El salar de Uyuni y Sud Lipez, Bolivia

Finalmente nos embarcamos con una agencia que no tenía malos reportajes y aunque con el precio un poco inflado tenía viaje para el segundo día del año. Teníamos claro que no queríamos quedarnos allí un día mas esperando.

El viaje fue espectacular. Estaba seguro que fue lo más espectacular que había visto hasta la fecha en mi modesta vida como viajero. Recorrimos alrededor de 1000 km. en tres días, subimos hasta altitudes de 5000 m. y admiramos las mas fantásticas creaciones de la naturaleza.

La excursión comenzó visitando un cementerio de trenes del siglo XIX. Estos trenes eran el sinónimo del control inglés del país, por los cuales el país se hipoteco y se entregó a manos atadas al crédito extranjero y además también habría alguno de los que Chile regaló al país a cambio de usurparle en la guerra del Pacifico toda su franja costera. Cuando al nuevo imperio, es decir al imperio yanqui, ya no le interesaba que las mercancías se transportaran por tren, el gobierno boliviano nacionalizó la compañía estatal de ferrocarriles en los años 70 dando lugar de este modo al enorme cementerio de ferrocarriles y miles hombres sin trabajo.

La segunda parada fue el salar. A lo largo de una extensión de 12.000 km2, alrededor de 170 km. de ancho y a unos 4000 m.s.n.m (metros sobre el nivel del mar) se extiende el salar de Uyuni, el mayor del mundo. Se cree que en el pasado, antes de la formación de la cordillera de los Andes, este área se encontraba en el fondo del océano; prueba de ello son las islas de coral que lo habitan. En la estación seca el salar está completamente seco y solo se ve una extensión blanca de sal infinita por la que los todoterreno pueden ir a más de 80 km/h. Sin embargo estábamos en la estación de lluvias y había un palmo de agua en todo el salar. Esto hacia que el todoterreno no pudiera correr tanto y de hecho no pudimos cruzar el salar entero, pero creaba un efecto espejo de un cielo que, para compensar la miseria del día anterior, era del más puro azul con infinidad de nubes de inmaculado algodón. Se tenía pues una sensación de estar flotando, ingrávido, como si se hubieran cruzado ya las puertas de san Pedro. Abandonamos el salar para ir a dormir al pueblo de Alota en unas humildes y frías casas de adobe. No fueron pocos los que fueron atormentados por el mal de altura.

El segundo día resultó en una sinfonía de lagunas cada una de un color: verde, esmeralda, colorada, turquesa. Los distintos colores eran debidos a las algas que moraban en las lagunas, y las orillas de las lagunas eran todas blancas debido a la presencia de un mineral que se usa para fabricar detergentes. Había flamencos por doquier para aumentar aún más el bucolismo del panorama: lagunas en desiertos flanqueados por montañas nevadas.

Nos encontrábamos en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Había que pagar 150 bolivianos por persona (unos 17 euros), pero los pague con gusto. Los beneficios sacados de la reserva se distribuyen en primera instancia en las comunidades locales y segundamente al Estado Plurinacional de Bolivia. Un toque más de la política de Evo. La diferencia con Iguazú era importantísima. Iguazú lo gestiona una empresa y los beneficios van a la empresa.

En la laguna colorada nos sorprendió una violentísima tormenta eléctrica y fuimos a pasar la noche a unos caseríos de adobe casi al pie de la laguna. La tormenta eléctrica dejo paso a una fuerte nevada que nos regalaría un bello paisaje siberiano. Mientras nevaba cenábamos y tuvimos una interesante conversación sobre el presente estado social, político y económico de Sudamérica con una pareja de argentinos, una pareja de brasileños y un boliviano, también integrantes de la excursión.

El tercer día empezó a las 4 de la madrugada todavía con una hora de oscuridad. Los todoterrenos atravesaban desiertos nevados para llegar a un campo de geiseres al amanecer, daba la impresión de estar en Islandia. Luego fuimos a bañarnos a unas piscinas de aguas termales y humeantes. Toda una experiencia, rodeados de nieve y montañas y nosotros allí en traje de baño.

Después del desayuno fuimos a parar al desierto de Dalí, infinito arenal con rocas de forma surrealista esparcidas aquí y allá. Finalmente llegamos a la última laguna y probablemente la más preciosa, la laguna Verde a los pies del majestuoso nevado volcán Licancabur, de más de 6000 m.

Estábamos  en el punto donde convergen Argentina, Bolivia y Chile. Nos acercamos al paso fronterizo de Chile ya que algunos excursionistas continuaban hacia San Pedro de Atacama y su desierto, el más seco del mundo. No nos faltaban ganas de cruzar a Chile pero Bolivia todavía nos estaba llamando. Para sacarnos la espinita dimos un paseo por los Andes chilenos y nos hicimos una foto al lado de la señas de entrada a Chile, para inmortalizar el momento en que, efectivamente, pisamos Chile.

Todo el viaje fue un éxito. Nuestro conductor Jorge, hombre de pocas palabras, fue un gran profesional al volante en una ruta larga y peligrosa. Fue como un mini rally Dakar, que por cierto, en esas fechas ya se estaba rodando al otro lado de la cordillera.

De vuelta a Uyuni, todavía con las fascinantes imágenes en nuestra retina, sacamos nuestro pasaje para Potosí y cenamos en la pizzería de Luis, un boliviano que había vivido 13 años en Suecia, y que fue más abundante en palabras y explicaciones que sus compatriotas. Nos preparó una deliciosa pizza con base de quinua cultivada por el mismo en las tierras de su familia y nos regaló una interesante conversación, ilustrándonos sobre la astronómica especulación en Uyuni debida sobre todo al turismo y a la minería: un apartamento en la ciudad costaba hasta 300.000 dólares estadounidenses. También nos explicó como con la nueva ley de Evo Morales que eliminaba la propiedad privada de las tierras para otorgar la propiedad al individuo que la trabaja su familia que varias generaciones atrás poseía varios cientos de hectáreas había perdido el derecho a gran parte de ellas.

Viaje en tren al 2012

4 de enero de 2012. Era el último día del año 2011 y la atmósfera ya se iba calentando para la fiesta de Nochevieja en Tupiza. Las botellas de sidra abundaban en los escaparates de los comercios. Sin embargo, habíamos decidido que era hora de avanzar. A las 18.30 montábamos en el Expreso del Sur, el tren que nos transportaría al 2012. A eso de la 1.30 de la madrugada del primer día del 2012 llegábamos a Uyuni. En esas siete horas de viaje se habían sucedido un descarrilamiento del tren cuyos vagones tuvieron que ser devueltos a las vías en plena noche y una gran fiesta para recibir al año nuevo. Los pasajeros del tren eran casi en su totalidad jóvenes argentinos que como nosotros iban a Uyuni, iban bien preparados de sidra, vino e instrumentos musicales, incluso un saxofón llevaba alguno, y se encargaron de hacer una fiesta que por momentos amenazó de descarriar el tren una vez más.

El grupo de amigos con que pasamos Navidad ahora se había reducido a cuatro argentinos más Jordi. Ellos habían viajado la noche anterior a Uyuni en autobús. Si nuestro tren había descarriado, su bus se había salido de la carretera en plena noche, por suerte al lado contrario del precipicio, y tuvieron que estar seis horas esperando a que alguien fuera a socorrerles. Todos salieron ilesos pero estos lances representaron una buena introducción al transporte en Bolivia.

Eran la 1.30 de la madrugada cuando entrabamos a un hostal básico pero limpio enfrente de la estación del tren. Llovía y hacía frío, pero eso no impedía que hubiera una gran fiesta en las calles de Uyuni a juzgar por el estruendo de tambores y trompetas que traspasaba los muros de nuestra  habitación.

El 2012 empezó mal. Cuando nos levantamos comprobamos que Uyuni era una ciudad fea y fría, nacida como nudo ferroviario y centro militar. La ciudad dormía en la resaca y temíamos no poder conseguir una excursión al afamado salar y la región de Sud Lípez. Los pocos operadores que estaban abiertos no estaban vendiendo excursiones para el 2 de enero, unos decían que porque no tenían combustible para los todoterreno y otros porque los conductores estaban aún borrachos.

Con ese panorama tan poco alentador, cielo gris encapotado, lluvia y frio ya nos estábamos arrepintiendo no haber hecho el tour desde Tupiza el cual era de 4 días en vez de 3 y también mucho más caro. Casi nos estábamos planteando el darnos la vuelta a Tupiza, o yo, que tan enemigo soy de los grandes reclamos turísticos, simplemente continuar el viaje sin ver el salar. Esto último hubiera sido un craso error.

Tupiza, Bolivia

27 de Diciembre de 2011. Tupiza era nuestra primera parada en Bolivia. Era una ciudad pequeña, sencilla y tranquila. Su mayor reclamo para el viajero era el estar situada en un entorno ideal para caminar o hacer excursiones a caballo. Además poco a poco estaban aumentando las agencias que, desde Tupiza, ofrecían tours en vehículos todoterreno del salar de Uyuni y de la región de Sud Lípez. El tour estándar ofrecido era de cuatro días y costaba en media unos 1200 o 1300 bolivianos (130 – 140 euro) con alojamiento y comida incluida. Nosotros, con bastantes dudas, decidimos hacer el tour desde Uyuni.

Tupiza tenía una gran plaza cuadrada y bonita llena de árboles, una colina mirador donde se podía observar todo el pueblo y las impresionantes paredes rojas que lo flanqueaban. Un mercado central que era una explosión de colorido y un amontonamiento de todo tipo de carnes: pollos, trozos enteros de vaca, cabezas de vaca, etc., en venta y sin ningún tipo de refrigeración que aportaban una gran pestilencia al ambiente según iba avanzando el día. También había otro segundo mercado, este situado como en una red de callecitas estrechas y techadas donde se vendían zapatos, ropa, especias, y demás enseres. Finalmente, había también un mercado ambulante al lado de la estación del tren donde lo mismo te podías comprar unas empanadas como un juego de backgammon o un bolso. Queda patente, pues, que el mercado popular y la venta ambulante era la forma de comercio reinante. Pequeñitas viejas de piel curtida y arrugada vestidas en traje tradicional boliviano con falda, mandil y sombrero y sentadas en cuclillas en el suelo eran las vendedoras.

Pasamos un par de días descansando, sin hacer mucho y disfrutando los menús del restaurante de al lado del hostal que por 13 bolivianos (1 euro y medio) te incluía sopa, plato principal y postre. Bueno, además de descansar y relajar, estábamos pasando una gran diarrea que se hizo presente nada más cruzar la frontera. En términos generales la higiene en Bolivia es prácticamente algo inexistente, la forma de manipular y almacenar la comida son aterradoras para el europeo, los baños apestan y salvo rarísimas excepciones no tienen papel higiénico ni jabón para lavar las manos. En estas condiciones es fácil adquirir una diarrea histórica; a nosotros nos acompañaría durante gran parte del viaje por Bolivia.

Socialmente, algo que nos impresionó fue la abundancia de ciber cafés, con la conexión a internet más lenta que se pueda imaginar, y juegos informáticos donde los jóvenes pasaban horas y horas completamente viciados al juego. Después comprobaríamos que era algo normal en todo el país. También observamos un cambio radical, respecto a Argentina, en la actitud ante el extranjero, siendo el boliviano mucho más reservado, parco en explicaciones y numerosas veces mostrando una mezcla de miedo y desconfianza ante el hombre blanco. Obviamente, sobran razones históricas para justificar esta actitud.

Sin embargo, dentro de la propia Bolivia, hay grandes diferencias sociales entre la zona del altiplano, por donde nosotros viajamos, y las zonas bajas de selva y valles. De hecho el nombre oficial del país es: Estado Plurinacional de Bolivia. En el altiplano la población es indígena, más pobre e introvertida y temerosa, con gran devoción por el presidente indígena Evo Morales del que abundan fotos por doquier como baluarte del progreso de la nación y de la mejora de las condiciones de los indígenas. En cambio, la zona de Santa Cruz, según me han explicado, puesto que por allí no viajamos, es más próspera, los habitantes son más blancos o mestizos y más extrovertidos.

Finalmente nos decidimos a hacer una excursión a caballo. Inicialmente contratamos una excursión de dos días, pero rápidamente cambiamos de opinión y lo cambiamos por una de solo un día ya que nuestra experiencia montando era prácticamente nula.

Fue todo una experiencia. Nuestro guía era Cristian, un niño que se empeñaba en decir que tenía quince años ya casi dieciséis pero era evidente que tenía muchos menos. En Bolivia los niños llevan la mitad de los negocios. Cabalgamos por entre formaciones rocosas extravagantes, de las más diversas formas, siempre con una gran variedad de tonalidades de marrones y rojos. Normalmente por cursos de ríos medio secos que se llenaban en las riadas de la estación de lluvias. De hecho, estábamos al inicio de la estación húmeda, y durante una hora nos diluvió pero no interrumpimos la cabalgata. Cristian era el hijo del dueño de los caballos, pero nosotros contratamos la excursión con una agencia por 210 bolivianos el día y persona, unos 3 euros la hora. Supongo que la agencia pagaría la mitad al dueño de los caballos, el negocio del turismo y las típicas agencias que se están procreando como hongos en la lluvia son unos grandes usureros.

Progresivamente Cristian iba azuzando más y más a nuestros caballos para que pasaran del paso al trote y del trote al galope. Yo creo que quería adelantar la hora de llegada. A mí el trote me resultaba muy incómodo y doloroso ya que no lograba adaptarme al ritmo del caballo, sin embargo me encontraba mucho más a gusto en el galope, causaba gran impresión al principio, una sensación de inseguridad y de que con cualquier imprevisto podrías ir al suelo en una caída que podría resultar fatal. Poco a poco, uno se siente más seguro y el miedo deja paso a una sensación de libertad, velocidad y poderío inigualable. A Siobhán le pasaba al contrario, prefería el trote al galope y su caballo era más asustadizo en el cruce con los vehículos.

En la última hora de cabalgata Cristian me dio una ramita flexible con la que azotar al caballo para que pasara galope, y éste obedecía de inmediato. Me sentía seguro. En el último tramo estábamos cabalgando por la vía del tren, mi caballo se lanzó al galope, me sujeté el sombrero de vaquero y abandoné a mis compañeros haciendo mía la vía del tren. Era una sensación única e irrepetible, galopando por una vía de tren en la grandeza del altiplano boliviano. Era dueño de mi caballo y mi destino.

El paso a Bolivia

26 de Diciembre del 2011. A eso de las 3 de la tarde partimos de Iruya en un autobús viejo y destartalado que portaba nuestras mochilas atadas en el techo. Una vez más debíamos repetir, esta vez de vuelta, el sinuoso camino que nos había llevado hasta Iruya. En la intersección del camino de tierra con la carretera principal nos bajamos, así evitábamos los últimos 25 km. hasta Humahuaca, que de otra manera deberíamos de repetir para volver a subir hasta la frontera. Allí esperamos que pasara el próximo bus hasta La Quiaca.

Una hora y media duro el viaje hasta La Quiaca, cruzando el último extremo del noroeste argentino. El supervisor de los tickets iba ofreciendo hojas de coca a los pasajeros. Cuando llegamos a La Quiaca, ciudad fronteriza en la parte argentina comprobamos, como ya habíamos oído, que no es un pueblo en el que te gustaría pasar una noche: frio, alto (3500 m.s.n.m), ventoso, destartalado, y probablemente peligroso. Eran más de las 6 de la tarde y el grupo de 8 personas se dividió en dos. Cinco se dispusieron a cruzar la frontera y viajar directamente a Tupiza, pequeña ciudad al sur de Bolivia. Nosotros, junto a Fernando, un chico de Buenos Aires, tomamos un taxi al pueblecito argentino de Yavi, a unos 20 minutos de La Quiaca, para pasar allí la noche y cruzar la frontera al próximo día.

Nuestro razonamiento fue que si no era recomendable pasar la noche en La Quiaca, menos aún lo era pasarla en Villazón, la ciudad boliviana de la frontera, y como no sabíamos a ciencia cierta si después del trámite de la frontera aun saldrían buses a Tupiza, y si salían llegarían a su destino alrededor de la media noche, tomamos decididamente la opción más conservadora.

Yavi era un pueblecito encantador, ajeno completamente al turismo, sumergido en el tiempo. Todo marrón, paisaje marrón (a excepción del valle cultivado), casas marrones de adobe, calles marrones de tierra. Nos quedamos en la opción más económica, haciendo camping en el camping municipal por 8 pesos por persona (alrededor de euro y medio).

No pudimos encontrar nada para cenar. Esto era algo que ya nos venía pasando desde hacía varios días, y sin lugar a dudas es un fenómeno raro para el viajero o el turista; supongo que nosotros somos una combinación de ambos. Uno está acostumbrado a que la gente se abalance vendiendo cosas, a que sobren las opciones de cosas o de comida para comprar, normalmente a doble precio de lo que pagaría un local, pero, al fin y al cabo, múltiples opciones para consumir. Aquí nadie nos quiso vender nada. Nos miraban como preguntándose qué era lo que estábamos haciendo allí un 26 de diciembre, y nos decían que no tenían comida, que se les había acabado en las fiestas, que fuéramos a preguntar a la casa de al lado. Algo similar nos paso ya en Iruya un par de veces aunque no tan dramático. Al final encontramos unas bolsas de salchichas y gracias a que Fernando llevaba un hornillo para el camping las pudimos cocinar y cenar. Fue una buena cena, sencilla pero en buena compañía y con buena conversación.

A las 11 del día siguiente, el 27 de diciembre, estábamos en una larga cola en la frontera para conseguir el sello de salida de Argentina y el de entrada a Bolivia. Este trámite nos llevaría más de cuatro horas. Nicolás, un boliviano de unos 60 años que vivía en Buenos Aires, nos precedía en la fila. Nicolás estaba bien enojado y nos decía: “esto es para que ustedes vean lo que es el Mercosur, ¡una mierda!, que no les engañen por la tele, ustedes han estado aquí y lo han visto”. Continuaba su enfado diciendo: “Buenos Aires está lleno de bolivianos, muchos de ellos discriminados y explotados con salarios de miseria y jornadas infinitas de trabajo, pero lo que más me duele es que en muchos de los casos es un boliviano quien explota a otros bolivianos, para que vean ustedes.”

En este caso yo no vi tanto problema con Mercosur salvo el de que en la parte boliviana de la frontera solo había un funcionario en una ventanilla sin ningún tipo de prisas lo cual hacia que la fila apenas se moviera un metro cada cuarto de hora. Sin embargo, el trámite se realizaba sin ningún tipo de problema, no solo para los ciudadanos de Mercosur sino también para los de la Unión Europea. Caso distinto era para los ciudadanos estadounidenses que debían pagar una visa que costaba 140 dólares estadounidenses como justa compensación a la visa y problemas que deben afrontar los bolivianos para ir al país de las barras y las estrellas.

Fueron más de cuatro horas en una fila bajo el abrasador sol del medio día en el altiplano boliviano sin una mísera sombra. Este fue el precio que hubo que pagar para entrar en Bolivia, una buena insolación.

Después supimos que la otra parte del grupo que entró al país el día anterior por la tarde no tuvo que esperar ni siquiera diez minutos al no haber nadie esperando en la fila. Pero ellos no vieron Yavi.

Una vez ya en Villazón, nos apresuramos a cambiar los pesos argentinos que teníamos a una tarifa extorsionadora de 1.38 y casi corriendo llegamos a la estación de bus y nos subimos al primero que partía para Tupiza. El viaje de dos horas fue agradable y veloz, disfrutando de un precioso paisaje de fértiles valles y desnudas montañas que ya no era argentino sino boliviano. Todo un nuevo país se extendía ante nosotros y estábamos felices.