Los Mejores 5 Hoteles Económicos de Miami

Miami es una ciudad encantadora perteneciente a Norte America que atrae mucho turismo durante todo el año. Y es que con sus refrescantes playas y sus construcciones realizadas para que se puedan realizar actividades deportivas cerca del mar, se ha convertido en el destino ideal para disfrutar de lo mejor de las vacaciones en Estados Unidos.

Comienza por conocer un poco de historia sobre la ciudad para que así puedas encontrar los puntos turísticos más destacados del lugar como por ejemplo la Villa Vizcaya, el Castillo de Coral, la Venetian Pool, el Parque Nacional de los Everglades, la Little Havana o el Jungle Island y mantente ocupado cada segundo que te encuentres presente en la ciudad.

Aprovecha al máximo tú tiempo organizando un cronograma de actividades y encárgate de tu lugar de hospedaje o transporte desde la comodidad de tu hogar antes de llegar al destino. Usa una agencia de viajes online como Viajemos.com para obtener toda la información que necesites para tu viaje y encuentra los mejores hoteles a excelentes precios en la ciudad. Hoy nosotros te indicaremos 5 de ellos que puedes solicitar sin problemas por un precio menor a los USD$100 por noche y en excelentes condiciones.

Freehand Miami Hostel

A solo una calle de la pasarela frente a la playa en Miami Beach este hotel ofrece muchos locales atractivos para ir de compras, opciones gastronómicas variadas y vida nocturna muy activa. Creado para una nueva generación de viajeros con un estilo art deco ofrece una variedad en el hospedaje tanto privado como compartido para la disminución de gastos de los huéspedes.

Sus instalaciones cuentan con personal multilingüe, servicio de alquiler de bicicletas, jardín, estacionamiento, conexión a Internet, terraza y desayuno incluido para complacer a todos los huéspedes desde temprano con precios por habitación desde USD$78 por noche.

Motel Blu

Conocido por su estilo arquitectónico típico del modernismo en Miami este hotel construido en los años 50 y 60 fue renovado para mostrar en su vestíbulo colores vibrantes y decoración expresiva, ofrece a unos pocos pasos la playa, restaurantes, tiendas localizadas en el centro de Miami y el aeropuerto internacional a menos de 10 Km.

Sus instalaciones cuentan con piscina, terraza, sillones para descansar de teca importada de Brasil y decoraciones con bambú, además podrás disfrutar de conexión a Internet, desayuno incluido, servicio de transporte al aeropuerto gratuito y restaurante gourmet con un costo por habitación desde USD$79 por noche. 

Roma Golden Glades

Con estatuas y columnas que adornan la entrada este hotel recibe a sus huéspedes mostrando un vestíbulo del viejo mundo que los dejará recordando la historia desde que entras hasta que sales y puntos de interés en los alrededores como el hipódromo de Calder y el Joe Robbie Stadium.

Sus instalaciones cuentan con 105 habitaciones desde USD$86 por noche, decoradas con un toque italiano que las convierte en un rincón de Italia en Miami, guardería, conexión a Internet, piscina, terreno de golf, gimnasio, zona de negocios y casino 

Floridian Hotel

 Como puerta de entrada a los cayos de Florida y conocida como el tesoro escondido de Homestead este hotel ofrece amplias habitaciones desde USD$89 por noche, completamente equipadas para cubrir todas las necesidades de los huéspedes y su estancia sea placentera. Sus instalaciones cuentan con desayuno incluido, piscina y conexión a internet y la oportunidad de recorrer los alrededores del hotel que ofrecen restaurantes, tiendas, centros comerciales, actividades recreativas y actividades deportivas.  

Best Miami Hotel

 Situado en el Corazón de Miami, su estilo mediterráneo coloca a los huéspedes en completa comodidad desde que llegan. A solo 4 cuadras de la universidad de Miami, 2 cuadras de las tiendas de Sunset Place y una cuadra de la estación Metrorail este hotel le permite a los visitantes disfrutar de la excelente ubicación del establecimiento para visitar  los museos, teatros, lugares de interés y la famosa vida nocturna de Miami  Sus amenidades cuentan con conexión a Internet, gimnasio, jardín, piscina con cascada de agua, estacionamiento, y habitaciones renovadas con un estilo boutique de confort y sofisticación desde USD$93 por noche.

Colonia del Sacramento, al otro lado del Río de la Plata. Uruguay

5 de diciembre del 2011. Tras dos horas en bus llegamos a Colonia de Sacramento. Habíamos oído maravillas de esta ciudad declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1995 y teníamos muchas ganas de conocerla.

Nos quedamos en el hostal “El Español”, era el más barato que encontramos y todavía los precios eran exagerados pues pagamos 20 euros por persona por dos camas en una litera en una habitación con 6 personas. Todavía no habíamos entrado al casco histórico, pero ya había comprendido que la ciudad debía ser espectacular para tener estos precios.

En “El Español” conocimos a una pareja de catalanes de Tarragona muy interesantes y de un trato amabilísimo. Él, al terminar su viaje por los alrededores del Rio de la Plata en el que estaban visitando a su hija que estudiaba un año de carrera en Buenos Aires, se iba a ir hasta Chile a empezar un viaje en bicicleta junto a otro amigo que les llevaría sin una ruta fija hasta la amazonia peruana. Fue, entre otras cosas, recordando las conversaciones con él, experto viajero ya y apasionado de la selva de la amazonia, por lo que nos animaríamos meses más tarde a hacer una expedición arriesgada a lo más hondo de la amazonia.

Sin lugar a dudas Colonia del Sacramento nos encantó. Era uno de estos sitios que por su conservación excelente y su encanto, belleza y el gusto por el detalle – y sin querer, me viene a la cabeza Dubrovnik, no porque sean parecidos sino porque tienen en común esas características – se han convertido en toda una atracción turística, e incluso así conservaba su encanto.

Colonia del Sacramento es una ciudad construida por los portugueses en el siglo XVII en el Río de la Plata para contrarrestar el poder español de Buenos Aires al otro lado del río. La ciudad fue conquistada y reconquistada en numerosas ocasiones tanto por portugueses como por españoles, e incluso una vez obtenida la completa independencia continental de las metrópolis portuguesa y española la ciudad fue invadida durante 10 años por los brasileños, para quedar en 1828 bajo el dominio definitivo del Estado Oriental del Uruguay.

Las calles del casco antiguo de la ciudad se encuentran completamente adoquinadas y las casas y mansiones de estilo colonial español y portugués se han recuperado y han quedado en un estado como si los siglos no hubieran pasado por ellas. Los rincones y callejuelas con encanto se distribuyen por doquier, la muralla parcialmente conservada todavía tiene en pie su portal de entrada y su foso, tiene un coqueto puerto de yates y el romántico paseo de San Gabriel a orillas del Río de la Plata. Por si fuera poco y como para dejar aun más claro el estilo clásico de la ciudad, abundan los coches de lujo clásicos de los años 40, 50 y 60, en perfecto estado de conservación y aún en funcionamiento.

Estando en Colonia del Sacramento recibimos un email de una de las granjas que habíamos contactado en referente a la estancia como voluntarios. Estaba en la provincia de Buenos Aires, y además era un “Yoga Park” y decían que podíamos incorporarnos cuando quisiéramos en los próximos días. No nos disgustaba la idea de una estancia en el interior de la provincia de Buenos Aires, ni tampoco desconectar un poco haciendo yoga, por lo que confirmamos nuestra llegada. Acerca del futuro del itinerario yo ya estaba teniendo dudas si lo más adecuado era bajar hasta la Patagonia y Tierra de Fuego, como pensábamos inicialmente, o si no sería más lógico limitarse a cubrir el norte de Argentina en el camino hacia Bolivia. Por lo pronto desestimamos la idea de continuar hasta Carmelo, un par de horas al oeste de Colonia, para cruzar el Río de la Plata desde allí hasta Tigre en Argentina. Se decía que este era el cruce más bonito del Río de la Plata ya que se hacía en lancha siguiendo los brazos del delta del río en contraposición al que realizamos nosotros en ferri desde Colonia hasta el puerto Madero de Buenos Aires, sin embargo, esta última opción era mucho más rápida y teníamos ganas de empezar la nueva aventura en la graja-parque de yoga.

Después de una semana dejábamos Uruguay con nostalgia ya de los buenos momentos pasados en las piscinas termales de Salto y de esos paseos por las infinitas playas de Punta del Diablo. Pero, al mismo tiempo, conscientes de que era un país que no se prestaba mucho al viaje de aventura y choque cultural que andábamos buscando.

Cuzco, la capital del imperio Inca. Perú.

21 de enero de 2012. Mañana lluviosa para salir de Bolivia. Dejábamos Copacabana al tiempo que descubríamos que la oficina que nos había vendido el ticket no tenía un bus propio como nos dijeron y que nos había cobrado un tercio en recargo por subirnos al bus de otra compañía. Este enésimo timo en la lista se compensó por el hecho de que el cruzar la frontera con Perú fue un trámite sencillo, rápido y seguro, cosa que a excepción de los cruces de frontera entre Argentina y Uruguay en Salto y Colonia, no volvería a ocurrir. El viaje de 10 horas en bus transcurrió por los más bellos paisajes montañosos andinos por carreteras de gran peligro. Además el conductor tuvo a bien ponernos Rambo I, II y III en alto volumen. Esto no hizo sino confirmar que los conductores de bus, en cualquier parte del mundo, tienen una secreta perversión por arruinar el viaje a sus pasajeros y la televisión a bordo es, evidentemente, su arma más letal.

Al llegar a Cuzco, ya de noche, tuvimos el ya habitual acoso de taxistas y ofrecedores de habitación. Nos mantuvimos fuertes y no sucumbimos ante ninguno. Finalmente tomamos un taxi y le indicamos que fuera al hostal del que una señora nos había dado una tarjeta de propaganda e incluso se ofrecía a llevarnos ella misma gratuitamente. Como la calle era peatonal nos dejo en la entrada y equivocadamente nos metimos a preguntar a otro hostal, en el que nos quedamos y a la postre resulto ser mucho mejor y algo más barato que el que andábamos buscando. Era un hostal familiar atendido por Juliana y su marido lo cuales se encargaron de ayudarnos y aconsejarnos en todo lo posible.

Cuzco es un sueño de ciudad. Con sus calles adoquinadas, y edificios, iglesias, catedral, palacios coloniales muy bien conservados, lo hacen un paraíso para la vista. La plaza de armas con la catedral y la iglesia de la Compañía y sus costados con soportales, las vistas a la ciudad desde el elevado y bohemio barrio de San Blas, Coricancha y el Convento de Santo Domingo, el Convento e Iglesia de la Merced, la Calle Hatun Rumiyuq con el palacio Arzobispal construido sobre el palacio del Inca Roca, y un largo etcétera, muestran el esplendor de una arquitectura colonial que fue construida a expensas de la destrucción de la capital del Imperio Inca y aprovechando los materiales de construcción de la más alta calidad empleados por los incas, su grandes piedras poligonales, sus sólidos cimientos en forma de cuña con anchísimas bases para protección sísmica, y la decoración de sus iglesias, palacios, conventos y catedral con el oro procedente de la fundición de autenticas joyas del arte inca.

Me permito todavía destacar algunos elementos más de Cuzco. La iluminación de su centro histórico, tanto calles como monumentos, es exquisita aumentando su esplendor y romanticismo, sobre todo si se ve desde la plaza de San Cristóbal o desde el barrio de San Blas. En la catedral al costado del altar está un gran lienzo que representa a Cristo y sus apóstoles en la Ultima Cena cuyo autor es el cusqueño Marcos Zapata; célebre porque al medio de la mesa se aprecia una bandeja que contiene un cuye (cobayo o conejillo de indias) asado que es el plato por excelencia en los Andes, heredado de la tradición inca; asimismo el pintor andino puso en la mesa productos como papayas y rocotos, es decir elementos de su mundo ancestral. Este ejemplo sirve para mostrar como los indígenas del altiplano combinaron o incorporaron las tradiciones y creencias de la cultura inca con la impuesta cultura española y católica. También de gran relevancia en la ciudad es la casa-museo del Inca Garcilaso de la Vega  (1539 – 1616), todo un héroe local. Hijo de un noble español y una princesa inca dedicó gran parte de su vida a documentar las tradiciones e historia inca que sus tíos, hijos del emperador Inca Huayna Cápac le inculcaron en su infancia. Es una historia curiosa la del Inca Garcilaso de la Vega ya que además de defender y profesar un gran cariño por el mundo Inca también se sentía español, donde también largo paso un periodo de su vida.

El siguiente día a nuestra llegada era domingo, y lo pasamos tomando un primer contacto con la ciudad, paseando sus calles adoquinadas e informándonos de los sitios más importantes a visitar tanto en la ciudad como en el valle sagrado y cómo hacerlo. Capítulo especial merece la planeación de la visita a Machu Pichu, aunque todo sea dicho, todavía no estaba seguro de si quería visitarlo, pero dejemos ese tema para luego.

Finalmente, compramos el boleto turístico integrado que costando alrededor de 130 soles peruanos (alrededor de 40 euros) incluía la visita a 16 sitios arqueológicos, museos, o espectáculos. Aquí sentí por primera vez la estudiada estrategia que se tiene en Perú para intentar sacar hasta el último céntimo de los turistas. Pues las opciones eran dos: visitar las ruinas individualmente pagando por cada una de ellas 70 soles, o comprar el boleto integrado por 130 soles, por lo que la decisión parecía evidente. Dicho boleto combinaba sitios arqueológicos de valor incalculable con museos o espectáculos o algún monumento reciente de muy escaso valor en mi humilde opinión. Aparte de eso, había que contratar excursiones para hacer las visitas, y después de la segunda o tercera excursión me percate que todos los sitios estaban muy cercanos y se necesitaba prácticamente un par de horas para llegar al Valle Sagrado. Pero se dividían en varias excursiones distintas, repitiendo cada día el mismo camino y visitando sitios al lado de los visitados el día anterior. Esto indudablemente aumentaba el número excursiones y de días que el turista se queda en Cuzco, ya que inconscientemente se quiere visitar todos los sitios que incluye el boleto. Nosotros no lo conseguimos, y creo que nadie que conocimos tampoco.

Aún no habiamos acabado de explorar y disfrutar Cuzco, no obstante los próximos días los emplearíamos en conocer el cercano Valle Sagrado de los Incas.

La isla del Sol y el lago Titicaca, Bolivia

19 de enero 2012. A eso de la una y media de la tarde partíamos hacia la isla del Sol, uno de los lugares más sagrados del todo el imperio Inca, pues los incas creían que el Sol nació en esta isla del lago Titicaca. A su vez, también creían que la Luna nació en la pequeña isla de la Luna, también en el lago Titicaca.

El viaje en lancha por el lago Titicaca desde Copacabana duró unas tres horas. En la lengua Aimara “Titi” significa puma y “Kala” significa piedra, por lo que una posible traducción del nombre del lago podría ser “la roca del puma” aunque otras interpretaciones se inclinan más por un significado como el de “piedra fundamental”. El lago Titicaca, que se encuentra en la frontera entre Bolivia y Perú, es el lago navegable más alto del mundo y el lago de mayor extensión en toda Sudamérica. Nosotros nos decidimos por viajar al puerto norte de la isla del Sol ya que es en la parte norte donde están las ruinas del templo del Sol y también es aparentemente la que ofrecía un turismo alternativo y más económico.

Después de quemarme con el fuerte viento en el barco y la potencia del sol a unos 4000 m.s.n.m (cuando el sol brilla fuerte la fina atmosfera no es capaz de absorber tanta radiación ultravioleta como a nivel del mar) y una vez llegados a la isla caminamos hacia la playa de Cha’llapampa que está al otro lado del puerto del asentamiento o población de Cha’llapampa. La playa estaba absolutamente llena de tiendas de campaña en su mayoría de jóvenes argentinos que aprovechaban de la libertad de acampada. Inicialmente me arrepentí de haber dejado nuestra carpa en Copacabana ya que el ambiente en la playa, a pesar de habernos sido asegurado que abundaban los hurtos, parecía bueno pero enseguida me percate que el frío durante la noche debería ser glacial: estábamos mas de mil metros por encima de las heladas noches que pasamos en Cachi o Yavi, en el norte de Argentina.

Así, nos encaminamos a un hostal en el que se habían quedado hacía pocas noches Matías y Virginia y el cual nos habían recomendado. Estaba un poco lejos, a mitad de camino entre Cha’llapampa y las ruinas del templo del sol, por una senda bien estrecha que dejaba a un lado la pendiente a la parte alta de la isla y al otro lado hermosos paisajes pendiente abajo con pequeñas terrazas para los cultivos, casas de los campesinos y la gran playa de Cha’llapampa junto con otras pequeñas calitas con pintorescas barcas de pescador varadas.

Una vez asentados en el hostal que como nos habían informado tenia vistas espectaculares y no tenía luz eléctrica volvimos a Cha’llapampa para explorar el poblado e investigar que opciones había para la cena. Lo primero fue pegarnos un baño en el lago Titicaca al llegar a la playa de Cha’llapampa ante la atónita mirada de unas chicas argentinas que indudablemente pensaban que estábamos locos. Yo no tenía ninguna duda de que me iba a bañar en el lago navegable más alto del mundo que además resultaba que era el lago sagrado de los Incas, faltaría más, como si uno fuera por allí todos los días. En situaciones como esta en la que la mayoría de personas sensatas procedentes de climas cálidos o templados les puede el miedo o la pereza yo siempre digo: seguro que no está más fría que cuando me bañaba en las costas irlandesas. Con esa única verdad en la mano me di el ansiado chapuzón en el lago donde nació el Sol, y evidentemente, Siobhán, irlandesa, se bañó tranquilamente.

La luz brillante y calma de la tarde se palpaban especialmente desde el embarcadero de madera del puerto de Cha’llapampa sobre las aguas cristalinas del lago.  Dimos una vuelta por el pueblo, de humildes casas de adobe. Las opciones para la cena eran pocas, muy pocas, y en cualquier caso el principal dilema era escoger entre algo básico y económico y algo básico y caro. Federico, un argentino que conocí en Sorata y me volví a encontrar acampando en la playa, me dijo que había una pareja de viajeros argentinos que se había alquilado una cabaña de adobe y daban cenas por encargo a unos 15 bolivianos por persona. Los buscamos y cuando los encontramos nos dijeron que esa noche era la última noche ya que la comunidad se había quejado de que unos extranjeros sin licencia turística estuviera haciéndoles la competencia a ellos, locales también sin licencia turística. Dejamos apalabrada la cena a eso de las 8, en realidad a las 8 era lo que nosotros queríamos pero se ellos se quedaron más con la idea de las 9.

Eran casi las 6 y ya estaba cayendo la noche y empezaba a hacer frío, teníamos ya bastante hambre. Volvimos al hostal para matar el tiempo. Como en el hostal no había luz eléctrica y el hambre cada vez gritaba más, poco después de las 7 ya estábamos de vuelta pensando optimistamente que algo habría de cena. La luna era nueva y la noche era tan oscura como la boca de una mina, no era fácil ir a tientas por esa senda angosta pero al menos nos guiaban la luz de las fogatas en la playa, sin embargo sería más dura la vuelta. Nos planteamos incluso quedarnos en el hostal sin cenar y no volver para evitarnos el peligro y el frío pero finalmente dado que ya los argentinos contaban con nosotros nos decidimos a bajar a Cha’llapampa.

La sorpresa fue que cuando llegamos a la caseta de adobe la cena estaba aún en proceso de preparación sin pinta de que estuviera lista en menos de una hora. Le dijimos que no contaran con nosotros. Finalmente acabamos en un restaurante más para el turismo atendido por locales que no acababan de centrarse en los pedidos ni en la cuenta ni en nada, estaban como absortos en otro mundo, como fuera de lugar. El filete de carne que pedí era más pequeño que el culo del vaso donde me pusieron el agua, no confundan esto con una exageración, es un dato verídico. Cuento estos pasajes para dar una idea de cuán dura era la vida en este lugar obviamente más aún para los locales pero también para los viajeros.

Con menos hambre que bajamos pero con más oscuridad y frio volvimos al hostal ayudándonos un poco con la luz del móvil cuya batería murió definitivamente a mitad de camino. A la mañana siguiente salimos bien temprano, a eso de las 6, con todas nuestras pertenencias con la intención de cruzar caminando toda la isla del Sol de norte a sur y volver a Copacabana desde el puerto sur de la población de Yumani.

El panorama era espectacular, estábamos llegando a las ruinas del templo del sol justo en el momento del amanecer, la luz era clara y la inmensidad del lago se mostraba en todo su esplendor. Observamos la piedra sagrada donde según los aimaras nació el Sol. Cuenta la leyenda que los antiguos habitantes de la isla estuvieron en mundo privado de luz durante numerosos días, cuando ya estaban atemorizados de vivir en la oscuridad el resto de sus días el Sol, o Inti que es la deidad andina identificada con el Sol, con toda su luz nació de esta piedra.

Continuamos por un sendero que cruza la isla de norte a sur por su vértice más alto a unos cientos de metros sobre el nivel del lago Titicaca. Era como la columna vertebral de la isla y se podía observar sus costas y pequeñas calas a un lado y otro. Este sendero de piedra está fuertemente guardado por las comunidades locales, que fueron sus constructores y conservadores, y cuenta con numerosos “peajes” para turistas para aportar una ayuda económica a los pobladores autóctonos de la isla. Aproximadamente  en la mitad se cruzan las ruinas de Challa, el tercer núcleo más poblado de la isla, en sitio arqueológico de Ch’uxuqullu en el que se encontraron restos de pre-cerámica con más de 4000 años.

Finalmente se llega al extremo sur de la isla en el asentamiento de Yumani, que es en el que se encuentra la oferta turística más chic, cuenta con unas mejores instalaciones y viviendas más lujosas y adaptadas a los visitantes. Yumani está bien conservado y con buen gusto en mi punto de vista pero al mismo tiempo el enfoque tan intensivo en el turismo con vendedores de artesanía por doquier, nativos en atuendos típicos para ser fotografiados, restaurantes-pizzería etc., etc., le hacen perder la sensación de autenticidad que tenía Cha’llapampa.

Para bajar hasta el puerto había que descender varios cientos de metros por unas empinadísimas escaleras de piedra, conocidas como “La escalera del Inca” y abajo a nivel del mar se encuentra “La fuente del Inca” (es de señalar que, en la civilización Inca, al referirse al Inca en singular se quiere decir el Emperador de los Incas).

Eran sólo las 10 de la mañana pero ya no nos movimos de la cala cuyo único punto de salida era volver a subir la escalera del Inca ya que estaba completamente encajonada en acantilados. Matamos la mañana leyendo y tomando el sol y un último baño en este lago sagrado. Unos argentinos nos ofrecieron compartir el precio de una barca hasta la isla de la Luna pero decidimos quedarnos a descansar allí tranquilamente.

Resultó que el precio del barco de vuelta era el doble del precio del de ida, lo cual a mi entender era una óptima estrategia ya que costara lo que costara uno tenía que salir de allí. Intente discutir y quejarme un poco con los vendedores de billetes lo que obviamente resultó completamente infructuoso dada la apatía general tan común en aquella región, ya les podrías esgrimir los más poderosos y acusantes argumentos que ellos ni se inmutan. En realidad la situación era la siguiente: ellos me explicaron a regañadientes que el servicio de ida lo prestaba una compañía privada de Copacabana pero no tenían permiso de las comunidades de la isla para embarcar a pasajeros de vuelta. Por su parte, el servicio de vuelta era prestado y gestionado por las comunidades locales y los beneficios distribuidos entre ellos, que a su vez no podían embarcar a pasajeros en Copacabana por lo que tenían que volver de vacío. Como ellos estimaban que merecían más el dinero que una compañía privada (cosa que nunca puse en duda e incluso apoyé y apoyo) decidieron cobrar el doble, eso sí sin previo aviso; por no mencionar que los turistas recién llegados, nada más poner el pie en tierra, eran obligados a pagar una tarifa por pisar la isla.

Yo intentaba hacerles ver que entendía su posición pero sería conveniente avisar en tierra firme de que la vuelta costaba el doble para que el viajero tuviera todos los elementos de decisión para planear o no planear su viaje a la isla. Era gastar energía tontamente, como hablarle a una pared.

Finalmente retornábamos a Copacabana y volvimos a La Cúpula a pasar la noche. Compramos los boletos para el día siguiente que nos llevarían al corazón del imperio Inca, la ciudad de Cuzco, en Perú. Apurábamos las últimas horas de este mes en la fantástica Bolivia, país lleno de contrastes y diversidad, de gentes calladas y mirada perdida. Me iba con la sensación de haber descubierto, que no conocido, sino mas bien explorado a vista de pájaro, un país complejo y maravilloso.

Copacabana: a orillas del lago Titicaca. Bolivia

17 de enero de 2012. Dejábamos ya definitivamente de La Paz. Como durante la mañana habíamos tenido ya un viaje de tres horas desde Coroico, mas otra hora cruzando La Paz de punta a punta decidimos elegir el bus que tuviera pinta de más lujoso para el viaje a Copacabana, como premio tuvimos el placer de ver una peli de Arnold Schwarzenegger de la década de los 80 o quizás de los 70. Aparte de la película lo más curioso del viaje fue cuando tuvimos que bajar del bus para cruzar en barca una rama del lago Titicaca llegando así hasta la península, cuyo istmo pertenece ya a Perú, donde se encuentra el pueblo de Copacabana, y digo que fue curioso porque no solo nosotros cruzamos en barca sino que el bus también. Era una pena que ya se estaba haciendo de noche porque con la poca luz que quedaba se vislumbraba un paisaje espectacular.

Llegamos ya de noche a Copacabana, chispeaba y hacía mucho frio. Buscamos una pensión, que resultó ser bastante cutre, cerca de la plaza principal con el propósito de tomarnos el siguiente día de descanso y encontrar un hotel más lujoso para tratarnos bien aprovechando que ya quedaba poco en Bolivia donde los precios eran más baratos que en Perú. Encontramos el hotel la Cúpula que por menos de 20 euros tenía una habitación encantadora sin lujos ostentosos pero con todo lo que uno podía necesitar, incluso había papel higiénico en el cuarto de baño. Además tenía unas vistas fantásticas al lago Titicaca y del monte del Calvario en cuyas laderas se encontraba. La Cúpula también contaba con una acogedora área común llena de gatitos pequeños, con una amplia y buena colección de películas en DVD, con una linda cocina y bien cuidados jardines. En La Cúpula conocimos a una madre e hija argentinas, una pareja de holandeses y otra pareja israelí que nos intentó convencer de unirnos a ellos en una excursión a Machu Pichu.

De Copacabana me encantó la plaza principal con su imponente basílica blanca de estilo morisco en cuya entrada se dan las pintorescas  bendiciones de movilidades, es decir de los taxis y vehículos de transporte. Además es de destacar su mercado donde ni una mañana me perdí el caos del típico desayuno de api con buñuelos, sentado en las banquetas compartidas con familias de bolivianos y finalmente siendo siempre echado después de diez minutos. Tal era la demanda y el poco sitio que la vendedora directamente invitaba a largarse al que se demorara un poco para hacer hueco a nuevos clientes. La otra parte del mercado, separada del comedor por una doble puerta, estaba dedicada a la venta de frutas y sobre todo de cualquier tipo de carne con grandes pilas en los mostradores de animales sacrificados. El aire estaba cargado de una pestilencia que daba ganas de vomitar. En general la mayor parte del pueblo tenía bastante encanto y se conservaba bastante auténtica con la excepción de las calles cercanas al lago que rebosaban de explotación turística de mal gusto.

Compramos  los boletos para la barca a la isla del Sol para el próximo día y después decidimos irnos a cortar el pelo. Yo conseguí un corte por 15 Bolivianos (menos de 2 euros) en un peluquero de caballeros que tenía graciosamente dibujado cada corte posible en una hoja de papel, empapelando así toda una pared del local. Sinceramente el corte de pelo no fue tanta catástrofe como yo esperaba pero sin embargo tuve la impresión de estar experimentando la lo que sienten las ovejas cuando son esquiladas. Después, Siobhán fue a una peluquería de señoras y, para mi sorpresa, su corte costaba 5 Bolivianos menos que costó el mío aunque también el resultado final fue incluso un poco más divertido.

Para la puesta del sol subimos al monte del calvario, lo que resulto ser precisamente eso: un calvario. Estaba más alto y más empinado de lo que parecía y al subir con el tiempo escaso para ver al sol de ponerse desde arriba aceleramos la marcha lo que resultó en un gran sofoco: no hay que olvidar que estábamos a casi 4000 m.s.n.m. Al llegar arriba observamos cómo los últimos vendedores de refrescos, botellas de agua y artesanías estaban ya recogiendo sus pertenencias y tirando las grandes bolsas de la basura de todo día por los acantilados. Este acto es solo una pequeña representación de la actitud en Bolivia respecto al medio ambiente. Al poco se me acercó un niño que no debía pasar de los 10 años:

“Señor, señor, tengo una importante y mala noticia que darle” – me dijo.

“¿Y cuál es la noticia? – le contesté, casi ya anticipando el juego.

“Que anoche cayo un rayo muy cerca de aquí” – me respondió.

Yo casi sin prestarle demasiada atención le agradecí la noticia y continué haciendo unas fotos. El color rojizo del sol poniéndose en los tejados del pueblo a orillas del lago era impresionante. Al rato el mismo niño se acerca a Siobhán:

-“Señora, señora, si me da un boliviano le digo donde cayó un rayo anoche, es una información muy importante”

Coroico y los Yungas: el Camino de la Muerte, Bolivia

15 de enero de 2012. Era domingo y hacía un día esplendido. Paramos a un taxi para que nos llevara a las afueras de la ciudad donde salían los buses hasta Coroico. Nos quería cobrar más de lo que nos habían dicho que costaba. En esas pasaba una de las locas furgonetas para transporte público cuyo letrero de cartón con letras luminosas indicaba el lugar donde queríamos ir y sin pensarlo dos veces saltamos adentro tan pronto como la puerta corredera se abrió.

Nos esperaba un viaje de unas tres horas a Coroico por la nueva carretera sustituta de la conocida como “Camino de la muerte” o “la carretera más peligrosa del mundo”. Entonces podríamos decir que la nueva carretera se podría llamar: “la segunda carretera más peligrosa del mundo”.

Coroico es un pueblo mediano que se encuentra en la zona de la yunga ya de camino a la pura selva de la amazonia del departamento de Beni. Coroico está a una altitud de unos 1500 m.s.n.m de ahí que su selva sea selva de montaña, conocida como yunga, y a orillas del rio Kori Huayco que va a desembocar al poderoso rio Beni. Es un destino muy popular para mochileros debido a la espectacularidad de su paisaje y de la suavidad de su clima, sin ser puramente caluroso tropical ni tampoco el frío del altiplano debido a encontrarse a una altura intermedia.

Habíamos medio quedado con los chicos argentinos que se hospedaban en nuestro hostal en La Paz en vernos en Coroico ya que ellos también tenían el mismo plan que nosotros. Finalmente, gracias a las indagaciones de los chicos acabamos todos compartiendo una casita en las afueras del pueblo ya en la propia ladera del precipicio al valle del rio. Desde la terraza de la casa se disfrutaba de unas vistas espectaculares al valle del rio encajonado entre montañas. Nuestro anfitrión, un señor de Coroico de unos 65 años, era simpático y extrovertido y siempre estaba dispuesto a largas conversaciones para explicarnos todos los pormenores de la selva.

Después de la cena disfrutamos de una larga conversación político-histórica con Diego, Marco y Emi. Los argentinos estaban muy interesados en conocer la opinión de un español sobre temas como el colonialismo, historia en común de ambos países e incluso sobre la economía y política actual de la región. Por mi parte yo estaba igualmente de interesando en conocer su opinión sobre los mismos temas.

Al día siguiente todos nos fuimos de excursión caminando en busca de las tres cascadas. Y esta vez sí, por primera vez en el viaje, buscamos unas cascadas y las encontramos. Fue un día divertido y caluroso así que nos bañamos una y otra vez en las pozas de las cascadas para refrescarnos. A la noche comimos todos juntos en un restaurante un buen menú por 15 Bolivianos, toda una ganga.

Siobhán y yo pensábamos volver al día siguiente a La Paz para continuar después rumbo al lago Titicaca y la isla del Sol. Sin embargo, los chicos argentinos decidieron quedarse un día más ya que nuestro anfitrión se había ofrecido a llevarlos al cercano poblado de Tocaña donde residía una importante comunidad afro-boliviana descendientes de los esclavos llevados desde África en la etapa colonial. La oferta era muy tentadora ya que se decía que era un pueblo muy poco alterado por el paso de los siglos y donde se podía vivir toda una experiencia antropológica.

En esta zona de las yungas se da el cultivo de banana, café, frutas cítricas y sobre todo plantaciones de coca, que como ya se explicó en el relato de Potosí, son legales en Bolivia y también su consumo en forma de hojas. Inicialmente la autoridad colonial envió a los esclavos africanos a la zona del altiplano boliviano para trabajar en las minas, pero visto el alto grado de mortandad de dichos esclavos que tenían que soportar, además de unas condiciones de trabajo de explotación infrahumanas, el duro y frío clima del altiplano para el que no estaban acostumbrados, se les comenzó a destinar a la zona de las yungas para el trabajo en dichos cultivos. Dicho movimiento se consolido aún más después de su emancipación.

El pueblo afro-boliviano está incluido en el régimen de Autonomía Indígena Originario Campesina reconocido por la última constitución promulgada por el presidente Evo Morales en el 2009. Mediante dicho régimen los miembros de diversas comunidades indígenas y campesinas tienen la autoridad sobre sus territorios,  siendo respetada por parte del Estado central sus propias leyes ancestrales en el marco de la libertad, dignidad, tierra – territorio y respeto de su identidad y formas de organización propia. De ahí el cambio de nombre de República de Bolivia a Estado Plurinacional de Bolivia, al estar formado por numerosas nacionalidades.

Unos días más tarde, en la barca que nos llevaba a Copacabana a orillas del Titicaca nos encontramos con otras chicas argentinas que resultó que también habían estado en Tocaña, se habían quedado tres días porque el lugar les había hechizado. No contaron que se habían quedado en casa de un antropólogo de la universidad de La Paz que poco a poco pasaba más tiempo en Tocaña hasta el punto de estar planteándose no volver nunca más a La Paz. La pobreza y austeridad del sitio las obligó a tener que dormir encima de sacos de trigo, no había luz eléctrica ni ningún tipo de comodidad moderna. Sin embargo parecía que el sitio emanaba una energía especial y sus habitantes eran de una grandísima calidad humana. Yo anotaba en mi memoria todos los detalles haciendo un pacto mental conmigo mismo que en mi próxima visita a Bolivia Tocaña estaría en mi ruta.

En el viaje de vuelta a La Paz, después de tener nuestros más y nuestros menos para conseguir transporte, acabamos en un bus lleno de adolescentes argentinos de unos 17 a 20 años. Uno de ellos llevaba una guitarra y al poco de haber iniciado el viaje comenzaban a sonar los acordes de “La vereda de la puerta de atrás” de Extremo Duro. Yo no cabía en mi mismo, mezcla de estupefacción por el hecho de que en Argentina se conociera un grupo de rock español que yo pensaba no había pasado de las fronteras y sorpresa por el hecho de que jóvenes una década menores que yo aún les gustaba la música que yo oía a su edad.  Las tres horas de viaje volaron con una banda sonora con un extenso repertorio de canciones de Sabina, Estopa, Jarabe de Palo, Calamaro, Silvio Rodríguez, Spinetta, Extremo Duro. Yo iba disfrutando y tratando de recordar las letras de las canciones lejanas ya en mi memoria para colaborar cantando. Una vez más me cercioré de la cercanía de las culturas española y argentina.

Una vez en La Paz nos apresuramos y encontramos en la zona del cementerio un bus que salía pronto hacía Copacabana. Después de una semana afincados en La Paz decidimos despedirnos de esa fantástica ciudad y continuar hacia el lago sagrado de los Incas.

Purmamarca y el cerro de los siete colores. Jujuy, Argentina.

21 de diciembre 2011. En algún punto en el viaje entre Salta y Purmamarca habíamos cruzado el trópico de Capricornio. Un día histórico: nuestra primera incursión en el trópico. A decir verdad, nunca me había imaginado que esta incursión se realizaría viajando hacía el norte ya que para mí el trópico siempre había sido sinónimo de SUR. Además la novedad era doblemente excitante porque en nuestro primer día en el trópico iba a tener lugar el solsticio de verano. Mi cabeza formada y amueblada durante 27 años en el hemisferio norte no podía abarcar tanta contradicción: 21 de diciembre: solsticio de verano en el trópico viajando en dirección norte. El colmo.

En Jujuy capital habíamos cambiado de bus para continuar a Purmamarca. No nos molestamos ni en dar un paseo por la ciudad porque tenía una pinta de caos agobiante que no teníamos ganas de aguantar. El nuevo bus nos apuntaba la realidad en la que estábamos a punto de entrar. Ya no era un bus último modelo con doble piso, aire acondicionado y asientos cama con precio del pasaje  exorbitado. Este era un bus cochambroso, destartalado y lento, sin más ventilación que el aire caliente que entraba por las ventanas, empaquetado hasta el techo de pasajeros y con un precio del pasaje irrisorio. Jujuy es la última provincia de Argentina antes de entrar a Bolivia. La mayoría de sus habitantes son de origen indígena descendientes de los incas y todavía se usa el idioma Quechua en ámbitos rurales.

Purmamarca resultó ser un pueblecito pequeño, pobre y auténtico cuyo principal atractivo a parte del contemplar la cotidianeidad y modo de vida de sus gentes era el famoso cerro de los siete colores que se encontraba a sus espaldas.  Este era un cerro pelado y árido que gracias a su gran variedad de minerales verdaderamente hacía percibir al observador sus 7 colores en una gama que iba desde amarillos claros a violetas pasando por naranjas y rojos. Dependía mucho del momento del día y de la posición del sol ya que al variar la incidencia de los rayos los colores cambiaban.

Al llegar preguntamos por el camping y solo obteníamos respuestas a medias. Al final encontramos uno dentro del pueblo pero básicamente era un solar amurallado de tierra de granito pelada y sin ningún árbol, solo había una triste tienda de campaña dentro, para colmo era caro. Tras varias idas y vueltas en el pueblo con cansancio y hambre después del viaje y soportando un calor abrasador decidimos continuar hasta el camping de las afueras del poblado. Resultó ser toda una penitencia.

Seguimos el camino cuesta arriba que nos habían indicado la gente del pueblo, las mochilas eran pesadas: unos 25 kilos por persona, y el calor cada vez apretaba más. Cada vez que nos encontrábamos a un paisano que volvía hacia el pueblo le preguntábamos por el camping y siempre nos respondían casi sin hacernos caso que estaba después de la próxima curva. Encontramos en nuestro camino diversos alojamientos de cabañas o habitaciones y me interesé por su precio pero eran desorbitados: en torno a unos 80 euro las mas económicas. Al igual que los mochileros el turismo de altos presupuestos también estaba comenzando a alterar la realidad del pueblo.

Después de andar dos kilómetros la situación comenzaba a ser desesperante cuando por fin encontramos la ansiada tablilla anunciando el camping. Era hermoso con un jardín de árboles jóvenes y flores cuidadas con esmero pero la zona para montar las carpas estaba más dura que el firme de una autopista. Las instalaciones no podían ser más básicas y la propietaria, una vieja que me parecía simpática aunque un poco misteriosa, nos hizo saber que eran 30 pesos, ninguna ganga.

Habíamos buscado unos pedruscos para sujetar la carpa ante la imposibilidad de clavar nada en ese suelo, el día era muy ventoso. Súbitamente una varilla de las dos que soportaban la carpa se rompió. Visto en este preciso momento en el que escribo no era una catástrofe insalvable pero era la última dosis de una serie de pequeños reveses que se magnificaban con el cansancio y hambre. En ese estado la carpa era inútil y vencido por el estrés del propio día, yo ya estaba por volver a bajar hacia el pueblo y quedarnos en las cabañas de los turistas ricos dándoles toda la plata que tuviéramos encima si era necesario.

Poco antes que nosotros había llegado una joven pareja chilena que continuaba pidiendo un descuento a la dueña porque no tenían dinero para mantenerse allí una semana que era lo que tenían que esperar para tomar el próximo bus que cruzando los Andes les llevara a su país.  Había además muchas más carpas cuyos dueños no habían dado señales de vida hasta entonces.

Cuando ya nos íbamos a ir vimos llegar a Juana, una porteña que habíamos conocido en el camping de Cafayate. Juana venía acompañada de Facundo, al que no habíamos conocido antes.  Fue entonces cuando se empezó a arreglar el día. Ellos iban a recoger sus carpas para irse a Tilcara y Facundo nos ofreció su estuche de primeros auxilios para carpas, nosotros nos negábamos a aceptarlo porque pensábamos que le podía servir a él, pero nos insistió sinceramente: Facundo era un tipo bien auténtico con una energía y optimismo desbordantes. Gracias a nuestro nuevo amigo, el problema de la carpa quedó solucionado.

Una vez instalados volvimos a Purmamarca pueblo para comer pero ya había pasado la hora del almuerzo y no era posible comer en ningún sitio, por lo que hubo que contentarse con unos alfajores hasta la cena. Elegimos un local con mucho estilo para cenar y fue todo un premio por el esfuerzo del día. Había música tradicional y cuando estábamos a mitad de la cena entraron en el local los ocho jóvenes de Mar del Plata que nos veníamos encontrando en cada pueblo desde Tafí del Valle. Aún no sabíamos que junto a todos ellos más Juana y Facundo y compañía habríamos de pasar unas navidades memorables dentro de unos cuantos días.

En el camino de vuelta a casa ocurrió lo mejor del día. Esos dos kilómetros que hacía pocas horas nos habían parecido una tortura ahora se convirtieron en paraíso. Era una noche te temperatura apacible, atrás quedó el calor abrasador del día, la luna llena brillaba con toda su potencia y estampanaba sus rayos en las paredes de minerales multicolores de los cerros que nos rodeaban. Por primera vez en el día recordé que estábamos en el solsticio de verano, recién cruzado el Trópico de Capricornio. Hacía un mes justo que el viaje nos había empezado, y por primera vez sentía que era justo entonces, ahí mismo, cuando habíamos encontrado el viaje que veníamos buscando: la aventura, lo imprevisto, el choque cultural. A partir de entonces todo iba a ser distinto.

Al llegar al camping, entablamos conversación con la pareja de viejos. Ella era rechoncha y él delgado y mas arrugado que una pasa, lo creía indígena descendiente de los Quilmes o los Incas por sus facciones y su tez oscura, pero nos contó que su padre era español de Almería, y entonces me percaté de algo extraño: ese viejo lo mismo podía ser un indígena del altiplano que un viejete de mi pueblo en La Mancha. Nos enseñaron fotos del terreno cuando era propiedad de la abuela de la mujer, de la casa de adobe donde estábamos que ellos mismos al volver de la ciudad de Jujuy para pasar la vejez en sus orígenes arrebataron al tiempo y libraron del hundimiento. La abuela de la mujer no tenía en aquel tiempo para sustentarse más que unas míseras cabras y el terreno no era más que un yermo pedregal reseco. A todo le dieron la vuelta la pareja de hacendosos viejos, plantaron un vergel de árboles sin temor a no verlos llegar a grandes, plantaron flores de todos los colores, hicieron un pozo para regar árboles y flores y gracias al turismo el antiguo pedregal se convirtió en un camping.

Salta, Argentina

19 de diciembre de 2011. Ya puestos a recapitular ahora que la narración va llegando al final del viaje por Bolivia vamos a desempolvar algunas “perlitas” que se habían quedado sin relato. Volvemos a Argentina, todavía era primavera, y todo ocurrió así:

Después de un día de espectacular viaje en coche, aún en el asiento trasero de Arthur y Carolina llegamos a Salta ya bien entrada la tarde. Veníamos de pasar la noche en Cachi en uno de los camping más hermosos y tranquilos que he visto, pero el frío de las montañas nos había traspasado las paredes de la tienda de campaña como si fueran de papel. Pasada una hora escasa de viaje, fuimos retenidos por un todoterreno que había envestido a un camión, y es que el camino en tierra que llevábamos era tan bonito como peligroso. Posteriormente al cruzar el Parque Nacional de los Cardones nos deleitamos la vista con ejércitos de cactuses montando guardia en pedregosas llanuras al pie de las montañas.

En Salta nos alojamos en el camping municipal que estaba dentro de la piscina municipal. Se decía que esta piscina era la más grande de toda Sudamérica, yo lo creí porque más que una piscina parecía un lago inmenso, pero quedaba pequeña para el gentío que acudía a bañarse. Si sumamos esto al hecho de que tuvimos que montar la tienda de campaña al lado del seto que separaba el camping de la avenida principal por la que los coches volaban, se puede decir que el camping fue de todo menos tranquilo.

Una sorpresa buena sí que tuvimos en el camping. Resultó que en la carpa de al lado estaban instalados una pareja de italianos que habíamos conocido en Cafayate.  Ellos eran simpáticos y todo unos románticos que habían cambiado la vida en Europa por la vida en Sudamérica. Se encontraban haciendo un mini viaje por el norte de Argentina, ya que, después de unos meses en Brasil, se habían afincado en la región vinícola del sureste de Bolivia: Tarija.

Después de los paisajes encantados de pura soledad que veníamos disfrutando, la vuelta a la civilización, la vuelta al hormiguero de la urbe no me sentó nada bien. A 1152 m.s.n.m, a la ciudad de Salta se la conoce como Salta la bella. Se ubica en una zona que fue dominada por el imperio Inca y fue fundada tras la conquista española siendo una de las primeras ciudades coloniales de Argentina y sin lugar a duda rebosaba de arquitectura, iglesias, palacios y decadentes calles coloniales. Pero al mismo tiempo la vi caótica y agobiante y con un clima abrasador.

Esa misma noche salimos en la que se podrá considerar la única noche de fiesta de todo el largo viaje. El motivo era la despedida de nuestros amigos brasileños Carolina y Arthur.  Fuimos a la famosa calle de las “peñas” a ver un espectáculo de danza folklórica: la chacarera. Si el tango es la música y baile porteño por excelencia, la chacarera es la pieza central del folklore en las provincias del noroeste de Argentina. Yo no sabía decidirme cuál de estos bailes y músicas me fascinaba más. Tradicionalmente la chacarera se bailaba espontáneamente en las “peñas” que eran locales donde sus miembros se reunían cada noche. Pero esas peñas legendarias ya han pasado a la historia en favor de los locales para turistas. Plenamente conquistada por el turismo como está la ciudad de Salta, el espectáculo en el que nos metimos era todo un arreglo para foráneos pero pasamos la noche muy agradablemente en buena compañía.

Al día siguiente bajo un sol que derretía subimos en teleférico a la colina de San Bernardo desde donde había una esplendida vista de la ciudad.  Después, nos preparamos para el próximo día continuar dirección norte y cruzar el Trópico de Capricornio.

Tiwanaku o Tiahuanacu, Bolivia

12 de enero 2012. Bueno discúlpeseme por haberme saltado el día en Tiwanaku. Tiwanaku o Tiahuanacu fue una de las primeras civilizaciones de América del Sur y una de las civilizaciones precursoras de la civilización inca que contó con un poderoso estado durante aproximadamente cinco siglos.  La palabra moderna de Tiwanaku puede venir de un término de la lengua Aimara que significa “piedra central” ya que los Tiwanaku pensaban que estaban en el centro del Universo.

La ciudad sagrada de los Tiwanaku se encuentra al noroeste de La Paz y a unos 18 km del lago Titicaca. Se cree que en los tiempos de esplendor de la civilización Tiwanaku dicha ciudad se encontraba a las orillas del Titicaca del que provenía gran parte de su riqueza pero el desplazamiento del lago en los sucesivos siglos la ha dejado tan alejada de él. El estado de los Tiwanaku se extendió hasta el sur del actual Perú, por casi todo el altiplano de Bolivia y el norte de Chile. A pesar de sus altos avances en materias como la astronomía y la construcción, la civilización de los Tiwanaku no usó la escritura. Coetánea a los Tiwanaku se desarrollo la civilización de los Wari al norte en la parte central de los andes peruanos. Ambas culturas tuvieron gran influencia entre sí pero se discrepa si su relación fue de cooperación o de enemistad.

En el plano de la experiencia personal quizás aquí descubrí que no tengo mucho interés arqueológico ya que carecí de bastante interés a lo largo de la visita. Quizá por mi formación ingenieril acusé demasiado el exceso de información proveniente de meras especulaciones con pocas pruebas o indicios que las justificaran. La cercanía del moderno pueblo de Tiwanaku, casi encima de las ruinas era otro elemento que me perturbaba.  Sin embargo, Tiwanaku está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y no cabe lugar a duda del interés que despierta esta misteriosa civilización.

Probablemente cuando ya haya olvidado estos datos que estoy dando de los Tiwanaku aún no habré olvidado el lance de la salida en furgoneta de La Paz. La furgoneta circulaba por una ancha pista asfaltada pero sin carriles delimitados y de una única dirección. Cuando repentinamente el conductor recordó que había olvidado poner gas en el vehículo giró bruscamente y nos encontramos avanzando en la dirección contraria a un mar de vehículos que nos esquivaban con habilidad. Nadie se inmutó.

Sorata, Bolivia

13 enero 2012. En viernes 13  (mala fecha) me decidí a hacer una excursión en solitario a Sorata. En realidad no sabía muy bien a que iba pero me habían dicho que era todo un encanto de pueblecito rodeado de las montañas de la Cordillera Real de Bolivia y poco contaminado por el turismo. Siobhán quería – con toda la razón – dedicar más tiempo a explorar tranquilamente la ciudad de La Paz, pero mi impaciencia por conocer y explorar mas sitios me impedía estar quieto más de un par de noches en la misma cama.

Así, me fui hasta el cementerio de La Paz y busqué la esquina desde donde salían las furgonetas hacia Sorata. Me monté en una que, una vez más, había de ser conducida por un viejo camicace. A mi lado iba un viejo al que no le pude sonsacar más que trabajaba en la mina y había venido a La Paz a visitar unos familiares. Detrás iba un grupo de jóvenes mochileros franceses, y en la parte delantera otros dos adultos bolivianos. Los locales pagaron 7 Bolivianos por el viaje; a nosotros, por ser turistas, le añadieron un 1 al 7 que lo dejó en 17.

Me hice amigo de los franceses, que hablaban bastante bien español, y al final acabamos durmiendo todos en la misma habitación súper básica de un hostal aún más básico pero con esplendidas vistas al profundo valle por donde pasaba el río de Sorata. Por la noche fuimos un rato a charlar y beber unas cervezas al hostal de enfrente con un grupo de 5 o 6 jóvenes argentinas que habíamos conocido en la tarde en la plaza. Este hostal se llamaba El Mirador y, haciendo justicia a su nombre, tenía una terraza con unas vistas de infarto.

En realidad los extranjeros van Sorata a hacer caminatas por las montañas y los valles, caminatas de uno o varios días que según cuentan son únicas. Yo me dediqué a explorar el pueblecito de indígenas con sus plazas y calles adoquinadas  a unos 2700 m.s.n.m y a admirar las vistas desde el mismo pueblo, sin dar un paso fuera de él.

Solo por una cosa habría valido la pena las 3 horas de viaje desde La Paz por sinuosos y serpenteantes caminos de tierra y baches, sorteando las montañas nevadas: el descubrimiento del api. El api es una bebida típica del altiplano boliviano: es muy espesa, dulce, rosada y se toma bien caliente para el desayuno acompañada de buñuelos de harina fritos – un desayuno potentísimo. Se hace a base de granos molidos de maíz rosado mezclado con un poco de azúcar y canela. Lo tomé en el mercado local donde se reúne la gente del pueblo a desayunar en banquetas de los distintos vendedores. Yo era el único turista allí y disfrute el pequeño momento como una experiencia sublime y pura del viajero de las que escasean hoy en día.

En el viaje de vuelta a La Paz fui sentado al lado de Santiago, un joven de Sorata que también trabajaba en la mina. Santiago era mucho más hablador que mi anterior compañero y me iba explicando pequeños detalles de la zona y preguntándome cosas sobre España y Europa. Una pregunta suya si me impactó y creo que nunca la podré olvidar: me felicitó por hablar tan bien y me preguntó con ingenuidad qué idioma se hablaba en España. Además me confesó que no comprendía la utilidad de un viaje tan largo como el mío del que no alcanzaba incluso a imaginar las dimensiones ni distancias. Éste fue un viaje de vuelta a La Paz muy agradable en el que entablamos buena camaradería y cuando nos despedimos Santiago y yo nos sacamos una foto, nos dimos un abrazo y nos deseamos buena suerte.