio. Era una casa de adobe en la que se vendían zumos y sopas que se dispensaban desde un gran tanque a una bolsa de plástico transparente en la que se metía una pajita para sorber. Los pueblos y ciudades bolivianos están llenos de esas bolsas que generalmente después de ser usadas van al suelo. Seguí la señal que decía “Baño”, el baño era un descampado, un solar detrás de la casa de adobe donde la gente aliviaba sus necesidades como podía.

Cuando llegamos a Potosí y nos dirigimos al centro en taxi en seguida nos sorprendió la magnificencia de su arquitectura, calles elegantemente adoquinadas con una iglesia en cada esquina y palacios coloniales por doquier. Era la víspera del día de reyes y cuando entramos a la recepción de nuestro hostal, que se ubicaba en una casona de piedra colonial, tenían puesto Televisión Española y estaban retransmitiendo la cabalgata de Reyes Magos de Madrid.

En Potosí me sorprendió algo que ya no nos abandonaría en el resto del continente: la conducción en modo camicace con un excesivo uso del claxon. Se pitaba constantemente y por todo. No había señales de “Ceda el paso” o “Stop”, cuando un coche se aproximaba a un cruce simplemente pitaba y eso quería decir que él tenía preferencia y no pensaba parar. No me pregunten como hacían para evitar las colisiones.

A mediados del siglo XVI un indio que había subido a la montaña en busca de una llama perdida encendió una hoguera al echársele la noche encima. A la mañana siguiente había un charco de plata fundida a sus pies. Ese fue el descubrimiento del cerro rico. Hay un dicho que dice que con la plata que se saco en la época colonial se podría construir un puente de plata de Bolivia a España; también hay otro que dice que se podría construir un puente con los huesos de los muertos en la mina. Fueron unos 8 millones de indios los que murieron a causa del trabajo esclavo en la mina.

Los señores españoles enviaban a los indios a trabajar en la mina durante 6 meses de trabajo continuo en los que no podían salir de la mina. Evidentemente la mayoría salía antes de cumplirse los 6 meses, pero con los pies por delante. Además, se trajeron grandes cantidades de esclavos negros para trabajar en la mina, pero cuando se vio que morían rápidamente al no poder adaptarse a las duras condiciones de frio y al mal de altura se los trasladó a las zonas bajas de los valles a trabajar en las plantaciones de coca.

Todavía a día de hoy más de 8000 bolivianos, muchos de ellos niños desde los 10 años, trabajan en penosas condiciones en el interior del Cerro Rico que ya no es tan rico, está casi agotado. Los mineros mueren de silicosis alrededor de 35 o 40 años, con los pulmones anegados de sangre debido al polvo venenoso que respiran en el interior de la mina. A pesar de esto, ellos se dicen orgullosos de ser mineros.

Al estar a mas de 4000 metros de altitud (la mitad del Everest, la montaña más alta del mundo) la atmosfera es mucho más fina, la columna de aire encima de nosotros es mucho más corta y por lo tanto hay mucha menos presión lo que trae consigo la falta de oxigeno. El mal de altura se traduce en dolores de cabeza, falta de la respiración, vómitos y nauseas. Pasado un tiempo, normalmente unos días, el cuerpo se adapta y empieza a producir más cantidad de hemoglobina en la sangre para así poder transportar mas oxigeno y aliviar al corazón y pulmones. En personas poco en forma o adaptadas puede incluso provocarles la muerte.

Nunca sufrí del mal de altura, supongo que los cambios se produjeron silenciosamente en mi cuerpo sin producirse los temidos dolores de cabeza y nauseas. Al contrario, el hecho de encontrarme a tal altitud me producía una buena sensación difícil de explicar, era como que el aire era más limpio y fino, y casi que sentía el deseo de subir otro poco más. La altitud es una adicción.

Todo el que visita Potosí tiene que tomar una decisión: visitar las minas cooperativas en el Cerro Rico o no. Se advierte de lo peligroso de la visita no apta para claustrofóbicos. A parte de los peligros más evidentes de derrumbes, explosión de dinamita y escapes de gas, está el de la inhalación del polvo de sílice venenoso que los mineros inhalan en su vida cotidiana, y el de las limitaciones físicas de cada uno ya que se unen la escasez de oxigeno derivada de estar ahora a 4500 m, a mitad de la pendiente del cerro, sumado a tener que penetrar por una angosta, polvorienta y oscura mina 2 km en las entrañas de la tierra. A parte de todo esto que no es poco para desestimar la idea de la visita, otros añaden que no quieren bajar donde están los mineros trabajando y hablar con ellos como para recrearse en su penosa actividad.

Yo elegí hacer la visita, en cambio Siobhán decidió no hacerla. Estaba un poco nervioso por los peligros anunciados pero la curiosidad era más fuerte. Además, si se puede de decir así, sentía como un deber de experimentar el infierno que mis antepasados habían creado, ser testigo de donde provenía la plata del imperio y si en la visita se sufría, sufrir en solidaridad con los mineros que todavía pican allí dentro.

Bien aprovisionado de agua y hojas de coca, una bolsa para mí y otra para regalar a los mineros, traspasaba la boca de la mina. En ese mismo momento mucha gente del grupo se aterrorizaba y se daba la vuelta para no entrar en el infierno, era la última oportunidad de echarse atrás. Yo continué aunque no se crean que por heroísmo que bien “cagado” estaba yo ya: afuera, en la ladera del Cerro Rico hacia un frio gris siberiano, un viento helado que cortaba y punzaba. Me habían dicho que en las entrañas de la tierra hacia calor. Me acorde del antiguo dicho que dicen los viejos de mi pueblo: “más vale humo que escarcha” y el frío gano al miedo.

A partir de aquí todo fue dantesco. Nuestro “Virgilio” en forma de una pequeña boliviana nos estaba guiando por oscuros túneles claustrofóbicos en una visita a los nueve círculos del infierno justo como si se tratase de una repetición del primer libro de la Divina Comedia.

A medida que íbamos avanzando el aire se hacía más caliente y caliente y cada vez más pesado, sólido. Nuestros propios pies, inexpertos en avanzar por minas iban levantando el temido polvo. A veces cruzábamos por zonas anegadas de agua rojiza teñida por el óxido de los metales que goteaba del techo de las galerías. De vez en cuando Virgilio nos apuntaba algún punto brillante, eran vetas de oro o plata que brillaban descaradamente en la oscuridad, culpables de la realidad ante la que nos encontrábamos.

Poco a poco los ojos se iban acostumbrando a la oscuridad pero el calor cada vez era más sofocante, el oxígeno empezaba a faltar y eso se notaba de inmediato en la cabeza. Además, la garganta estaba cada vez mas reseca. Ahí fue cuando entro en juego la hoja de coca. Llenaba mi boca entera de las amargas hojas y tragaba su líquido sin masticarlas como si de un caramelo se tratase. Cuando las hojas perdían su potencia, las tiraba y tomaba un nuevo puñado de mi bolsa. Sentía la garganta y la boca adormecidas por su efecto, como cuando el dentista te anestesia pone anestesia para sacar una muela.

Los mineros dependen completamente de la hoja de coca. Se dice que les quita el hambre, la sed y el sueño (tienen turnos de trabajo de 24 horas seguidas), y combate los efectos del mal de altura. No solo los mineros sino la práctica totalidad de los habitantes del altiplano boliviano pasan sus días con una bola de hoja de coca en la boca. La hoja de coca no es una droga. Los Estados Unidos siempre han pretendido que lo fuera para introducir en los estados sudamericanos su agencia estadounidense antidroga con el teórico pretexto de luchar contra esta, pero esto no ha sido siempre más que una excusa para manipular desde dentro para favoreces sus intereses imperialistas. Pero no señores, la cocaína no ha sido un invento de los indios, ha sido un invento nuestro, de occidente. Cuando el indígena Evo Morales – antiguo cocalero, o cultivador de coca – llegó al poder lo primero que hizo fue expulsar de Bolivia dicha agencia y proteger el cultivo y consumo de la hoja de coca. Los análisis científicos han desvelado que la hoja de coca aporta gran cantidad de vitaminas, minerales y calcio, los cuales complementan en gran manera las dietas de los mineros bolivianos. Personalmente nunca noté ningún efecto adictivo ni estimulante en ningún grado pero constaté por mi propia experiencia que nunca podría haber realizado la visita a la mina sin la bola de hojas de coca en la boca. Agradecía sobre todo la lubricación de la reseca garganta y la mitigación de la sed al ir tragando su amargo jugo. Ya para concluir este paréntesis de la coca, añadiré otro sus múltiples usos, el digestivo té de coca, al cual también me aficioné como no podría ser de otra forma dado mi gusto por las bebidas calientes y amargas.

Volviendo a la visita a la mina, la pestilencia a sílice y el calor se iban agudizando conforme íbamos bajando de nivel en nivel y también lo hacían los estruendos de las explosiones de dinamita que se producían en los niveles inferiores para irle abriendo más agujeros al interior de la montaña. Eran sonidos tétricos potentísimos pero a la vez apagados que se transmitía más que por el aire, que no lo había ya, por las paredes de la galería. Eran como los sonidos que producían monstruos horribles torturando pecadores en el fondo del ardiente infierno. A parte de peligroso por la posibilidad de derrumbes, este uso de la dinamita era bastante aterrador si no se sujetaba la imaginación.

De repente, cuando ya estábamos 2 km en el interior de la montaña llegamos a una galería ciega formando como una bóveda, allí estaba “el Tío”. El Tío fue un mito creado por los españoles para controlar el interior de la mina sin tener que poner ni un pie dentro. Lo que es sorprendente es que a día de hoy ellos conocen perfectamente este origen pero no por eso dejan de creerlo. La historia es como sigue. La astucia de los conquistadores consistía en ir introduciendo la religión católica buscando equivalencias con sus religiones indígenas. Fuera de la mina la introducción del catolicismo marchaba bien y los indígenas comenzaban a llenar las iglesias. Pero había que hacer algo para controlar el interior de la mina, crear alguna superstición que los atemorizara y controlara. La religión inca dividía el universo en tres partes: el cielo, representado por el Puma; el mundo de los vivos, representado por el puma; y el inframundo o Pachamama, representado por la serpiente.

De este modo, en el interior de cada mina construyeron en piedra un ser demoniaco con largos cuernos de carnero. El Tío tenía cuerpo de humano, estaba sentado observando amenazadoramente y era de destacar su gran pene. Los mineros esclavos fueron incitados a creer que el Tío lo controlaba todo, todo lo que pasaba bajo la superficie de la tierra, en la mina estaba bajo su poder: derrumbes, descubrimiento de metales, accidentes, muertes, etc., y por consiguiente era temido y venerado. Lo primero que hacia el encargado de la mina cuando un nuevo minero comenzaba a trabajar en la mina era llevarlo ante el Tío. Cada mañana antes de empezar el trabajo los mineros se presentaban a hacer ofrendas al Tío, a pedirle un día sin accidentes, un día rico en descubrimientos. Se le ofrecían hojas de coca, cigarros que se le encienden en la boca y se consumían mientras los indios pensaban que la estatua de piedra realmente los estaban fumando, alcohol de beber de 96 grados que se le rociaba en la cara y en el pene, en el pene porque de la fertilidad de la unión del Tío con la Pachamama dependía la fertilidad de la mina. Todas estas costumbres iniciales no han cambiado en nada y a día de hoy continúan lo mismo.

A parte de las hojas de coca otro elemento importante en la dieta de los mineros es el alcohol de 96 grados de las ofrendas al Tío. Imagínense los efectos en cuerpo y mente de los mineros.

A día de hoy los mineros están organizados en cooperativas y aunque continúan haciendo el mismo trabajo de esclavos, tienen un poco mas de independencia a la hora de decidir cuantas horas trabajar, cuando empezar y terminar, como organizarse. Los niños hijos de mineros empiezan en la mina a los 10 años y aunque muchos tienen la intención de aprender otra profesión para dejar la mina lo antes posible, lo cierto y verdad es que pocos consiguen romper su condena a la mina.

Y a los pies de todo esto continua la decadente Potosí, en un modo todavía orgullosa de su resplandeciente y opulento pasado en el que un día todas su calles se vieron adoquinadas en bloques de plata pura y su infinidad de iglesias y monasterios rebosaban de oro y exquisitas pinturas y las mercancías más lujosas y delicadas de Europa eran importadas sin reparar en costes. Cada día había una gran fiesta en el palacio de un “nuevo rico”, después de dichas fiestas las cuberterías de plata se tiraban a la calle como símbolo de derroche y opulencia.

Cuando las entrañas del Cerro Rico dejaron de manar plata la ciudad perdió rápidamente su influencia, las clases altas la abandonaron apresuradamente, se cerraron iglesias que fueron expoliadas por ladrones y los mejores lienzos se pudrieron en la humedad y el frio de su clima hostil. Entonces los indígenas que lo único que sabían hacer era picar en la mina continuaron hasta día de hoy intentando sobrevivir con las miserias y migajas que los conquistadores dejaron de lo que fue el yacimiento de plata más rico y de mas fácil extracción que jamás se ha conocido. Condenada a un frio perpetuo, ésta es la triste historia de Potosí.